Hay estampas que retratan una época y una forma de gobernar. Cojan un coche cualquier mañana, a eso de entre las siete y las ocho y media, intenten entrar en Sevilla por la circunvalación de la SE-30 y deténganse, bueno, más bien quédense parados a la fuerza, en el Puente del Centenario. Eso ya no es un nudo de comunicaciones; es un monumento a la paciencia de los sevillanos, una ratonera de acero, hormigón y asfalto donde se pierde la salud, el tiempo y los nervios.
Hablamos de una infraestructura proyectada para la Expo del 92, que nació prácticamente colapsada y cuya ampliación, prometida como la gran solución definitiva, se ha convertido en un auténtico sainete trágico. Una obra adjudicada en su día por poco más de 86 millones de euros, con su IVA y todo, que se nos va ya, agárrense bien, a casi 137 millones de euros, suponiendo un sobrecoste de más de 50 millones de euros sobre el precio de salida, con el acero cotizando prácticamente a precio de oro y con los trabajos tropezando una y otra vez hasta la paralización. ¿Y por qué? ¿Es que acaso se nos ha caído el cielo encima? No, miren ustedes. Lo que se ha caído a pedazos es la decencia de quienes manejaban los hilos desde los ministerios.
Porque claro, cuando uno rasca en los informes de la UCO y en los papeles que maneja la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE), comprende de golpe por qué el puente no avanza. Lo que había debajo del asfalto no eran solo vigas y tirantes, eran las famosas "mordidas" del sanchismo. Aquel famoso recado de "Cerrad Sevilla" que ordenaban desde la cúpula para adjudicar la obra a los de siempre, con Koldo, con Ábalos y con toda la corte de intermediarios haciendo caja a costa del contribuyente andaluz. Mientras los operarios brillaban por su ausencia y los ciudadanos se tragaban caravanas kilométricas, los listos de turno repartían comisiones y amañaban pliegos con el dinero de todos.
Y aquí es donde a uno le entra una mezcla de estupor e indignación cuando mira hacia los nuestros, o hacia los que presumen de serlo. Porque en este Gobierno del sanchismo hay una sevillana de altos vuelos: la, entonces, vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. La misma que saca pecho en los argumentarios de partido y que manejaba la caja central con alegría infinita.
Hombre, digo yo: una andaluza, que fue ministra nada menos que de Hacienda y número dos de Pedro Sánchez, ¿no tenía nada que decir ni que auditar sobre el festival de sobrecostes y chanchullos en el puente más importante de su propia ciudad? ¿Cómo se puede mirar hacia otro lado mientras la trama corrompe y encarece en esos desorbitados millones una obra vital para Sevilla? El silencio de Montero ante el expolio y el retraso del Centenario no es prudencia; es una absoluta tomadura de pelo a los sevillanos.
Los sevillanos no están para milongas ni para que les vendan optimismo de baratillo mientras sufren un suplicio diario para ir a trabajar. El Puente del Centenario se ha convertido en la radiografía perfecta de este Ejecutivo Sanchista: opacidad, chanchullos, mordidas que investiga la Guardia Civil y un castigo constante a Andalucía. Ya está bien de tomar a Sevilla por la estación de penitencia de sus corruptelas. Porque al final, cuando el humo de las comisiones se despeja y la propaganda se apaga, lo que nos queda en el asfalto es, simplemente, la triste historia de un puente.
Hay estampas que retratan una época y una forma de gobernar. Cojan un coche cualquier mañana, a eso de entre las siete y las ocho y media, intenten entrar en Sevilla por la circunvalación de la SE-30 y deténganse, bueno, más bien quédense parados a la fuerza, en el Puente del Centenario. Eso ya no es un nudo de comunicaciones; es un monumento a la paciencia de los sevillanos, una ratonera de acero, hormigón y asfalto donde se pierde la salud, el tiempo y los nervios.
Hablamos de una infraestructura proyectada para la Expo del 92, que nació prácticamente colapsada y cuya ampliación, prometida como la gran solución definitiva, se ha convertido en un auténtico sainete trágico. Una obra adjudicada en su día por poco más de 86 millones de euros, con su IVA y todo, que se nos va ya, agárrense bien, a casi 137 millones de euros, suponiendo un sobrecoste de más de 50 millones de euros sobre el precio de salida, con el acero cotizando prácticamente a precio de oro y con los trabajos tropezando una y otra vez hasta la paralización. ¿Y por qué? ¿Es que acaso se nos ha caído el cielo encima? No, miren ustedes. Lo que se ha caído a pedazos es la decencia de quienes manejaban los hilos desde los ministerios.
Porque claro, cuando uno rasca en los informes de la UCO y en los papeles que maneja la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE), comprende de golpe por qué el puente no avanza. Lo que había debajo del asfalto no eran solo vigas y tirantes, eran las famosas "mordidas" del sanchismo. Aquel famoso recado de "Cerrad Sevilla" que ordenaban desde la cúpula para adjudicar la obra a los de siempre, con Koldo, con Ábalos y con toda la corte de intermediarios haciendo caja a costa del contribuyente andaluz. Mientras los operarios brillaban por su ausencia y los ciudadanos se tragaban caravanas kilométricas, los listos de turno repartían comisiones y amañaban pliegos con el dinero de todos.
Y aquí es donde a uno le entra una mezcla de estupor e indignación cuando mira hacia los nuestros, o hacia los que presumen de serlo. Porque en este Gobierno del sanchismo hay una sevillana de altos vuelos: la, entonces, vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. La misma que saca pecho en los argumentarios de partido y que manejaba la caja central con alegría infinita.
Hombre, digo yo: una andaluza, que fue ministra nada menos que de Hacienda y número dos de Pedro Sánchez, ¿no tenía nada que decir ni que auditar sobre el festival de sobrecostes y chanchullos en el puente más importante de su propia ciudad? ¿Cómo se puede mirar hacia otro lado mientras la trama corrompe y encarece en esos desorbitados millones una obra vital para Sevilla? El silencio de Montero ante el expolio y el retraso del Centenario no es prudencia; es una absoluta tomadura de pelo a los sevillanos.
Los sevillanos no están para milongas ni para que les vendan optimismo de baratillo mientras sufren un suplicio diario para ir a trabajar. El Puente del Centenario se ha convertido en la radiografía perfecta de este Ejecutivo Sanchista: opacidad, chanchullos, mordidas que investiga la Guardia Civil y un castigo constante a Andalucía. Ya está bien de tomar a Sevilla por la estación de penitencia de sus corruptelas. Porque al final, cuando el humo de las comisiones se despeja y la propaganda se apaga, lo que nos queda en el asfalto es, simplemente, la triste historia de un puente.
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