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Opinión

Afganistán: ser mujer y morir en el intento

Las mujeres afganas también saben que han sido abandonadas por el mundo, un mundo cómplice de las aberraciones de los talibanes

  • Mujeres en Afganistán, en una imagen de la ONU.

¿Cuánto tiempo es capaz una mujer, ya saben, lo que viene siendo un ser humano, de soportar la esclavitud, el maltrato recurrente, la humillación, el encierro? Imagine que, porque sí, un día alguien decide que usted debe someterse a la voluntad de otra persona, sin opción a rebelarse, como si usted no fuera también una persona, qué digo, un ser vivo, aunque sabiendo no solo usted sino todo el mundo que, pese haber sido silenciado u olvidada, no es un mueble, sino todo lo contrario: es alguien, con pies, brazos, cabeza, corazón humano, sangre y sentimientos a partes iguales que aquellos que le tienen encarcelada o sometido.

Cuando pienso en Afganistán no dejo de preguntarme cómo un gobierno de un país algo mayor que España puede encerrar —silenciar, someter— a todas sus compatriotas sin que ocurra un cataclismo. Cierto que, desde España, Afganistán queda muy lejos, en km y en todo tipo de distancias, tanto que podríamos creer que lo que está pasando allí no es real, sino parte del argumento de una serie apocalíptica.

Pero sigamos imaginando que es a usted a quien le ha engullido una pesadilla. Poco antes, era una mujer estresada porque compaginaba el trabajo con los dos hijos adolescentes, las visitas a sus padres ancianos, sacar tiempo para la fiesta de cumpleaños de unos amigos, organizarse con su marido, llevar a tapizar el sofá… vamos, que ni tiempo para escuchar la radio tenía. Y un buen día, como habíamos imaginados unas líneas más arriba, su gobierno impone que las mujeres deben retirarse a sus hogares, servir al esposo y no molestar. Pero así, de la noche a la mañana, sin razones. Y no trate de buscarlas porque no las hay. A esa mujer que es usted le invadirá la impotencia y el espanto. Sin entender nada de lo que ocurre a su alrededor, dejará el trabajo, esconderá su cuerpo y su ropa bajo el burka, y mirará a su marido, o a su padre, o a sus hijos que, resignados o cómplices orgullosos, se han sometido al juego. Párese a pensar la locura de la que hablo: todos los hombres de un país convertidos en vigilantes del orden y la decencia, ¿cuánto tiempo es sostenible semejante situación? Suponemos que también esos hombres se harán preguntas: ¿Que ellas no pueden salir de casa solas? ¿ni para comprar ni llevar a los niños al colegio? ¿ni a cuidar de sus ancianos padres que viven a veinte minutos andando? Si ellas no pueden moverse solas, ¿cuándo voy yo, empleado en una fábrica, a trabajar? ¿Para qué quiero yo una mujer en casa? Al cabo de un tiempo, el asunto ya no parecerá “cosas de mujeres”. Habrá hombres como ellas que no entiendan lo que están viviendo, pero temerosos, resignados o conformes, acatarán y serán cómplices.

Esta tragedia que están sufriendo las mujeres en Afganistán, que parece increíble, pero que es real, me ha traído a la memoria imágenes de los campos de concentración donde cientos de judíos, gitanos, homosexuales y comunistas sostienen sus cuerpos agonizantes en formación, sin rebelarse ante sus guardianes armados, aunque extrañamente escasos en número. En una ocasión, estando en Berlín en la antigua sede de la Gestapo, vi en un formato enorme aquellas fotografías. Eran imágenes de hombres escuálidos, ojos hundidos y mirada perdida tan nítidas que te sentías rodeada por ellos. Pese a la angustia, no dejé de mirar aquellas piltrafas humanas y no lograba entender su falta de reacción: ¿por qué aquellos prisioneros no se lanzaron sobre los guardianes? De haber organizado un motín en el campo, solo una tercera parte habría perdido la vida, una vida por demás que no merecía vivirla. ¿Por qué no hicieron nada? En aquella “Topografía del terror” —así se llama la exposición que puede visitarse en Berlín sobre la barbarie nazi— uno no alcanza a entender cómo llegó todo un país a cometer aquella bestialidad sin sentido: yo cada día lo entiendo menos y me lo creo más, porque también hoy estamos rodeados de atrocidades sin que nos conmovamos ni movamos.

En Reencuentro (1971), Fred Uhlman ofrece una de las visiones más clarividentes sobre el crimen y la locura colectiva. La historia de Uhlman comienza con la expansión del nazismo en los años treinta del pasado siglo ante los ojos incrédulos de una sociedad alemana acomodada. Por las páginas de este librito viajamos desde el nacimiento de un movimiento intolerante al holocausto orquestado por fanáticos y aupado por miles de ciudadanos que irracionalmente se mancharon las manos de sangre. Uhlman no duda: la especie humana se llenó de odio, arrasándolo todo. ¿Qué nación puede levantar cabeza —la parte moral de nuestras cabezas— después de haber perpetrado un holocausto? Alemania todavía no lo ha conseguido, no hay nada más que ver su apocamiento cuando ha de plantarle cara a Israel, por ese más que justificado sentimiento de culpa no redimido. ¿Qué será de Israel dentro de unos años cuando recupere la cordura y la humanidad?

Pero mi asombro y estupor no es tanto por los asesinos, pues asesinos son, sino por la pasividad y resignación de las víctimas. Dándole vueltas a este asunto, e iluminada tras mi reencuentro lector con Reencuentro, he llegado a la conclusión de que tal vez la causa esté en que aquellos judíos no tuvieron fuerzas para luchar contra los nazis cuando comprendieron que habían sido abandonados por el mundo. Como el padre de Hans Schwarz, alemán antes que judío, orgulloso de su país, condecorado en la I Guerra Mundial, no abandonó Alemania, se suicidó. Las mujeres afganas también saben que han sido abandonadas por el mundo, un mundo cómplice de las aberraciones de los talibanes.

Ante el holocausto afgano, no puedo dejar de sentir una amalgama de miedo, ira, incomprensión que ojalá se convierta en un cóctel molotov. Reaccionemos, aunque tan solo sea porque lo que afecta a nuestros congéneres nos afectará a nosotros, aunque solo sea por egoísmo. ¿Cuándo vamos a entender que no podemos aceptar lo que está pasando en Afganistán?

Para reaccionar, entiendo, debemos aprender a calcular la gravedad de lo que está ocurriendo a tantos km de casa, y tan cerca de nuestra parte humana. Es el momento de sentirnos parte del mundo, imaginándonos, por ejemplo, ser una de aquellas mujeres silenciadas o de aquellos hombres sometidos y cómplices. Es hora de dejar de soñar en los mundos de Yupi y ponernos en el lugar de todas las mujeres, niñas, niños y hombres prisioneros en cualquier holocausto. Si exigimos, habrá esperanza de que el infierno deje de estar en la Tierra. No podemos permitirnos mirar para otro lado. Debemos conocer, formar nuestra opinión, tomar partido y no permitir que otros decidan por nosotros. Se llama responsabilidad ciudadana. Es nuestra mejor arma. Queremos vivir en Afganistán —o donde digamos— sin morir en el intento.

 

¿Cuánto tiempo es capaz una mujer, ya saben, lo que viene siendo un ser humano, de soportar la esclavitud, el maltrato recurrente, la humillación, el encierro? Imagine que, porque sí, un día alguien decide que usted debe someterse a la voluntad de otra persona, sin opción a rebelarse, como si usted no fuera también una persona, qué digo, un ser vivo, aunque sabiendo no solo usted sino todo el mundo que, pese haber sido silenciado u olvidada, no es un mueble, sino todo lo contrario: es alguien, con pies, brazos, cabeza, corazón humano, sangre y sentimientos a partes iguales que aquellos que le tienen encarcelada o sometido.

Cuando pienso en Afganistán no dejo de preguntarme cómo un gobierno de un país algo mayor que España puede encerrar —silenciar, someter— a todas sus compatriotas sin que ocurra un cataclismo. Cierto que, desde España, Afganistán queda muy lejos, en km y en todo tipo de distancias, tanto que podríamos creer que lo que está pasando allí no es real, sino parte del argumento de una serie apocalíptica.

Pero sigamos imaginando que es a usted a quien le ha engullido una pesadilla. Poco antes, era una mujer estresada porque compaginaba el trabajo con los dos hijos adolescentes, las visitas a sus padres ancianos, sacar tiempo para la fiesta de cumpleaños de unos amigos, organizarse con su marido, llevar a tapizar el sofá… vamos, que ni tiempo para escuchar la radio tenía. Y un buen día, como habíamos imaginados unas líneas más arriba, su gobierno impone que las mujeres deben retirarse a sus hogares, servir al esposo y no molestar. Pero así, de la noche a la mañana, sin razones. Y no trate de buscarlas porque no las hay. A esa mujer que es usted le invadirá la impotencia y el espanto. Sin entender nada de lo que ocurre a su alrededor, dejará el trabajo, esconderá su cuerpo y su ropa bajo el burka, y mirará a su marido, o a su padre, o a sus hijos que, resignados o cómplices orgullosos, se han sometido al juego. Párese a pensar la locura de la que hablo: todos los hombres de un país convertidos en vigilantes del orden y la decencia, ¿cuánto tiempo es sostenible semejante situación? Suponemos que también esos hombres se harán preguntas: ¿Que ellas no pueden salir de casa solas? ¿ni para comprar ni llevar a los niños al colegio? ¿ni a cuidar de sus ancianos padres que viven a veinte minutos andando? Si ellas no pueden moverse solas, ¿cuándo voy yo, empleado en una fábrica, a trabajar? ¿Para qué quiero yo una mujer en casa? Al cabo de un tiempo, el asunto ya no parecerá “cosas de mujeres”. Habrá hombres como ellas que no entiendan lo que están viviendo, pero temerosos, resignados o conformes, acatarán y serán cómplices.

Esta tragedia que están sufriendo las mujeres en Afganistán, que parece increíble, pero que es real, me ha traído a la memoria imágenes de los campos de concentración donde cientos de judíos, gitanos, homosexuales y comunistas sostienen sus cuerpos agonizantes en formación, sin rebelarse ante sus guardianes armados, aunque extrañamente escasos en número. En una ocasión, estando en Berlín en la antigua sede de la Gestapo, vi en un formato enorme aquellas fotografías. Eran imágenes de hombres escuálidos, ojos hundidos y mirada perdida tan nítidas que te sentías rodeada por ellos. Pese a la angustia, no dejé de mirar aquellas piltrafas humanas y no lograba entender su falta de reacción: ¿por qué aquellos prisioneros no se lanzaron sobre los guardianes? De haber organizado un motín en el campo, solo una tercera parte habría perdido la vida, una vida por demás que no merecía vivirla. ¿Por qué no hicieron nada? En aquella “Topografía del terror” —así se llama la exposición que puede visitarse en Berlín sobre la barbarie nazi— uno no alcanza a entender cómo llegó todo un país a cometer aquella bestialidad sin sentido: yo cada día lo entiendo menos y me lo creo más, porque también hoy estamos rodeados de atrocidades sin que nos conmovamos ni movamos.

En Reencuentro (1971), Fred Uhlman ofrece una de las visiones más clarividentes sobre el crimen y la locura colectiva. La historia de Uhlman comienza con la expansión del nazismo en los años treinta del pasado siglo ante los ojos incrédulos de una sociedad alemana acomodada. Por las páginas de este librito viajamos desde el nacimiento de un movimiento intolerante al holocausto orquestado por fanáticos y aupado por miles de ciudadanos que irracionalmente se mancharon las manos de sangre. Uhlman no duda: la especie humana se llenó de odio, arrasándolo todo. ¿Qué nación puede levantar cabeza —la parte moral de nuestras cabezas— después de haber perpetrado un holocausto? Alemania todavía no lo ha conseguido, no hay nada más que ver su apocamiento cuando ha de plantarle cara a Israel, por ese más que justificado sentimiento de culpa no redimido. ¿Qué será de Israel dentro de unos años cuando recupere la cordura y la humanidad?

Pero mi asombro y estupor no es tanto por los asesinos, pues asesinos son, sino por la pasividad y resignación de las víctimas. Dándole vueltas a este asunto, e iluminada tras mi reencuentro lector con Reencuentro, he llegado a la conclusión de que tal vez la causa esté en que aquellos judíos no tuvieron fuerzas para luchar contra los nazis cuando comprendieron que habían sido abandonados por el mundo. Como el padre de Hans Schwarz, alemán antes que judío, orgulloso de su país, condecorado en la I Guerra Mundial, no abandonó Alemania, se suicidó. Las mujeres afganas también saben que han sido abandonadas por el mundo, un mundo cómplice de las aberraciones de los talibanes.

Ante el holocausto afgano, no puedo dejar de sentir una amalgama de miedo, ira, incomprensión que ojalá se convierta en un cóctel molotov. Reaccionemos, aunque tan solo sea porque lo que afecta a nuestros congéneres nos afectará a nosotros, aunque solo sea por egoísmo. ¿Cuándo vamos a entender que no podemos aceptar lo que está pasando en Afganistán?

Para reaccionar, entiendo, debemos aprender a calcular la gravedad de lo que está ocurriendo a tantos km de casa, y tan cerca de nuestra parte humana. Es el momento de sentirnos parte del mundo, imaginándonos, por ejemplo, ser una de aquellas mujeres silenciadas o de aquellos hombres sometidos y cómplices. Es hora de dejar de soñar en los mundos de Yupi y ponernos en el lugar de todas las mujeres, niñas, niños y hombres prisioneros en cualquier holocausto. Si exigimos, habrá esperanza de que el infierno deje de estar en la Tierra. No podemos permitirnos mirar para otro lado. Debemos conocer, formar nuestra opinión, tomar partido y no permitir que otros decidan por nosotros. Se llama responsabilidad ciudadana. Es nuestra mejor arma. Queremos vivir en Afganistán —o donde digamos— sin morir en el intento.

 

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