Después de mi paso por Getafe Negro y de recorrer los escenarios del Quijote, mi viaje literario continuó por tierras castellanas, entre esas llanuras inmensas que parecen no terminar nunca y que Antonio Machado convirtió en materia poética. Mientras atravesaba aquellos campos, fui imaginando cómo debió de ser su llegada a Soria en 1907, cuando todavía buena parte de la vida transcurría en el campo y los pueblos no habían sufrido el éxodo que llegaría décadas después. Pensaba en los caminos, en las gentes que trabajaban aquellas tierras y en la dureza de una existencia que hoy apenas podemos reconstruir. También en la Guerra Civil, en la desolación de aquellas extensiones abiertas donde resulta difícil imaginar un lugar en el que esconderse, y en cuántas historias habrán quedado sepultadas bajo esos campos aparentemente silenciosos.
Machado llegó a Soria para ejercer como profesor de francés y allí encontró mucho más que un destino profesional. Conoció a Leonor Izquierdo, se casó con ella y descubrió un paisaje que terminaría formando parte inseparable de su obra. En 1912 publicó Campos de Castilla, uno de los grandes libros de la poesía española, donde la contemplación de aquellas tierras se mezcla con la reflexión sobre España, sus habitantes y su historia.
Durante el viaje hicimos alguna parada para que los perros pudieran pasear y aproveché para contemplar aquellas extensiones que muchos urbanitas juzgan de monótonas, pero que a mí me resultaban magníficas. Pensaba en Machado recorriendo esos mismos campos, observando a sus habitantes y dejando que el paisaje alimentara esa vida interior que tan importante resulta para quienes escribimos.
A menudo me preguntan cómo puedo pasar tanto tiempo apartada de la ciudad sin aburrirme. El pasado agosto, por ejemplo, estuve prácticamente un mes sin aparecer por Jerez, dedicada a escribir el grueso de un libro que me habían encargado y que ahora espera sus correcciones. También hay quien se sorprende de que disfrute pasando los inviernos en la campiña, con el viento golpeando fuera y la chimenea encendida durante horas. Supongo que para quienes necesitan el movimiento constante de una ciudad resulta difícil comprender que alguien encuentre precisamente en esa quietud todo lo que necesita.
Al contemplar aquellos campos pensé también en cuánto había cambiado Castilla desde que Machado los recorriera más de un siglo atrás. Han cambiado los pueblos, los caminos, la forma de trabajar la tierra y nuestra manera de relacionarnos con el paisaje, pero permanecen esos horizontes que parecen prolongarse hasta el infinito (y más allá).
El propio Machado, en el prólogo a la edición de Páginas escogidas, de 1917, se explicaba a sí mismo con estas palabras:
"Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero, si convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces?".
La respuesta habrá de encontrarla el lector interesado en las páginas de Campos de Castilla.
Después de mi paso por Getafe Negro y de recorrer los escenarios del Quijote, mi viaje literario continuó por tierras castellanas, entre esas llanuras inmensas que parecen no terminar nunca y que Antonio Machado convirtió en materia poética. Mientras atravesaba aquellos campos, fui imaginando cómo debió de ser su llegada a Soria en 1907, cuando todavía buena parte de la vida transcurría en el campo y los pueblos no habían sufrido el éxodo que llegaría décadas después. Pensaba en los caminos, en las gentes que trabajaban aquellas tierras y en la dureza de una existencia que hoy apenas podemos reconstruir. También en la Guerra Civil, en la desolación de aquellas extensiones abiertas donde resulta difícil imaginar un lugar en el que esconderse, y en cuántas historias habrán quedado sepultadas bajo esos campos aparentemente silenciosos.
Machado llegó a Soria para ejercer como profesor de francés y allí encontró mucho más que un destino profesional. Conoció a Leonor Izquierdo, se casó con ella y descubrió un paisaje que terminaría formando parte inseparable de su obra. En 1912 publicó Campos de Castilla, uno de los grandes libros de la poesía española, donde la contemplación de aquellas tierras se mezcla con la reflexión sobre España, sus habitantes y su historia.
Durante el viaje hicimos alguna parada para que los perros pudieran pasear y aproveché para contemplar aquellas extensiones que muchos urbanitas juzgan de monótonas, pero que a mí me resultaban magníficas. Pensaba en Machado recorriendo esos mismos campos, observando a sus habitantes y dejando que el paisaje alimentara esa vida interior que tan importante resulta para quienes escribimos.
A menudo me preguntan cómo puedo pasar tanto tiempo apartada de la ciudad sin aburrirme. El pasado agosto, por ejemplo, estuve prácticamente un mes sin aparecer por Jerez, dedicada a escribir el grueso de un libro que me habían encargado y que ahora espera sus correcciones. También hay quien se sorprende de que disfrute pasando los inviernos en la campiña, con el viento golpeando fuera y la chimenea encendida durante horas. Supongo que para quienes necesitan el movimiento constante de una ciudad resulta difícil comprender que alguien encuentre precisamente en esa quietud todo lo que necesita.
Al contemplar aquellos campos pensé también en cuánto había cambiado Castilla desde que Machado los recorriera más de un siglo atrás. Han cambiado los pueblos, los caminos, la forma de trabajar la tierra y nuestra manera de relacionarnos con el paisaje, pero permanecen esos horizontes que parecen prolongarse hasta el infinito (y más allá).
El propio Machado, en el prólogo a la edición de Páginas escogidas, de 1917, se explicaba a sí mismo con estas palabras:
"Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero, si convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces?".
La respuesta habrá de encontrarla el lector interesado en las páginas de Campos de Castilla.
Comentarios