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Opinión

Verano del 26: en el río comiendo melón

Nuestro tiempo conjuga el realismo con la fantasía de la superstición. Tiene sentido: la superstición hace muy líquida cualquier verdad, todo lo vuelve interpretable

  • En el río comiendo melón. PabloMtnezCalleja, 2026

Ayer fue el día más largo, y la noche más corta será, también, la de san Juan, aunque el Gencat diga que no es verdad, ahora que la mentira de tan líquida parece el Nilo o el Amazonas, según la unidad de medida. Es cierto, la Noche de San Juan es la más corta tradicionalmente, la noche de las hogueras de la playa de A Lanzada. La noche del Alster, esta del 20 de junio, era la astronómica. Tan verdad es una como la otra para salir al río a comer melón o a los lagos escandinavos a comer fresas y aderezarse los cabellos con flores silvestres para abrazarse a las hadas o a los hados de las aguas que reverberaban la luz de una luna creciente. Creciente como todo lo que en esa noche se deseaba esperar, creciente como el verano que recién empezaba.

En Hamburgo había llovido los tres días anteriores para que no le faltaran la magia ni el agua a los ríos y a los caminos. Torrencialmente. Los rincones rezumaban agua y mosquitos, después de pasar de 16 a 32 grados, que eran tomados, ya, para todo el verano, esta semana que son las témporas alemanas, tan refraneras e inescrutables.

Inescrutables caminos, también, los que comienza a caminar Colombia con sus elecciones; inescrutable Bolivia, con su revuelta contra un Gobierno que no cumple; inescrutable Ormuz, símbolo del desatino occidental, una vez más. Inescrutables los designios del juez Peinado y los del CGPJ, como inescrutables las intenciones de la Policía, según el juez. Inescrutables los espesos bosques por los que fluyen arroyos y regatos, y se come melón o fresas con la cabeza adornada como si se acabara de abandonar un cuadro de Arcimboldo. Inexpugnable la mar lanzada a la orilla de la playa en la que los besos saben a sardinas asadas y los cabellos huelen a mar y a humo de leña recién ardida. Arden, también, los cuerpos, aunque solo sea por tradición, que penetran en las aguas para aliviar su calentura y se levanta una inmensa niebla en toda su bahía. La sal cubre en escamas los cueros que, contenidos, tiritan de frío en la noche norteña.

Escrutados los resultados en Perú se antojan inescrutables sus resultados e incalculable el curso de los acontecimientos. Como indómita es la situación en La Paz. Nuestra época no solo prefiere el realismo o el hiperrealismo para asirse a algo, digamos, reconocible. Nuestro tiempo conjuga el realismo con la fantasía de la superstición. Tiene sentido: la superstición hace muy líquida cualquier verdad, todo lo vuelve interpretable y lo contradictorio, más allá de ser la realidad humana, se vuelve el jugo de las palabras de predicadores y chamanes chungos que siempre terminan haciendo partidismo. La política es otra cosa.

Es, el verano, quizá la mejor época para los mercados. Hace sol, se sale con sombrero de paja y vestidos de colores. Entre los toldos, cuya belleza está en su variopinto desorden, se cuela el brillo solar que hace resaltar el rojo de los pimientos y el blanco de los últimos espárragos. Todo ese paisaje pintoresco que rechazan los que desean, a penas, un paisanaje uniformado, gris y monolingüe. Todo romantizado. Todo hueco y falso. Aunque no todo, sería una exageración deseada por los polarizadores: donde fue ganando la ultraderecha, ganó con resultados muy ajustados. Lo que significa que, al menos, y solo matemáticamente, habría unas dos mitades entre los que fueron a votar, que fueron pocos o no fueron tantos.

Tener conciencia de que hay dos noches de solsticio, y por qué, nos hace permanecer despiertos ante las diferencias y preparados para defendernos de una verdad meliflua y de una mentira demasiado pegajosa.

Ayer fue el día más largo, y la noche más corta será, también, la de san Juan, aunque el Gencat diga que no es verdad, ahora que la mentira de tan líquida parece el Nilo o el Amazonas, según la unidad de medida. Es cierto, la Noche de San Juan es la más corta tradicionalmente, la noche de las hogueras de la playa de A Lanzada. La noche del Alster, esta del 20 de junio, era la astronómica. Tan verdad es una como la otra para salir al río a comer melón o a los lagos escandinavos a comer fresas y aderezarse los cabellos con flores silvestres para abrazarse a las hadas o a los hados de las aguas que reverberaban la luz de una luna creciente. Creciente como todo lo que en esa noche se deseaba esperar, creciente como el verano que recién empezaba.

En Hamburgo había llovido los tres días anteriores para que no le faltaran la magia ni el agua a los ríos y a los caminos. Torrencialmente. Los rincones rezumaban agua y mosquitos, después de pasar de 16 a 32 grados, que eran tomados, ya, para todo el verano, esta semana que son las témporas alemanas, tan refraneras e inescrutables.

Inescrutables caminos, también, los que comienza a caminar Colombia con sus elecciones; inescrutable Bolivia, con su revuelta contra un Gobierno que no cumple; inescrutable Ormuz, símbolo del desatino occidental, una vez más. Inescrutables los designios del juez Peinado y los del CGPJ, como inescrutables las intenciones de la Policía, según el juez. Inescrutables los espesos bosques por los que fluyen arroyos y regatos, y se come melón o fresas con la cabeza adornada como si se acabara de abandonar un cuadro de Arcimboldo. Inexpugnable la mar lanzada a la orilla de la playa en la que los besos saben a sardinas asadas y los cabellos huelen a mar y a humo de leña recién ardida. Arden, también, los cuerpos, aunque solo sea por tradición, que penetran en las aguas para aliviar su calentura y se levanta una inmensa niebla en toda su bahía. La sal cubre en escamas los cueros que, contenidos, tiritan de frío en la noche norteña.

Escrutados los resultados en Perú se antojan inescrutables sus resultados e incalculable el curso de los acontecimientos. Como indómita es la situación en La Paz. Nuestra época no solo prefiere el realismo o el hiperrealismo para asirse a algo, digamos, reconocible. Nuestro tiempo conjuga el realismo con la fantasía de la superstición. Tiene sentido: la superstición hace muy líquida cualquier verdad, todo lo vuelve interpretable y lo contradictorio, más allá de ser la realidad humana, se vuelve el jugo de las palabras de predicadores y chamanes chungos que siempre terminan haciendo partidismo. La política es otra cosa.

Es, el verano, quizá la mejor época para los mercados. Hace sol, se sale con sombrero de paja y vestidos de colores. Entre los toldos, cuya belleza está en su variopinto desorden, se cuela el brillo solar que hace resaltar el rojo de los pimientos y el blanco de los últimos espárragos. Todo ese paisaje pintoresco que rechazan los que desean, a penas, un paisanaje uniformado, gris y monolingüe. Todo romantizado. Todo hueco y falso. Aunque no todo, sería una exageración deseada por los polarizadores: donde fue ganando la ultraderecha, ganó con resultados muy ajustados. Lo que significa que, al menos, y solo matemáticamente, habría unas dos mitades entre los que fueron a votar, que fueron pocos o no fueron tantos.

Tener conciencia de que hay dos noches de solsticio, y por qué, nos hace permanecer despiertos ante las diferencias y preparados para defendernos de una verdad meliflua y de una mentira demasiado pegajosa.

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