Una de las pocas o muchas cosas que me ha enseñado la vida es que las pequeñas aspiraciones son lo mejor. A estas alturas del partido, ya está una casi curada de espanto de los grandes logros trascendentes. Quizás no sean para mí ⎯no lo son para casi nadie⎯, o tal vez solo es que llega un momento en que te das cuenta de que esas batallas sencillas que se disputan con ciertas garantías son las más apetecibles. Puede que sean la verdadera clave de todo lo que hacemos por aquí. Puede que la vida adquiera su esencia en un buen desayuno sin prisas, un paseo sin pretensiones y una tarde soleada de invierno. Y ya está. Es por eso que a medida que pasa el tiempo valoramos más la tranquilidad, el silencio como lujo y la sonrisa. Pequeños ⎯grandes también a su manera⎯ logros como una oposición, la promesa de un cargo, la publicación de un artículo; como la organización de una ceremonia o un verano que sale bien. Sabemos que no curaremos ninguna enfermedad, ni mitigaremos el hambre en el mundo ni erradicaremos el fascismo, pero, aun así, encaramos como podemos lo que se nos enfrenta cada día y, a veces, solo a veces, nos reímos. Así que cuando se aspira a lo sencillo, se admira lo pequeño. Y se ansía, sobre todo, echar el mundo a coña.
En los últimos días me he descubierto admirando a esos seres que nos sacan una sonrisa y convierten esto en algo más llevadero. Incluso se puede admirar a un desconocido, como me ocurre a mí con ese vecino de Castilleja de la Cuesta que atribuyó su elevada tasa de alcohol en sangre ⎯cuatro veces por encima de lo permitido⎯ al vinagre del gazpacho. Ese es un tipo de arte que, mezclado con la imprudencia temeraria y la recomendable estancia en un centro penitenciario, solo se da una vez en la vida. Cómo no recordar aquí al mítico personaje de la primera entrega cinematográfica de los compadres, El mundo es nuestro (2012), que temía porque su tía era una rehén del atraco bancario perpetrado por los protagonistas. El fulano tenía miedo porque la buena mujer era quien le ponía a diario el plato por delante y se iba a quedar sin comer. Realidad y ficción para admirar los huevos gordos y bien gordos.
Yo admiro, igual que Zola acusaba. No sé si L’Aurore me lo pondría en portada, pero el caso es que yo admiro. Admiro también a quien es capaz de encontrar el argumento justo, perfecto y medido para disipar cualquier sospecha de corruptela sobre su gestión. Cuando te pillan con un ático de lujo regalado por los contribuyentes sin su consentimiento y tú encuentras la serenidad y la templanza para cerrar el caso espetando sin rubor: "Ciao, pescao". Eso es arte. Con su poquito de malversación, enriquecimiento ilícito y poca vergüenza, pero arte. Y yo lo admiro.
Admiro al chileno que hace poco fue detenido por los carabinieri y alegó tener inmunidad diplomática por pertenecer a la 'República errante de Lemuria', un país que, para sorpresa de nadie, no termina de existir. Lo admiro. Y al italiano que sobrevivió tras permanecer dos días con una flecha clavada en la cabeza disparada por él mismo con su propia ballesta. Aún no está claro si fue accidente o intento de suicidio, pero, ¿cómo no admirar a quien elige para quitarse de en medio nada menos que una ballesta? Eso es arte.
Los pequeños logros bizarros y sus perpetradores son fascinantes. Ya sea por desvergüenza, por falta de luces o por idiotez camicace, los hay que consiguen sorprendernos todavía. Y eso, con la de años que llevamos ya por aquí, sí que es admirable.
Una de las pocas o muchas cosas que me ha enseñado la vida es que las pequeñas aspiraciones son lo mejor. A estas alturas del partido, ya está una casi curada de espanto de los grandes logros trascendentes. Quizás no sean para mí ⎯no lo son para casi nadie⎯, o tal vez solo es que llega un momento en que te das cuenta de que esas batallas sencillas que se disputan con ciertas garantías son las más apetecibles. Puede que sean la verdadera clave de todo lo que hacemos por aquí. Puede que la vida adquiera su esencia en un buen desayuno sin prisas, un paseo sin pretensiones y una tarde soleada de invierno. Y ya está. Es por eso que a medida que pasa el tiempo valoramos más la tranquilidad, el silencio como lujo y la sonrisa. Pequeños ⎯grandes también a su manera⎯ logros como una oposición, la promesa de un cargo, la publicación de un artículo; como la organización de una ceremonia o un verano que sale bien. Sabemos que no curaremos ninguna enfermedad, ni mitigaremos el hambre en el mundo ni erradicaremos el fascismo, pero, aun así, encaramos como podemos lo que se nos enfrenta cada día y, a veces, solo a veces, nos reímos. Así que cuando se aspira a lo sencillo, se admira lo pequeño. Y se ansía, sobre todo, echar el mundo a coña.
En los últimos días me he descubierto admirando a esos seres que nos sacan una sonrisa y convierten esto en algo más llevadero. Incluso se puede admirar a un desconocido, como me ocurre a mí con ese vecino de Castilleja de la Cuesta que atribuyó su elevada tasa de alcohol en sangre ⎯cuatro veces por encima de lo permitido⎯ al vinagre del gazpacho. Ese es un tipo de arte que, mezclado con la imprudencia temeraria y la recomendable estancia en un centro penitenciario, solo se da una vez en la vida. Cómo no recordar aquí al mítico personaje de la primera entrega cinematográfica de los compadres, El mundo es nuestro (2012), que temía porque su tía era una rehén del atraco bancario perpetrado por los protagonistas. El fulano tenía miedo porque la buena mujer era quien le ponía a diario el plato por delante y se iba a quedar sin comer. Realidad y ficción para admirar los huevos gordos y bien gordos.
Yo admiro, igual que Zola acusaba. No sé si L’Aurore me lo pondría en portada, pero el caso es que yo admiro. Admiro también a quien es capaz de encontrar el argumento justo, perfecto y medido para disipar cualquier sospecha de corruptela sobre su gestión. Cuando te pillan con un ático de lujo regalado por los contribuyentes sin su consentimiento y tú encuentras la serenidad y la templanza para cerrar el caso espetando sin rubor: "Ciao, pescao". Eso es arte. Con su poquito de malversación, enriquecimiento ilícito y poca vergüenza, pero arte. Y yo lo admiro.
Admiro al chileno que hace poco fue detenido por los carabinieri y alegó tener inmunidad diplomática por pertenecer a la 'República errante de Lemuria', un país que, para sorpresa de nadie, no termina de existir. Lo admiro. Y al italiano que sobrevivió tras permanecer dos días con una flecha clavada en la cabeza disparada por él mismo con su propia ballesta. Aún no está claro si fue accidente o intento de suicidio, pero, ¿cómo no admirar a quien elige para quitarse de en medio nada menos que una ballesta? Eso es arte.
Los pequeños logros bizarros y sus perpetradores son fascinantes. Ya sea por desvergüenza, por falta de luces o por idiotez camicace, los hay que consiguen sorprendernos todavía. Y eso, con la de años que llevamos ya por aquí, sí que es admirable.
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