De acuerdo con la lógica neoliberal las decisiones políticas no se enmarcan en términos de derechos o igualdad sino de inversión y retorno y lo más eficaz de su dispositivo es que no se presenta como ideología sino como sentido común técnico apelando a una autoridad neutra que, por serlo, resulta más difícil de contestar. Así, por ejemplo, en el ámbito sanitario nos podemos encontrar en el mismo medio local un texto en el que los sindicatos médicos denuncian que las ratios entre paciente y médico impiden atender debidamente a los enfermos crónicos mientras en otro de signo opuesto un tecnócrata sostiene que no falta personal, sino que está mal organizado.
Ese mismo patrón (académico que relativiza, profesionales a pie de campo que denuncian) reaparece ahora en el terreno de la educación y lo hace en un momento muy señalado. Con motivo de la resaca subsiguiente a la publicación del último informe PISA, una conocida cadena radiofónica con nombre de verbo copulativo alineada con la socialdemocracia neoliberal dio barra libre en sus micros a uno de los representantes de la casta sacerdotal encargada de avalar el modelo hegemónico en el discurso académico, político y mediático y que suele estar integrada por expertos universitarios que pontifican sobre la enseñanza sin haber pisado un aula. Se trata de Carles Monereo, catedrático de Psicología de la Educación de la Universitat Autònoma de Barcelona, quien realizó a lo largo de toda la entrevista afirmaciones del tipo “La investigación lo que muestra es que la ratio”, esto es, la proporción entre el número de alumnos y el profesor, “no es una variable tan importante” o “Es una de las medidas más caras y sin embargo no es una de las más eficaces”.
No vamos aquí a negar que en el mundo de la enseñanza es muy difícil aislar las variables; la ratio interactúa con el nivel socioeconómico, los recursos del centro y todo el contexto en general que rodea a cada situación educativa concreta. Hay estudios para todos los gustos y algunos, ciertamente, no encuentran efectos significativos en reducirla, pero precisamente tales prevenciones metodológicas hacen más llamativa la sentencia de Monereo. Si el debate es tan complejo, ¿cómo se puede afirmar con esa rotundidad que “la investigación muestra que la ratio no es una variable tan importante”? Sencillamente es imposible salvo que se haga por cinismo o ignorancia (nos inclinamos a colegir lo primero). Es más: de hecho, existe abundante literatura científica en sentido contrario, incluso desde los criterios economicistas que los neoliberales propugnan. Un análisis reciente con datos autonómicos de PISA 2022 recoge varios estudios que sí encuentran efectos positivos: en la etapa preescolar, en la secundaria, sobre el rendimiento y un largo etcétera. Y añade un matiz clave que explica, no obstante, por qué los resultados pueden divergin: el problema no es solo cuántos alumnos hay, sino cuán diferentes son entre sí, de tal modo que en aulas homogéneas puede soportarse una ratio mayor, en tanto en aulas heterogéneas incluso ratios más bajas pueden ser insuficientes.
Frente al tajante enunciado de Monereo, la evidencia en favor de la bajada de ratios no es algo nuevo. El experimento aleatorizado más riguroso sobre esta cuestión, en Tennessee, comparó aulas de 22-25 alumnos con clases de 13-17: los alumnos de clases pequeñas obtenían mejoras significativas en lectura y matemáticas, que persistían hasta séptimo grado, especialmente en el alumnado más desfavorecido. Un reanálisis posterior demostró que los estudios que no encontraban efectos compartían un error de especificación: perdían el beneficio de socialización del primer año, con lo que al corregirlo los resultados se invertían. Seguimientos a largo plazo de aquellos alumnos hasta los 27 años encontraban que si bien las notas se igualaron los de clases pequeñas tenían más probabilidades de ir a la universidad y ganaban más, con lo que el efecto estaba en habilidades no cognitivas como confianza, perseverancia o expectativas, que se desarrollaban donde el o la docente puede atender de verdad a cada estudiante. Un estudio sueco confirmó que reducir cinco alumnos por clase producía en la vida adulta un aumento salarial del 3,4% entre los 27 y 42 años: es decir, incluso desde una perspectiva meramente economicista el análisis entre coste y beneficio concluye que el segundo supera el primero. Y hay datos autonómicos: el citado análisis de PISA 2022 encuentra una correlación negativa fuerte entre ratio y rendimiento en matemáticas: reducir cinco alumnos por profesor se asocia a una mejora de 32 puntos en la famosa escala PISA, el equivalente a un curso académico completo.
Igual que en sanidad la ratio importa más en atención primaria, en educación importa más para el alumnado desfavorecido, lo que significa el efecto es heterogéneo y concentrado: influye poco donde ya hay condiciones, y mucho donde más se necesita. Pero tampoco funciona igual en todos los rangos: los efectos significativos aparecen cuando baja de 20 alumnos, y se vuelven notables por debajo de 15, punto a partir del cual el docente puede pasar de la enseñanza grupal a la atención individualizada real. Como fácilmente reconocerá cualquier profesional en activo, los datos de TALIS 2024 muestran que los profesores y profesoras del reino de España dedican el 18% del tiempo lectivo en la secundaria a mantener el orden; esto es, casi una quinta parte de la clase (de media) se va no ya en enseñar sino en gestionar el grupo. Y hay un argumento que no conviene despreciar: si reducir la ratio mejora las condiciones de trabajo pudiendo enseñar mejor y aminora la conflictividad entre los alumnos, es razonable pensar que eso redundará de algún modo positivo en el aprendizaje incluso sin necesidad de experimentos aleatorizados. Cualquier docente de secundaria (como quien esto escribe) que haya impartido clases más pequeñas en optativas o desdobles sabe positivamente que no es lo mismo dar clase a 28 o 30 alumnos que a 15.
Aunque Monereo no citaba ningún estudio, el informe que con más frecuencia se esgrime contra la bajada de ratios es el del think tank de negocios EsadeEcPol, pero hasta este reconoce efectos positivos de la reducción respecto al clima de aula, el bienestar docente, la equidad y la atención a necesidades educativas especiales, con lo que hasta la fuente más crítica resulta más matizada que la afirmación taxativa del invitado de la SER. Por otra parte, dicho informe responde al sempiterno patrón: instituciones sustentadas por el capital financiero producen análisis periódicos que declaran “insostenibles” los sistemas públicos, como viene haciendo desde hace décadas, por ejemplo, FEDEA (la patronal bancaria) anunciando el presunto colapso de las pensiones basándose en el envejecimiento poblacional pero omitiendo arteramente el efecto sobradamente compensatorio del histórico aumento de la productividad por trabajador. Esta coordinación discursiva resurge ahora cuando el actual Gobierno español tramita una ley para reducir las ratios en la educación pública (objetivo que por otro lado ni siquiera blindó en la vigente LOMLOE).
El argumento de elegir entre recursos limitados no es neutral sino una premisa ideológica. Como señalan Pilar Carrera y Eduardo Luque en Nos quieren más tontos (p. 157), “Al desarrollar la gestión empresarial como principio regulador del proceso educativo la nueva «modernidad» educativa ha de evitar los despilfarros y las pérdidas de tiempo, especialmente en épocas de recortes económicos”. Monereo dice que “es casi preferible invertir en comprensión lectora que en ratios”, como si fueran excluyentes y el presupuesto fuera fijo, bajo esa lógica cicatera que presenta cada euro destinado a lo público como un despilfarro.
Dicho esto, por supuesto la bajada de ratios supondría una importante inversión económica no despreciable y precisamente por ello debería concentrarse en la enseñanza pública, primero porque de acuerdo con los mencionados estudios el alumnado más vulnerable es el que más se beneficiaría, y segundo porque es este justamente el que está escolarizado de manera mayoritaria en dicha red, dado que la privada subvencionada que conocemos eufemísticamente como concertada (esa rémora clasista heredada del franquismo) opera como mecanismo de segregación seleccionando el alumnado y cobrando cuotas ilegales que actuán como filtro social dejando fuera a quien no encaja en su perfil. El mismo análisis de PISA 2022 ya citado muestra que la relación entre ratio y rendimiento solo se observa en el sistema público (correlación de -0,49, que sube a -0,82 excluyendo Madrid y Canarias) y desaparece en el privado (-0,07), más homogéneo por las barreras económicas de entrada. La ratio importa precisamente donde está el alumnado más diverso, que es el de la escuela pública. La pregunta no es si bajar la ratio sirve o no, sino para quién sirve y en qué contextos. La respuesta es clara: sirve más a quienes más lo necesitan.
De acuerdo con la lógica neoliberal las decisiones políticas no se enmarcan en términos de derechos o igualdad sino de inversión y retorno y lo más eficaz de su dispositivo es que no se presenta como ideología sino como sentido común técnico apelando a una autoridad neutra que, por serlo, resulta más difícil de contestar. Así, por ejemplo, en el ámbito sanitario nos podemos encontrar en el mismo medio local un texto en el que los sindicatos médicos denuncian que las ratios entre paciente y médico impiden atender debidamente a los enfermos crónicos mientras en otro de signo opuesto un tecnócrata sostiene que no falta personal, sino que está mal organizado.
Ese mismo patrón (académico que relativiza, profesionales a pie de campo que denuncian) reaparece ahora en el terreno de la educación y lo hace en un momento muy señalado. Con motivo de la resaca subsiguiente a la publicación del último informe PISA, una conocida cadena radiofónica con nombre de verbo copulativo alineada con la socialdemocracia neoliberal dio barra libre en sus micros a uno de los representantes de la casta sacerdotal encargada de avalar el modelo hegemónico en el discurso académico, político y mediático y que suele estar integrada por expertos universitarios que pontifican sobre la enseñanza sin haber pisado un aula. Se trata de Carles Monereo, catedrático de Psicología de la Educación de la Universitat Autònoma de Barcelona, quien realizó a lo largo de toda la entrevista afirmaciones del tipo “La investigación lo que muestra es que la ratio”, esto es, la proporción entre el número de alumnos y el profesor, “no es una variable tan importante” o “Es una de las medidas más caras y sin embargo no es una de las más eficaces”.
No vamos aquí a negar que en el mundo de la enseñanza es muy difícil aislar las variables; la ratio interactúa con el nivel socioeconómico, los recursos del centro y todo el contexto en general que rodea a cada situación educativa concreta. Hay estudios para todos los gustos y algunos, ciertamente, no encuentran efectos significativos en reducirla, pero precisamente tales prevenciones metodológicas hacen más llamativa la sentencia de Monereo. Si el debate es tan complejo, ¿cómo se puede afirmar con esa rotundidad que “la investigación muestra que la ratio no es una variable tan importante”? Sencillamente es imposible salvo que se haga por cinismo o ignorancia (nos inclinamos a colegir lo primero). Es más: de hecho, existe abundante literatura científica en sentido contrario, incluso desde los criterios economicistas que los neoliberales propugnan. Un análisis reciente con datos autonómicos de PISA 2022 recoge varios estudios que sí encuentran efectos positivos: en la etapa preescolar, en la secundaria, sobre el rendimiento y un largo etcétera. Y añade un matiz clave que explica, no obstante, por qué los resultados pueden divergin: el problema no es solo cuántos alumnos hay, sino cuán diferentes son entre sí, de tal modo que en aulas homogéneas puede soportarse una ratio mayor, en tanto en aulas heterogéneas incluso ratios más bajas pueden ser insuficientes.
Frente al tajante enunciado de Monereo, la evidencia en favor de la bajada de ratios no es algo nuevo. El experimento aleatorizado más riguroso sobre esta cuestión, en Tennessee, comparó aulas de 22-25 alumnos con clases de 13-17: los alumnos de clases pequeñas obtenían mejoras significativas en lectura y matemáticas, que persistían hasta séptimo grado, especialmente en el alumnado más desfavorecido. Un reanálisis posterior demostró que los estudios que no encontraban efectos compartían un error de especificación: perdían el beneficio de socialización del primer año, con lo que al corregirlo los resultados se invertían. Seguimientos a largo plazo de aquellos alumnos hasta los 27 años encontraban que si bien las notas se igualaron los de clases pequeñas tenían más probabilidades de ir a la universidad y ganaban más, con lo que el efecto estaba en habilidades no cognitivas como confianza, perseverancia o expectativas, que se desarrollaban donde el o la docente puede atender de verdad a cada estudiante. Un estudio sueco confirmó que reducir cinco alumnos por clase producía en la vida adulta un aumento salarial del 3,4% entre los 27 y 42 años: es decir, incluso desde una perspectiva meramente economicista el análisis entre coste y beneficio concluye que el segundo supera el primero. Y hay datos autonómicos: el citado análisis de PISA 2022 encuentra una correlación negativa fuerte entre ratio y rendimiento en matemáticas: reducir cinco alumnos por profesor se asocia a una mejora de 32 puntos en la famosa escala PISA, el equivalente a un curso académico completo.
Igual que en sanidad la ratio importa más en atención primaria, en educación importa más para el alumnado desfavorecido, lo que significa el efecto es heterogéneo y concentrado: influye poco donde ya hay condiciones, y mucho donde más se necesita. Pero tampoco funciona igual en todos los rangos: los efectos significativos aparecen cuando baja de 20 alumnos, y se vuelven notables por debajo de 15, punto a partir del cual el docente puede pasar de la enseñanza grupal a la atención individualizada real. Como fácilmente reconocerá cualquier profesional en activo, los datos de TALIS 2024 muestran que los profesores y profesoras del reino de España dedican el 18% del tiempo lectivo en la secundaria a mantener el orden; esto es, casi una quinta parte de la clase (de media) se va no ya en enseñar sino en gestionar el grupo. Y hay un argumento que no conviene despreciar: si reducir la ratio mejora las condiciones de trabajo pudiendo enseñar mejor y aminora la conflictividad entre los alumnos, es razonable pensar que eso redundará de algún modo positivo en el aprendizaje incluso sin necesidad de experimentos aleatorizados. Cualquier docente de secundaria (como quien esto escribe) que haya impartido clases más pequeñas en optativas o desdobles sabe positivamente que no es lo mismo dar clase a 28 o 30 alumnos que a 15.
Aunque Monereo no citaba ningún estudio, el informe que con más frecuencia se esgrime contra la bajada de ratios es el del think tank de negocios EsadeEcPol, pero hasta este reconoce efectos positivos de la reducción respecto al clima de aula, el bienestar docente, la equidad y la atención a necesidades educativas especiales, con lo que hasta la fuente más crítica resulta más matizada que la afirmación taxativa del invitado de la SER. Por otra parte, dicho informe responde al sempiterno patrón: instituciones sustentadas por el capital financiero producen análisis periódicos que declaran “insostenibles” los sistemas públicos, como viene haciendo desde hace décadas, por ejemplo, FEDEA (la patronal bancaria) anunciando el presunto colapso de las pensiones basándose en el envejecimiento poblacional pero omitiendo arteramente el efecto sobradamente compensatorio del histórico aumento de la productividad por trabajador. Esta coordinación discursiva resurge ahora cuando el actual Gobierno español tramita una ley para reducir las ratios en la educación pública (objetivo que por otro lado ni siquiera blindó en la vigente LOMLOE).
El argumento de elegir entre recursos limitados no es neutral sino una premisa ideológica. Como señalan Pilar Carrera y Eduardo Luque en Nos quieren más tontos (p. 157), “Al desarrollar la gestión empresarial como principio regulador del proceso educativo la nueva «modernidad» educativa ha de evitar los despilfarros y las pérdidas de tiempo, especialmente en épocas de recortes económicos”. Monereo dice que “es casi preferible invertir en comprensión lectora que en ratios”, como si fueran excluyentes y el presupuesto fuera fijo, bajo esa lógica cicatera que presenta cada euro destinado a lo público como un despilfarro.
Dicho esto, por supuesto la bajada de ratios supondría una importante inversión económica no despreciable y precisamente por ello debería concentrarse en la enseñanza pública, primero porque de acuerdo con los mencionados estudios el alumnado más vulnerable es el que más se beneficiaría, y segundo porque es este justamente el que está escolarizado de manera mayoritaria en dicha red, dado que la privada subvencionada que conocemos eufemísticamente como concertada (esa rémora clasista heredada del franquismo) opera como mecanismo de segregación seleccionando el alumnado y cobrando cuotas ilegales que actuán como filtro social dejando fuera a quien no encaja en su perfil. El mismo análisis de PISA 2022 ya citado muestra que la relación entre ratio y rendimiento solo se observa en el sistema público (correlación de -0,49, que sube a -0,82 excluyendo Madrid y Canarias) y desaparece en el privado (-0,07), más homogéneo por las barreras económicas de entrada. La ratio importa precisamente donde está el alumnado más diverso, que es el de la escuela pública. La pregunta no es si bajar la ratio sirve o no, sino para quién sirve y en qué contextos. La respuesta es clara: sirve más a quienes más lo necesitan.
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