El analista Mario Ortega señala las claves de por qué las izquierdas plurinacionales deben alejarse del PSOE lo más posible, en este momento histórico en el que la crisis del estado monárquico bipartidista se manifiesta en la alianza del bloque reaccionario para expulsar por la fuerza a la socialdemocracia liberal española del consenso de régimen del 78.
En su artículo Cuanto más lejos mejor, publicado en Diario Red, sostiene que la izquierda que se limite a acompañar la pasividad negacionista del PSOE corre el riesgo de compartir también su desgaste y su inutilidad práctica para realizar políticas que aborden los grandes problemas de estado: la corrupción, la incrustación estructural en las instituciones del trumpismo castizo español, las necesidades de la mayoría social en tiempos de capitalismo occidental belicista, y la crisis territorial persistente de un estado autonómico sin clarificación (con)federal.
Esa es una clave esencial del actual momento político: no toda la izquierda cumple hoy la misma función. Hay una izquierda que actúa como sostén complaciente del PSOE, con mucho lenguaje progresista, mucha escenografía simbólica y muy poca capacidad para alterar de verdad las prioridades del poder económico, mediático, judicial e institucional. Su papel no es empujar, sino maquillar; no es transformar, sino amortiguar el desgaste del socio mayoritario. Y ese rol está vacío de sentido transformador democrático a cualquier proyecto.
Por contraste, Ortega apunta a otra lógica. Se trata de sostener una posición propia y con autonomía real de los límites que impone el PSOE, con o sin Pedro Sánchez. En este sentido, Ione Belarra representa la idea fuerza de que no basta con invocar el miedo a la derecha para justificar cualquier subordinación al PSOE; Gabriel Rufián introduce una advertencia central: el “y tú más” no sustituye al combate político; y Merche Aizpurua recuerda que la judicialización de la política y la excepcionalidad antidemocrática, la justicia no es igual para todos, no comenzaron ahora, solo que ahora el objetivo a reventar es el PSOE. Consiguientemente, sin distancia crítica respecto del PSOE, la izquierda acabará absorbida por una agenda que no controla.
Ese debate no se produce en el vacío histórico ni fuera del contexto del neoliberalismo occidental. También se conecta con una discusión más amplia sobre la calidad democrática en España. En este sentido la revista Newsweek publicó un artículo en el que se alertaba del golpe togado que está sufriendo la democracia española. Puso como ejemplo la negativa del Tribunal Supremo a aceptar la ley de amnistía aprobada por el Parlamento, describiéndolo como un caso que amenaza el equilibrio entre poderes. Esa interpretación fue después resumida en España por algunos medios como una alerta internacional ante un “golpe judicial” que, sabemos, se inició con Podemos y los independentistas. Después vino la condena al Fiscal General del Estado retorciendo el derecho, las leyes y las evidencias.
Por eso hay que construir una alternativa reconocible, valiente y útil. No conformista con el mal menor mientras se admite como inamovible el armazón estructural del régimen monárquico del 78. Se necesita un programa de ruptura democrática, de redistribución real, de blindaje de lo público, de democratización del Estado y de reconocimiento plurinacional, un programa incompatible con el régimen de guerra y el belicismo anglosionista.
La mejor forma de reconstruir la democracia española pasa por construir un proyecto de izquierdas valiente y transformado que ofrezca una alternativa y una propuesta diferenciadora, de ruptura y de transformación, capaz de sustituir el pacto entre élites nacido en 1978 por un pacto (con)federal entre pueblos que dibuje un horizonte nuevo de justicia social, democracia real y soberanía compartida.
Me pregunto, como ciudadano andaluz que reconoce la posición subalterna de Andalucía en el estado, si este debate, que interioriza y describe la crisis de régimen para pensar un horizonte de estado republicano plurinacional, está abierto en el andalucismo emergente. Porque está claro que los derechos de clase, de género y ecológicos no pueden apalancarse ni dentro ni fuera de Andalucía, si Andalucía sigue atrapada en el corsé del 78.
El analista Mario Ortega señala las claves de por qué las izquierdas plurinacionales deben alejarse del PSOE lo más posible, en este momento histórico en el que la crisis del estado monárquico bipartidista se manifiesta en la alianza del bloque reaccionario para expulsar por la fuerza a la socialdemocracia liberal española del consenso de régimen del 78.
En su artículo Cuanto más lejos mejor, publicado en Diario Red, sostiene que la izquierda que se limite a acompañar la pasividad negacionista del PSOE corre el riesgo de compartir también su desgaste y su inutilidad práctica para realizar políticas que aborden los grandes problemas de estado: la corrupción, la incrustación estructural en las instituciones del trumpismo castizo español, las necesidades de la mayoría social en tiempos de capitalismo occidental belicista, y la crisis territorial persistente de un estado autonómico sin clarificación (con)federal.
Esa es una clave esencial del actual momento político: no toda la izquierda cumple hoy la misma función. Hay una izquierda que actúa como sostén complaciente del PSOE, con mucho lenguaje progresista, mucha escenografía simbólica y muy poca capacidad para alterar de verdad las prioridades del poder económico, mediático, judicial e institucional. Su papel no es empujar, sino maquillar; no es transformar, sino amortiguar el desgaste del socio mayoritario. Y ese rol está vacío de sentido transformador democrático a cualquier proyecto.
Por contraste, Ortega apunta a otra lógica. Se trata de sostener una posición propia y con autonomía real de los límites que impone el PSOE, con o sin Pedro Sánchez. En este sentido, Ione Belarra representa la idea fuerza de que no basta con invocar el miedo a la derecha para justificar cualquier subordinación al PSOE; Gabriel Rufián introduce una advertencia central: el “y tú más” no sustituye al combate político; y Merche Aizpurua recuerda que la judicialización de la política y la excepcionalidad antidemocrática, la justicia no es igual para todos, no comenzaron ahora, solo que ahora el objetivo a reventar es el PSOE. Consiguientemente, sin distancia crítica respecto del PSOE, la izquierda acabará absorbida por una agenda que no controla.
Ese debate no se produce en el vacío histórico ni fuera del contexto del neoliberalismo occidental. También se conecta con una discusión más amplia sobre la calidad democrática en España. En este sentido la revista Newsweek publicó un artículo en el que se alertaba del golpe togado que está sufriendo la democracia española. Puso como ejemplo la negativa del Tribunal Supremo a aceptar la ley de amnistía aprobada por el Parlamento, describiéndolo como un caso que amenaza el equilibrio entre poderes. Esa interpretación fue después resumida en España por algunos medios como una alerta internacional ante un “golpe judicial” que, sabemos, se inició con Podemos y los independentistas. Después vino la condena al Fiscal General del Estado retorciendo el derecho, las leyes y las evidencias.
Por eso hay que construir una alternativa reconocible, valiente y útil. No conformista con el mal menor mientras se admite como inamovible el armazón estructural del régimen monárquico del 78. Se necesita un programa de ruptura democrática, de redistribución real, de blindaje de lo público, de democratización del Estado y de reconocimiento plurinacional, un programa incompatible con el régimen de guerra y el belicismo anglosionista.
La mejor forma de reconstruir la democracia española pasa por construir un proyecto de izquierdas valiente y transformado que ofrezca una alternativa y una propuesta diferenciadora, de ruptura y de transformación, capaz de sustituir el pacto entre élites nacido en 1978 por un pacto (con)federal entre pueblos que dibuje un horizonte nuevo de justicia social, democracia real y soberanía compartida.
Me pregunto, como ciudadano andaluz que reconoce la posición subalterna de Andalucía en el estado, si este debate, que interioriza y describe la crisis de régimen para pensar un horizonte de estado republicano plurinacional, está abierto en el andalucismo emergente. Porque está claro que los derechos de clase, de género y ecológicos no pueden apalancarse ni dentro ni fuera de Andalucía, si Andalucía sigue atrapada en el corsé del 78.
Comentarios