Durante mucho tiempo, hemos demostrado que estábamos dispuestos a aceptar ciertas veleidades, siempre que se mantuvieran dentro de un orden; que, como sociedad, podíamos hacer la vista gorda, si se trataba de la paja en el ojo y no de la viga. Nos hicieron creer que era un pacto social: nuestra tranquilidad de película y palomitas los domingos por la tarde, a cambio de algunos desmanes que pasarían pronto, un pequeño trago de maldad sobre nuestra conciencia, nada que no pudiera limpiar una semana en la playa.
En cierto momento, las noticias comenzaron a hablar de apadrinar el comedor de un niño o niña y aquello comenzó a chirriar. Ya no se trataba de zonas en conflicto, de refugiados o chabolistas; formaban parte del vecindario y eso los hería a ellos y nos incomodaba a nosotros. A pesar de todo, el nivel de protesta fue mínimo y las tropelías de muchos representantes públicos lograron dejar atrás la noticias para protagonizar la manida batalla de “y tú más”.
Asistimos atónitas a esa situación: esto no era lo pactado, como si un torrente se hubiese desbordado, proliferaban los casos, las declaraciones arrogantes, las obscenas comparaciones entre unos y otros, como si existiesen argumentos admisibles para despilfarrar el dinero público, mientras miles de compatriotas pasaban necesidad. Sin embargo, el sistema tiende a perpetuarse y sabe cómo suministrar las dosis de entretenimiento e ilusionismo que garanticen la impunidad.
Así, a una ocurrencia, siguió otra y otra, una fiesta sin control a costa siempre de necesidades ciudadanas, de dinero público, (que se demostró como dinero de alguien) y de apelaciones a “personas con mala suerte, sin espíritu emprendedor, sin saber adaptarse a las exigencias del mercado laboral…” Empezaban a repartirse las culpas y llevábamos la peor parte. Nos resignamos.
El ansiado orden se convirtió en caos y ahora andamos entre sombras, culpables por convicción, culpables por resignación y culpables por omisión. Es posible que en este momento en el que a todos nos han declarado culpables de algo, seamos capaces de unirnos y encontrar a los responsables. Existen sobradas razones para firmar un nuevo pacto: defendamos el bien común a cambio de alcanzar un futuro digno.
Durante mucho tiempo, hemos demostrado que estábamos dispuestos a aceptar ciertas veleidades, siempre que se mantuvieran dentro de un orden; que, como sociedad, podíamos hacer la vista gorda, si se trataba de la paja en el ojo y no de la viga. Nos hicieron creer que era un pacto social: nuestra tranquilidad de película y palomitas los domingos por la tarde, a cambio de algunos desmanes que pasarían pronto, un pequeño trago de maldad sobre nuestra conciencia, nada que no pudiera limpiar una semana en la playa.
En cierto momento, las noticias comenzaron a hablar de apadrinar el comedor de un niño o niña y aquello comenzó a chirriar. Ya no se trataba de zonas en conflicto, de refugiados o chabolistas; formaban parte del vecindario y eso los hería a ellos y nos incomodaba a nosotros. A pesar de todo, el nivel de protesta fue mínimo y las tropelías de muchos representantes públicos lograron dejar atrás la noticias para protagonizar la manida batalla de “y tú más”.
Asistimos atónitas a esa situación: esto no era lo pactado, como si un torrente se hubiese desbordado, proliferaban los casos, las declaraciones arrogantes, las obscenas comparaciones entre unos y otros, como si existiesen argumentos admisibles para despilfarrar el dinero público, mientras miles de compatriotas pasaban necesidad. Sin embargo, el sistema tiende a perpetuarse y sabe cómo suministrar las dosis de entretenimiento e ilusionismo que garanticen la impunidad.
Así, a una ocurrencia, siguió otra y otra, una fiesta sin control a costa siempre de necesidades ciudadanas, de dinero público, (que se demostró como dinero de alguien) y de apelaciones a “personas con mala suerte, sin espíritu emprendedor, sin saber adaptarse a las exigencias del mercado laboral…” Empezaban a repartirse las culpas y llevábamos la peor parte. Nos resignamos.
El ansiado orden se convirtió en caos y ahora andamos entre sombras, culpables por convicción, culpables por resignación y culpables por omisión. Es posible que en este momento en el que a todos nos han declarado culpables de algo, seamos capaces de unirnos y encontrar a los responsables. Existen sobradas razones para firmar un nuevo pacto: defendamos el bien común a cambio de alcanzar un futuro digno.
Comentarios