Las Españas que no nos gustan

La democracia, el menos malo de los sistemas políticos que hemos conocido, es infinitamente más difícil de gestionar que la dictadura, porque la democracia se parece a una jaula de grillos y la dictadura, a una clase magistral

09 de abril de 2026 a las 11:04h
El periodista Iñaki Gabilondo, tras recoger el IV Premio a la Libertad de Expresión en San Fernando.
El periodista Iñaki Gabilondo, tras recoger el IV Premio a la Libertad de Expresión en San Fernando.

La labor pedagógica del periodista Iñaki Gabilondo es incluso más encomiable que la periodística. Y últimamente, desde que no pinta nada, como él dice de sí mismo en ese ejercicio de humildad incomparable, más todavía, porque cada vez que habla se aprende algo nuevo o se refuerza algo que ya habíamos aprendido pero quizá habíamos olvidado. Le he oído recientemente una reflexión que combate con elegancia ese proceder de los políticos de todos los colores empeñados en llevarnos a una situación extrema e insostenible porque ya hace demasiado tiempo de aquella maldita guerra civil que no nos ha librado al parecer de la peligrosa amnesia.

Contaba el periodista vasco una perogrullada: que basta con mirar el Parlamento español, con toda su variedad de partidos políticos, para tener una idea clara de qué es exactamente España. Podrán no gustarnos estos o aquellos o los de más allá porque estos son muy rojos, aquellos muy azules o los de más allá muy independentistas o muy viejos, decía él, “pero eso es España y esos representantes están ahí porque han sido elegidos libremente por los españoles”. Así de rotundo, de simple y difícil a la vez, de cierto y de democrático.

Conviene hacer el ejercicio observador porque cada uno de nosotros puede comprobar hasta qué punto puede haber y de hecho hay tantas Españas que no nos gustan. Seguramente cada uno de nosotros tiene una España en la cabeza, una ideología, un modo de gobernar y de proceder, una manera de vivir y de pensar, de mirar e imaginar platónicamente cómo debería ser nuestro país para que todo fuera como la seda. Seguramente. De modo que, quitando a los parlamentarios que nos representan porque los hemos elegido –y tantas veces ni esos-, los demás nos sobran.

Decía Gabilondo en la referida reflexión que, hasta hace muy poco, el debate político llevaba a que el adversario quisiera imponer su criterio al otro pero que, últimamente, la alternativa que tiene pensada el adversario con el otro es que desaparezca. Y eso sí que es imposible.

Deberíamos ser nosotros, quienes no nos dedicamos a la política profesionalmente pero que sí ejercemos nuestro derecho político, los que les recordemos de palabra y de obra a nuestros representantes que los hemos elegido a ellos como podríamos haber elegido a otros y que los otros tienen exactamente el mismo derecho a haber elegido a otros que nosotros. Y que un parlamento tan fragmentado, tan dividido, tan polifónico y multicolor es muchísimo más difícil de gestionar que un parlamento monocromo o bicolor. Por supuesto que sí. Pero es que la democracia, el menos malo de los sistemas políticos que hemos conocido, es infinitamente más difícil de gestionar que la dictadura, porque la democracia se parece a una jaula de grillos y la dictadura, a una clase magistral. El problema es que la historia nos ha enseñado ya que la clase magistral no funciona en política y que la jaula de grillos supone una apasionada manera de convivir con filosofía con el diferente. Por eso cobran los políticos, no por dictar sus propias lecciones, sino por construir desde el diálogo lo que vamos aprendiendo entre todos.

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