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Opinión

Verano del 26: el Museo Vasco de Bilbao

El verano es también el fútbol, siempre lleno de intrigas y esta vez con un emperador yankee que llama al emperador de la FIFA para preguntar ‘qué hay de lo mío’

  • Museo Vasco de Bilbao. PMC, 2026.

El topo avanzaba todavía, aunque ya a marcha lenta. Empezó a verse el andén. Se detuvo. Una joven hacía por abrir la puerta y en el momento que iba a entrar se le explotó el globo que había hecho con su chicle. Nos miramos y nos reímos. El tren llevaba muchos pasajeros. Un tren que cuando fue de madera tenía las ventanas que se abrían tirando de una lengüeta de cuero y caían, se hubiera podido alcanzar la ropa tendida de más de una ventana, o eso parecía. El topo. Un tren de frontera y transfronterizos; de trabajadores cansados y estraperlo para alcanzar lo que el sueldo o la cartilla de racionamiento de la posguerra no ofrecía.

Mi propio abuelo iba en el de Lezama a cambiar los cupones del azúcar, el chocolate y el tabaco por alubias y lo que le dieran en las huertas. Llevaba una maleta de carpintero vacía, pero con el serrote cruzado por fuera. Los celadores del fielato nunca le ordenaron abrirla, tuvo suerte. Los celadores del fielato que se apostaban en una garita en las escaleras de Begoña, o eso me contaron, que luego fue el kiosko de caramelos para los niños que jugábamos en la plazoleta y que desapareció, más tarde, sin dejar ni rastro.

Aquella estación es el Museo de Arqueología y por debajo salen de la pared los viajeros del topo que enlazan hasta Bilbao y los del metro. A la plaza le desaparecieron los jardines, como le acaban de desaparecer ahora al Museo de Bellas Artes, ya apodado El Escorial de Bilbao. De frente, ya no están en la esquina aquellos grandes almacenes de Simago, con su fachada llena de hexágonos, ni en María Muñoz, una calle que llevaba a la de la Ronda, la comisaría de los grises de triste recuerdo. Donde recuerdo que pudo estar aquella comisaría, hoy está instalada la cocina económica, de hierro fundido, de carbón, en el Museo Vasco, con la que se cocinaban las lujosas viandas del restaurante el Víctor de la Plaza Nueva. No, el actual restaurante Víctor Montes era una tienda de ultramarinos con su rueda de sardinas arenques en salmuera en la puerta y sus sacos de legumbres por aquí y por allá.

Ese Museo Vasco que atesora el Mikeldi, junto a la iglesia de san Juan, cuyas campanas me despertaban de niño, reabrió y, además de ofrecer un maravilloso aire acondicionado este verano de olas y olas de calor, tiene para el visitante y el turista el resumen que necesita para conocer la tierra que pisa. Los veranos son playas, son libros y son museos; es melón y sandía, y son incendios; cada vez más incendios, más veloces, más feroces. El caso del incendio de Los Gallardos, de Almería, conmueve, aun más escuchando a los negadores del cambio climático.

El verano es también el fútbol, siempre lleno de intrigas y esta vez con un emperador yankee que llama al emperador de la FIFA para preguntar ‘qué hay de lo mío’. Es el articulito de bachiller falangista de un “M. Rajoy” al que nadie conoce ni se sabe quién es. Es la ola de odio y resentimiento que se desató contra Argentina porque ganó su partido contra Egipto.

Y si llegan a Bilbao pueden seguir a Gernika en tren, o a León y a Santander, en aquellos trenes de vía estrecha que traquetean, aunque ya no echen vapor ni humo ni carbonillas. Pero eso sí, no abandone su maleta de cualquier modo y en cualquier parte de una estación como hizo un adolescente harto, en Montparnasse, de las vacaciones a las que le habían obligado. Clausuraron la tienda, todo se llenó de agentes de seguridad, la gente quería entrar a comprar su bocadillo y su botella de agua y no podía. Por fin llegó la madre con sus dos hijos y el adolescente que había abandonado su maleta tuvo que señalar con su propia mano su maleta como si de la vindicatio en un juicio de la antigua Roma se tratara. No tuvo, por suerte, mayores complicaciones.

El topo avanzaba todavía, aunque ya a marcha lenta. Empezó a verse el andén. Se detuvo. Una joven hacía por abrir la puerta y en el momento que iba a entrar se le explotó el globo que había hecho con su chicle. Nos miramos y nos reímos. El tren llevaba muchos pasajeros. Un tren que cuando fue de madera tenía las ventanas que se abrían tirando de una lengüeta de cuero y caían, se hubiera podido alcanzar la ropa tendida de más de una ventana, o eso parecía. El topo. Un tren de frontera y transfronterizos; de trabajadores cansados y estraperlo para alcanzar lo que el sueldo o la cartilla de racionamiento de la posguerra no ofrecía.

Mi propio abuelo iba en el de Lezama a cambiar los cupones del azúcar, el chocolate y el tabaco por alubias y lo que le dieran en las huertas. Llevaba una maleta de carpintero vacía, pero con el serrote cruzado por fuera. Los celadores del fielato nunca le ordenaron abrirla, tuvo suerte. Los celadores del fielato que se apostaban en una garita en las escaleras de Begoña, o eso me contaron, que luego fue el kiosko de caramelos para los niños que jugábamos en la plazoleta y que desapareció, más tarde, sin dejar ni rastro.

Aquella estación es el Museo de Arqueología y por debajo salen de la pared los viajeros del topo que enlazan hasta Bilbao y los del metro. A la plaza le desaparecieron los jardines, como le acaban de desaparecer ahora al Museo de Bellas Artes, ya apodado El Escorial de Bilbao. De frente, ya no están en la esquina aquellos grandes almacenes de Simago, con su fachada llena de hexágonos, ni en María Muñoz, una calle que llevaba a la de la Ronda, la comisaría de los grises de triste recuerdo. Donde recuerdo que pudo estar aquella comisaría, hoy está instalada la cocina económica, de hierro fundido, de carbón, en el Museo Vasco, con la que se cocinaban las lujosas viandas del restaurante el Víctor de la Plaza Nueva. No, el actual restaurante Víctor Montes era una tienda de ultramarinos con su rueda de sardinas arenques en salmuera en la puerta y sus sacos de legumbres por aquí y por allá.

Ese Museo Vasco que atesora el Mikeldi, junto a la iglesia de san Juan, cuyas campanas me despertaban de niño, reabrió y, además de ofrecer un maravilloso aire acondicionado este verano de olas y olas de calor, tiene para el visitante y el turista el resumen que necesita para conocer la tierra que pisa. Los veranos son playas, son libros y son museos; es melón y sandía, y son incendios; cada vez más incendios, más veloces, más feroces. El caso del incendio de Los Gallardos, de Almería, conmueve, aun más escuchando a los negadores del cambio climático.

El verano es también el fútbol, siempre lleno de intrigas y esta vez con un emperador yankee que llama al emperador de la FIFA para preguntar ‘qué hay de lo mío’. Es el articulito de bachiller falangista de un “M. Rajoy” al que nadie conoce ni se sabe quién es. Es la ola de odio y resentimiento que se desató contra Argentina porque ganó su partido contra Egipto.

Y si llegan a Bilbao pueden seguir a Gernika en tren, o a León y a Santander, en aquellos trenes de vía estrecha que traquetean, aunque ya no echen vapor ni humo ni carbonillas. Pero eso sí, no abandone su maleta de cualquier modo y en cualquier parte de una estación como hizo un adolescente harto, en Montparnasse, de las vacaciones a las que le habían obligado. Clausuraron la tienda, todo se llenó de agentes de seguridad, la gente quería entrar a comprar su bocadillo y su botella de agua y no podía. Por fin llegó la madre con sus dos hijos y el adolescente que había abandonado su maleta tuvo que señalar con su propia mano su maleta como si de la vindicatio en un juicio de la antigua Roma se tratara. No tuvo, por suerte, mayores complicaciones.

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