No conozco a la maestra que el policía ese empujó sin necesidad, pero, como todo el mundo, he visto las imágenes y se me caen los palos del sombrajo. En mis tiempos, que no son tan lejanos, se respetaba a la gente mayor, y eso significaba fundamentalmente escucharlas, tener en cuenta lo que dijeran y no contestarles con la urgencia insolente que la ignorancia suele ponernos en bandeja. Lo de empujar a una señora de 68 años no cabía en las cábalas ni de quienes no solían respetarlas con ese prudente silencio ante sus juicios, que podía refutarse o no tras una sopesada reflexión. Empujar a una mujer de 68 años era (y debería seguir siendo) tan feo como pegarle a un padre, o a una madre. Hacerlo por detrás, una traición incluso antiestética. Lo de dejarla caer directamente tiene delito. Lo de partirle el tabique nasal clama al cielo. Y lo de ni siquiera acudir a levantarla, sino seguir saltimbanqueando disfrazado con el uniforme es para que caiga ya el meteorito.
Pero nada, que el meteorito no cae y la vida sigue tal y como la estamos construyendo: con viejas que no ven venir a los niñatos que se escudan en sus uniformes, uniformados en su falta de cultura; viejas maestras que no reconocen a sus probables antiguos alumnos porque estos se esconden detrás de su plaquita; viejas que deberían estar jubilosamente jubiladas y que convierten su júbilo en compromiso a favor de las nuevas generaciones frente a estas nuevas generaciones que se preocupan más del cuerpo que de la mente.
La fuerza de la inteligencia atropellada por la fuerza bruta. La sabiduría frente al gimnasio. La libertad de expresión frente a la libertina expresión orangutana. La camiseta verde que te quiero verde frente al chaleco antibalas sin balas que lo justifiquen. Funcionaria valiente frente a valiente funcionario. El cabello al viento de ella frente al casco de chorlito de él. Las abuelas frugales frente a los nietos atiborrados de yogures. El todo de quienes dieron tanto para tanto tonto para nada.
De modo que el vídeo tan viralizado y tan viñetizado es la película breve de nuestros días, el corto cortísimo de la mala educación en cuatro fotogramas de mal gusto, la síntesis amarga de una era, el reducido esquema de qué están aprendiendo los nuevos servidores públicos que se creen a pies juntillas lo que les dicta artificiosamente la inteligencia por control remoto, la remota última opción de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que hubiéramos imaginado, el esperpento literario con libretita digital para multar.
No conozco a la maestra que el policía ese empujó sin necesidad, pero, como todo el mundo, he visto las imágenes y se me caen los palos del sombrajo. En mis tiempos, que no son tan lejanos, se respetaba a la gente mayor, y eso significaba fundamentalmente escucharlas, tener en cuenta lo que dijeran y no contestarles con la urgencia insolente que la ignorancia suele ponernos en bandeja. Lo de empujar a una señora de 68 años no cabía en las cábalas ni de quienes no solían respetarlas con ese prudente silencio ante sus juicios, que podía refutarse o no tras una sopesada reflexión. Empujar a una mujer de 68 años era (y debería seguir siendo) tan feo como pegarle a un padre, o a una madre. Hacerlo por detrás, una traición incluso antiestética. Lo de dejarla caer directamente tiene delito. Lo de partirle el tabique nasal clama al cielo. Y lo de ni siquiera acudir a levantarla, sino seguir saltimbanqueando disfrazado con el uniforme es para que caiga ya el meteorito.
Pero nada, que el meteorito no cae y la vida sigue tal y como la estamos construyendo: con viejas que no ven venir a los niñatos que se escudan en sus uniformes, uniformados en su falta de cultura; viejas maestras que no reconocen a sus probables antiguos alumnos porque estos se esconden detrás de su plaquita; viejas que deberían estar jubilosamente jubiladas y que convierten su júbilo en compromiso a favor de las nuevas generaciones frente a estas nuevas generaciones que se preocupan más del cuerpo que de la mente.
La fuerza de la inteligencia atropellada por la fuerza bruta. La sabiduría frente al gimnasio. La libertad de expresión frente a la libertina expresión orangutana. La camiseta verde que te quiero verde frente al chaleco antibalas sin balas que lo justifiquen. Funcionaria valiente frente a valiente funcionario. El cabello al viento de ella frente al casco de chorlito de él. Las abuelas frugales frente a los nietos atiborrados de yogures. El todo de quienes dieron tanto para tanto tonto para nada.
De modo que el vídeo tan viralizado y tan viñetizado es la película breve de nuestros días, el corto cortísimo de la mala educación en cuatro fotogramas de mal gusto, la síntesis amarga de una era, el reducido esquema de qué están aprendiendo los nuevos servidores públicos que se creen a pies juntillas lo que les dicta artificiosamente la inteligencia por control remoto, la remota última opción de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que hubiéramos imaginado, el esperpento literario con libretita digital para multar.
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