Fernando Villalón, un poeta de la Generación del 27 del que nadie se acuerda -excepto mi amigo Eduardo J. Pastor, que pierde pie con él por constituir esa nómina de artistas raros que integra también El Torta, por ejemplo- fue siempre a contracorriente, en los libros y en el campo. Porque el poeta ganadero que fue noble y ni siquiera se preocupó de ostentarlo se metió a poeta cuando ya no era tan joven como aquellos otros señoritos que aterrizaron en Sevilla para homenajear al olvidadísimo Góngora. Y, ganadero como era en tierras de tradición familiar, se empeñó en criar toros imposibles de lidiar cuando los toreros de la época –Belmonte y compañía- habían empezado ya a demandar bichos mucho más manejables que aquellas fieras mitológicas que Villalón incluso soñó con los ojos verdes.
De modo que se convirtió por voluntad propia, o por falta de tino, o por destino, en poeta a contrapelo y en ganadero arruinado. Ya era ambas cosas en aquel año clave de 1927, cuando acababa de publicar –el año anterior- su primer poemario, Andalucía la Baja, le regaló a Romero Murube una vara de mago, terminó de aprobar las tres asignaturas que le quedaban para licenciarse en Derecho y vendió el resto de sus reses como carne de matadero. Tenía entonces mi edad, 46 años, y no sabía que le quedaban solo tres en este mundo que no era el suyo.
La única persona que siguió acompañándolo en aquel otoño del patriarca sin hijos en que se había convertido fue la mujer de su vida, Concha Ramos, que continuó a su lado cuando publicó aquella epopeya como La Ilíada pero de toros bravos que él tituló La Toríada o aquel otro delicioso poemario de estampas del XIX pero sin tópico, sino con muchas verdades desnudas, que se tituló Romances del 800. Villalón tenía interiorizado el torrente mixto de poesía pura que había aprendido de maestros como Juan Ramón (compañero suyo de pupitre en los Jesuitas de El Puerto), la gracia de las vanguardias, la elegancia de la lírica clásica y la sinvergonzonería brillante del neopopularismo que había vuelto a ponerse de moda en los felices años veinte.
En 1930, cuando la Generación del 27 se había consolidado definitivamente como grupo poético, Villalón murió prematuramente en Madrid, de modo que el viaje generacional que se había hecho desde la capital de España a Sevilla para configurar aquel hito de nuestra Edad de Plata también lo tuvo que hacer el pobre Villalón al revés, de Sevilla donde vivía hacia Madrid para dejar de hacerlo.
Ahora se cumple un siglo de la publicación de aquel primer poemario de Villalón que pintaba una Andalucía profunda y alejada de los mitos: “Arre yegüita torda / campanillera, / a la hija del amo / ¡quién la cogiera, / con este zurriago / y esta collera…!”. Pero pocos homenajes vamos a ver. En mi pueblo, mi gente del Aula de la Experiencia lo va a homenajear al menos esta tarde con una lectura colectiva de sus mejores versos en un acto que hemos titulado “Fernando Villalón, contrabandista de versos”.
Y, al margen de homenajes que rescaten una figura clave de la poesía contemporánea más cercana que podamos imaginarnos, me llama la atención esa paradoja de los injustos olvidos frente a las payasadas de moda. Lo digo, y me entenderán, porque a Villalón, como a todo el mundo, hay que entenderlo (y leerlo) en su contexto. Fernando era un ganadero porque nació en el terrón sevillano y no tuvo más remedio que hacerse hombre entre la campiña de Morón y la marisma de Lebrija. Aun siéndolo, no consiguió más que pérdidas en aquellos años en que el mismísimo Belmonte era torero porque todavía no se estilaba ser futbolista para salir de la miseria de Triana, tal y como constató Chaves Nogales en su impagable biografía. El propio Lorca, que había dejado dicho aquello de que la tauromaquia era la fiesta más culta del mundo, era hijo de su tiempo, inevitablemente, y amigo íntimo de otro torero como Ignacio Sánchez Mejías, mecenas de tantas cosas y al que le dedicó una de las mejores elegías de nuestra historia literaria. Pero todo en su tiempo y mucho toro para escribir y pintar, pues tampoco vamos a olvidarnos de Picasso.
El problema de nuestro tiempo es que nos desborda, con grandísimo mal gusto, el postureo de tanta gente que no tiene ni idea de todo esto y encumbra, en el año 2026, a cualquiera que coge una silla para torear en la plaza como dijo hacerlo Pepe Hillo allá por el ilustrado siglo XVIII. Paradojas por doquier, lo sé. En una época en la que la tauromaquia debería estar replegándose sobre su propio destino inevitable a la extinción, sus nuevos personajes consiguen concitar muchísima más atención que los verdaderos artistas que hicieron arte a costa de los toros. De modo que así nos lucen el pelo, los libros y el sentido común de la deseable evolución. ¡Ay, si Villalón levantara la cabeza!



