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la señal errante

¿Necesitamos profesionalizarnos?

Quien quiera dedicarse seriamente a este ámbito debe formarse por su cuenta, aprender de otros investigadores o acudir a congresos y asociaciones privadas. Eso provoca que no exista un criterio común sobre qué conocimientos mínimos debería tener alguien antes de presentarse ante el público como investigador del misterio

  • Una investigación paranormal en San Fernando. -

Hay una palabra que el mundo del misterio lleva décadas persiguiendo sin llegar nunca a alcanzarla del todo: Credibilidad.

No hablo de demostrar la existencia de fantasmas, psicofonías, ovnis o cualquier otro fenómeno anómalo. Hablo de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: Convencer a la sociedad de que quienes investigan estos asuntos lo hacen con rigor, honestidad y una metodología mínimamente seria. Y creo que ahí tenemos un problema.

Vivimos la época en la que más herramientas tecnológicas han estado al alcance de cualquier aficionado. Cámaras capaces de grabar en alta definición, grabadoras digitales, sensores ambientales, drones, programas de edición y plataformas desde las que difundir una investigación a cientos de miles de personas.

Sin embargo, también vivimos la época en la que más difícil resulta distinguir una investigación honesta de un simple espectáculo.

Las redes sociales han democratizado la divulgación del misterio, pero también han democratizado el fraude.

Hoy cualquiera puede abrir un canal de YouTube, comprar cuatro aparatos, entrar en una casa abandonada y presentarse como "investigador paranormal". Nadie le exige demostrar conocimientos. Nadie revisa su metodología. Nadie comprueba si las supuestas pruebas han sido manipuladas. Nadie le obliga a conservar los archivos originales ni a explicar las condiciones en las que obtuvo una grabación. Y cuando un montaje queda al descubierto, el daño no lo sufre únicamente quien lo protagonizó. Lo sufrimos todos.

La opinión pública rara vez diferencia entre un investigador prudente y alguien que únicamente fabrica contenido para conseguir visitas. Todo termina mezclándose bajo la misma etiqueta: "Los del misterio".

Quizá por eso haya llegado el momento de plantear una pregunta incómoda. ¿Necesita la investigación paranormal algún tipo de estructura profesional?

No estoy hablando de crear un organismo que decida qué casos son auténticos y cuáles no. Eso sería absurdo. Nadie puede erigirse en árbitro de fenómenos cuya propia existencia sigue siendo objeto de debate.

Lo que sí podría plantearse es la creación de una entidad independiente que estableciera unos mínimos comunes de calidad. Un código ético. Una metodología básica. Un protocolo para documentar investigaciones. Un compromiso con la transparencia. Y, sobre todo, una forma de distinguir a quienes investigan con honestidad de quienes convierten cualquier exploración en un espectáculo diseñado para alimentar al algoritmo.

Porque el algoritmo no premia el rigor. Premia el sobresalto. Premia el titular exagerado. Premia el "hemos captado al fantasma más claro de la historia". Premia aquello que genera clics. Y esa dinámica está condicionando la manera en que parte del misterio se presenta al público.

En España existen asociaciones que llevan años intentando estudiar los fenómenos anómalos con una metodología relativamente organizada. Organizaciones como TCI España, la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP) o el Grupo Español de Investigación de Fenómenos Extraños (Seife) representan algunos de esos esfuerzos por dignificar esta disciplina.

Sin embargo, ninguna de ellas ejerce como una entidad vertebradora para todo el colectivo. Cada grupo desarrolla sus propios protocolos. Cada investigador utiliza sus propios criterios. Cada asociación interpreta la investigación desde perspectivas diferentes. Y todas conviven sin que exista un consenso ampliamente aceptado sobre cuáles deberían ser los estándares mínimos de calidad.

La situación resulta todavía más llamativa si tenemos en cuenta que, aunque en España se han celebrado cursos de verano, seminarios universitarios y actividades de extensión relacionadas con los fenómenos anómalos, no existe ninguna carrera universitaria oficial en Parapsicología ni una profesión regulada de investigador paranormal.

Quien quiera dedicarse seriamente a este ámbito debe formarse por su cuenta, aprender de otros investigadores o acudir a congresos y asociaciones privadas. Eso provoca que no exista un criterio común sobre qué conocimientos mínimos debería tener alguien antes de presentarse ante el público como investigador del misterio.

Y quizá esa sea una de las grandes asignaturas pendientes. Porque antes de aprender a manejar una spirit box o cualquier otro dispositivo, un investigador debería conocer disciplinas mucho más importantes. Método científico. Psicología de la percepción. Acústica. Fotografía y vídeo. Electrónica básica. Historia de las creencias. Legislación sobre patrimonio y propiedad privada. Primeros auxilios. Ética de la investigación.

Puede parecer una lista excesiva, pero precisamente esas herramientas son las que permiten descartar explicaciones convencionales antes de aventurarse a afirmar que un fenómeno es extraordinario.

El verdadero investigador no debería intentar demostrar que hay un fantasma. Debería intentar demostrar que no existe una explicación conocida para aquello que ha observado. Ese cambio de mentalidad supondría un enorme salto de calidad para todo el sector.

Ahora bien, surge inmediatamente otra pregunta. ¿Quién tendría autoridad para decidir todo esto? Y probablemente esa sea la parte más complicada.

El misterio siempre ha sido un mundo extraordinariamente heterogéneo. Existen investigadores de campo, divulgadores, periodistas, técnicos, asociaciones culturales, grupos de experimentación, equipos de transcomunicación instrumental y aficionados que trabajan completamente por libre.

Todos suelen coincidir en una idea: hace falta dignificar el misterio. Pero cuando llega el momento de decidir cómo hacerlo, cada uno defiende su propio método. Cada uno arría su vela. Y así resulta prácticamente imposible construir un proyecto común.

Además, conviene ser realistas. En España un "colegio profesional" solo puede existir para profesiones reguladas legalmente. La investigación paranormal no lo es, de modo que una institución de este tipo no tendría capacidad para impedir que cualquiera se autodenominara investigador.

Lo máximo a lo que podría aspirarse sería a crear una acreditación voluntaria. Un sello de calidad. Una certificación respaldada por asociaciones, investigadores de reconocido prestigio y especialistas de disciplinas afines. Una acreditación que no dijera "esta persona tiene razón", sino algo mucho más valioso: "esta persona se compromete a investigar siguiendo unos criterios de transparencia, honestidad y metodología".

No eliminaría el fraude. Nunca lo hará. Siempre existirán quienes prefieran fabricar un vídeo viral antes que reconocer que una noche de investigación terminó sin resultados. Pero sí ayudaría al público a distinguir mejor entre quien investiga y quien simplemente interpreta un papel delante de una cámara.

Porque el mayor enemigo del misterio no son los escépticos. Ni siquiera los fenómenos que terminan teniendo una explicación convencional. El mayor enemigo del misterio es el propio misterio cuando renuncia a la autocrítica. Cuando acepta el engaño porque genera audiencia. Cuando convierte cualquier ruido en una psicofonía. Cuando confunde la emoción con la evidencia. Y eso tiene una consecuencia devastadora.

Entre toneladas de contenido diseñado para impresionar durante treinta segundos, pasan completamente desapercibidas investigaciones discretas, prudentes y honestas. Precisamente las que más podrían aportar al conocimiento de los fenómenos anómalos.

Quizá nunca logremos unificar un mundo tan diverso. Quizá jamás exista esa entidad capaz de establecer unos estándares comunes. Pero eso no debería impedirnos aspirar a algo mucho más sencillo.

Una cultura compartida donde el rigor importe más que el espectáculo. Donde reconocer un error no sea motivo de burla. Donde publicar una investigación negativa tenga el mismo valor que presentar una supuesta evidencia. Y donde la credibilidad no dependa del número de seguidores, sino de la calidad del trabajo realizado.

Porque, al final, el prestigio del misterio no dependerá de que algún día se demuestre la existencia de un fenómeno paranormal. Dependerá de cómo decidamos investigarlo mientras tanto.

Hay una palabra que el mundo del misterio lleva décadas persiguiendo sin llegar nunca a alcanzarla del todo: Credibilidad.

No hablo de demostrar la existencia de fantasmas, psicofonías, ovnis o cualquier otro fenómeno anómalo. Hablo de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: Convencer a la sociedad de que quienes investigan estos asuntos lo hacen con rigor, honestidad y una metodología mínimamente seria. Y creo que ahí tenemos un problema.

Vivimos la época en la que más herramientas tecnológicas han estado al alcance de cualquier aficionado. Cámaras capaces de grabar en alta definición, grabadoras digitales, sensores ambientales, drones, programas de edición y plataformas desde las que difundir una investigación a cientos de miles de personas.

Sin embargo, también vivimos la época en la que más difícil resulta distinguir una investigación honesta de un simple espectáculo.

Las redes sociales han democratizado la divulgación del misterio, pero también han democratizado el fraude.

Hoy cualquiera puede abrir un canal de YouTube, comprar cuatro aparatos, entrar en una casa abandonada y presentarse como "investigador paranormal". Nadie le exige demostrar conocimientos. Nadie revisa su metodología. Nadie comprueba si las supuestas pruebas han sido manipuladas. Nadie le obliga a conservar los archivos originales ni a explicar las condiciones en las que obtuvo una grabación. Y cuando un montaje queda al descubierto, el daño no lo sufre únicamente quien lo protagonizó. Lo sufrimos todos.

La opinión pública rara vez diferencia entre un investigador prudente y alguien que únicamente fabrica contenido para conseguir visitas. Todo termina mezclándose bajo la misma etiqueta: "Los del misterio".

Quizá por eso haya llegado el momento de plantear una pregunta incómoda. ¿Necesita la investigación paranormal algún tipo de estructura profesional?

No estoy hablando de crear un organismo que decida qué casos son auténticos y cuáles no. Eso sería absurdo. Nadie puede erigirse en árbitro de fenómenos cuya propia existencia sigue siendo objeto de debate.

Lo que sí podría plantearse es la creación de una entidad independiente que estableciera unos mínimos comunes de calidad. Un código ético. Una metodología básica. Un protocolo para documentar investigaciones. Un compromiso con la transparencia. Y, sobre todo, una forma de distinguir a quienes investigan con honestidad de quienes convierten cualquier exploración en un espectáculo diseñado para alimentar al algoritmo.

Porque el algoritmo no premia el rigor. Premia el sobresalto. Premia el titular exagerado. Premia el "hemos captado al fantasma más claro de la historia". Premia aquello que genera clics. Y esa dinámica está condicionando la manera en que parte del misterio se presenta al público.

En España existen asociaciones que llevan años intentando estudiar los fenómenos anómalos con una metodología relativamente organizada. Organizaciones como TCI España, la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP) o el Grupo Español de Investigación de Fenómenos Extraños (Seife) representan algunos de esos esfuerzos por dignificar esta disciplina.

Sin embargo, ninguna de ellas ejerce como una entidad vertebradora para todo el colectivo. Cada grupo desarrolla sus propios protocolos. Cada investigador utiliza sus propios criterios. Cada asociación interpreta la investigación desde perspectivas diferentes. Y todas conviven sin que exista un consenso ampliamente aceptado sobre cuáles deberían ser los estándares mínimos de calidad.

La situación resulta todavía más llamativa si tenemos en cuenta que, aunque en España se han celebrado cursos de verano, seminarios universitarios y actividades de extensión relacionadas con los fenómenos anómalos, no existe ninguna carrera universitaria oficial en Parapsicología ni una profesión regulada de investigador paranormal.

Quien quiera dedicarse seriamente a este ámbito debe formarse por su cuenta, aprender de otros investigadores o acudir a congresos y asociaciones privadas. Eso provoca que no exista un criterio común sobre qué conocimientos mínimos debería tener alguien antes de presentarse ante el público como investigador del misterio.

Y quizá esa sea una de las grandes asignaturas pendientes. Porque antes de aprender a manejar una spirit box o cualquier otro dispositivo, un investigador debería conocer disciplinas mucho más importantes. Método científico. Psicología de la percepción. Acústica. Fotografía y vídeo. Electrónica básica. Historia de las creencias. Legislación sobre patrimonio y propiedad privada. Primeros auxilios. Ética de la investigación.

Puede parecer una lista excesiva, pero precisamente esas herramientas son las que permiten descartar explicaciones convencionales antes de aventurarse a afirmar que un fenómeno es extraordinario.

El verdadero investigador no debería intentar demostrar que hay un fantasma. Debería intentar demostrar que no existe una explicación conocida para aquello que ha observado. Ese cambio de mentalidad supondría un enorme salto de calidad para todo el sector.

Ahora bien, surge inmediatamente otra pregunta. ¿Quién tendría autoridad para decidir todo esto? Y probablemente esa sea la parte más complicada.

El misterio siempre ha sido un mundo extraordinariamente heterogéneo. Existen investigadores de campo, divulgadores, periodistas, técnicos, asociaciones culturales, grupos de experimentación, equipos de transcomunicación instrumental y aficionados que trabajan completamente por libre.

Todos suelen coincidir en una idea: hace falta dignificar el misterio. Pero cuando llega el momento de decidir cómo hacerlo, cada uno defiende su propio método. Cada uno arría su vela. Y así resulta prácticamente imposible construir un proyecto común.

Además, conviene ser realistas. En España un "colegio profesional" solo puede existir para profesiones reguladas legalmente. La investigación paranormal no lo es, de modo que una institución de este tipo no tendría capacidad para impedir que cualquiera se autodenominara investigador.

Lo máximo a lo que podría aspirarse sería a crear una acreditación voluntaria. Un sello de calidad. Una certificación respaldada por asociaciones, investigadores de reconocido prestigio y especialistas de disciplinas afines. Una acreditación que no dijera "esta persona tiene razón", sino algo mucho más valioso: "esta persona se compromete a investigar siguiendo unos criterios de transparencia, honestidad y metodología".

No eliminaría el fraude. Nunca lo hará. Siempre existirán quienes prefieran fabricar un vídeo viral antes que reconocer que una noche de investigación terminó sin resultados. Pero sí ayudaría al público a distinguir mejor entre quien investiga y quien simplemente interpreta un papel delante de una cámara.

Porque el mayor enemigo del misterio no son los escépticos. Ni siquiera los fenómenos que terminan teniendo una explicación convencional. El mayor enemigo del misterio es el propio misterio cuando renuncia a la autocrítica. Cuando acepta el engaño porque genera audiencia. Cuando convierte cualquier ruido en una psicofonía. Cuando confunde la emoción con la evidencia. Y eso tiene una consecuencia devastadora.

Entre toneladas de contenido diseñado para impresionar durante treinta segundos, pasan completamente desapercibidas investigaciones discretas, prudentes y honestas. Precisamente las que más podrían aportar al conocimiento de los fenómenos anómalos.

Quizá nunca logremos unificar un mundo tan diverso. Quizá jamás exista esa entidad capaz de establecer unos estándares comunes. Pero eso no debería impedirnos aspirar a algo mucho más sencillo.

Una cultura compartida donde el rigor importe más que el espectáculo. Donde reconocer un error no sea motivo de burla. Donde publicar una investigación negativa tenga el mismo valor que presentar una supuesta evidencia. Y donde la credibilidad no dependa del número de seguidores, sino de la calidad del trabajo realizado.

Porque, al final, el prestigio del misterio no dependerá de que algún día se demuestre la existencia de un fenómeno paranormal. Dependerá de cómo decidamos investigarlo mientras tanto.

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