Si alguien disfruta leyendo distopías está de enhorabuena. Ya hemos entrado en ese tramo de la historia en el que estamos viviendo una realidad digna de Fahrenheit 451 y no nos damos cuenta. Porque dime tú si que una gran empresa tecnológica compre millones de libros, los lleve a unas instalaciones, les arranque la encuadernación, corte las páginas, las escanee una a una y, cuando termina, destruya el ejemplar original, no parece sacado de la novela de Ray Bradbury. Todo para alimentar una enorme biblioteca destinada, entre otras cosas, al desarrollo de una inteligencia artificial.
La historia salió a la luz a raíz de la demanda presentada por varios escritores estadounidenses contra la compañía y está recogida en la propia resolución judicial. Anthropic, la empresa responsable de Claude, gastó millones de dólares en comprar millones de libros impresos, muchos de ellos usados y/o descatalogados. Después encargó a proveedores que eliminaran las encuadernaciones, cortaran las páginas para facilitar su digitalización y escanearan cada una de ellas. El resultado era un archivo PDF con texto procesable por ordenador. El libro de papel, una vez cumplida su función, se desechaba. La intención era crear lo que internamente aspiraba a ser una biblioteca con "todos los libros del mundo" que pudiera conservar para siempre, y resulta difícil superar la paradoja de que una de las empresas dedicadas a construir una tecnología que supuestamente va a transformar nuestra relación con el conocimiento necesitara sacrificar millones de libros físicos para conseguirlo.
Y hay una razón jurídica detrás de semejante carnicería editorial. El juez consideró que Anthropic había comprado legalmente esos ejemplares y podía disponer de ellos. Al destruir cada libro después de escanearlo, la compañía sustituía, a efectos de aquella biblioteca interna, una copia física por una digital. No conservaba las dos y esa conversión de formato fue considerada de uso legítimo por el tribunal estadounidense.
La historia, sin embargo, se vuelve todavía más complicada porque aquellos libros comprados legalmente no fueron la única fuente utilizada por Anthropic. Antes de lanzarse a comprar ejemplares físicos, la compañía había descargado millones de libros de repositorios piratas. El mismo juez que consideró legítimos determinados
usos de los ejemplares adquiridos y escaneados dejó claro que crear una biblioteca permanente a partir de copias pirateadas era otra cuestión completamente distinta.
Como autora, hay algo especialmente incómodo en todo esto. Durante años nos han explicado que la inteligencia artificial aprende de cantidades ingentes de información disponible en internet, una descripción lo suficientemente abstracta
como para que resulte difícil imaginar qué significa realmente. Pero detrás de palabras como "datos", "entrenamiento" o "corpus" aparecen de pronto objetos muy concretos. Libros que alguien escribió durante años. Libros que una editorial corrigió, maquetó, imprimió y distribuyó. Libros que alguien compró, leyó y después vendió o donó hasta terminar formando parte de un lote adquirido por una empresa tecnológica. Y entonces fueron abiertos en canal para enseñar a leer a una máquina.
No tengo ningún problema en reconocer las posibilidades extraordinarias de la inteligencia artificial. La utilizo y llevo tiempo diciendo que probablemente estemos ante una revolución tecnológica comparable a otras que transformaron nuestra manera de trabajar. Es una herramienta extraordinaria para facilitar tareas y abrir posibilidades que hasta hace muy poco parecían impensables, pero una herramienta no debería sustituir el proceso de creación ni apropiarse del trabajo que lo ha hecho posible. Y por eso creo que deberíamos saber qué materiales se han utilizado para desarrollarla.
Resulta difícil encontrar una metáfora mejor para algunas de las contradicciones de esta revolución. Hemos construido máquinas capaces de generar textos en segundos gracias, entre otras muchas fuentes, al trabajo acumulado durante siglos por personas que necesitaron meses o años para escribirlos. Y para conseguirlo una de las empresas más importantes del sector terminó haciendo algo extraordinariamente analógico: comprar millones de libros.
Si alguien disfruta leyendo distopías está de enhorabuena. Ya hemos entrado en ese tramo de la historia en el que estamos viviendo una realidad digna de Fahrenheit 451 y no nos damos cuenta. Porque dime tú si que una gran empresa tecnológica compre millones de libros, los lleve a unas instalaciones, les arranque la encuadernación, corte las páginas, las escanee una a una y, cuando termina, destruya el ejemplar original, no parece sacado de la novela de Ray Bradbury. Todo para alimentar una enorme biblioteca destinada, entre otras cosas, al desarrollo de una inteligencia artificial.
La historia salió a la luz a raíz de la demanda presentada por varios escritores estadounidenses contra la compañía y está recogida en la propia resolución judicial. Anthropic, la empresa responsable de Claude, gastó millones de dólares en comprar millones de libros impresos, muchos de ellos usados y/o descatalogados. Después encargó a proveedores que eliminaran las encuadernaciones, cortaran las páginas para facilitar su digitalización y escanearan cada una de ellas. El resultado era un archivo PDF con texto procesable por ordenador. El libro de papel, una vez cumplida su función, se desechaba. La intención era crear lo que internamente aspiraba a ser una biblioteca con "todos los libros del mundo" que pudiera conservar para siempre, y resulta difícil superar la paradoja de que una de las empresas dedicadas a construir una tecnología que supuestamente va a transformar nuestra relación con el conocimiento necesitara sacrificar millones de libros físicos para conseguirlo.
Y hay una razón jurídica detrás de semejante carnicería editorial. El juez consideró que Anthropic había comprado legalmente esos ejemplares y podía disponer de ellos. Al destruir cada libro después de escanearlo, la compañía sustituía, a efectos de aquella biblioteca interna, una copia física por una digital. No conservaba las dos y esa conversión de formato fue considerada de uso legítimo por el tribunal estadounidense.
La historia, sin embargo, se vuelve todavía más complicada porque aquellos libros comprados legalmente no fueron la única fuente utilizada por Anthropic. Antes de lanzarse a comprar ejemplares físicos, la compañía había descargado millones de libros de repositorios piratas. El mismo juez que consideró legítimos determinados
usos de los ejemplares adquiridos y escaneados dejó claro que crear una biblioteca permanente a partir de copias pirateadas era otra cuestión completamente distinta.
Como autora, hay algo especialmente incómodo en todo esto. Durante años nos han explicado que la inteligencia artificial aprende de cantidades ingentes de información disponible en internet, una descripción lo suficientemente abstracta
como para que resulte difícil imaginar qué significa realmente. Pero detrás de palabras como "datos", "entrenamiento" o "corpus" aparecen de pronto objetos muy concretos. Libros que alguien escribió durante años. Libros que una editorial corrigió, maquetó, imprimió y distribuyó. Libros que alguien compró, leyó y después vendió o donó hasta terminar formando parte de un lote adquirido por una empresa tecnológica. Y entonces fueron abiertos en canal para enseñar a leer a una máquina.
No tengo ningún problema en reconocer las posibilidades extraordinarias de la inteligencia artificial. La utilizo y llevo tiempo diciendo que probablemente estemos ante una revolución tecnológica comparable a otras que transformaron nuestra manera de trabajar. Es una herramienta extraordinaria para facilitar tareas y abrir posibilidades que hasta hace muy poco parecían impensables, pero una herramienta no debería sustituir el proceso de creación ni apropiarse del trabajo que lo ha hecho posible. Y por eso creo que deberíamos saber qué materiales se han utilizado para desarrollarla.
Resulta difícil encontrar una metáfora mejor para algunas de las contradicciones de esta revolución. Hemos construido máquinas capaces de generar textos en segundos gracias, entre otras muchas fuentes, al trabajo acumulado durante siglos por personas que necesitaron meses o años para escribirlos. Y para conseguirlo una de las empresas más importantes del sector terminó haciendo algo extraordinariamente analógico: comprar millones de libros.
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