Era un hombre bueno. De los que Machado llamó “en el buen sentido de la palabra bueno”. Y serio. Pero con una sonrisa. Una sonrisa sincera, de estar convencido y podía convencer. Luis Uruñuela Fernández, uno de los pocos buenos alcaldes de la ciudad de Sevilla, venía seguro para misiones más altas. Aunque para un buen ciudadano pocas cosas hay más altas y meritorias que la alcaldía de su ciudad. Pocos pueden presumir de haber tenido la valentía de ocupar esa carga en el peor momento, después de la situación en que habían quedado las ciudades y llevarlo adelante con todo en contra, pero sin perder nunca su buen talante y su discreto buen humor como buen andaluz que era. Que también debieran muchos haber defendido Andalucía como él la defendió. Porque la defensa de su patria, o matria, va en relación directa con el interés que ella nos despierte.
Y para él, la ciudad era una parte de Andalucía. La “patria chica, como se la conoce, es parte fundamental de la grande. Ahí superó a muchos. En eso, también. Porque querer lo mejor para uno no tiene por qué ser paralelo con querer menos para los demás. Nunca se le habría ocurrido semejante dislate. Era sevillano, por lo tanto era andaluz y era buen andaluz porque era buen sevillano y al revés. No le hacía falta desdoblarse; desdoblarse habría sido diferenciar, enfrentar la ciudad a la Comunidad Autónoma como hacen algunos que nunca sintieron el menor interés por buscar lo mejor para su Comunidad. Defender dos cosas al mismo tiempo es fácil, porque también depende de la voluntad. Y cuando ambas cosas son tan cercanas, están tan unidas, forman un mismo cuerpo, defender una tiene que ser, por fuerza, defenderlo todo. Para eso hay que tener visión de conjunto, hay que sentir amor por lo global y por lo particular. Hay que sentir la misma pasión.
Apasionado, sensato, pausado, serio siempre con una sonrisa sincera, había sido clave en la fundación del Partido Socialista de Andalucía, que se sepa, el más combatido por todos. Nadie pudo verlo alterado. La templanza era una de sus grandes virtudes. Y como consecuencia de esas virtudes, su entrega a una idea que es entrega a los demás. Entendió muy pronto que el andalucismo no era, no podía ser excluyente, no podía ser egoísta. Porque sólo desde el respeto se puede construir un mundo mejor. Porque la reclamación de Andalucía es respeto; quien cumple algo tan simple como eso, es evidentemente quien mejor entiende el respeto a los demás. Porque el entendimiento entre los pueblos no reside en ninguna “globalización” un nombre pretencioso para ocultar la mundialización de la economía, monopolizada. Un insulto a Mc Luhan,
Respetado por sus amigos y por sus enemigos, ha dado ejemplo de cuál debe ser el comportamiento de un político, justo, ecuánime, todo lo contrario de la lucha a muerte contra el adversario. Lo contrario de la chabacanería de atacar con demagogia, mentiras y medias verdades, las peores mentiras. Si en todos los partidos abundara gente como él, el Estado funcionaría mejor, sería más cómoda la vida. Y habría alternancia. Pero colaboración también. Porque se actuaría siempre con el mayor respeto, pensando en el gobernado que es la clave. Para, en vez de aprovechar la menor oportunidad para hacer enemigos, tener el debido respeto al adversario, es tenérselo a la ciudadanía como principal centro de atención de toda la política.
Que la tierra le sea leve. Olvidarlo sería tanto como olvidar Andalucía. No te olvidaremos, Luis.
Era un hombre bueno. De los que Machado llamó “en el buen sentido de la palabra bueno”. Y serio. Pero con una sonrisa. Una sonrisa sincera, de estar convencido y podía convencer. Luis Uruñuela Fernández, uno de los pocos buenos alcaldes de la ciudad de Sevilla, venía seguro para misiones más altas. Aunque para un buen ciudadano pocas cosas hay más altas y meritorias que la alcaldía de su ciudad. Pocos pueden presumir de haber tenido la valentía de ocupar esa carga en el peor momento, después de la situación en que habían quedado las ciudades y llevarlo adelante con todo en contra, pero sin perder nunca su buen talante y su discreto buen humor como buen andaluz que era. Que también debieran muchos haber defendido Andalucía como él la defendió. Porque la defensa de su patria, o matria, va en relación directa con el interés que ella nos despierte.
Y para él, la ciudad era una parte de Andalucía. La “patria chica, como se la conoce, es parte fundamental de la grande. Ahí superó a muchos. En eso, también. Porque querer lo mejor para uno no tiene por qué ser paralelo con querer menos para los demás. Nunca se le habría ocurrido semejante dislate. Era sevillano, por lo tanto era andaluz y era buen andaluz porque era buen sevillano y al revés. No le hacía falta desdoblarse; desdoblarse habría sido diferenciar, enfrentar la ciudad a la Comunidad Autónoma como hacen algunos que nunca sintieron el menor interés por buscar lo mejor para su Comunidad. Defender dos cosas al mismo tiempo es fácil, porque también depende de la voluntad. Y cuando ambas cosas son tan cercanas, están tan unidas, forman un mismo cuerpo, defender una tiene que ser, por fuerza, defenderlo todo. Para eso hay que tener visión de conjunto, hay que sentir amor por lo global y por lo particular. Hay que sentir la misma pasión.
Apasionado, sensato, pausado, serio siempre con una sonrisa sincera, había sido clave en la fundación del Partido Socialista de Andalucía, que se sepa, el más combatido por todos. Nadie pudo verlo alterado. La templanza era una de sus grandes virtudes. Y como consecuencia de esas virtudes, su entrega a una idea que es entrega a los demás. Entendió muy pronto que el andalucismo no era, no podía ser excluyente, no podía ser egoísta. Porque sólo desde el respeto se puede construir un mundo mejor. Porque la reclamación de Andalucía es respeto; quien cumple algo tan simple como eso, es evidentemente quien mejor entiende el respeto a los demás. Porque el entendimiento entre los pueblos no reside en ninguna “globalización” un nombre pretencioso para ocultar la mundialización de la economía, monopolizada. Un insulto a Mc Luhan,
Respetado por sus amigos y por sus enemigos, ha dado ejemplo de cuál debe ser el comportamiento de un político, justo, ecuánime, todo lo contrario de la lucha a muerte contra el adversario. Lo contrario de la chabacanería de atacar con demagogia, mentiras y medias verdades, las peores mentiras. Si en todos los partidos abundara gente como él, el Estado funcionaría mejor, sería más cómoda la vida. Y habría alternancia. Pero colaboración también. Porque se actuaría siempre con el mayor respeto, pensando en el gobernado que es la clave. Para, en vez de aprovechar la menor oportunidad para hacer enemigos, tener el debido respeto al adversario, es tenérselo a la ciudadanía como principal centro de atención de toda la política.
Que la tierra le sea leve. Olvidarlo sería tanto como olvidar Andalucía. No te olvidaremos, Luis.
Comentarios