desde la plazuela

España en el primero C

El cachorro, de siete sangres dentro, aprovecha una rendija en el ventanal para salir a la balconada y ladrarnos detrás de sus rejas. Siempre acabamos perdonándole porque sabemos que los perros, por naturaleza, no odian

  • Perro semihundido, de Francisco Goya.

Geranios secos, echados al abandono en lo más hondo de unas macetas, agonizan tristes bajo la bandera española que los vientos del norte arrastran, día y noche, por el cielo bajo del Primero C. Caminamos bajo su balcón y sentimos cómo un perro ladra en el interior de la vivienda. Por sus ladridos averiguamos que tiene hambre de calle pero su dueño gris sólo le da de comer noticias grises de su TikTok. El cachorro, de siete sangres dentro, aprovecha una rendija en el ventanal para salir a la balconada y ladrarnos detrás de sus rejas. Siempre acabamos perdonándole porque sabemos que los perros, por naturaleza, no odian. Se limitan a copiar lo que sus dueños, aquellos que los tienen cogidos por el cuello, hacen. Un dueño que le ha puesto a su animal un nombre heredado de una miniserie alemana. Ahora cuatro capítulos bastan para montar un linaje divino o una excusa endiabladamente perfecta. Pero te digo yo que el tipo ni sabe lo que significa Hassen. Sólo que suena bien y que no tiene que hacer mucho esfuerzo para recordarlo porque más que un nombre podría decirse que es una exclamación, un grito, nada.

Cuántos años vive un chucho es lo primero que pensó su dueño cuando vino el primer mes de julio a su barrio. Hassen lleva dos veranos enteros viajando con ellos entre los geranios podridos. Dos capítulos. Pobre animal, un verano más y dejará de ladrar como ahora nos llegan sus silencios.

No ha pasado ni un minuto y la puerta del portal se ha abierto de golpe a nuestras espaldas. No nos hace falta girarnos para presenciar la escena: un pobre perro ensuciándose las patas con su propia mierda mientras su dueño, con zapatillas de andar por casa, tira de su pescuezo para condenarlo al arriate repleto de otras orinas y otros excrementos. No hay tiempo que perder. Juega España después del telediario. Cinco mentiras azules de Tiktok y para dentro. Se pierden, nuevamente, del mundo pero el hombre deja su rastro. Hace semanas que el edificio no logra desprenderse del olor a mierda y miedo del Primero C pero a ningún vecino parece molestarle hasta que lleguen, supongo yo, las ratas a sus hogares. Ese día, no lo dudo, todos irán corriendo a su puerta pero nadie les abrirá. Ese preciso día de verano, el tipo estará en un llano sin coordenadas dándole el último paseo a su perro. ¿Para qué quiero al maldito chucho si ya saben ladrar mis hijos?

Geranios secos, echados al abandono en lo más hondo de unas macetas, agonizan tristes bajo la bandera española que los vientos del norte arrastran, día y noche, por el cielo bajo del Primero C. Caminamos bajo su balcón y sentimos cómo un perro ladra en el interior de la vivienda. Por sus ladridos averiguamos que tiene hambre de calle pero su dueño gris sólo le da de comer noticias grises de su TikTok. El cachorro, de siete sangres dentro, aprovecha una rendija en el ventanal para salir a la balconada y ladrarnos detrás de sus rejas. Siempre acabamos perdonándole porque sabemos que los perros, por naturaleza, no odian. Se limitan a copiar lo que sus dueños, aquellos que los tienen cogidos por el cuello, hacen. Un dueño que le ha puesto a su animal un nombre heredado de una miniserie alemana. Ahora cuatro capítulos bastan para montar un linaje divino o una excusa endiabladamente perfecta. Pero te digo yo que el tipo ni sabe lo que significa Hassen. Sólo que suena bien y que no tiene que hacer mucho esfuerzo para recordarlo porque más que un nombre podría decirse que es una exclamación, un grito, nada.

Cuántos años vive un chucho es lo primero que pensó su dueño cuando vino el primer mes de julio a su barrio. Hassen lleva dos veranos enteros viajando con ellos entre los geranios podridos. Dos capítulos. Pobre animal, un verano más y dejará de ladrar como ahora nos llegan sus silencios.

No ha pasado ni un minuto y la puerta del portal se ha abierto de golpe a nuestras espaldas. No nos hace falta girarnos para presenciar la escena: un pobre perro ensuciándose las patas con su propia mierda mientras su dueño, con zapatillas de andar por casa, tira de su pescuezo para condenarlo al arriate repleto de otras orinas y otros excrementos. No hay tiempo que perder. Juega España después del telediario. Cinco mentiras azules de Tiktok y para dentro. Se pierden, nuevamente, del mundo pero el hombre deja su rastro. Hace semanas que el edificio no logra desprenderse del olor a mierda y miedo del Primero C pero a ningún vecino parece molestarle hasta que lleguen, supongo yo, las ratas a sus hogares. Ese día, no lo dudo, todos irán corriendo a su puerta pero nadie les abrirá. Ese preciso día de verano, el tipo estará en un llano sin coordenadas dándole el último paseo a su perro. ¿Para qué quiero al maldito chucho si ya saben ladrar mis hijos?

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