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Opinión

El modo de producción del caos

Turchin nos dice por qué se hunden los imperios; Jäger nos dice cómo se gobierna desde el naufragio. Trump no es la causa de nada: es el gerente accidental de una fábrica de desorden que las élites occidentales llevan treinta años construyendo. “El terror se alimenta del aislamiento y la desintegración del mundo común”Hannah Arendt

  • Donald Trump, en un acto reciente.

Una deuda que no se salda citando

Empiezo por reconocer una deuda. Con Anton Jäger, historiador belga que enseña política en Oxford, tengo contraída desde hace años una de esas deudas intelectuales que no se saldan citando, porque el acreedor no presta datos sino gafas: uno lee a Jäger y ya no puede volver a mirar la política contemporánea con los ojos de antes. Su concepto de hiperpolítica —esa politización extrema sin consecuencias políticas que definió la década pasada— me dio nombre a algo que yo intuía sin saber decirlo, y su genealogía del populismo, de las praderas americanas del siglo XIX a las plazas del 15M, ha alimentado más de una columna de esta serie sin que yo tuviera la elegancia de confesarlo. Hoy pago la deuda, o al menos abono los intereses, porque su último ensayo en la New Left Review, Hyperpolitics in Command?, me obliga a ello: leyéndolo he sentido esa alegría melancólica del que encuentra confirmación en un maestro, mucho más joven que yo, al que no conoce en persona.

Hace unas semanas sostuve en estas mismas páginas que Trump no es un accidente psiquiátrico sino un producto industrial: el caos es su verdadera manufactura, y las tres invariantes que Peter Turchin identifica en la caída de los imperios —la superproducción de élites que compiten hasta dinamitar las reglas del juego, la desconexión entre los intereses de esas élites y los de la población, y el desajuste entre demografía y recursos— explican su ascenso mejor que cualquier diagnóstico clínico. Pues bien: Jäger ha llegado, por el camino de la historia política, exactamente al mismo cruce al que yo llegué por el de la cliodinámica. Trump no como causa, sino como síntoma. Y la pregunta que él se hace es la que faltaba en mi artículo: si el caos es el producto, ¿cuál es el modo de producción?

Su respuesta tiene nombre, y es el nombre que él mismo puso en circulación: hiperpolítica. Cuando Jäger acuñó el término pensaba en la cultura política popular de los años diez, la que conocimos en las plazas y en las pantallas: enjambres volátiles, ciclos frenéticos de indignación y agotamiento, movimientos que dependían de un líder-influencer y que carecían de la herramienta esencial de la política de masas, el partido fuerte. Del 15M a Podemos, de Occupy a MAGA, todo ardía y nada cristalizaba. La novedad de su último ensayo es audaz: la hiperpolítica ha ascendido socialmente. Ya no es solo el modo en que los de abajo hacen política sin instituciones; es el modo en que los de arriba gobiernan sin ellas. Las clases dirigentes atlánticas, escribe, han perdido la legibilidad de sus propios códigos: un comentario casual puede anunciar una guerra, una amenaza exterminadora puede anunciar un alto el fuego. El soberano ya no decide sobre el estado de excepción, como quería Schmitt; el soberano es la excepción hecha rutina.

La fábrica a tres turnos: del vacío de los noventa al tráiler permanente

Habitualmente se cree que el análisis materialista o marxista se centra prioritariamente en la posición de la clase obrera, de tal modo que el análisis de clase sería en realidad un análisis de la posición de la clase trabajadora con respecto al conjunto de las clases; en definitiva, una especie de análisis desde la perspectiva de género, pero esta vez de clase. Pero lo cierto es que ese análisis, necesariamente sistémico y global —trata de las relaciones entre clases, o de los distintos papeles de género—, no es menos materialista si, en vez de enfocarse centralmente en la posición de la clase obrera (o de las mujeres, en el caso del género), se centra en la posición de las élites. Esto es tan científicamente relevante como lo otro, porque todo al final concurre en la interacción sistémica, pero sí que es mucho menos frecuente. Jäger ha tenido la fortuna, o el acierto, de realizar en este artículo una especie de anatomía o de informe forense sobre las élites occidentales capitalistas, y ello es, en consecuencia, mucho más novedoso.

Vayamos al dato antes que al relato, que es la disciplina que nos hemos impuesto en esta columna. Jäger reconstruye la genealogía con precisión de relojero. En los noventa, la era pospolítica, las élites occidentales se retiraron de la democracia igual que los votantes desertaban de las urnas: Peter Mair lo llamó gobernar el vacío. Los partidos de masas se vaciaron hasta convertirse en cáscaras para la clase donante; las decisiones emigraron a instituciones selladas contra la presión popular —la Reserva Federal, el FMI, esa Unión Europea post-Maastricht diseñada conscientemente como polity despolitizada— pero exquisitamente abiertas a los lobbies. Aquella retirada tuvo un precio que ahora se cobra con intereses: al desmantelar las estructuras capilares que conectaban a los gobernantes con la sociedad, las élites se quedaron sin los instrumentos para forjar bloques hegemónicos interclasistas y, lo que es más grave para ellas, sin los integradores que mantenían cohesionadas a sus propias fracciones. La globalización de la riqueza rompió los vínculos de parentesco y cultura entre las élites estatales y los propietarios de activos. Y aquí es donde el análisis de Jäger y la cliodinámica de Turchin se abrazan: esa fractura interna de la clase dominante es, ni más ni menos, la superproducción de élites, mi factor A, la guerra civil entre facciones que compiten por recursos que ya no alcanzan para tanto aspirante. No hay pan para tanto chorizo, decíamos citando al 15M; Jäger lo dice en el idioma de la sociología: los directivos que antes eran el bloque granítico del Partido Republicano se han fracturado ideológicamente, los milmillonarios hacen activismo por libre —los Koch, los Adelson, el propio Trump— y priorizan su interés privado contra el interés colectivo de su clase.

De esa disgregación nace la forma temporal del caos, que es quizá el hallazgo más fino del ensayo. Citando a Ivan Krastev, Jäger describe el trumpismo como una implosión del tiempo político: un presidente que no piensa en estrategias sino en plazos, que exige que todas las guerras terminen en semanas, un director que no rueda películas sino tráileres de películas que jamás se harán. Pero Jäger da el paso que convierte la anécdota en estructura: ese cortoplacismo no es una rareza personal sino el producto de la desaparición de las instituciones interclasistas que permitían a las élites concebir un futuro compartido. El partido de masas era el vehículo que mediaba entre el futuro cercano y el lejano, entre lo alcanzable y lo deseable. Sin él, solo queda la política de los acontecimientos, el golpe de efecto medido por su impacto en el ciclo mediático. Es la venganza de Baudrillard: la política americana como espectáculo permanente. Y es, traducido a mi vocabulario, la fábrica del caos funcionando a tres turnos: cuando el sistema es estructuralmente caótico y el entorno exige orden —configuraciones comprensibles y predecibles de la realidad—, el entorno acaba venciendo. Turchin lo llama situación revolucionaria; Jäger, con ironía británica, se limita a constatar que las élites han perdido la capacidad de planificar.

Europa merece capítulo aparte, y aquí el ensayo de Jäger duele especialmente. Nuestras élites, que presumían de aburrimiento virtuoso frente al histrionismo americano, han entrado en la hiperpolítica por la puerta del rearme: Merz y Starmer, burócratas grises donde los haya, se lanzan a un ucranofilismo súbito y a comparar misiles balísticos —escribe Jäger con crueldad certera— como una amante de oligarca compara bolsos y pendientes. Tienen todas las instituciones coordinadoras del mundo, Comisión, Consejo, Eurogrupo, BCE; lo que no tienen es una estrategia que los bloques sociales europeos puedan reconocer como propia, ni partidos enraizados que la propaguen. El contraste que cierra su ensayo es demoledor: el negativo fotográfico de la descoordinación atlántica es la estabilidad del partido-Estado chino, esa Unión Europea que funciona, cuyo Plan Quinquenal predice hoy la macroeconomía mundial mejor que los papeles de Bruselas o Washington. No hace falta compartir simpatía alguna por el autoritarismo de Pekín para extraer la lección: la ventaja china no es tecnológica ni demográfica, es institucional. Tienen el integrador de élites que Occidente desguazó alegremente en los noventa.

No temen el caos, temen el sufragio

Y en el centro de ambos diagnósticos, como una araña que ha leído demasiado, aparece el mismo personaje. En mi artículo señalaba que Peter Thiel venera a Carl Schmitt en The Straussian Moment, faro ideológico de esa ilustración oscura que nada tras Trump. Jäger lo sorprende en otra confesión igual de reveladora: el tecnosoberano añora la era pospolítica, lamenta que los americanos busquen en la política la solución de sus problemas y sugiere que sería saludable que votara menos gente. Ahí está todo el programa del neorreaccionarismo en una frase: no temen el caos, temen el sufragio. El caos les rinde; el voto les estorba. Por eso mi conclusión de abril sigue en pie y sale reforzada de esta lectura cruzada: en la guerra civil de las élites ganará la fracción que mejor se adapte a la derrota del imperio, pero los demócratas del mundo debemos defender con uñas y dientes dos condiciones innegociables, la persistencia del sufragio universal y la continuidad del Estado de derecho, aunque sea en su versión mínima de división de poderes.

¿Hay salida? Jäger es cauto, pero deja una rendija por la que entra luz andaluza: detecta señales de lo que llama, con guiño, hipo-políticas —objetivos modestos pero alcanzables— en la alcaldía de Mamdani en Nueva York y en la política exterior del Gobierno PSOE-Sumar. Que un historiador de Oxford cite a Mamdani como antídoto me produce una satisfacción particular, porque en abril escribí que alguien de su perfil, o del de Ocasio-Cortez, era el sustituto natural de Trump, y que preveía un futuro de socialismo democrático para Estados Unidos: el socialismo democrático y liberal como rescate del capitalismo más monetarista, quién lo hubiera dicho hace una generación. La convergencia no es casual. Si el diagnóstico compartido es la desinstitucionalización —arriba y abajo—, la terapia solo puede ser la reinstitucionalización: reconstruir los cuerpos intermedios, los partidos con raíces, los sindicatos, esa asabiyya o solidaridad colectiva cuya degradación es, históricamente, el preludio del derrumbe. Jäger lo advierte al cierre de su ensayo: mientras no haya reinstitucionalización coherente en la cima o en la base de la sociedad, las elegías por la era hiperpolítica serán prematuras. Arendt lo dijo antes y mejor, y por eso abre y cierra esta columna: el terror se alimenta del aislamiento y la desintegración del mundo. Lodems dedems e fábrica del caos solo cierra cuando reconstruimos el mundo común. Lo demás es tráiler.

Una deuda que no se salda citando

Empiezo por reconocer una deuda. Con Anton Jäger, historiador belga que enseña política en Oxford, tengo contraída desde hace años una de esas deudas intelectuales que no se saldan citando, porque el acreedor no presta datos sino gafas: uno lee a Jäger y ya no puede volver a mirar la política contemporánea con los ojos de antes. Su concepto de hiperpolítica —esa politización extrema sin consecuencias políticas que definió la década pasada— me dio nombre a algo que yo intuía sin saber decirlo, y su genealogía del populismo, de las praderas americanas del siglo XIX a las plazas del 15M, ha alimentado más de una columna de esta serie sin que yo tuviera la elegancia de confesarlo. Hoy pago la deuda, o al menos abono los intereses, porque su último ensayo en la New Left Review, Hyperpolitics in Command?, me obliga a ello: leyéndolo he sentido esa alegría melancólica del que encuentra confirmación en un maestro, mucho más joven que yo, al que no conoce en persona.

Hace unas semanas sostuve en estas mismas páginas que Trump no es un accidente psiquiátrico sino un producto industrial: el caos es su verdadera manufactura, y las tres invariantes que Peter Turchin identifica en la caída de los imperios —la superproducción de élites que compiten hasta dinamitar las reglas del juego, la desconexión entre los intereses de esas élites y los de la población, y el desajuste entre demografía y recursos— explican su ascenso mejor que cualquier diagnóstico clínico. Pues bien: Jäger ha llegado, por el camino de la historia política, exactamente al mismo cruce al que yo llegué por el de la cliodinámica. Trump no como causa, sino como síntoma. Y la pregunta que él se hace es la que faltaba en mi artículo: si el caos es el producto, ¿cuál es el modo de producción?

Su respuesta tiene nombre, y es el nombre que él mismo puso en circulación: hiperpolítica. Cuando Jäger acuñó el término pensaba en la cultura política popular de los años diez, la que conocimos en las plazas y en las pantallas: enjambres volátiles, ciclos frenéticos de indignación y agotamiento, movimientos que dependían de un líder-influencer y que carecían de la herramienta esencial de la política de masas, el partido fuerte. Del 15M a Podemos, de Occupy a MAGA, todo ardía y nada cristalizaba. La novedad de su último ensayo es audaz: la hiperpolítica ha ascendido socialmente. Ya no es solo el modo en que los de abajo hacen política sin instituciones; es el modo en que los de arriba gobiernan sin ellas. Las clases dirigentes atlánticas, escribe, han perdido la legibilidad de sus propios códigos: un comentario casual puede anunciar una guerra, una amenaza exterminadora puede anunciar un alto el fuego. El soberano ya no decide sobre el estado de excepción, como quería Schmitt; el soberano es la excepción hecha rutina.

La fábrica a tres turnos: del vacío de los noventa al tráiler permanente

Habitualmente se cree que el análisis materialista o marxista se centra prioritariamente en la posición de la clase obrera, de tal modo que el análisis de clase sería en realidad un análisis de la posición de la clase trabajadora con respecto al conjunto de las clases; en definitiva, una especie de análisis desde la perspectiva de género, pero esta vez de clase. Pero lo cierto es que ese análisis, necesariamente sistémico y global —trata de las relaciones entre clases, o de los distintos papeles de género—, no es menos materialista si, en vez de enfocarse centralmente en la posición de la clase obrera (o de las mujeres, en el caso del género), se centra en la posición de las élites. Esto es tan científicamente relevante como lo otro, porque todo al final concurre en la interacción sistémica, pero sí que es mucho menos frecuente. Jäger ha tenido la fortuna, o el acierto, de realizar en este artículo una especie de anatomía o de informe forense sobre las élites occidentales capitalistas, y ello es, en consecuencia, mucho más novedoso.

Vayamos al dato antes que al relato, que es la disciplina que nos hemos impuesto en esta columna. Jäger reconstruye la genealogía con precisión de relojero. En los noventa, la era pospolítica, las élites occidentales se retiraron de la democracia igual que los votantes desertaban de las urnas: Peter Mair lo llamó gobernar el vacío. Los partidos de masas se vaciaron hasta convertirse en cáscaras para la clase donante; las decisiones emigraron a instituciones selladas contra la presión popular —la Reserva Federal, el FMI, esa Unión Europea post-Maastricht diseñada conscientemente como polity despolitizada— pero exquisitamente abiertas a los lobbies. Aquella retirada tuvo un precio que ahora se cobra con intereses: al desmantelar las estructuras capilares que conectaban a los gobernantes con la sociedad, las élites se quedaron sin los instrumentos para forjar bloques hegemónicos interclasistas y, lo que es más grave para ellas, sin los integradores que mantenían cohesionadas a sus propias fracciones. La globalización de la riqueza rompió los vínculos de parentesco y cultura entre las élites estatales y los propietarios de activos. Y aquí es donde el análisis de Jäger y la cliodinámica de Turchin se abrazan: esa fractura interna de la clase dominante es, ni más ni menos, la superproducción de élites, mi factor A, la guerra civil entre facciones que compiten por recursos que ya no alcanzan para tanto aspirante. No hay pan para tanto chorizo, decíamos citando al 15M; Jäger lo dice en el idioma de la sociología: los directivos que antes eran el bloque granítico del Partido Republicano se han fracturado ideológicamente, los milmillonarios hacen activismo por libre —los Koch, los Adelson, el propio Trump— y priorizan su interés privado contra el interés colectivo de su clase.

De esa disgregación nace la forma temporal del caos, que es quizá el hallazgo más fino del ensayo. Citando a Ivan Krastev, Jäger describe el trumpismo como una implosión del tiempo político: un presidente que no piensa en estrategias sino en plazos, que exige que todas las guerras terminen en semanas, un director que no rueda películas sino tráileres de películas que jamás se harán. Pero Jäger da el paso que convierte la anécdota en estructura: ese cortoplacismo no es una rareza personal sino el producto de la desaparición de las instituciones interclasistas que permitían a las élites concebir un futuro compartido. El partido de masas era el vehículo que mediaba entre el futuro cercano y el lejano, entre lo alcanzable y lo deseable. Sin él, solo queda la política de los acontecimientos, el golpe de efecto medido por su impacto en el ciclo mediático. Es la venganza de Baudrillard: la política americana como espectáculo permanente. Y es, traducido a mi vocabulario, la fábrica del caos funcionando a tres turnos: cuando el sistema es estructuralmente caótico y el entorno exige orden —configuraciones comprensibles y predecibles de la realidad—, el entorno acaba venciendo. Turchin lo llama situación revolucionaria; Jäger, con ironía británica, se limita a constatar que las élites han perdido la capacidad de planificar.

Europa merece capítulo aparte, y aquí el ensayo de Jäger duele especialmente. Nuestras élites, que presumían de aburrimiento virtuoso frente al histrionismo americano, han entrado en la hiperpolítica por la puerta del rearme: Merz y Starmer, burócratas grises donde los haya, se lanzan a un ucranofilismo súbito y a comparar misiles balísticos —escribe Jäger con crueldad certera— como una amante de oligarca compara bolsos y pendientes. Tienen todas las instituciones coordinadoras del mundo, Comisión, Consejo, Eurogrupo, BCE; lo que no tienen es una estrategia que los bloques sociales europeos puedan reconocer como propia, ni partidos enraizados que la propaguen. El contraste que cierra su ensayo es demoledor: el negativo fotográfico de la descoordinación atlántica es la estabilidad del partido-Estado chino, esa Unión Europea que funciona, cuyo Plan Quinquenal predice hoy la macroeconomía mundial mejor que los papeles de Bruselas o Washington. No hace falta compartir simpatía alguna por el autoritarismo de Pekín para extraer la lección: la ventaja china no es tecnológica ni demográfica, es institucional. Tienen el integrador de élites que Occidente desguazó alegremente en los noventa.

No temen el caos, temen el sufragio

Y en el centro de ambos diagnósticos, como una araña que ha leído demasiado, aparece el mismo personaje. En mi artículo señalaba que Peter Thiel venera a Carl Schmitt en The Straussian Moment, faro ideológico de esa ilustración oscura que nada tras Trump. Jäger lo sorprende en otra confesión igual de reveladora: el tecnosoberano añora la era pospolítica, lamenta que los americanos busquen en la política la solución de sus problemas y sugiere que sería saludable que votara menos gente. Ahí está todo el programa del neorreaccionarismo en una frase: no temen el caos, temen el sufragio. El caos les rinde; el voto les estorba. Por eso mi conclusión de abril sigue en pie y sale reforzada de esta lectura cruzada: en la guerra civil de las élites ganará la fracción que mejor se adapte a la derrota del imperio, pero los demócratas del mundo debemos defender con uñas y dientes dos condiciones innegociables, la persistencia del sufragio universal y la continuidad del Estado de derecho, aunque sea en su versión mínima de división de poderes.

¿Hay salida? Jäger es cauto, pero deja una rendija por la que entra luz andaluza: detecta señales de lo que llama, con guiño, hipo-políticas —objetivos modestos pero alcanzables— en la alcaldía de Mamdani en Nueva York y en la política exterior del Gobierno PSOE-Sumar. Que un historiador de Oxford cite a Mamdani como antídoto me produce una satisfacción particular, porque en abril escribí que alguien de su perfil, o del de Ocasio-Cortez, era el sustituto natural de Trump, y que preveía un futuro de socialismo democrático para Estados Unidos: el socialismo democrático y liberal como rescate del capitalismo más monetarista, quién lo hubiera dicho hace una generación. La convergencia no es casual. Si el diagnóstico compartido es la desinstitucionalización —arriba y abajo—, la terapia solo puede ser la reinstitucionalización: reconstruir los cuerpos intermedios, los partidos con raíces, los sindicatos, esa asabiyya o solidaridad colectiva cuya degradación es, históricamente, el preludio del derrumbe. Jäger lo advierte al cierre de su ensayo: mientras no haya reinstitucionalización coherente en la cima o en la base de la sociedad, las elegías por la era hiperpolítica serán prematuras. Arendt lo dijo antes y mejor, y por eso abre y cierra esta columna: el terror se alimenta del aislamiento y la desintegración del mundo. Lodems dedems e fábrica del caos solo cierra cuando reconstruimos el mundo común. Lo demás es tráiler.

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