editorial

Andalucía vuelve a 'suspender' en PISA: ¿alguien piensa en el futuro?

Los alarmantes resultados que arroja el informe deben activar mecanismos correctores en las Administraciones competentes. La comunidad necesita un acuerdo educativo real, sostenido en el tiempo y evaluado con seriedad

  • Estudiantes, en la biblioteca central de Jerez, en una imagen de archivo. -

Hay que tomarse muy en serio los resultados que arroja el último informe PISA conocido esta semana, particularmente los referidos a Andalucía, una comunidad que presenta los peores registros de su historia en las tres competencias que mide la prueba, que esta semana ha encendido todas las alarmas.

Andalucía ha retrocedido en ciencias, en matemáticas y en lectura, y lo ha hecho más deprisa que la media española. La región andaluza, evaluación tras evaluación, sigue perdiendo terreno en este ranking educativo —que, muy cuestionado por algunos expertos, arroja datos sonrojantes—. 

PISA constata que miles de adolescentes andaluces de 15 años llegan a 4º de la ESO peor preparados que los que les precedieron hace tres años, y aquellos, a su vez, peor que los de la generación anterior. Es una tendencia sostenida demasiado tiempo, y lo peor es que no parece que el próximo informe vaya a ofrecer resultados mucho mejores.

Que la brecha entre alumnado favorecido y desfavorecido sea menor en Andalucía que en el resto de España no significa que el sistema esté funcionando mejor para los más vulnerables. Al contrario, solo se constata, como reconoce el propio informe, que el alumnado con más recursos también está cayendo, y lo hace con fuerza. 

Los datos sobre absentismo y sobre la proporción de estudiantes que dicen no recibir clases de ciencias en el momento del examen deberían encender todas las alarmas, más allá de la discusión sobre metodologías pedagógicas o leyes educativas. Un sistema educativo no puede aspirar a formar ciudadanos competentes si más de la mitad de su alumnado falta a clase con regularidad y más de un tercio no está recibiendo la materia de la que se le evalúa en el citado informe.

Andalucía lleva demasiados ciclos ofreciendo pésimos resultados en el informe PISA, en una nueva caída que parece no tener fin, pero que debiera servir poner deberes a unos gobernantes que no pueden ignorar estos datos y que deben hacer todo lo posible para que las nuevas generaciones estén mejor formadas ante el futuro incierto que se les viene. 

Los adolescentes que hoy sacan peores notas en ciencias, matemáticas y lectura serán, dentro de una década, la fuerza de trabajo, los profesionales sanitarios, los ingenieros y los docentes de esta tierra, cuya base debe ser lo más sólida posible. Por su bien, y por el bien de la sociedad que los forma. 

La próxima convocatoria de PISA llegará en 2028. Para entonces, Andalucía necesita un acuerdo educativo real, sostenido en el tiempo y evaluado con seriedad, el tan cacareado pacto de Estado por la Educacón, muchas veces invocado, pero muy poco trabajado. Lo contrario es aceptar, con resignación, que la próxima fotografía será todavía peor que esta.

Hay que tomarse muy en serio los resultados que arroja el último informe PISA conocido esta semana, particularmente los referidos a Andalucía, una comunidad que presenta los peores registros de su historia en las tres competencias que mide la prueba, que esta semana ha encendido todas las alarmas.

Andalucía ha retrocedido en ciencias, en matemáticas y en lectura, y lo ha hecho más deprisa que la media española. La región andaluza, evaluación tras evaluación, sigue perdiendo terreno en este ranking educativo —que, muy cuestionado por algunos expertos, arroja datos sonrojantes—. 

PISA constata que miles de adolescentes andaluces de 15 años llegan a 4º de la ESO peor preparados que los que les precedieron hace tres años, y aquellos, a su vez, peor que los de la generación anterior. Es una tendencia sostenida demasiado tiempo, y lo peor es que no parece que el próximo informe vaya a ofrecer resultados mucho mejores.

Que la brecha entre alumnado favorecido y desfavorecido sea menor en Andalucía que en el resto de España no significa que el sistema esté funcionando mejor para los más vulnerables. Al contrario, solo se constata, como reconoce el propio informe, que el alumnado con más recursos también está cayendo, y lo hace con fuerza. 

Los datos sobre absentismo y sobre la proporción de estudiantes que dicen no recibir clases de ciencias en el momento del examen deberían encender todas las alarmas, más allá de la discusión sobre metodologías pedagógicas o leyes educativas. Un sistema educativo no puede aspirar a formar ciudadanos competentes si más de la mitad de su alumnado falta a clase con regularidad y más de un tercio no está recibiendo la materia de la que se le evalúa en el citado informe.

Andalucía lleva demasiados ciclos ofreciendo pésimos resultados en el informe PISA, en una nueva caída que parece no tener fin, pero que debiera servir poner deberes a unos gobernantes que no pueden ignorar estos datos y que deben hacer todo lo posible para que las nuevas generaciones estén mejor formadas ante el futuro incierto que se les viene. 

Los adolescentes que hoy sacan peores notas en ciencias, matemáticas y lectura serán, dentro de una década, la fuerza de trabajo, los profesionales sanitarios, los ingenieros y los docentes de esta tierra, cuya base debe ser lo más sólida posible. Por su bien, y por el bien de la sociedad que los forma. 

La próxima convocatoria de PISA llegará en 2028. Para entonces, Andalucía necesita un acuerdo educativo real, sostenido en el tiempo y evaluado con seriedad, el tan cacareado pacto de Estado por la Educacón, muchas veces invocado, pero muy poco trabajado. Lo contrario es aceptar, con resignación, que la próxima fotografía será todavía peor que esta.

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