Cada momento lo vivimos como si nunca fuera a acabar. Para bien o para mal, pero solemos experimentar los sucesos como eternos. Tal vez por eso las esperas se nos hacen tan largas y los malos momentos tan angustiosos. Y nos esforzamos por retener lo que nos hace sentir bien.
Hace 25 años nació mi primer hijo. Aquel 28 de mayo me invadió la impresión certera de que siempre estaría a mi lado. No se trataba de un presagio, y menos aún de una metáfora, tan solo era una realidad física, visual y táctil. Era incapaz de imaginar los años venideros ni de especular sobre los cambios que iría experimentando su cuerpecito. Siempre sería como aquel preciso momento en que una enfermera me lo entregó envuelto en un arrullo.
Todavía bajo los efectos de la epidural, aquella sensación de eternidad no me aplastaba como a Sísifo, sino todo lo contrario, pues más que un no acabar, sentía plenitud. El paso de los años ha ido desmintiendo parte de aquellas alucinaciones que debió de provocarme la anestesia, a saber: mi hijo —menos mal— no ha dejado de hacerse mayor y, para suerte suya, en la sala de partos cortaron bien el cordón umbilical.
En todos estos años transcurridos, me ha acompañado esa sensación de tiempo que se congela y que te lleva a creer que siempre tendría un año, dos, quince; o que nunca recuperaría yo el sueño profundo, que siempre le subiría la fiebre rápido. Lo mismo daría que volviera a repetir la experiencia de ser madre, porque igualmente el tiempo dejaría de correr ante cualquier acontecimiento nuevo. Así sabía que el pequeño nunca se atrevería a dormir fuera de casa, que no habría nada más que croquetas en su menú y, por hablar de más eternidades, que el mayor no dejaría de leer con ganas. Tantas certezas instaladas que no querrías ver desaparecer.
Pero siempre es más que todo el tiempo del mundo. Ahora, 25 años después, mi hijo mayor no está a mi lado. Como yo a su edad, tiene su propia vida. Tienen los dos su propia vida. Y ahí está la maravilla de ser madre —o padre—, que no es otra que ser ahora yo quien forma parte de esa vida que él —ellos— está construyendo. "Todo pasa y todo queda", cantaba Antonio Machado. Pasó la fiebre, los días y las noches bajo el mismo techo, y quedó la certeza de que no en vano han pasado 25 años. Queda y se instala como una certeza la maravilla de que los hijos no son una extensión nuestra, sino alguien con quien estamos, unas veces más cerca que otras, pero con quienes compartimos una vida que fluye y que permanece. La eterna plenitud.
Cada momento lo vivimos como si nunca fuera a acabar. Para bien o para mal, pero solemos experimentar los sucesos como eternos. Tal vez por eso las esperas se nos hacen tan largas y los malos momentos tan angustiosos. Y nos esforzamos por retener lo que nos hace sentir bien.
Hace 25 años nació mi primer hijo. Aquel 28 de mayo me invadió la impresión certera de que siempre estaría a mi lado. No se trataba de un presagio, y menos aún de una metáfora, tan solo era una realidad física, visual y táctil. Era incapaz de imaginar los años venideros ni de especular sobre los cambios que iría experimentando su cuerpecito. Siempre sería como aquel preciso momento en que una enfermera me lo entregó envuelto en un arrullo.
Todavía bajo los efectos de la epidural, aquella sensación de eternidad no me aplastaba como a Sísifo, sino todo lo contrario, pues más que un no acabar, sentía plenitud. El paso de los años ha ido desmintiendo parte de aquellas alucinaciones que debió de provocarme la anestesia, a saber: mi hijo —menos mal— no ha dejado de hacerse mayor y, para suerte suya, en la sala de partos cortaron bien el cordón umbilical.
En todos estos años transcurridos, me ha acompañado esa sensación de tiempo que se congela y que te lleva a creer que siempre tendría un año, dos, quince; o que nunca recuperaría yo el sueño profundo, que siempre le subiría la fiebre rápido. Lo mismo daría que volviera a repetir la experiencia de ser madre, porque igualmente el tiempo dejaría de correr ante cualquier acontecimiento nuevo. Así sabía que el pequeño nunca se atrevería a dormir fuera de casa, que no habría nada más que croquetas en su menú y, por hablar de más eternidades, que el mayor no dejaría de leer con ganas. Tantas certezas instaladas que no querrías ver desaparecer.
Pero siempre es más que todo el tiempo del mundo. Ahora, 25 años después, mi hijo mayor no está a mi lado. Como yo a su edad, tiene su propia vida. Tienen los dos su propia vida. Y ahí está la maravilla de ser madre —o padre—, que no es otra que ser ahora yo quien forma parte de esa vida que él —ellos— está construyendo. "Todo pasa y todo queda", cantaba Antonio Machado. Pasó la fiebre, los días y las noches bajo el mismo techo, y quedó la certeza de que no en vano han pasado 25 años. Queda y se instala como una certeza la maravilla de que los hijos no son una extensión nuestra, sino alguien con quien estamos, unas veces más cerca que otras, pero con quienes compartimos una vida que fluye y que permanece. La eterna plenitud.
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