El próximo 23 de octubre, Granada acogerá el debate La creación de la opinión pública, dirigido por Clara Jiménez Cruz, cofundadora de Maldita.es, dentro del II Festival de Periodismo de Granada. Bajo el lema «La batalla por la influencia», el encuentro plantea una cuestión que afecta a nuestra vida cotidiana: cómo se construyen las explicaciones con las que interpretamos lo que sucede. La vivienda ofrece un buen ejemplo para examinarlo.
Una noticia sobre vivienda puede hablar de precios, ocupación, desahucios, construcción o pisos turísticos. Todos son asuntos que merecen información. Pero la imagen que recibe el público depende de cuánto espacio ocupa cada uno, de las fuentes consultadas y de las preguntas que se hacen. También de las que nunca llegan a formularse.
La manipulación puede producirse sin inventar una cifra. Basta con presentar un caso excepcional como si fuera habitual, ocultar un dato necesario para entender otro o convertir la opinión de una fuente en una conclusión del medio. El lector recibe información que puede ser cierta en sus detalles y, sin embargo, ofrecer una imagen engañosa del conjunto. Eso no permite atribuir automáticamente una intención de manipular: cada caso exige comprobar qué se ha publicado, qué contexto falta y si esa ausencia altera su significado.
Un ejemplo reciente permite entender la importancia de esas decisiones. El 14 de octubre, la Federación de Asociaciones Inmobiliarias (FAI), publicó una encuesta realizada a más de 600 agencias. La organización contabilizaba 4.235 viviendas retiradas o desviadas del alquiler habitual en diez días y atribuía ese movimiento a los cambios normativos. Reconocía que eran datos provisionales de su muestra, aunque hablaba de un "impacto directo".
La encuesta aporta información sobre lo que comunican las agencias consultadas. Sin embargo, la nota no detalla cómo se seleccionaron esas agencias ni ofrece una comparación que permita determinar cuántas de esas viviendas se habrían retirado sin los cambios legales. Por tanto, no demuestra por sí sola que las medidas sean la causa de todas las viviendas retiradas.
La diferencia importa al redactar una noticia. "FAI atribuye la retirada de viviendas a los cambios legales" informa de lo que sostiene una organización. "Los cambios legales provocan la retirada de viviendas" presenta esa explicación como un hecho demostrado. Para escribir lo segundo hacen falta pruebas adicionales. Si se elimina la atribución sin haberlas obtenido, el lector deja de saber dónde termina el dato y dónde empieza la interpretación.
Esto tampoco autoriza a asegurar lo contrario. Un análisis de Esa sEcPol publicado el 6 de octubre, firmado por Jorge Galindo y Carles Gómez Llabrés, detectó descensos de anuncios de alquiler en las diez mayores ciudades durante los días del debate de los decretos. Sus autores consideraron los resultados compatibles con una retirada preventiva, pero advirtieron de que no probaban causalidad. Además, medían anuncios de un portal, no viviendas ni contratos. Mantener esas advertencias al contar el estudio es parte de la noticia.
El problema de fondo es cómo una explicación llega a imponerse sobre las demás. Si el público recibe reiteradamente la idea de que proteger al inquilino reduce la oferta, puede acabar considerando perjudicial cualquier protección, aunque cada medida tenga efectos diferentes. Si se atribuye toda la crisis a los fondos de inversión, pueden quedar fuera del examen otras responsabilidades y otros propietarios. Una explicación simplificada facilita encontrar culpables, pero puede dificultar que se elijan medidas eficaces.
La investigación académica también ha estudiado cómo se presentan estos asuntos. En un trabajo publicado en ZER en 2024, Lucía Márquez Martínez, de la Universitat de València, analizó 42 emisiones de El programa de Ana Rosa de 2023 y comparó su tratamiento de la ocupación con el discurso electoral de Vox. Encontró nueve de doce marcos narrativos compartidos de forma recurrente. El estudio documenta esa coincidencia en el caso analizado; no demuestra coordinación ni permite extender sus conclusiones a toda la prensa.
Su aportación es mostrar que puede investigarse algo más que la veracidad de una declaración. También se puede estudiar quién aparece como amenaza, a quién se reconoce como víctima y qué soluciones reciben atención. Esas decisiones ayudan a situar el debate en un terreno determinado: seguridad, propiedad, desigualdad o derechos sociales. Una cobertura completa debe permitir comprender cómo se relacionan esas dimensiones.
En Andalucía necesitamos, además, información que explique nuestras propias circunstancias. La cobertura de La Voz del Sur sobre el informe de EAPN Andalucía incorpora un dato decisivo: el 50 % de las personas que viven de alquiler a precio de mercado en nuestra comunidad están en riesgo de pobreza o exclusión social. Esa información amplía la conversación hacia las condiciones de vida de quienes necesitan una vivienda.
Lo mismo sucede con las protestas. Este periódico ha explicado cómo Málaga y Granada levantaron sus acampadas mientras Sevilla mantenía la de Las Setas. Informar de una movilización exige conocer sus motivos, sus propuestas y la respuesta institucional. Si la cobertura se limita a las molestias que provoca o a una imagen llamativa (un cuchillo para cortar el pan por ejemplo), el público difícilmente podrá valorar lo que reclama.
En esa tarea también tiene un papel el Sindicato de Periodistas de Andalucía (SPA), donde defendemos el acceso de la ciudadanía a una información rigurosa y las condiciones laborales de quienes la elaboran. Ambas cuestiones están relacionadas: contrastar fuentes, investigar intereses y seguir las decisiones públicas exige tiempo, recursos y autonomía profesional.
Como andalucista, me interesa que podamos discutir qué ocurre en nuestros barrios con información suficiente para decidir sobre su futuro. Que conozcamos las dificultades de propietarios e inquilinos, pero también las actuaciones de los ayuntamientos, de la Junta y del Gobierno estatal. Y que podamos exigirles resultados sin que nuestras preferencias políticas determinen a quién hacemos las preguntas difíciles.
El debate de Granada tiene ahí una tarea concreta. Examinar cómo se informa sobre vivienda permite reconocer explicaciones sin demostrar, intereses que deben hacerse visibles y realidades que necesitan más atención.
Las consecuencias llegan a las urnas, a las leyes y a las decisiones sobre nuestros barrios. También a la vida de quien trabaja en una ciudad y empieza a preguntarse si podrá seguir viviendo en ella.
El próximo 23 de octubre, Granada acogerá el debate La creación de la opinión pública, dirigido por Clara Jiménez Cruz, cofundadora de Maldita.es, dentro del II Festival de Periodismo de Granada. Bajo el lema «La batalla por la influencia», el encuentro plantea una cuestión que afecta a nuestra vida cotidiana: cómo se construyen las explicaciones con las que interpretamos lo que sucede. La vivienda ofrece un buen ejemplo para examinarlo.
Una noticia sobre vivienda puede hablar de precios, ocupación, desahucios, construcción o pisos turísticos. Todos son asuntos que merecen información. Pero la imagen que recibe el público depende de cuánto espacio ocupa cada uno, de las fuentes consultadas y de las preguntas que se hacen. También de las que nunca llegan a formularse.
La manipulación puede producirse sin inventar una cifra. Basta con presentar un caso excepcional como si fuera habitual, ocultar un dato necesario para entender otro o convertir la opinión de una fuente en una conclusión del medio. El lector recibe información que puede ser cierta en sus detalles y, sin embargo, ofrecer una imagen engañosa del conjunto. Eso no permite atribuir automáticamente una intención de manipular: cada caso exige comprobar qué se ha publicado, qué contexto falta y si esa ausencia altera su significado.
Un ejemplo reciente permite entender la importancia de esas decisiones. El 14 de octubre, la Federación de Asociaciones Inmobiliarias (FAI), publicó una encuesta realizada a más de 600 agencias. La organización contabilizaba 4.235 viviendas retiradas o desviadas del alquiler habitual en diez días y atribuía ese movimiento a los cambios normativos. Reconocía que eran datos provisionales de su muestra, aunque hablaba de un "impacto directo".
La encuesta aporta información sobre lo que comunican las agencias consultadas. Sin embargo, la nota no detalla cómo se seleccionaron esas agencias ni ofrece una comparación que permita determinar cuántas de esas viviendas se habrían retirado sin los cambios legales. Por tanto, no demuestra por sí sola que las medidas sean la causa de todas las viviendas retiradas.
La diferencia importa al redactar una noticia. "FAI atribuye la retirada de viviendas a los cambios legales" informa de lo que sostiene una organización. "Los cambios legales provocan la retirada de viviendas" presenta esa explicación como un hecho demostrado. Para escribir lo segundo hacen falta pruebas adicionales. Si se elimina la atribución sin haberlas obtenido, el lector deja de saber dónde termina el dato y dónde empieza la interpretación.
Esto tampoco autoriza a asegurar lo contrario. Un análisis de Esa sEcPol publicado el 6 de octubre, firmado por Jorge Galindo y Carles Gómez Llabrés, detectó descensos de anuncios de alquiler en las diez mayores ciudades durante los días del debate de los decretos. Sus autores consideraron los resultados compatibles con una retirada preventiva, pero advirtieron de que no probaban causalidad. Además, medían anuncios de un portal, no viviendas ni contratos. Mantener esas advertencias al contar el estudio es parte de la noticia.
El problema de fondo es cómo una explicación llega a imponerse sobre las demás. Si el público recibe reiteradamente la idea de que proteger al inquilino reduce la oferta, puede acabar considerando perjudicial cualquier protección, aunque cada medida tenga efectos diferentes. Si se atribuye toda la crisis a los fondos de inversión, pueden quedar fuera del examen otras responsabilidades y otros propietarios. Una explicación simplificada facilita encontrar culpables, pero puede dificultar que se elijan medidas eficaces.
La investigación académica también ha estudiado cómo se presentan estos asuntos. En un trabajo publicado en ZER en 2024, Lucía Márquez Martínez, de la Universitat de València, analizó 42 emisiones de El programa de Ana Rosa de 2023 y comparó su tratamiento de la ocupación con el discurso electoral de Vox. Encontró nueve de doce marcos narrativos compartidos de forma recurrente. El estudio documenta esa coincidencia en el caso analizado; no demuestra coordinación ni permite extender sus conclusiones a toda la prensa.
Su aportación es mostrar que puede investigarse algo más que la veracidad de una declaración. También se puede estudiar quién aparece como amenaza, a quién se reconoce como víctima y qué soluciones reciben atención. Esas decisiones ayudan a situar el debate en un terreno determinado: seguridad, propiedad, desigualdad o derechos sociales. Una cobertura completa debe permitir comprender cómo se relacionan esas dimensiones.
En Andalucía necesitamos, además, información que explique nuestras propias circunstancias. La cobertura de La Voz del Sur sobre el informe de EAPN Andalucía incorpora un dato decisivo: el 50 % de las personas que viven de alquiler a precio de mercado en nuestra comunidad están en riesgo de pobreza o exclusión social. Esa información amplía la conversación hacia las condiciones de vida de quienes necesitan una vivienda.
Lo mismo sucede con las protestas. Este periódico ha explicado cómo Málaga y Granada levantaron sus acampadas mientras Sevilla mantenía la de Las Setas. Informar de una movilización exige conocer sus motivos, sus propuestas y la respuesta institucional. Si la cobertura se limita a las molestias que provoca o a una imagen llamativa (un cuchillo para cortar el pan por ejemplo), el público difícilmente podrá valorar lo que reclama.
En esa tarea también tiene un papel el Sindicato de Periodistas de Andalucía (SPA), donde defendemos el acceso de la ciudadanía a una información rigurosa y las condiciones laborales de quienes la elaboran. Ambas cuestiones están relacionadas: contrastar fuentes, investigar intereses y seguir las decisiones públicas exige tiempo, recursos y autonomía profesional.
Como andalucista, me interesa que podamos discutir qué ocurre en nuestros barrios con información suficiente para decidir sobre su futuro. Que conozcamos las dificultades de propietarios e inquilinos, pero también las actuaciones de los ayuntamientos, de la Junta y del Gobierno estatal. Y que podamos exigirles resultados sin que nuestras preferencias políticas determinen a quién hacemos las preguntas difíciles.
El debate de Granada tiene ahí una tarea concreta. Examinar cómo se informa sobre vivienda permite reconocer explicaciones sin demostrar, intereses que deben hacerse visibles y realidades que necesitan más atención.
Las consecuencias llegan a las urnas, a las leyes y a las decisiones sobre nuestros barrios. También a la vida de quien trabaja en una ciudad y empieza a preguntarse si podrá seguir viviendo en ella.
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