Sin lugar a duda, son necesarios acontecimientos como la visita del Papa o situaciones dramáticas y trágicas como la dana de Valencia para que la mirada adulta se acerque a nuestros jóvenes, descubriéndolos.
Las crónicas periodísticas de este fin de semana ponen el acento en el entusiasmo, la frescura y la gran emotividad de chicas y chicos en el recibimiento al Santo Pontífice. En casi todos los casos, son palabras de sorpresa: los creíamos indiferentes, ensimismados, volcados masivamente en internet y las redes sociales (comentan algunas crónicas periodísticas).
Con la dana se puso de manifiesto en la juventud el valor, la solidaridad, enorme espíritu de trabajo y un sinfín de capacidades que estaban ocultas o eran desconocidas para la mayoría de la población.
Un fenómeno similar podemos describir en los actos de este fin de semana, por la intensidad de los sentimientos de afecto hacia el Papa y el inmenso número de participantes.
Nuestros jóvenes: los grandes desconocidos. El discurso adulto (sobre todo el emitido desde los políticos o instituciones oficiales) hablan de las necesidades de los muchachos: vivienda, trabajo, entre otras. Un discurso que en muchos casos va dirigido a captar el interés de los jóvenes para campañas diversas que, en muchos casos, no contemplan el interés genuino que anida en ellos.
El imaginario adulto ha construido una figura joven un tanto indiferente hacia el mundo que le rodea, en muchos casos con tatuajes en su cuerpo, intensamente preocupada por la imagen corporal y volcada de lleno en las redes sociales.
Una imagen un tanto ególatra, materialista, con una actitud acomodaticia con el contexto familiar.
“Cuando yo era joven…” suelen decir los abuelos y los padres en tono de queja.
En términos generales, no se otorga la palabra al joven, no son ellos los que hablan en primera persona.
Desde el punto de vista etimológico la palabra juvenil proviene del latín iuvenīlis, un adjetivo derivado de iuvenis (joven).
Esta raíz latina está emparentada con el verbo iuvare, que significa «ayudar» o «sostener». Los iuvenes eran considerados quienes tenían la fuerza y el vigor para auxiliar a la sociedad.
La forma idónea de conocerlos es acercarse y otorgarles la palabra de la forma más neutra posible y atendiendo a sus intereses reales. En más de un caso, el investigador puede encontrarse con fenómenos inesperados y maneras de sentir que en nada se asemejan a la construcción mental de la juventud.
En El tabú de la virginidad* (trabajo de investigación social publicado en los años `90) se reveló una juventud moderada en su modelo de pareja y estilo de vida contradiciendo la imagen un tanto hippie que el imaginario social tenía de ella.
Los centros que ostentan el poder económico e ideológico de una forma deliberada y más o menos exitosa han pretendido desde época inmemorial moldear a las jóvenes generaciones, esculpir su cuerpo y sobre todo, sus ideas y sentimientos.
Las manidas frases de “ellos son nuestros futuro” son el enunciado a partir del cual se lanzan consignas variadas que se suponen que chicas y chicos deben seguir.
Muy por el contrario, sólo a ellos corresponde manifestarse, demandar y conformar el modelo más adecuado a sus intereses y forma de sentir. Ellos constituyen su presente.
*El tabú de la virginidad (premio de investigación Generalitat de Catalunya). S. Isoletta, 1990.
Sin lugar a duda, son necesarios acontecimientos como la visita del Papa o situaciones dramáticas y trágicas como la dana de Valencia para que la mirada adulta se acerque a nuestros jóvenes, descubriéndolos.
Las crónicas periodísticas de este fin de semana ponen el acento en el entusiasmo, la frescura y la gran emotividad de chicas y chicos en el recibimiento al Santo Pontífice. En casi todos los casos, son palabras de sorpresa: los creíamos indiferentes, ensimismados, volcados masivamente en internet y las redes sociales (comentan algunas crónicas periodísticas).
Con la dana se puso de manifiesto en la juventud el valor, la solidaridad, enorme espíritu de trabajo y un sinfín de capacidades que estaban ocultas o eran desconocidas para la mayoría de la población.
Un fenómeno similar podemos describir en los actos de este fin de semana, por la intensidad de los sentimientos de afecto hacia el Papa y el inmenso número de participantes.
Nuestros jóvenes: los grandes desconocidos. El discurso adulto (sobre todo el emitido desde los políticos o instituciones oficiales) hablan de las necesidades de los muchachos: vivienda, trabajo, entre otras. Un discurso que en muchos casos va dirigido a captar el interés de los jóvenes para campañas diversas que, en muchos casos, no contemplan el interés genuino que anida en ellos.
El imaginario adulto ha construido una figura joven un tanto indiferente hacia el mundo que le rodea, en muchos casos con tatuajes en su cuerpo, intensamente preocupada por la imagen corporal y volcada de lleno en las redes sociales.
Una imagen un tanto ególatra, materialista, con una actitud acomodaticia con el contexto familiar.
“Cuando yo era joven…” suelen decir los abuelos y los padres en tono de queja.
En términos generales, no se otorga la palabra al joven, no son ellos los que hablan en primera persona.
Desde el punto de vista etimológico la palabra juvenil proviene del latín iuvenīlis, un adjetivo derivado de iuvenis (joven).
Esta raíz latina está emparentada con el verbo iuvare, que significa «ayudar» o «sostener». Los iuvenes eran considerados quienes tenían la fuerza y el vigor para auxiliar a la sociedad.
La forma idónea de conocerlos es acercarse y otorgarles la palabra de la forma más neutra posible y atendiendo a sus intereses reales. En más de un caso, el investigador puede encontrarse con fenómenos inesperados y maneras de sentir que en nada se asemejan a la construcción mental de la juventud.
En El tabú de la virginidad* (trabajo de investigación social publicado en los años `90) se reveló una juventud moderada en su modelo de pareja y estilo de vida contradiciendo la imagen un tanto hippie que el imaginario social tenía de ella.
Los centros que ostentan el poder económico e ideológico de una forma deliberada y más o menos exitosa han pretendido desde época inmemorial moldear a las jóvenes generaciones, esculpir su cuerpo y sobre todo, sus ideas y sentimientos.
Las manidas frases de “ellos son nuestros futuro” son el enunciado a partir del cual se lanzan consignas variadas que se suponen que chicas y chicos deben seguir.
Muy por el contrario, sólo a ellos corresponde manifestarse, demandar y conformar el modelo más adecuado a sus intereses y forma de sentir. Ellos constituyen su presente.
*El tabú de la virginidad (premio de investigación Generalitat de Catalunya). S. Isoletta, 1990.
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