Quitadme el hacha grita Cabeza de Vaca en esas noches jerezanas de naufragio y soledad. Por vuestras mercedes, arrebatársela a los asesinos antes de que hieran. Para mí, dejadme la pluma y el trépano. Detenido en bronce, delante del muro de los mil años, el descubridor lleva demasiado tiempo soportando la infamia de los autoproclamados cultos y la barbarie, en forma de escupitajo y colilla, de los borregos. Flotan latas de refresco en la fuente del héroe. Vomita en nuestro regazo el águila, escupe en contra del viento el estúpido gorrión. Y el odio y la estupidez ensuciando el cielo andaluz con cruces de Borgoña. Nos faltan banderas blancas se desgañita Cabeza de Vaca.
Como todo es ahora, Borrico -el cantaor de lo oscuro- huye despavorido al oír las campanas de la iglesia de Santiago. Borrico, que esta noche azul tiene ocho años, lleva ensangrentadas las plantas de sus pies como tiene embarrados en sangre sus primeros versos de toná y espanto. Las campanas siempre anuncian guerras que los niños jamás piden. Lo he visto en los arenales, las huellas de un pie chiquito, que se me perdió una tarde trae el poniente. Mi abuelo y que era barbero en Santiago, me cuenta Salvador, le regaló las primeras babuchas a Borrico. Me dan ganas de abrazar al bueno de Salvador para poder dar las gracias a su abuelo.
Algo me hace seguir las huellas de los perdidos. Todavía no ha roto a llover pero un gran torrente gris, parido por la calle Lealas, cruza de lado a lado la calle Ancha. Lleva en su gramático caudal historias que únicamente los vitales alcanzar a poder escuchar. Que sepas mi niño: sólo escuchan los que aman. El aluvión, de papel de trapo y tinta ferrogálica, arrastra entre sus cuentos miles de cuerpos mutilados, otros tantos irreconocibles por el daño sufrido, la gran mayoría ya sin rostros por el olvido impuesto. Veo flotando -bocabajo- hombres negros esclavizados por animales blancos; ahogarse en pena a gitanos y gitanas que tuvieron como único pecado ser hijos de la luna; a inertes campesinos de nuestra sierra con los ojos huecos mirando al cielo vacío; a muchachos con la tricolor en una de sus mangas quedándose mudos por el plomo derretido. Que sus dioses los guarden en sus glorias.
El torrente de sangres invisibles se encamina a la Porvera. Cada metro ganado por la riada son miles de vidas que se disuelven bajo las suelas de los caminantes actuales. En Chancillería, el caudal ya es un hilo negro en mitad del océano alquitranado. Apenas se aprecian estas miles de historias tristes entre las piedras negras. Será porque ahora un adiós no asusta como lo hacía hace unos años. Cuando un adiós podía ser, inevitablemente, para siempre.
Quitadme el hacha grita Cabeza de Vaca en esas noches jerezanas de naufragio y soledad. Por vuestras mercedes, arrebatársela a los asesinos antes de que hieran. Para mí, dejadme la pluma y el trépano. Detenido en bronce, delante del muro de los mil años, el descubridor lleva demasiado tiempo soportando la infamia de los autoproclamados cultos y la barbarie, en forma de escupitajo y colilla, de los borregos. Flotan latas de refresco en la fuente del héroe. Vomita en nuestro regazo el águila, escupe en contra del viento el estúpido gorrión. Y el odio y la estupidez ensuciando el cielo andaluz con cruces de Borgoña. Nos faltan banderas blancas se desgañita Cabeza de Vaca.
Como todo es ahora, Borrico -el cantaor de lo oscuro- huye despavorido al oír las campanas de la iglesia de Santiago. Borrico, que esta noche azul tiene ocho años, lleva ensangrentadas las plantas de sus pies como tiene embarrados en sangre sus primeros versos de toná y espanto. Las campanas siempre anuncian guerras que los niños jamás piden. Lo he visto en los arenales, las huellas de un pie chiquito, que se me perdió una tarde trae el poniente. Mi abuelo y que era barbero en Santiago, me cuenta Salvador, le regaló las primeras babuchas a Borrico. Me dan ganas de abrazar al bueno de Salvador para poder dar las gracias a su abuelo.
Algo me hace seguir las huellas de los perdidos. Todavía no ha roto a llover pero un gran torrente gris, parido por la calle Lealas, cruza de lado a lado la calle Ancha. Lleva en su gramático caudal historias que únicamente los vitales alcanzar a poder escuchar. Que sepas mi niño: sólo escuchan los que aman. El aluvión, de papel de trapo y tinta ferrogálica, arrastra entre sus cuentos miles de cuerpos mutilados, otros tantos irreconocibles por el daño sufrido, la gran mayoría ya sin rostros por el olvido impuesto. Veo flotando -bocabajo- hombres negros esclavizados por animales blancos; ahogarse en pena a gitanos y gitanas que tuvieron como único pecado ser hijos de la luna; a inertes campesinos de nuestra sierra con los ojos huecos mirando al cielo vacío; a muchachos con la tricolor en una de sus mangas quedándose mudos por el plomo derretido. Que sus dioses los guarden en sus glorias.
El torrente de sangres invisibles se encamina a la Porvera. Cada metro ganado por la riada son miles de vidas que se disuelven bajo las suelas de los caminantes actuales. En Chancillería, el caudal ya es un hilo negro en mitad del océano alquitranado. Apenas se aprecian estas miles de historias tristes entre las piedras negras. Será porque ahora un adiós no asusta como lo hacía hace unos años. Cuando un adiós podía ser, inevitablemente, para siempre.
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