«De la ignorancia del pueblo se aprovechan los gobernantes». Lo decía Diamantino García, y lo decía despacito, con una voz limpia, tranquila y buena, de hombre manso. Pero los que lo conocimos sabemos que debajo de la mansedumbre había coraje y la rabia de quien ha visto muchas veces cómo al pobre se le pide paciencia mientras otros, en un despacho, deciden por él. Y un día nos cansamos. Porque vamos a dejar algo claro: si no puedes aguantar dos meses sin trabajar o sin cobrar, tenlo claro: eres pobre y de clase obrera.
Te levantas temprano, te vas a trabajar y, cuando vuelves con los pies hechos polvo, abres el móvil a ver si hay un piso que puedas pagar. En Granada la búsqueda empieza en el barrio, se va por los pueblos de alrededor y termina en una cuenta de la vieja: lo que me ahorro en alquiler, ¿me lo gasto en gasolina? Y si tienes criaturas, a la cuenta se le suma otra pregunta: ¿quién las recoge del colegio mientras tú sigues currando?
Lo más amargo, fíjese, es que a veces la búsqueda empieza cuando ya tienes casa. Se te acaba el contrato, te dicen lo que te van a subir el alquiler y tú haces números con el mismo sueldo del mes pasado. Y a la primera llamada ya te piden la nómina, el contrato de trabajo, la fianza y a alguien que ponga la cara por ti. Hace falta tener dinero para pagar cada mes y tenerlo también de golpe para poder entrar. De eso se habla poco, porque se da por hecho que el que trabaja, alquila.
El miércoles 11 de noviembre, los sindicatos de trabajadores y los de inquilinas han convocado una huelga general de veinticuatro horas. Se pide que se desbloqueen los convenios y que suban los salarios. La Confederación de Sindicatos de Inquilinas pide que bajen los alquileres, que se vinculen a los ingresos, que los contratos sean indefinidos y que haya más vivienda pública. Y tiene todo el sentido del mundo que se hayan juntado. El alquiler y el sueldo se discuten en sitios distintos, sí, pero en una casa salen del mismo bolsillo.
La patronal dice que una huelga por la vivienda le echa a las empresas una responsabilidad que es de los poderes públicos. Y es verdad que tu jefe no decide lo que te va a pedir el casero cuando se te venza el contrato. Pero la patronal sí se sienta a negociar el acuerdo que sirve de referencia a los convenios, y los sindicatos denuncian que llevan más de un año esperando. ¿Cuánto tiempo aguanta uno que paga el alquiler el día uno y lleva meses esperando a que su sueldo se mueva?
El Congreso tumbó dos decretos de vivienda el 2 de octubre. Cinco días después se acordó la huelga. Y ahora, con unas elecciones a la vuelta de la esquina, a los partidos les resulta más fácil llevarse el agua a su molino y volver al eterno «tú más» y al «la culpa es tuya». Al Gobierno le toca explicar qué medidas va a sacar adelante. Y al PP, a Vox y a Junts, que votaron en contra de los dos decretos, les toca explicar qué solución le dan a la gente que esperaba que le prorrogaran el contrato. Votar en contra de un decreto lleva unos segundos. Encontrar otro piso lleva bastante más.
La Junta de Andalucía se ha puesto como meta impulsar 20.000 viviendas protegidas. Uno quisiera saber cuántas serán de alquiler, dónde van a estar, cuánto van a costar y cuándo se va a poder entrar a vivir en ellas y sobre todo, si sólo es una promesa electoral más que llegado el momento no se cumplirá. Y mientras se construyen, ¿qué hace el que tiene que renovar este invierno? Andalucía sigue sin declarar zonas de mercado residencial tensionado. La Junta puede defender su política de construcción y, a la vez, explicar por qué renuncia a una herramienta que permite limitar el precio inicial de ciertos contratos allí donde se aplica.
Cuando Diamantino llegó a Los Corrales, vio que los jornaleros se iban a Navarra a recoger espárragos. Y se fue con ellos. Años después, el Sindicato de Obreros del Campo y Comisiones Obreras convocaron una huelga para pedir más fondos para el empleo comunitario. A Diamantino lo detuvieron nada más empezar el paro. Me he acordado de él al ver que los que trabajan y los que viven de alquiler han decidido protestar juntos. Entonces, a muchos les tocaba irse del pueblo para ganarse el jornal. Hoy es al revés, hay quien se gana el jornal aquí y tiene que irse porque aquí no encuentra dónde vivir.
Por eso esta huelga también va de democracia. De que la gente pueda parar, juntarse y pedir cuentas a quienes deciden sobre su sueldo o su casa. Al inquilino que negocia solo le pueden decir que detrás hay diez dispuestos a pagar lo que a él le piden. Al trabajador que pide un aumento le pueden decir que ya se verá cuando toque renovar el convenio. Organizarse cambia, por lo menos, una cosa: la respuesta que antes se quedaba en un despacho o en una llamada pasa a discutirse a la vista de todos.
Que vengan quienes nos gobiernan a decirnos a la cara por qué podemos pasarnos la vida trabajando en un sitio y acabar haciendo las maletas porque ya no podemos pagar el alquiler. Que nos lo expliquen con el contrato encima de la mesa y la nómina al lado. Y si lo único que tienen que ofrecernos es paciencia, que se la guarden. El 11 de noviembre, a quienes llevan años despachándonos de uno en uno les va a tocar escucharnos juntos.
«De la ignorancia del pueblo se aprovechan los gobernantes». Lo decía Diamantino García, y lo decía despacito, con una voz limpia, tranquila y buena, de hombre manso. Pero los que lo conocimos sabemos que debajo de la mansedumbre había coraje y la rabia de quien ha visto muchas veces cómo al pobre se le pide paciencia mientras otros, en un despacho, deciden por él. Y un día nos cansamos. Porque vamos a dejar algo claro: si no puedes aguantar dos meses sin trabajar o sin cobrar, tenlo claro: eres pobre y de clase obrera.
Te levantas temprano, te vas a trabajar y, cuando vuelves con los pies hechos polvo, abres el móvil a ver si hay un piso que puedas pagar. En Granada la búsqueda empieza en el barrio, se va por los pueblos de alrededor y termina en una cuenta de la vieja: lo que me ahorro en alquiler, ¿me lo gasto en gasolina? Y si tienes criaturas, a la cuenta se le suma otra pregunta: ¿quién las recoge del colegio mientras tú sigues currando?
Lo más amargo, fíjese, es que a veces la búsqueda empieza cuando ya tienes casa. Se te acaba el contrato, te dicen lo que te van a subir el alquiler y tú haces números con el mismo sueldo del mes pasado. Y a la primera llamada ya te piden la nómina, el contrato de trabajo, la fianza y a alguien que ponga la cara por ti. Hace falta tener dinero para pagar cada mes y tenerlo también de golpe para poder entrar. De eso se habla poco, porque se da por hecho que el que trabaja, alquila.
El miércoles 11 de noviembre, los sindicatos de trabajadores y los de inquilinas han convocado una huelga general de veinticuatro horas. Se pide que se desbloqueen los convenios y que suban los salarios. La Confederación de Sindicatos de Inquilinas pide que bajen los alquileres, que se vinculen a los ingresos, que los contratos sean indefinidos y que haya más vivienda pública. Y tiene todo el sentido del mundo que se hayan juntado. El alquiler y el sueldo se discuten en sitios distintos, sí, pero en una casa salen del mismo bolsillo.
La patronal dice que una huelga por la vivienda le echa a las empresas una responsabilidad que es de los poderes públicos. Y es verdad que tu jefe no decide lo que te va a pedir el casero cuando se te venza el contrato. Pero la patronal sí se sienta a negociar el acuerdo que sirve de referencia a los convenios, y los sindicatos denuncian que llevan más de un año esperando. ¿Cuánto tiempo aguanta uno que paga el alquiler el día uno y lleva meses esperando a que su sueldo se mueva?
El Congreso tumbó dos decretos de vivienda el 2 de octubre. Cinco días después se acordó la huelga. Y ahora, con unas elecciones a la vuelta de la esquina, a los partidos les resulta más fácil llevarse el agua a su molino y volver al eterno «tú más» y al «la culpa es tuya». Al Gobierno le toca explicar qué medidas va a sacar adelante. Y al PP, a Vox y a Junts, que votaron en contra de los dos decretos, les toca explicar qué solución le dan a la gente que esperaba que le prorrogaran el contrato. Votar en contra de un decreto lleva unos segundos. Encontrar otro piso lleva bastante más.
La Junta de Andalucía se ha puesto como meta impulsar 20.000 viviendas protegidas. Uno quisiera saber cuántas serán de alquiler, dónde van a estar, cuánto van a costar y cuándo se va a poder entrar a vivir en ellas y sobre todo, si sólo es una promesa electoral más que llegado el momento no se cumplirá. Y mientras se construyen, ¿qué hace el que tiene que renovar este invierno? Andalucía sigue sin declarar zonas de mercado residencial tensionado. La Junta puede defender su política de construcción y, a la vez, explicar por qué renuncia a una herramienta que permite limitar el precio inicial de ciertos contratos allí donde se aplica.
Cuando Diamantino llegó a Los Corrales, vio que los jornaleros se iban a Navarra a recoger espárragos. Y se fue con ellos. Años después, el Sindicato de Obreros del Campo y Comisiones Obreras convocaron una huelga para pedir más fondos para el empleo comunitario. A Diamantino lo detuvieron nada más empezar el paro. Me he acordado de él al ver que los que trabajan y los que viven de alquiler han decidido protestar juntos. Entonces, a muchos les tocaba irse del pueblo para ganarse el jornal. Hoy es al revés, hay quien se gana el jornal aquí y tiene que irse porque aquí no encuentra dónde vivir.
Por eso esta huelga también va de democracia. De que la gente pueda parar, juntarse y pedir cuentas a quienes deciden sobre su sueldo o su casa. Al inquilino que negocia solo le pueden decir que detrás hay diez dispuestos a pagar lo que a él le piden. Al trabajador que pide un aumento le pueden decir que ya se verá cuando toque renovar el convenio. Organizarse cambia, por lo menos, una cosa: la respuesta que antes se quedaba en un despacho o en una llamada pasa a discutirse a la vista de todos.
Que vengan quienes nos gobiernan a decirnos a la cara por qué podemos pasarnos la vida trabajando en un sitio y acabar haciendo las maletas porque ya no podemos pagar el alquiler. Que nos lo expliquen con el contrato encima de la mesa y la nómina al lado. Y si lo único que tienen que ofrecernos es paciencia, que se la guarden. El 11 de noviembre, a quienes llevan años despachándonos de uno en uno les va a tocar escucharnos juntos.
Comentarios