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Opinión

Verano del 26: Japonerías III. En el campo japonés

A cada paso me tengo que pellizcar por si todo es un sueño y en realidad sigo en mi casa de Hamburgo. Cada segundo paso compruebo cómo esta lengua para mi impenetrable permite, si se presta atención, comprender las cosas imprescindibles en muy concretas y determinadas situaciones

  • Verano del 26: Japonerías III. En el campo japonés.

Bajaba por la escalera al andén y al llegar al último escalón sonó el din don de que las puertas se cerraban. Cuando pulsé el botón ya no se abrían. Era un tren regional; un ferrobús, en verdad, como lo llaman en Oruro. Miré con esperanza hacia la máquina y el maquinista estaba asomado a la ventanilla. Hice una señal indicando que querría entrar. De pronto se encendió la luz del botón, entré, y el tren partió.

A cada paso me tengo que pellizcar por si todo es un sueño y en realidad sigo en mi casa de Hamburgo. Cada segundo paso compruebo cómo esta lengua para mi impenetrable permite, si se presta atención, comprender las cosas imprescindibles en muy concretas y determinadas situaciones. No es nada fácil y creo que precisa de bastante experiencia. Por ejemplo, entresacar de toda la retahíla que suelta el altavoz un nombre, el de la estación final o el de la siguiente. Hay que ir acostumbrándose a un bosque enorme en el que no es fácil distinguir los árboles: cómo está todo señalizado, escrito, marcado. Que también acá un reloj de una estación puede estar dando las siete cuando todavía son las cinco. Que no solo hay retrasos y también hay algún tren que sale con anticipación. Claro, viajar en Shinkansen es muy interesante, además de veloz, pero tiene que ver solo con una de las realidades del país.

Me parece fascinante viajar en locales y darme cuenta de la mucha cooperación comunicativa que encuentro. Es amabilidad, sí, pero creo que hay algo de hacerse cargo del devenir del otre cuando la persona se siente interpelada acerca de una necesidad a cuya solución puede contribuir. Incluso en Tokio, en un café, mi conexión de wifi no funcionaba y mi vecina de mesa, una joven con su laptop a la que pregunté, se fue a averiguar, regresó y me ayudo a encontrar la solución.

La otra noche toqué a la puerta de mis vecinos, por indicación de mis anfitriones. El traductor, y cuidado con confiar ciegamente en él, porque a veces dice bastantes tonterías, terminó en medio de la mesa, sobre una lata, en una conversación animadísima, aunque naturalmente con ritmo japonés: un ritmo sobre todo exigido por la maquinita. Gracias a ese mismo traductor fue que primero me senté a la mesa que me ofrecían y luego, con mucha humildad, di de nuevo las gracias por la hospitalidad, añadí que no deseaba mostrar mala educación y que si serían tan amables de indicarme donde estaba el baño. No hubo ningún respingo y con completa naturalidad me vi ante la puerta del cuarto: al abrirla igualmente se levantó la tapa del retrete. Otro día explicaré lo electronicado que está la taza del baño en Japón, que incluso tiene una calefacción para que no se le queden a uno las piernas frías.

La cena fue gloriosa en todo y, si la comida fue exquisita, la conversación fue inolvidable para mí. Algo tan sencillo como hablar de todo, de forma dicharachera, con bromas incluidas, y la impresionante curiosidad que me mostraron por el mundo que a ellos les es ajeno. Ella me advirtió que su mundo es ya uno en extinción en varios sentidos, que viven despacio y que viven con sus vecinos y sus amigos, sin un individualismo que ven cómo se va imponiendo más y más. Se alegraron muchísimo por la excursión de fin de semana que haremos, como seis u ocho amigos, para disfrutar de una noche de fuegos artificiales. Intuí que tomaba parte en la vida de las pequeñas cosas.

Había pasado el día de excursión al volcán local, aunque por el fuerte viento no pudimos ascender hasta el punto más alto de su cráter apagado, para bordearlo completamente. Una amabilidad extraordinaria que pude disfrutar, al final de la cual fuimos a un parque de la ciudad para almorzar en uno de esos restaurantes donde se come sentado sobre el tatami. En el aparcamiento sonaban ruidos estruendosos para ahuyentar a los osos, que se han vuelto un verdadero problema con graves consecuencias. Al tomar hacia el restaurante, enfrente de la entrada, en un árbol, había un letrero con la imagen de dos serpientes y advertía de lo peligrosas que son. Pregunté a mi acompañante y me confirmó que “hay que poner cuidado”. Por ese cuidado, precisamente, la segunda cosa que hice al llegar a este pueblo fue comprarme unas buenas botas de goma de media caña. La primera cosa fue sentirme dentro de un film.

Mis anfitriones vinieron a buscarme a la estación y me llevaron de paseo. Luego del paseo fuimos a comer noodles, fideos, fríos que había que pescar de un pequeño torrente que atravesaba la mesa del restaurante, en mitad de las montañas, a unos pasos de los monos que pueblan las montañas y mirando: arriba, una pequeña cascada; abajo, una charca donde se pescan las truchas que luego asan. El film llegó cuando entramos en el Onsen: un baño termal. Lo primero fue lavarse sentado en un taburete bajo y echarse el agua por encima con una palangana, enjabonarse y aclararse con la palangana. Luego salir para meterse en el agua termal. Salir de ella, cuando no aguantes más, y contemplar el paisaje mientras disfrutas del frescor, y vuelta al agua caliente. Mejor que una sauna, para mí. Aunque lo más divertido es llevar todo el tiempo la toalla pequeña con la que te enjabonaste sobre la cabeza.

Bajaba por la escalera al andén y al llegar al último escalón sonó el din don de que las puertas se cerraban. Cuando pulsé el botón ya no se abrían. Era un tren regional; un ferrobús, en verdad, como lo llaman en Oruro. Miré con esperanza hacia la máquina y el maquinista estaba asomado a la ventanilla. Hice una señal indicando que querría entrar. De pronto se encendió la luz del botón, entré, y el tren partió.

A cada paso me tengo que pellizcar por si todo es un sueño y en realidad sigo en mi casa de Hamburgo. Cada segundo paso compruebo cómo esta lengua para mi impenetrable permite, si se presta atención, comprender las cosas imprescindibles en muy concretas y determinadas situaciones. No es nada fácil y creo que precisa de bastante experiencia. Por ejemplo, entresacar de toda la retahíla que suelta el altavoz un nombre, el de la estación final o el de la siguiente. Hay que ir acostumbrándose a un bosque enorme en el que no es fácil distinguir los árboles: cómo está todo señalizado, escrito, marcado. Que también acá un reloj de una estación puede estar dando las siete cuando todavía son las cinco. Que no solo hay retrasos y también hay algún tren que sale con anticipación. Claro, viajar en Shinkansen es muy interesante, además de veloz, pero tiene que ver solo con una de las realidades del país.

Me parece fascinante viajar en locales y darme cuenta de la mucha cooperación comunicativa que encuentro. Es amabilidad, sí, pero creo que hay algo de hacerse cargo del devenir del otre cuando la persona se siente interpelada acerca de una necesidad a cuya solución puede contribuir. Incluso en Tokio, en un café, mi conexión de wifi no funcionaba y mi vecina de mesa, una joven con su laptop a la que pregunté, se fue a averiguar, regresó y me ayudo a encontrar la solución.

La otra noche toqué a la puerta de mis vecinos, por indicación de mis anfitriones. El traductor, y cuidado con confiar ciegamente en él, porque a veces dice bastantes tonterías, terminó en medio de la mesa, sobre una lata, en una conversación animadísima, aunque naturalmente con ritmo japonés: un ritmo sobre todo exigido por la maquinita. Gracias a ese mismo traductor fue que primero me senté a la mesa que me ofrecían y luego, con mucha humildad, di de nuevo las gracias por la hospitalidad, añadí que no deseaba mostrar mala educación y que si serían tan amables de indicarme donde estaba el baño. No hubo ningún respingo y con completa naturalidad me vi ante la puerta del cuarto: al abrirla igualmente se levantó la tapa del retrete. Otro día explicaré lo electronicado que está la taza del baño en Japón, que incluso tiene una calefacción para que no se le queden a uno las piernas frías.

La cena fue gloriosa en todo y, si la comida fue exquisita, la conversación fue inolvidable para mí. Algo tan sencillo como hablar de todo, de forma dicharachera, con bromas incluidas, y la impresionante curiosidad que me mostraron por el mundo que a ellos les es ajeno. Ella me advirtió que su mundo es ya uno en extinción en varios sentidos, que viven despacio y que viven con sus vecinos y sus amigos, sin un individualismo que ven cómo se va imponiendo más y más. Se alegraron muchísimo por la excursión de fin de semana que haremos, como seis u ocho amigos, para disfrutar de una noche de fuegos artificiales. Intuí que tomaba parte en la vida de las pequeñas cosas.

Había pasado el día de excursión al volcán local, aunque por el fuerte viento no pudimos ascender hasta el punto más alto de su cráter apagado, para bordearlo completamente. Una amabilidad extraordinaria que pude disfrutar, al final de la cual fuimos a un parque de la ciudad para almorzar en uno de esos restaurantes donde se come sentado sobre el tatami. En el aparcamiento sonaban ruidos estruendosos para ahuyentar a los osos, que se han vuelto un verdadero problema con graves consecuencias. Al tomar hacia el restaurante, enfrente de la entrada, en un árbol, había un letrero con la imagen de dos serpientes y advertía de lo peligrosas que son. Pregunté a mi acompañante y me confirmó que “hay que poner cuidado”. Por ese cuidado, precisamente, la segunda cosa que hice al llegar a este pueblo fue comprarme unas buenas botas de goma de media caña. La primera cosa fue sentirme dentro de un film.

Mis anfitriones vinieron a buscarme a la estación y me llevaron de paseo. Luego del paseo fuimos a comer noodles, fideos, fríos que había que pescar de un pequeño torrente que atravesaba la mesa del restaurante, en mitad de las montañas, a unos pasos de los monos que pueblan las montañas y mirando: arriba, una pequeña cascada; abajo, una charca donde se pescan las truchas que luego asan. El film llegó cuando entramos en el Onsen: un baño termal. Lo primero fue lavarse sentado en un taburete bajo y echarse el agua por encima con una palangana, enjabonarse y aclararse con la palangana. Luego salir para meterse en el agua termal. Salir de ella, cuando no aguantes más, y contemplar el paisaje mientras disfrutas del frescor, y vuelta al agua caliente. Mejor que una sauna, para mí. Aunque lo más divertido es llevar todo el tiempo la toalla pequeña con la que te enjabonaste sobre la cabeza.

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