savia rural

Zabárrula: vivir con poco, gestionar mucho

Los documentos de una aldea riojana no invitan a regresar al pasado, pero sí a pensar por qué un territorio de pastos hoy infrautilizado puede volver a generar actividad y cuidados

  • Monte en Zabárrula.

Durante años, mi familia ha conservado escrituras, inventarios, testamentos y particiones procedentes de Zabárrula, la aldea riojana de la villa de Ojacastro de la que procede la familia de mi padre. Digitalizar y transcribir esos papeles ha permitido que dejen de ser sólo una reliquia familiar. Leídos en conjunto, muestran cómo se organizaba una pequeña comunidad rural entre finales del siglo XVII y el XIX. No cuentan una vida fácil ni ofrecen un mundo al que debamos volver. Cuentan algo más útil: cómo se podía sostener la vida cuando casi ningún recurso podía darse por supuesto.

Zabárrula no vivía de un suelo generoso. La tierra apta para el cultivo era limitada y, en buena parte, poco productiva. Aparecen el centeno, algo de trigo y avena, huertos, eras y pequeñas heredades dispersas. Pero el recurso decisivo eran los pastos: prados que daban hierba y heno, laderas aprovechables por el ganado y rastrojos que prolongaban la alimentación de los animales. La economía no descansaba en una gran cosecha, sino en la combinación de muchas piezas modestas.

Los inventarios permiten verlo con claridad. Había bueyes para arar, vacas, novillos, ovejas, cabras, cerdos, yeguas y caballerías de carga. En 1804, los dos bueyes de Antonio Hortiz, llamados Jabalín y Castaño, fueron tasados en 528 reales cada uno; una mula o un macho mular, en 800; la casa principal, en 2.200. Como la fanega de centeno se valoró en aquel inventario en 50 reales, una caballería equivalía a dieciséis fanegas y la casa a cuarenta y cuatro. Los animales no eran un complemento pintoresco: concentraban trabajo, transporte, alimento y ahorro.

También la casa funcionaba de otro modo. Era vivienda, almacén y taller. En ella se guardaban ropa de cama, arcas, calderas, aperos, grano, vino y herramientas; junto a ella podían estar el pajar, la era y el huerto. Los objetos eran pocos si los comparamos con los de una vivienda actual, pero se reparaban, se tasaban y se heredaban. La eficiencia no consistía en producir siempre más, sino en desperdiciar poco y en conseguir que una misma cosa sirviera para varias funciones.

La organización del territorio era igualmente precisa. Las parcelas se identificaban por nombres de pagos, caminos, fuentes, vientos y propietarios colindantes. El paisaje era un mapa compartido y aprendido. La propiedad, sin embargo, estaba muy fragmentada: mitades de casas, cuartas partes de eras y decenas de pequeñas heredades. Incluso la hacienda relativamente extensa de Antonio Hortiz reunía cerca de un centenar de piezas dispersas. Las familias, los escribanos y los contadores dedicaban un enorme esfuerzo a saber qué correspondía a cada cual.

No conviene idealizar ese equilibrio. Dependía de mucho trabajo físico, de una fuerte subordinación a las cosechas y al clima y de desigualdades jurídicas y familiares que hoy resultarían inaceptables. La división hereditaria permitía dar una parte a cada hijo, pero multiplicaba la fragmentación. Las mujeres podían heredar y administrar, y algunas viudas asumían la tutela de los menores, aunque su capacidad contractual estaba rodeada de restricciones. La comunidad aprovechaba bien sus recursos porque no podía permitirse lo contrario, no porque la escasez fuese deseable.

La pregunta interesante aparece al mirar el presente. Buena parte de aquellos pastos ya no se aprovecha. Donde antes había un recurso económico y una tarea cotidiana, hoy puede avanzar el matorral y perderse el acceso, el conocimiento de los lugares y la capacidad de manejo. El abandono no devuelve el territorio a un estado neutro: cambia el paisaje y aumenta el coste de conservarlo. La despoblación no es sólo que haya menos vecinos; es también que desaparezcan las funciones que daban uso, vigilancia y continuidad al territorio.

La respuesta no puede ser reconstruir la economía de 1804. Hoy nadie debería sostener una aldea a costa de jornadas interminables y rentas de subsistencia. Pero sí cabe recuperar el principio de adaptar la actividad a los recursos reales. En Zabárrula, eso obliga a mirar primero a los pastos y a la ganadería extensiva, con cargas ajustadas, puntos de agua, cercados y manejo profesional. El pastoreo puede producir alimentos y, al mismo tiempo, contener vegetación, mantener espacios abiertos y reducir parte del combustible que alimenta los incendios. Ese trabajo beneficia al conjunto de la sociedad y no debería pagarse únicamente con el precio de la carne o de la leche.

La fragmentación de la propiedad exige otra lección de los documentos: organizarse. No es necesario que todos vendan sus parcelas ni que aparezca un único gran propietario. Se pueden agrupar los usos mediante bancos de tierras, acuerdos de pastoreo, custodia del territorio, cooperativas o contratos con ganaderos de otras zonas. La tecnología permite cartografiar fincas, localizar propietarios y planificar recorridos, pero hace falta una entidad que coordine y reglas que repartan costes y beneficios. Sin gestión conjunta, una parcela pequeña y aislada vale poco; integrada en una superficie útil de pastoreo, vuelve a tener función.

La ganadería, por sí sola, tampoco resolverá la despoblación. Necesita transformación y comercialización cercanas, servicios veterinarios, vivienda, conectividad y relevo profesional. Puede combinarse, según la capacidad real del lugar, con apicultura, aprovechamientos forestales, restauración del patrimonio o un turismo vinculado a la actividad y no limitado a contemplar un paisaje que otros mantienen. Lo importante es que las ayudas públicas reconozcan resultados verificables: pastos recuperados, menor carga de matorral, biodiversidad, suelo cuidado y empleo estable.

Los papeles de Zabárrula no contienen una receta para el futuro. Sí dejan una advertencia. Un territorio pobre en tierra cultivable podía sostener una comunidad cuando cada recurso tenía una función y existía una organización para usarlo. Hoy contamos con maquinaria, conocimiento científico, comunicaciones y políticas públicas que aquellas familias no podían imaginar. Lo que falta con frecuencia no es el recurso, sino una forma viable de ponerlo en común y de remunerar a quien lo cuida.

No se trata de volver atrás ni de mirar las ruinas con añoranza. Se trata de comprender que el paisaje habitado siempre fue un paisaje trabajado. Si los pastos de Zabárrula vuelven a tener utilidad económica y ambiental, quizá también puedan volver a generar presencia humana. La principal enseñanza del archivo familiar es sencilla: los pueblos pierden futuro cuando sus recursos dejan de tener uso; empiezan a recuperarlo cuando alguien puede vivir dignamente de gestionarlos.

Nota documental. El artículo se basa en siete transcripciones del archivo familiar: ventas, inventarios, particiones, un testamento y un privilegio fechados entre 1676 y la segunda mitad del siglo XIX. Las comparaciones de precios son internas a las tasaciones históricas y no equivalencias con moneda actual.

 

Durante años, mi familia ha conservado escrituras, inventarios, testamentos y particiones procedentes de Zabárrula, la aldea riojana de la villa de Ojacastro de la que procede la familia de mi padre. Digitalizar y transcribir esos papeles ha permitido que dejen de ser sólo una reliquia familiar. Leídos en conjunto, muestran cómo se organizaba una pequeña comunidad rural entre finales del siglo XVII y el XIX. No cuentan una vida fácil ni ofrecen un mundo al que debamos volver. Cuentan algo más útil: cómo se podía sostener la vida cuando casi ningún recurso podía darse por supuesto.

Zabárrula no vivía de un suelo generoso. La tierra apta para el cultivo era limitada y, en buena parte, poco productiva. Aparecen el centeno, algo de trigo y avena, huertos, eras y pequeñas heredades dispersas. Pero el recurso decisivo eran los pastos: prados que daban hierba y heno, laderas aprovechables por el ganado y rastrojos que prolongaban la alimentación de los animales. La economía no descansaba en una gran cosecha, sino en la combinación de muchas piezas modestas.

Los inventarios permiten verlo con claridad. Había bueyes para arar, vacas, novillos, ovejas, cabras, cerdos, yeguas y caballerías de carga. En 1804, los dos bueyes de Antonio Hortiz, llamados Jabalín y Castaño, fueron tasados en 528 reales cada uno; una mula o un macho mular, en 800; la casa principal, en 2.200. Como la fanega de centeno se valoró en aquel inventario en 50 reales, una caballería equivalía a dieciséis fanegas y la casa a cuarenta y cuatro. Los animales no eran un complemento pintoresco: concentraban trabajo, transporte, alimento y ahorro.

También la casa funcionaba de otro modo. Era vivienda, almacén y taller. En ella se guardaban ropa de cama, arcas, calderas, aperos, grano, vino y herramientas; junto a ella podían estar el pajar, la era y el huerto. Los objetos eran pocos si los comparamos con los de una vivienda actual, pero se reparaban, se tasaban y se heredaban. La eficiencia no consistía en producir siempre más, sino en desperdiciar poco y en conseguir que una misma cosa sirviera para varias funciones.

La organización del territorio era igualmente precisa. Las parcelas se identificaban por nombres de pagos, caminos, fuentes, vientos y propietarios colindantes. El paisaje era un mapa compartido y aprendido. La propiedad, sin embargo, estaba muy fragmentada: mitades de casas, cuartas partes de eras y decenas de pequeñas heredades. Incluso la hacienda relativamente extensa de Antonio Hortiz reunía cerca de un centenar de piezas dispersas. Las familias, los escribanos y los contadores dedicaban un enorme esfuerzo a saber qué correspondía a cada cual.

No conviene idealizar ese equilibrio. Dependía de mucho trabajo físico, de una fuerte subordinación a las cosechas y al clima y de desigualdades jurídicas y familiares que hoy resultarían inaceptables. La división hereditaria permitía dar una parte a cada hijo, pero multiplicaba la fragmentación. Las mujeres podían heredar y administrar, y algunas viudas asumían la tutela de los menores, aunque su capacidad contractual estaba rodeada de restricciones. La comunidad aprovechaba bien sus recursos porque no podía permitirse lo contrario, no porque la escasez fuese deseable.

La pregunta interesante aparece al mirar el presente. Buena parte de aquellos pastos ya no se aprovecha. Donde antes había un recurso económico y una tarea cotidiana, hoy puede avanzar el matorral y perderse el acceso, el conocimiento de los lugares y la capacidad de manejo. El abandono no devuelve el territorio a un estado neutro: cambia el paisaje y aumenta el coste de conservarlo. La despoblación no es sólo que haya menos vecinos; es también que desaparezcan las funciones que daban uso, vigilancia y continuidad al territorio.

La respuesta no puede ser reconstruir la economía de 1804. Hoy nadie debería sostener una aldea a costa de jornadas interminables y rentas de subsistencia. Pero sí cabe recuperar el principio de adaptar la actividad a los recursos reales. En Zabárrula, eso obliga a mirar primero a los pastos y a la ganadería extensiva, con cargas ajustadas, puntos de agua, cercados y manejo profesional. El pastoreo puede producir alimentos y, al mismo tiempo, contener vegetación, mantener espacios abiertos y reducir parte del combustible que alimenta los incendios. Ese trabajo beneficia al conjunto de la sociedad y no debería pagarse únicamente con el precio de la carne o de la leche.

La fragmentación de la propiedad exige otra lección de los documentos: organizarse. No es necesario que todos vendan sus parcelas ni que aparezca un único gran propietario. Se pueden agrupar los usos mediante bancos de tierras, acuerdos de pastoreo, custodia del territorio, cooperativas o contratos con ganaderos de otras zonas. La tecnología permite cartografiar fincas, localizar propietarios y planificar recorridos, pero hace falta una entidad que coordine y reglas que repartan costes y beneficios. Sin gestión conjunta, una parcela pequeña y aislada vale poco; integrada en una superficie útil de pastoreo, vuelve a tener función.

La ganadería, por sí sola, tampoco resolverá la despoblación. Necesita transformación y comercialización cercanas, servicios veterinarios, vivienda, conectividad y relevo profesional. Puede combinarse, según la capacidad real del lugar, con apicultura, aprovechamientos forestales, restauración del patrimonio o un turismo vinculado a la actividad y no limitado a contemplar un paisaje que otros mantienen. Lo importante es que las ayudas públicas reconozcan resultados verificables: pastos recuperados, menor carga de matorral, biodiversidad, suelo cuidado y empleo estable.

Los papeles de Zabárrula no contienen una receta para el futuro. Sí dejan una advertencia. Un territorio pobre en tierra cultivable podía sostener una comunidad cuando cada recurso tenía una función y existía una organización para usarlo. Hoy contamos con maquinaria, conocimiento científico, comunicaciones y políticas públicas que aquellas familias no podían imaginar. Lo que falta con frecuencia no es el recurso, sino una forma viable de ponerlo en común y de remunerar a quien lo cuida.

No se trata de volver atrás ni de mirar las ruinas con añoranza. Se trata de comprender que el paisaje habitado siempre fue un paisaje trabajado. Si los pastos de Zabárrula vuelven a tener utilidad económica y ambiental, quizá también puedan volver a generar presencia humana. La principal enseñanza del archivo familiar es sencilla: los pueblos pierden futuro cuando sus recursos dejan de tener uso; empiezan a recuperarlo cuando alguien puede vivir dignamente de gestionarlos.

Nota documental. El artículo se basa en siete transcripciones del archivo familiar: ventas, inventarios, particiones, un testamento y un privilegio fechados entre 1676 y la segunda mitad del siglo XIX. Las comparaciones de precios son internas a las tasaciones históricas y no equivalencias con moneda actual.

 

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