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15 años después: calles y acción política

La precariedad juvenil en este 15 aniversario es extrema. Si los jóvenes tienen que destinar una parte sustancial de su sueldo al alquiler y las tasas de emancipación no bajan de los 30 años, la angustia de la que hablábamos antes se ha vuelto supervivencia pura

  • Concentración del 15M, en imagen de archivo.

El 15M nació de la angustia y la incertidumbre material provocadas por la precariedad y la crisis económica. Hace 15 años aquel amplio proceso de movilización social cuestionó las políticas regresivas de recorte de derechos, reafirmó el activismo en las calles y produjo una corriente social crítica de largo alcance. Aquella angustia se politizó y abrió grietas en el sistema. Hoy, su sombra alargada nos muestra claves distintas.

Si el 15M fue un movimiento de ofensiva ciudadana, hoy se observa una mutación hacia posiciones más defensivas entre los espacios de izquierda y los movimientos sociales. La angustia ya no se expresa tanto para imaginar mundos nuevos o para la impugnación total del sistema, sino como una especie de resistencia frente al avance de la extrema derecha. O peor aún: esa misma angustia se expresa hoy —de forma inquietante— en ira destructiva a través del avance ultraderechista.

También ha cambiado la calle. Lo vemos quienes seguimos participando en movimientos sociales: las movilizaciones son menos masivas, más intermitentes. La energía de las plazas fue absorbida por la política institucional que encarnó Podemos, pero ese impulso se diluyó pronto entre divisiones internas y dinámicas de bunkerización, exabruptos en las redes, que muchos vivimos con melancolía y frustración.

De ese declive se salvó el impacto brutal que nos produjo a partir de 2018 la cuarta ola del movimiento feminista, cuya resaca todavía hoy continúa. Y la solidaridad con Palestina ha sido capaz de galvanizar a sectores sociales muy amplios, con triunfos políticos de calado. Además, no todo son sombras del 15M: persiste un "efecto semilla" en la sensibilidad social. Debates que eran marginales en 2011 —como el derecho a la vivienda, la transparencia, la calidad democrática o el consentimiento— hoy están en el centro de la agenda pública.

Uno de los cambios más profundos lo vivimos quienes ya peinamos canas. Si el 15M fue la explosión de una juventud angustiada pero capaz de llenar plazas, hoy asistimos a lo que algunos llaman la “seniorización” de la protesta. Lo movimientos sociales estamos compuestos en gran medida por jubilados y jubiladas, personas que nos formamos políticamente en la transición. Para una persona joven participar con criterios de “militancia”, que fueron el marco de nuestra socialización en los años 70, es muy complejo.

La precariedad juvenil en este 15 aniversario es extrema. Si los jóvenes tienen que destinar una parte sustancial de su sueldo al alquiler y las tasas de emancipación no bajan de los 30 años, la angustia de la que hablábamos antes se ha vuelto supervivencia pura. Así que para un joven hoy, dedicar una tarde a una asamblea o a una aburrida reunión de las que hacemos, es un lujo que compite con un segundo empleo o con el simple agotamiento mental.

Por eso quizás un reto sea facilitarnos espacios comunes en los que se produzca el encuentro. Posiblemente no en una sede sino en un lugar para hacer cosas juntos. El intercambio generacional real puede que ocurra más en un huerto urbano, en un taller de reparación de bicicletas o en una red de apoyo mutuo contra los desahucios que en una reunión organizativa. El movimiento feminista lo entendió antes que nadie: muchas jóvenes no militan en asociaciones con estatutos, sino en redes de afinidad que se activan por causas concretas y vuelven a su vida con la semilla ya plantada. Quizá ahí esté una de las claves que debemos aprender.

Y aquí conviene decirlo con claridad, porque atraviesa todo este balance: la angustia que en 2011 se politizó y abrió horizontes, hoy despolitiza o se canaliza hacia la ultraderecha; el desafío es volver a convertirla en energía emancipadora.

En un escenario global y nacional complejo, donde las antiguas recetas de movilización se enfrentan a muros tecnológicos y discursivos mucho más altos. Los retos para quienes seguimos en la brecha del activismo y los derechos humanos se han vuelto más específicos y estratégicos. 

El primero es combatir la deshumanización del otro, que alimenta la polarización y los discursos de odio. Recuperar la inteligencia colectiva de 2011 evitando que el activismo se encierre en burbujas de autoconfirmación o en una retórica de confrontación estéril. El segundo es la protección de los derechos materiales: vivienda, precariedad, crisis climática… No son agendas separadas, sino una misma batalla por la supervivencia. Y aquí lo digo con claridad: necesitamos acción social independiente que nos remita al valor positivo de los sueños, sí, pero también acción política capaz de traducirla en políticas públicas. Una sin la otra se queda coja. Lo aprendimos entonces y sigue siendo cierto hoy.

El éxito del activismo por Palestina en España o el de las Mareas Blancas, demuestra que todavía es posible movilizar a sectores amplios y disputar el relato frente al retroceso global de derechos. Pero para que esa energía no se diluya, necesitamos reconstruir espacios de base que no dependan de los tiempos electorales y, al mismo tiempo, encontrar la forma de que esa base tenga expresión política. No es sencillo, pero es imprescindible. Y lo digo también pensando en este domingo en Andalucía: la acción social y la acción política no pueden caminar por separado si queremos frenar los retrocesos encarnados en la derecha y abrir horizontes.

Quince años después, el desafío es pasar de la indignación reactiva a una construcción propositiva que vuelva a ilusionar a las nuevas generaciones. Para quienes vivimos el 15M, es un recuerdo cercano. Para quienes hoy tienen veinte años, es historia. El reto es que vuelva a ser una herramienta viva. Y eso depende también de que quienes seguimos en la brecha sepamos escuchar, ceder espacio y construir juntos. Si algo nos enseñó aquel mayo de 2011 es que la política no empieza en las instituciones ni termina en las plazas: empieza en el encuentro entre personas que deciden no rendirse.

El 15M nació de la angustia y la incertidumbre material provocadas por la precariedad y la crisis económica. Hace 15 años aquel amplio proceso de movilización social cuestionó las políticas regresivas de recorte de derechos, reafirmó el activismo en las calles y produjo una corriente social crítica de largo alcance. Aquella angustia se politizó y abrió grietas en el sistema. Hoy, su sombra alargada nos muestra claves distintas.

Si el 15M fue un movimiento de ofensiva ciudadana, hoy se observa una mutación hacia posiciones más defensivas entre los espacios de izquierda y los movimientos sociales. La angustia ya no se expresa tanto para imaginar mundos nuevos o para la impugnación total del sistema, sino como una especie de resistencia frente al avance de la extrema derecha. O peor aún: esa misma angustia se expresa hoy —de forma inquietante— en ira destructiva a través del avance ultraderechista.

También ha cambiado la calle. Lo vemos quienes seguimos participando en movimientos sociales: las movilizaciones son menos masivas, más intermitentes. La energía de las plazas fue absorbida por la política institucional que encarnó Podemos, pero ese impulso se diluyó pronto entre divisiones internas y dinámicas de bunkerización, exabruptos en las redes, que muchos vivimos con melancolía y frustración.

De ese declive se salvó el impacto brutal que nos produjo a partir de 2018 la cuarta ola del movimiento feminista, cuya resaca todavía hoy continúa. Y la solidaridad con Palestina ha sido capaz de galvanizar a sectores sociales muy amplios, con triunfos políticos de calado. Además, no todo son sombras del 15M: persiste un "efecto semilla" en la sensibilidad social. Debates que eran marginales en 2011 —como el derecho a la vivienda, la transparencia, la calidad democrática o el consentimiento— hoy están en el centro de la agenda pública.

Uno de los cambios más profundos lo vivimos quienes ya peinamos canas. Si el 15M fue la explosión de una juventud angustiada pero capaz de llenar plazas, hoy asistimos a lo que algunos llaman la “seniorización” de la protesta. Lo movimientos sociales estamos compuestos en gran medida por jubilados y jubiladas, personas que nos formamos políticamente en la transición. Para una persona joven participar con criterios de “militancia”, que fueron el marco de nuestra socialización en los años 70, es muy complejo.

La precariedad juvenil en este 15 aniversario es extrema. Si los jóvenes tienen que destinar una parte sustancial de su sueldo al alquiler y las tasas de emancipación no bajan de los 30 años, la angustia de la que hablábamos antes se ha vuelto supervivencia pura. Así que para un joven hoy, dedicar una tarde a una asamblea o a una aburrida reunión de las que hacemos, es un lujo que compite con un segundo empleo o con el simple agotamiento mental.

Por eso quizás un reto sea facilitarnos espacios comunes en los que se produzca el encuentro. Posiblemente no en una sede sino en un lugar para hacer cosas juntos. El intercambio generacional real puede que ocurra más en un huerto urbano, en un taller de reparación de bicicletas o en una red de apoyo mutuo contra los desahucios que en una reunión organizativa. El movimiento feminista lo entendió antes que nadie: muchas jóvenes no militan en asociaciones con estatutos, sino en redes de afinidad que se activan por causas concretas y vuelven a su vida con la semilla ya plantada. Quizá ahí esté una de las claves que debemos aprender.

Y aquí conviene decirlo con claridad, porque atraviesa todo este balance: la angustia que en 2011 se politizó y abrió horizontes, hoy despolitiza o se canaliza hacia la ultraderecha; el desafío es volver a convertirla en energía emancipadora.

En un escenario global y nacional complejo, donde las antiguas recetas de movilización se enfrentan a muros tecnológicos y discursivos mucho más altos. Los retos para quienes seguimos en la brecha del activismo y los derechos humanos se han vuelto más específicos y estratégicos. 

El primero es combatir la deshumanización del otro, que alimenta la polarización y los discursos de odio. Recuperar la inteligencia colectiva de 2011 evitando que el activismo se encierre en burbujas de autoconfirmación o en una retórica de confrontación estéril. El segundo es la protección de los derechos materiales: vivienda, precariedad, crisis climática… No son agendas separadas, sino una misma batalla por la supervivencia. Y aquí lo digo con claridad: necesitamos acción social independiente que nos remita al valor positivo de los sueños, sí, pero también acción política capaz de traducirla en políticas públicas. Una sin la otra se queda coja. Lo aprendimos entonces y sigue siendo cierto hoy.

El éxito del activismo por Palestina en España o el de las Mareas Blancas, demuestra que todavía es posible movilizar a sectores amplios y disputar el relato frente al retroceso global de derechos. Pero para que esa energía no se diluya, necesitamos reconstruir espacios de base que no dependan de los tiempos electorales y, al mismo tiempo, encontrar la forma de que esa base tenga expresión política. No es sencillo, pero es imprescindible. Y lo digo también pensando en este domingo en Andalucía: la acción social y la acción política no pueden caminar por separado si queremos frenar los retrocesos encarnados en la derecha y abrir horizontes.

Quince años después, el desafío es pasar de la indignación reactiva a una construcción propositiva que vuelva a ilusionar a las nuevas generaciones. Para quienes vivimos el 15M, es un recuerdo cercano. Para quienes hoy tienen veinte años, es historia. El reto es que vuelva a ser una herramienta viva. Y eso depende también de que quienes seguimos en la brecha sepamos escuchar, ceder espacio y construir juntos. Si algo nos enseñó aquel mayo de 2011 es que la política no empieza en las instituciones ni termina en las plazas: empieza en el encuentro entre personas que deciden no rendirse.

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