Opinión

La trampa de la deuda y la crisis climática

  • Embalse de Guadalcacín, en Cádiz, en una imagen de archivo. -

Entrar en el endeudamiento puede convertirse en un laberinto de pesadilla. Pedir un préstamo y que las cosas empiecen a ir mal, parece una causa – efecto mil veces repetida. A perro flaco, todo son pulgas. Algo similar a las familias y las empresas ocurre con los territorios y los estados.

Los países más afectados por la crisis climática son los más endeudados. Encerrados en un círculo vicioso, la situación se les agrava claramente dañados por la falta de solidaridad internacional. Los países más ricos no sienten la amenaza, considerando que el hambre es una enfermedad que no se contagia, exigiendo pagos de intereses y prebendas que asfixian a países enteros.

El circulo vicioso que forman la crisis de la deuda financiera y la crisis climática empeora cada año, donde la deuda financiera provoca un aumento de las emisiones, acelerando desastres climáticos que conducen de nuevo a la necesidad de aumentar la deuda. Según un informe de ActionAid en colaboración con Development Finance Internacional, el 93,5% de los países más vulnerables a la crisis climática se encuentran sobreendeudados.

La financiación de esta crisis soberana supone el 65% de los ingresos del estado de los países más vulnerables a la crisis climática, lo que los empuja a destinar 25 veces más recursos al pago de la deuda que a la lucha contra la crisis climática, hipotecando en la práctica el futuro del territorio y su gente. Encontrándose aquí el origen de muchos de los conflictos fratricidas, gobiernos fallidos y migraciones multitudinarias hacia territorios más ricos.

La falta de solidaridad internacional, el ombliguismo de los países desarrollados, está haciendo que, hoy, el denominado “Sur Global” esté pagando unas 225 veces más en concepto de reembolsos de la deuda de lo que recibe en subvenciones para la financiación climática, aquilatando el concepto de lo que algunos, bochornosamente califican de “territorios de sacrificio”.

El problema no es nuevo, de aquellas colonias, estas injusticias históricas y este sistema de arquitectura financiera global ineficaz y egoísta que rechaza vincular gestión financiera de estado y crisis climática. Sin embargo, a medida que los costes derivados de los desastres naturales (sequías, huracanes, olas de calor, inundaciones) se incrementan, se visualiza de forma clara que los créditos de emergencia, a corto plazo y altos intereses, que se ven obligados a solicitar estos países, los hunde en políticas de austeridad que terminan sufriendo los colectivos más vulnerables. Los países ricos en materias primas, se ven chantajeados y obligados a entregar sus riquezas naturales, las que podrían posibilitar su desarrollo, a condiciones ventajosas a sus prestamistas.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), acordó que, dos tercios de la financiación entre los estados deben estar bajo la etiqueta de “financiación climática” e ir destinada a medidas que frenen la crisis climática. Sin embargo, en estos momentos, por ejemplo, Malawi destina el 70% de su presupuesto nacional al pago de la deuda, o Nigeria, el mayor productor de combustibles fósiles de África, el 40% del país sigue sin electricidad pues el crudo se exporta para saldar la deuda, o en Senegal, las iniciativas para mejorar la seguridad alimentaria y reducir las emisiones mediante la agroecología sigue sin contar con financiación.

La espiral es demoníaca y global. En estos países, priorizar políticas de transición ecológica y global frente al pago de la deuda resulta crucial. De igual manera, revisar las prioridades globales siguiendo lo establecido en la Convención Marco de Naciones Unidas sobre la Deuda Soberana y exigir a los acreedores privados que se sumen a este proceso es fundamental. Hay que dejar de seguir cavando pozos si somos conscientes de que abajo no hay nada.

Entrar en el endeudamiento puede convertirse en un laberinto de pesadilla. Pedir un préstamo y que las cosas empiecen a ir mal, parece una causa – efecto mil veces repetida. A perro flaco, todo son pulgas. Algo similar a las familias y las empresas ocurre con los territorios y los estados.

Los países más afectados por la crisis climática son los más endeudados. Encerrados en un círculo vicioso, la situación se les agrava claramente dañados por la falta de solidaridad internacional. Los países más ricos no sienten la amenaza, considerando que el hambre es una enfermedad que no se contagia, exigiendo pagos de intereses y prebendas que asfixian a países enteros.

El circulo vicioso que forman la crisis de la deuda financiera y la crisis climática empeora cada año, donde la deuda financiera provoca un aumento de las emisiones, acelerando desastres climáticos que conducen de nuevo a la necesidad de aumentar la deuda. Según un informe de ActionAid en colaboración con Development Finance Internacional, el 93,5% de los países más vulnerables a la crisis climática se encuentran sobreendeudados.

La financiación de esta crisis soberana supone el 65% de los ingresos del estado de los países más vulnerables a la crisis climática, lo que los empuja a destinar 25 veces más recursos al pago de la deuda que a la lucha contra la crisis climática, hipotecando en la práctica el futuro del territorio y su gente. Encontrándose aquí el origen de muchos de los conflictos fratricidas, gobiernos fallidos y migraciones multitudinarias hacia territorios más ricos.

La falta de solidaridad internacional, el ombliguismo de los países desarrollados, está haciendo que, hoy, el denominado “Sur Global” esté pagando unas 225 veces más en concepto de reembolsos de la deuda de lo que recibe en subvenciones para la financiación climática, aquilatando el concepto de lo que algunos, bochornosamente califican de “territorios de sacrificio”.

El problema no es nuevo, de aquellas colonias, estas injusticias históricas y este sistema de arquitectura financiera global ineficaz y egoísta que rechaza vincular gestión financiera de estado y crisis climática. Sin embargo, a medida que los costes derivados de los desastres naturales (sequías, huracanes, olas de calor, inundaciones) se incrementan, se visualiza de forma clara que los créditos de emergencia, a corto plazo y altos intereses, que se ven obligados a solicitar estos países, los hunde en políticas de austeridad que terminan sufriendo los colectivos más vulnerables. Los países ricos en materias primas, se ven chantajeados y obligados a entregar sus riquezas naturales, las que podrían posibilitar su desarrollo, a condiciones ventajosas a sus prestamistas.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), acordó que, dos tercios de la financiación entre los estados deben estar bajo la etiqueta de “financiación climática” e ir destinada a medidas que frenen la crisis climática. Sin embargo, en estos momentos, por ejemplo, Malawi destina el 70% de su presupuesto nacional al pago de la deuda, o Nigeria, el mayor productor de combustibles fósiles de África, el 40% del país sigue sin electricidad pues el crudo se exporta para saldar la deuda, o en Senegal, las iniciativas para mejorar la seguridad alimentaria y reducir las emisiones mediante la agroecología sigue sin contar con financiación.

La espiral es demoníaca y global. En estos países, priorizar políticas de transición ecológica y global frente al pago de la deuda resulta crucial. De igual manera, revisar las prioridades globales siguiendo lo establecido en la Convención Marco de Naciones Unidas sobre la Deuda Soberana y exigir a los acreedores privados que se sumen a este proceso es fundamental. Hay que dejar de seguir cavando pozos si somos conscientes de que abajo no hay nada.

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