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El acento de Fabián y de la madre que lo parió

Ignorar este asunto en este periódico sería meter el dedo en la injusticia de que los verdaderos catetos pasen por sabios o elegantes delante de esta mujer que fue limpiadora del Real Betis Balompié a mucha honra y a la que todo el mundo entiende perfectamente, salvo los tontos de siempre

  • La intervención de la madre de Fabián, subtitulada.

Antiguamente se le decía acento a la tilde, y esa tilde sustituía al punto de la i incluso cuando alguien quería ponerles los puntos a las íes. Pero el acento de veras es la forma que cada pueblo tiene de ponerle alma a la lengua que habla.

En realidad, las lenguas no existen más que en los libros, en la teoría, en esa nada abstracta que luego nada tiene que ver con la gente cuando pide pan, cuando se queja porque le pinchan o cuando celebra la felicidad. La lengua como tal es algo tan frío que solo sirve para las clases de lengua. Para todo lo demás está el acento, es decir, la lengua empapada en la manera que nos enseñaron nuestras abuelas y nuestras madres como se demuestra el movimiento: andando, que en este caso podríamos decir hablando. Mi abuela, por ejemplo, hablaba por los codos, sobre todo cuando se sentía a gusto en una de esas tertulias en su mesa de camilla porque los tertulianos no tenían prisa por marcharse, al revés que ella misma cuando iba a la casa de cualquiera, que todo eran excusas porque mi abuelo, su marido, decía ella, iba a venir a comer.

El caso es que a la madre de Fabián, el futbolista más famoso de mi pueblo que anda salvándonos el tipo en la Selección Española porque es un chico que juega maravillosamente al fútbol como le enseñaron aquí, en este pueblo que no solo da tomates hiperbólicos, sino jugadores de fútbol galácticos pero sin olvidar sus raíces -como Gavi o Navas-, a la madre de Fabián Ruiz Peña, digo, le han colocado las palabras escritas debajo de su linda palabra hablada porque presuponen que en el resto de España no la van a entender.

Presuponer es una manera de ejercer los prejuicios. Y el prejuicio es una cosa muy cateta de España que sigue vigente a pesar de tantos pesares. A ella la subtitulan pero a su hijo no; al entrenador de su hijo lo subtitulan pero al alcalde no. Depende, que cantaba Jarabe de Palo. Todo depende, pero no del acento en sí. Debo explayarme con este tema no solo porque lo necesite como escritor o como andaluz, sino porque ignorarlo sería meter el dedo en la injusticia de que los verdaderos catetos pasen por sabios o elegantes delante de esta mujer que fue limpiadora del Real Betis Balompié a mucha honra -suya, de su hijo y de todos nosotros- y a la que todo el mundo entiende perfectamente, salvo los tontos de siempre, que siempre los hubo.

Y los hay. Haberlos haylos, que dicen en Galicia, donde la gente puede hablar en gallego o en ese castellano camastrón con que pensaba genialmente el genial Julio Camba, por ejemplo. Porque el acento, como la lengua a secas, también sirve para pensar. Uno piensa –hablando consigo mismo, machadianamente- con el acento que tiene. Y con ese mismo acento uno se explica a sí mismo, enamora, insulta o habla con Dios.

El español o castellano es ya la lengua más hablada del mundo, pero insisto en que no existe como tal más que en los papeles: en la realidad, la gente que habla español lo hace con acento de Cádiz, de Zamora o de La Habana, y cada cual tendrá más o menos cultura académica, pero no hay como integrarse en un mercadillo -de Chiclana o de Lima- para comprobar hasta qué punto la competencia comunicativa no es algo privativo de la gente muy leída. Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, llegó a proponer que nos cargásemos la ortografía, y aunque aquello que dijo en México pudo ser uno de sus arrebatos creativos, lo cierto es que, si era un excelente narrador, no se debía a sus estudios lingüísticos, sino a su atención exquisita cuando sus abuelas le contaban chismes y leyendas del Caribe. Por supuesto que Gabo tenía también su acento, el de la Colombia que lo había visto nacer y crecer, y no lo perdió jamás ni falta que le hizo. Como Borges o Fernando Quiñones tenían los suyos. El acento de la madre que los parió.

Subtitular caprichosa o azarosamente a alguien en Televisión Española –la televisión de todos porque todos la pagamos- no es solo una falta de respeto a la diversidad lingüística que existe para enriquecernos a Dios gracias, sino también subrayar gratuitamente las diferentes consideraciones que históricamente habíamos tenido de los acentos: el de Madrid o Barcelona, de gente instruida y rica; y el de Los Palacios y Villafranca o Santa Cruz de Tenerife, de gente bruta y pobre. El tópico es tan insostenible ya, tan falso y tan ridículo, que abundar en él como lo hacían aquellas obras teatrales y aquellas series de televisión del pasado siglo nos parece hoy de una miopía rayana en la tristeza. Tristeza de tres tristes tigres, que diría Guillermo Cabrera Infante, aquel cubano guasón que ganó el Premio Cervantes y murió en Londres con el acento que siempre le dio la gana.

 

Antiguamente se le decía acento a la tilde, y esa tilde sustituía al punto de la i incluso cuando alguien quería ponerles los puntos a las íes. Pero el acento de veras es la forma que cada pueblo tiene de ponerle alma a la lengua que habla.

En realidad, las lenguas no existen más que en los libros, en la teoría, en esa nada abstracta que luego nada tiene que ver con la gente cuando pide pan, cuando se queja porque le pinchan o cuando celebra la felicidad. La lengua como tal es algo tan frío que solo sirve para las clases de lengua. Para todo lo demás está el acento, es decir, la lengua empapada en la manera que nos enseñaron nuestras abuelas y nuestras madres como se demuestra el movimiento: andando, que en este caso podríamos decir hablando. Mi abuela, por ejemplo, hablaba por los codos, sobre todo cuando se sentía a gusto en una de esas tertulias en su mesa de camilla porque los tertulianos no tenían prisa por marcharse, al revés que ella misma cuando iba a la casa de cualquiera, que todo eran excusas porque mi abuelo, su marido, decía ella, iba a venir a comer.

El caso es que a la madre de Fabián, el futbolista más famoso de mi pueblo que anda salvándonos el tipo en la Selección Española porque es un chico que juega maravillosamente al fútbol como le enseñaron aquí, en este pueblo que no solo da tomates hiperbólicos, sino jugadores de fútbol galácticos pero sin olvidar sus raíces -como Gavi o Navas-, a la madre de Fabián Ruiz Peña, digo, le han colocado las palabras escritas debajo de su linda palabra hablada porque presuponen que en el resto de España no la van a entender.

Presuponer es una manera de ejercer los prejuicios. Y el prejuicio es una cosa muy cateta de España que sigue vigente a pesar de tantos pesares. A ella la subtitulan pero a su hijo no; al entrenador de su hijo lo subtitulan pero al alcalde no. Depende, que cantaba Jarabe de Palo. Todo depende, pero no del acento en sí. Debo explayarme con este tema no solo porque lo necesite como escritor o como andaluz, sino porque ignorarlo sería meter el dedo en la injusticia de que los verdaderos catetos pasen por sabios o elegantes delante de esta mujer que fue limpiadora del Real Betis Balompié a mucha honra -suya, de su hijo y de todos nosotros- y a la que todo el mundo entiende perfectamente, salvo los tontos de siempre, que siempre los hubo.

Y los hay. Haberlos haylos, que dicen en Galicia, donde la gente puede hablar en gallego o en ese castellano camastrón con que pensaba genialmente el genial Julio Camba, por ejemplo. Porque el acento, como la lengua a secas, también sirve para pensar. Uno piensa –hablando consigo mismo, machadianamente- con el acento que tiene. Y con ese mismo acento uno se explica a sí mismo, enamora, insulta o habla con Dios.

El español o castellano es ya la lengua más hablada del mundo, pero insisto en que no existe como tal más que en los papeles: en la realidad, la gente que habla español lo hace con acento de Cádiz, de Zamora o de La Habana, y cada cual tendrá más o menos cultura académica, pero no hay como integrarse en un mercadillo -de Chiclana o de Lima- para comprobar hasta qué punto la competencia comunicativa no es algo privativo de la gente muy leída. Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, llegó a proponer que nos cargásemos la ortografía, y aunque aquello que dijo en México pudo ser uno de sus arrebatos creativos, lo cierto es que, si era un excelente narrador, no se debía a sus estudios lingüísticos, sino a su atención exquisita cuando sus abuelas le contaban chismes y leyendas del Caribe. Por supuesto que Gabo tenía también su acento, el de la Colombia que lo había visto nacer y crecer, y no lo perdió jamás ni falta que le hizo. Como Borges o Fernando Quiñones tenían los suyos. El acento de la madre que los parió.

Subtitular caprichosa o azarosamente a alguien en Televisión Española –la televisión de todos porque todos la pagamos- no es solo una falta de respeto a la diversidad lingüística que existe para enriquecernos a Dios gracias, sino también subrayar gratuitamente las diferentes consideraciones que históricamente habíamos tenido de los acentos: el de Madrid o Barcelona, de gente instruida y rica; y el de Los Palacios y Villafranca o Santa Cruz de Tenerife, de gente bruta y pobre. El tópico es tan insostenible ya, tan falso y tan ridículo, que abundar en él como lo hacían aquellas obras teatrales y aquellas series de televisión del pasado siglo nos parece hoy de una miopía rayana en la tristeza. Tristeza de tres tristes tigres, que diría Guillermo Cabrera Infante, aquel cubano guasón que ganó el Premio Cervantes y murió en Londres con el acento que siempre le dio la gana.

 

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