Uno de los problemas menos reconocidos en política, y sin embargo más destructivos, es la incapacidad de algunas personas con militancia activa para cerrar emocionalmente sus ciclos políticos. No hablo de romper puentes, ni de negar la historia compartida, ni de convertir las diferencias en parapetos. Hablo de una dimensión menos visible y, a veces, más decisiva: la incapacidad de algunas personas para cerrar emocionalmente sus ciclos políticos. No hablo de memoria, ni de respeto por una trayectoria anterior, ni de mantener puentes. Hablo de algo más problemático: abandonar una organización, integrarse en otra y, ya desde la nueva casa, seguir actuando como si la organización abandonada continuara siendo el verdadero centro emocional y estratégico. Cuando eso ocurre, la política en la nueva organización deja de ser un proyecto de construcción y pasa a convertirse en una forma de interinidad permanente.
Ese fenómeno tiene consecuencias muy concretas. La primera es una dificultad evidente para consolidar la identidad del nuevo espacio. Si quienes llegan a una organización lo hacen sin romper del todo con la anterior y, además, convierten en eje de su actuación la apelación constante a la unidad con aquello que dejaron, el mensaje que transmiten es demoledor: que el nuevo proyecto no basta por sí mismo, que solo se justifica como antesala de un regreso, de una recomposición o de una reunificación o una refundación siempre aplazada. Y una organización no puede construir arraigo si parte de sus referentes se comportan como si estuvieran de paso.
La segunda consecuencia es interna. Cuando desde dentro de una organización hay quienes insisten, una y otra vez, en que el horizonte debe ser la unidad con la fuerza que se abandonó, se genera una tensión política difícil de sostener. Quienes sí creen en la autonomía del nuevo espacio sienten que están construyendo con una parte de la organización que, en el fondo, no termina de creer en el proyecto actual. Y quienes siguen vinculados emocionalmente a la antigua organización viven cualquier afirmación de identidad propia como una renuncia o incluso como una deslealtad. El resultado suele ser una organización crispada, indecisa y fatigada por debates que nunca terminan de resolverse.
El problema se agrava cuando algunas de esas personas, además, crean una tercera organización o impulsan una nueva sigla manteniendo a la vez doble militancia o dobles lealtades con el espacio al que llegaron después de abandonar el primero. Ahí la cuestión ya no es solo emocional, sino también política y organizativa. Porque cuando se milita en varios planos a la vez, y desde todos ellos se sigue reclamando la unidad con la organización originaria, lo que se introduce es una confusión permanente sobre la representación, la legitimidad y el objetivo real de cada estructura. ¿Se está construyendo una alternativa propia o se está administrando una nostalgia?
La unidad puede ser una herramienta útil, e incluso necesaria, cuando responde a bases políticas claras, a reglas compartidas y a un aprendizaje honesto de las rupturas previas. Pero la unidad deja de ser un proyecto fértil cuando se convierte en sustituto de una elaboración política pendiente. Hay personas que no abandonan del todo la organización en la que ya no están; simplemente cambian de sede, de sigla o de espacio, pero siguen pensando desde el vínculo emocional no resuelto con lo anterior. Y desde ahí intentan ordenar la nueva organización, no para fortalecerla, sino para acercarla a un pasado que todavía no han soltado.
Eso tiene también un coste electoral. El electorado puede entender la pluralidad y hasta las recomposiciones; lo que penaliza con dureza es la ambigüedad. Si una fuerza política aparece ante la ciudadanía como un proyecto nuevo, pero una parte de sus propias voces insisten en que su horizonte es la unidad con la organización que dejaron, transmite debilidad, provisionalidad y falta de confianza en sí misma. Y si, además, algunas personas actúan simultáneamente desde varias siglas o estructuras con el mismo objetivo, la imagen final es la de un espacio más preocupado por sus equilibrios internos que por ofrecer una propuesta reconocible.
La política democrática necesita cooperación, sí, pero también necesita claridad. Mantener relaciones maduras entre organizaciones distintas no exige vivir en dependencia emocional de ninguna. Dialogar no es diluirse. Buscar acuerdos no es regresar. Y construir alianzas no puede significar quedar atrapados en un bucle sentimental con aquello de lo que ya se salió.
A veces, para que una organización nueva tenga futuro, no basta con un buen programa ni con una buena dirección. Hace falta algo más elemental: que quienes han llegado a ella decidan estar de verdad. Porque nadie puede construir una casa política nueva si sigue dejando la llave puesta, por dentro, en la puerta de la anterior.
Uno de los problemas menos reconocidos en política, y sin embargo más destructivos, es la incapacidad de algunas personas con militancia activa para cerrar emocionalmente sus ciclos políticos. No hablo de romper puentes, ni de negar la historia compartida, ni de convertir las diferencias en parapetos. Hablo de una dimensión menos visible y, a veces, más decisiva: la incapacidad de algunas personas para cerrar emocionalmente sus ciclos políticos. No hablo de memoria, ni de respeto por una trayectoria anterior, ni de mantener puentes. Hablo de algo más problemático: abandonar una organización, integrarse en otra y, ya desde la nueva casa, seguir actuando como si la organización abandonada continuara siendo el verdadero centro emocional y estratégico. Cuando eso ocurre, la política en la nueva organización deja de ser un proyecto de construcción y pasa a convertirse en una forma de interinidad permanente.
Ese fenómeno tiene consecuencias muy concretas. La primera es una dificultad evidente para consolidar la identidad del nuevo espacio. Si quienes llegan a una organización lo hacen sin romper del todo con la anterior y, además, convierten en eje de su actuación la apelación constante a la unidad con aquello que dejaron, el mensaje que transmiten es demoledor: que el nuevo proyecto no basta por sí mismo, que solo se justifica como antesala de un regreso, de una recomposición o de una reunificación o una refundación siempre aplazada. Y una organización no puede construir arraigo si parte de sus referentes se comportan como si estuvieran de paso.
La segunda consecuencia es interna. Cuando desde dentro de una organización hay quienes insisten, una y otra vez, en que el horizonte debe ser la unidad con la fuerza que se abandonó, se genera una tensión política difícil de sostener. Quienes sí creen en la autonomía del nuevo espacio sienten que están construyendo con una parte de la organización que, en el fondo, no termina de creer en el proyecto actual. Y quienes siguen vinculados emocionalmente a la antigua organización viven cualquier afirmación de identidad propia como una renuncia o incluso como una deslealtad. El resultado suele ser una organización crispada, indecisa y fatigada por debates que nunca terminan de resolverse.
El problema se agrava cuando algunas de esas personas, además, crean una tercera organización o impulsan una nueva sigla manteniendo a la vez doble militancia o dobles lealtades con el espacio al que llegaron después de abandonar el primero. Ahí la cuestión ya no es solo emocional, sino también política y organizativa. Porque cuando se milita en varios planos a la vez, y desde todos ellos se sigue reclamando la unidad con la organización originaria, lo que se introduce es una confusión permanente sobre la representación, la legitimidad y el objetivo real de cada estructura. ¿Se está construyendo una alternativa propia o se está administrando una nostalgia?
La unidad puede ser una herramienta útil, e incluso necesaria, cuando responde a bases políticas claras, a reglas compartidas y a un aprendizaje honesto de las rupturas previas. Pero la unidad deja de ser un proyecto fértil cuando se convierte en sustituto de una elaboración política pendiente. Hay personas que no abandonan del todo la organización en la que ya no están; simplemente cambian de sede, de sigla o de espacio, pero siguen pensando desde el vínculo emocional no resuelto con lo anterior. Y desde ahí intentan ordenar la nueva organización, no para fortalecerla, sino para acercarla a un pasado que todavía no han soltado.
Eso tiene también un coste electoral. El electorado puede entender la pluralidad y hasta las recomposiciones; lo que penaliza con dureza es la ambigüedad. Si una fuerza política aparece ante la ciudadanía como un proyecto nuevo, pero una parte de sus propias voces insisten en que su horizonte es la unidad con la organización que dejaron, transmite debilidad, provisionalidad y falta de confianza en sí misma. Y si, además, algunas personas actúan simultáneamente desde varias siglas o estructuras con el mismo objetivo, la imagen final es la de un espacio más preocupado por sus equilibrios internos que por ofrecer una propuesta reconocible.
La política democrática necesita cooperación, sí, pero también necesita claridad. Mantener relaciones maduras entre organizaciones distintas no exige vivir en dependencia emocional de ninguna. Dialogar no es diluirse. Buscar acuerdos no es regresar. Y construir alianzas no puede significar quedar atrapados en un bucle sentimental con aquello de lo que ya se salió.
A veces, para que una organización nueva tenga futuro, no basta con un buen programa ni con una buena dirección. Hace falta algo más elemental: que quienes han llegado a ella decidan estar de verdad. Porque nadie puede construir una casa política nueva si sigue dejando la llave puesta, por dentro, en la puerta de la anterior.
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