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Opinión

Defensa europea: un tema que incomoda

Durante décadas la izquierda exigió la salida de la OTAN. Y ahora parece que es la OTAN la que quiere salirse de nosotros

  • Primera marcha a Rota en 1983.

El 13 de diciembre de 1981 algunos locos organizamos un mitin en el viejo Cine Royal de Rota, en lo que luego sería llamada la I Marcha a Rota. Y en 1983 nos encadenamos a la puerta misma de la base naval y tiramos la llave de los candados. Aquellos fueron los primeros pasos de un lema que marcó a toda una generación: “OTAN no, bases fuera”.

Han pasado muchas marchas y ha llovido mucho desde entonces, pero el militarismo goza hoy de una salud envidiable. Basta un par de datos del informe 2025 del SIPRI: el gasto militar mundial alcanzó el récord de 2,88 billones de dólares y España disparó su presupuesto un 50%, entrando por primera vez entre los 15 mayores compradores de armamento del planeta. Alemania, por su parte, se ha convertido en el país europeo con mayor presupuesto militar, recortando abiertamente gasto social para financiarlo. Al menos no han recurrido a eufemismos: el dinero para armas siempre sale de algún sitio.

La campaña global contra el gasto militar (Gdams), que acaba de concluir —y en la que participa la Apdha—, ha denunciado este récord histórico en un contexto de carrera desaforada por incrementar los presupuestos militares y de reordenación acelerada del tablero geopolítico.

Durante décadas la izquierda exigió la salida de la OTAN. Y ahora parece que es la OTAN la que quiere salirse de nosotros. Por más reverencias que haga su secretario general ante Trump, la alianza difícilmente recuperará su fiabilidad como paraguas de la defensa europea. Los dirigentes europeos empiezan a intuirlo, aunque aún balbucean cuando se trata de plantear alternativas.

Y aquí aparece la incomodidad, que se acrecienta con la sombra del fascismo en Europa. La izquierda antimilitarista nos enfrentamos a una cuestión que no puede despacharse con la ilusión del desmantelamiento inmediato de los ejércitos ni con la idea de que la defensa europea puede resolverse exclusivamente mediante la implicación popular no violenta. Ojalá llegue ese escenario, pero hoy estamos bien lejos del mismo.

Europa necesita un sistema de defensa autónomo, desligado de la OTAN, lo que equivale a decir que la OTAN —esa sí— debería desmantelarse, porque sirve ante todo a los intereses de Estados Unidos, muchas veces en contra de los europeos.

Hablar de defensa europea no implica aumentar el gasto militar. Al contrario: el gasto actual es excesivo y supera con creces los desafíos y necesidades actuales. Una defensa común permitiría reducir duplicidades, unificar presupuestos, coordinar inteligencia y armamento, y liberar recursos para prioridades sociales en una Europa que quiera seguir siendo social y democrática.

Una defensa exclusivamente europea, sin subordinación a Washington, podría basarse en otros parámetros: renuncia a las armas nucleares, participación ciudadana en el control democrático de la política de defensa y un marco constitucional que limite estrictamente su función. Un ejército europeo debería tener prohibida la intervención fuera de nuestras fronteras, ser exclusivamente defensivo y renunciar a cualquier tentación imperialista. O sea, un ejército a favor de la paz —valga la contradicción—, que peores paradojas hemos visto.

Y, además, podría asumir funciones de ayuda humanitaria, emergencias y catástrofes, como hace la UME, pero a escala continental.

En conclusión, la izquierda —con estas u otras premisas— debe superar su incomodidad y construir una posición propia: una defensa europea autónoma, democrática y orientada a la paz, capaz de reducir el gasto militar y romper la dependencia estratégica de Estados Unidos y la lógica de bloques. No se trata de renunciar a nuestros principios pacifistas, sino de asumir que vivimos en un mundo muy distinto al de los años ochenta, aquel en el que alumbramos un grito que sigue siendo brújula y advertencia: OTAN no, bases fuera.

El 13 de diciembre de 1981 algunos locos organizamos un mitin en el viejo Cine Royal de Rota, en lo que luego sería llamada la I Marcha a Rota. Y en 1983 nos encadenamos a la puerta misma de la base naval y tiramos la llave de los candados. Aquellos fueron los primeros pasos de un lema que marcó a toda una generación: “OTAN no, bases fuera”.

Han pasado muchas marchas y ha llovido mucho desde entonces, pero el militarismo goza hoy de una salud envidiable. Basta un par de datos del informe 2025 del SIPRI: el gasto militar mundial alcanzó el récord de 2,88 billones de dólares y España disparó su presupuesto un 50%, entrando por primera vez entre los 15 mayores compradores de armamento del planeta. Alemania, por su parte, se ha convertido en el país europeo con mayor presupuesto militar, recortando abiertamente gasto social para financiarlo. Al menos no han recurrido a eufemismos: el dinero para armas siempre sale de algún sitio.

La campaña global contra el gasto militar (Gdams), que acaba de concluir —y en la que participa la Apdha—, ha denunciado este récord histórico en un contexto de carrera desaforada por incrementar los presupuestos militares y de reordenación acelerada del tablero geopolítico.

Durante décadas la izquierda exigió la salida de la OTAN. Y ahora parece que es la OTAN la que quiere salirse de nosotros. Por más reverencias que haga su secretario general ante Trump, la alianza difícilmente recuperará su fiabilidad como paraguas de la defensa europea. Los dirigentes europeos empiezan a intuirlo, aunque aún balbucean cuando se trata de plantear alternativas.

Y aquí aparece la incomodidad, que se acrecienta con la sombra del fascismo en Europa. La izquierda antimilitarista nos enfrentamos a una cuestión que no puede despacharse con la ilusión del desmantelamiento inmediato de los ejércitos ni con la idea de que la defensa europea puede resolverse exclusivamente mediante la implicación popular no violenta. Ojalá llegue ese escenario, pero hoy estamos bien lejos del mismo.

Europa necesita un sistema de defensa autónomo, desligado de la OTAN, lo que equivale a decir que la OTAN —esa sí— debería desmantelarse, porque sirve ante todo a los intereses de Estados Unidos, muchas veces en contra de los europeos.

Hablar de defensa europea no implica aumentar el gasto militar. Al contrario: el gasto actual es excesivo y supera con creces los desafíos y necesidades actuales. Una defensa común permitiría reducir duplicidades, unificar presupuestos, coordinar inteligencia y armamento, y liberar recursos para prioridades sociales en una Europa que quiera seguir siendo social y democrática.

Una defensa exclusivamente europea, sin subordinación a Washington, podría basarse en otros parámetros: renuncia a las armas nucleares, participación ciudadana en el control democrático de la política de defensa y un marco constitucional que limite estrictamente su función. Un ejército europeo debería tener prohibida la intervención fuera de nuestras fronteras, ser exclusivamente defensivo y renunciar a cualquier tentación imperialista. O sea, un ejército a favor de la paz —valga la contradicción—, que peores paradojas hemos visto.

Y, además, podría asumir funciones de ayuda humanitaria, emergencias y catástrofes, como hace la UME, pero a escala continental.

En conclusión, la izquierda —con estas u otras premisas— debe superar su incomodidad y construir una posición propia: una defensa europea autónoma, democrática y orientada a la paz, capaz de reducir el gasto militar y romper la dependencia estratégica de Estados Unidos y la lógica de bloques. No se trata de renunciar a nuestros principios pacifistas, sino de asumir que vivimos en un mundo muy distinto al de los años ochenta, aquel en el que alumbramos un grito que sigue siendo brújula y advertencia: OTAN no, bases fuera.

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