Era 1992 y se emitía el programa Queremos saber, presentado por Mercedes Milá. Aquella noche, en teoría, el espacio estaba destinado a la presentación del último libro de Francisco Umbral, La década roja. Sin embargo, la conversación derivó pronto hacia otros asuntos.
Umbral escuchó en silencio, esperó, pero cuando entendió que su libro había quedado definitivamente en segundo plano, soltó una frase lapidaria con su característica voz grave: “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”.
Hoy tomo prestada esa frase porque sí: he venido a hablar de mi libro. A pocos días de presentar mi primera novela, Diario de un muerto, creo que es un buen momento para hablar de todo lo que rodea al hecho de escribir, de los clichés que lo envuelven y del papel que juega la escena cultural de Jerez.
Publicar una novela sigue despertando una reacción curiosa. Algunos piensan que es sinónimo inmediato de éxito, de firmas y presentaciones por ferias de todo el país. Otros creen que uno, como autor, aspira a una vida bohemia al margen de las profesiones tradicionales. Entre una fantasía y otra suelen colarse siempre las mismas preguntas: “¿de dónde sacas el tiempo?” y “¿pero de esto se vive?”
Lo más valioso
Tiempo y dinero. ¿Acaso hay algo más valioso en nuestra sociedad? Casi nadie pregunta por el proceso creativo o por las motivaciones que llevan a escribir.
Disponer de tiempo y dinero para escribir es una quimera. La mayoría de quienes escribimos lo hacemos sin espacios adecuados y sin rentas aseguradas. Tenemos que compatibilizar la escritura con jornadas laborales y con responsabilidades domésticas y familiares que no desaparecen cuando se enciende el ordenador y se abre el procesador de texto.
Escribimos cuando podemos, no cuando queremos. Apuntamos en el bloc de notas del móvil una idea que surge camino del trabajo o en el supermercado mientras hacemos las compras, con la esperanza de poder desarrollarla en otro momento, uno que puede llegar de noche, cuando la casa está por fin en silencio. Le robas horas al sueño para escribir, para sentir que por un instante el tiempo te pertenece. Porque sin tiempo y sin espacio, crear se convierte en un acto de resistencia.
En cuanto a la segunda pregunta, la que se centra en el rédito económico de escribir, mi amiga y escritora Margarita Lozano escribió en este mismo medio un artículo muy acertado que lo explica perfectamente. “Se puede vivir de escribir —decía—, pero esa es una excepción tan remota como pensar que todos los que tocan la guitarra vivirán como los Rolling Stones”. Margarita aclaraba el malentendido persistente entre literatura y éxito comercial, aclarando que “escribir no siempre da para vivir, pero siempre da sentido a la vida”.
Pero no quiero regodearme en las dificultades de escribir. Participar de esta actividad — afición, arte u oficio, como se prefiera llamarlo— es algo único que da sentido a nuestra existencia. Ver cómo los versos, los relatos, los personajes o incluso mundos enteros que habitan nuestra mente cobran vida sobre el papel es algo por lo que merece la pena cada minuto invertido. Luego lanzamos el libro como un mensaje en una botella, sin saber a quién llegará, pero con la satisfacción de que tu historia vive, de que tu libro habita el mundo.
Aun así, no está de más recordar que quien no llora, no mama. Si los escritores se enfrentan a estas dificultades universales, quizá no sea descabellado intentar ponérselo un poco más fácil. Darles un espacio de calidad dentro de la escena cultural local. Ahora que Jerez compite por ser Capital Europea de la Cultura 2031, no hay mejor momento para recordar que una escena cultural auténtica no se improvisa el año que toca lucirse. Se construye con tiempo y paciencia, apostando por la diversidad de expresiones artísticas, y brindando apoyo a quienes llevan años creando y sosteniendo espacios humildes sin grandes altavoces.
Un tejido cultural efervescente
Y en Jerez, por suerte, ese ecosistema existe. A veces de forma discreta, a veces a contracorriente. Libreros como Adrián, de El Laberinto, que no se limitan a vender libros de éxito comercial, sino que ofrecen su casa a autores locales. Instituciones como la Fundación Caballero Bonald, que no es solo un nombre ilustre en un edificio hermoso, sino un lugar donde la literatura late, se defiende y se comparte.
Luego están los clubes de lectura, auténticos pulmones de la vida literaria, como Alas y Raíces, el Club de Lectura y Cinefórum de la Biblioteca La Granja, el de Mariana Enríquez —al que pertenezco— y tantos otros que sostienen algo cada vez más raro: leer con atención y conversar, en persona, sin prisas y sin móviles en mano. Están también los ateneos, las asociaciones literarias, las iniciativas de particulares como el Jerez Poetry Slam, y los espacios que apuestan por una cultura alternativa, como el centro social La Yerbabuena o el Corral de San Antón, donde la literatura convive con la música, el pensamiento crítico y el compromiso social.
Apoyar a los autores locales y a quienes les dan visibilidad no es un gesto caritativo ni un favor: es una inversión en identidad y en memoria futura. Los escritores, como los músicos, los artistas plásticos o los creadores de otras disciplinas, terminan siendo embajadores naturales de su ciudad. Con talentos inigualables como la Paquera o José Mercé, es normal que a muchos se nos vaya la mente al flamenco cuando pensamos en artistas de Jerez, pero nuestra ciudad cuenta también con una escena artística diversa y de talla mundial, como demuestran los murales de Pol y Cosa.V o las ilustraciones de Daniel Diosdado y María Melero.
Pero, del mismo modo que mantener las calles limpias es tarea de todos y no solo del gobierno local, que exista una escena cultural activa y sana es una responsabilidad compartida. Poca gente se acerca a obras de teatro independientes, a exposiciones de artistas o a presentaciones de libros, y sin público, la escena se muere. Para quienes no suelen acudir, garantizo que merece la pena. Hay algo profundamente revitalizante en conocer a personas creativas.
Y para concluir, ya que he venido a hablar de mi libro —con un tono mucho menos gruñón que el del señor Umbral—, aprovecho este espacio para invitarles a la presentación de mi primera novela, Diario de un muerto, que tendrá lugar en la Fundación Caballero Bonald el 26 de febrero a las 19:30.
Es un gesto vanidoso, sí. Pero también es una invitación lógica. Si alguien ha llegado hasta el final de este texto es porque cree que merece la pena leer a un autor local y apostar por la cultura que se construye en Jerez. Y sin ese gesto previo —el de leer, el de escuchar— ningún libro tendría sentido.
Así que, ¿por qué no dar un paso más? Compartir espacio, romper la cuarta pared y conocernos tras la presentación, con una copa de jerez en la mano, brindando por la cultura y por esa escena local que reclamamos.



