la rotonda

Una ofrenda en vida

Hay que acordarse siempre de quienes alumbraron el camino. Y es cuando aún se está a tiempo cuando toca ponerles el vello en pie, decírselo a la cara, con la copa en alto y la voz quebrada si hace falta. Que lo sepan. Que lo oigan. Que lo vean. Luego ya es tarde

  • Rafael Plaza, I Premio Jerez de Periodismo, este pasado sábado en el Alcázar, tras recibir el galardón. -

Levanto una copa de oloroso por una palabra que, etimológicamente, no me convence demasiado: homenaje. Viene del vasallaje, de aquel gesto medieval por el que alguien se declaraba hombre de su señor feudal y se arrodillaba ante él. Nada más lejos de lo que vivimos en el Alcázar de Jerez, este pasado sábado, con el I Premio Jerez de Periodismo de la Asociación de la Prensa de Jerez, dedicado en su primera edición a Rafael Plaza. Porque Rafa nunca ha tenido vasallos. Al contrario, siempre ha estado al servicio, y lo sigue estando, de los que empezábamos y de los que, como él, seguimos convencidos de que este es un oficio en el que jamás se termina de aprender.

Es un oficio en el que nunca se acaban los sinsabores. Pero también tiene esos pequeños triunfos del día a día, tan fugaces como los boletines informativos que arrancan tras los pitos horarios: suenan, se cuentan, se van. Y vuelta a empezar. Quien ha vivido una redacción sabe que la gloria dura lo que tarda en llegar la siguiente noticia, y que lo único que permanece es la gente con la que la compartes los momentos más tensos, los más complejos, los más agrios, pero también las risas, las bromas y los abrazos.

Por eso, para mí, lo del Alcázar fue más que un homenaje. Fue un tributo a un amigo, a un compañero en mayúsculas, una ofrenda en vida, que son las que sirven y las que importan. Pude sentir su emoción a flor de piel, la de su familia, mano a mano con la emoción que vivimos todos los que estábamos allí mismo, en esa sala junto a ese patio donde Jerez guarda tantas de sus memorias.

Tuve además la suerte de estar bien acompañado en mi sitio desde el que presencié el emotivo acto conducido magistralmente por Ana Huguet. A mi izquierda, Lourdes Acosta, directora de Radio Cádiz, la señora de la radio en la provincia de Cádiz, apenas unos metros detrás de Antonio Yélamo, representante de Grupo Prisa en Andalucía, y que me llenó de orgullo al saludarlo y felicitarme por el trabajo que hacemos en lavozdelsur.es. Que un maestro en el oficio te reconozca el trabajo vale más que cualquier premio. ¡Y qué bueno ver a otro aliado de este periódico, el gran e indomable Pepe Fernández, venido desde Sevilla!

A mi derecha, el inefable Manolo de la Peña, director fundador del Diario de Jerez que yo conocí y donde eché los dientes. Entrañable siempre Manolo, buena gente y viejo zorro de un oficio repleto de vericuetos, zonas de sombra y ojanas. Entre la radio y la tinta me senté, y no se me ocurre mejor metáfora de lo que uno ha sido y de lo que uno quiso ser.

Yo confieso: a mí me hubiera encantado en mi adolescencia tardía ser locutor de Los 40 Principales. Era cuando pinchaba discos en las bodas, a cambio de unas diez mil pelas de la época, de la mano del conocidísimo jerezano Pepe el Pantalla, entre rumbas, canciones del verano —esa Bomba de infausto recuerdo— y novias que pedían la misma de siempre. Mi sueño siempre fue la radio. Estudiaba repasando los temas poniendo voz de radio y hasta mi madre pensaba que estaba en el cuarto con el transistor encendido. Creo que acordarse de nuestros sueños menos confesables es, de alguna manera, cumplirlos. Aquella media mañana en el Alcázar, rodeado de micrófonos que no eran el mío, algo de aquel chaval que soñaba con el dial se subió también al entarimado.

El silencio que escucha

Pablo d’Ors sostiene en Biografía del silencio que casi siempre vivimos fuera de nosotros mismos, distraídos, y que solo el silencio y la atención nos devuelven a lo que de verdad está pasando. Resulta paradójico decirlo en un gremio que vive del ruido, de la palabra, de la prisa por contar antes que nadie. Pero los grandes de este oficio no son los que más hablan, sino los que mejor escuchan. Rafael es de esos. Tiene esa forma de atender al que llega nuevo, de prestarle el oído y el tiempo, que es la manera más generosa de enseñar. Y no prejuzga, no le mueven intereses espurios para acercarse a ti.

En El amigo del desierto, el mismo sacerdote d’Ors cuenta la historia de un hombre que un día siente la llamada del desierto y descubre que no está solo, que hay otros que sienten lo mismo. El desierto como el lugar donde se cae todo lo superfluo y solo queda lo esencial. Este oficio también tiene mucho de desierto: jornadas áridas, pocas certezas, el oasis de una exclusiva que se evapora al día siguiente. Por eso importan tanto los compañeros de travesía, los amigos del desierto que reconocen en ti la misma llamada. Rafa ha sido para muchos de nosotros eso: alguien que ya había cruzado la arena y volvía para indicarnos por dónde.

Hay que acordarse siempre de quienes alumbraron el camino. Y es cuando todavía se está a tiempo cuando toca ponerles el vello en pie, decírselo a la cara, en vida, con la copa en alto y la voz quebrada si hace falta. Que lo sepan. Que lo oigan. Que lo vean.

Luego ya es tarde.

Levanto una copa de oloroso por una palabra que, etimológicamente, no me convence demasiado: homenaje. Viene del vasallaje, de aquel gesto medieval por el que alguien se declaraba hombre de su señor feudal y se arrodillaba ante él. Nada más lejos de lo que vivimos en el Alcázar de Jerez, este pasado sábado, con el I Premio Jerez de Periodismo de la Asociación de la Prensa de Jerez, dedicado en su primera edición a Rafael Plaza. Porque Rafa nunca ha tenido vasallos. Al contrario, siempre ha estado al servicio, y lo sigue estando, de los que empezábamos y de los que, como él, seguimos convencidos de que este es un oficio en el que jamás se termina de aprender.

Es un oficio en el que nunca se acaban los sinsabores. Pero también tiene esos pequeños triunfos del día a día, tan fugaces como los boletines informativos que arrancan tras los pitos horarios: suenan, se cuentan, se van. Y vuelta a empezar. Quien ha vivido una redacción sabe que la gloria dura lo que tarda en llegar la siguiente noticia, y que lo único que permanece es la gente con la que la compartes los momentos más tensos, los más complejos, los más agrios, pero también las risas, las bromas y los abrazos.

Por eso, para mí, lo del Alcázar fue más que un homenaje. Fue un tributo a un amigo, a un compañero en mayúsculas, una ofrenda en vida, que son las que sirven y las que importan. Pude sentir su emoción a flor de piel, la de su familia, mano a mano con la emoción que vivimos todos los que estábamos allí mismo, en esa sala junto a ese patio donde Jerez guarda tantas de sus memorias.

Tuve además la suerte de estar bien acompañado en mi sitio desde el que presencié el emotivo acto conducido magistralmente por Ana Huguet. A mi izquierda, Lourdes Acosta, directora de Radio Cádiz, la señora de la radio en la provincia de Cádiz, apenas unos metros detrás de Antonio Yélamo, representante de Grupo Prisa en Andalucía, y que me llenó de orgullo al saludarlo y felicitarme por el trabajo que hacemos en lavozdelsur.es. Que un maestro en el oficio te reconozca el trabajo vale más que cualquier premio. ¡Y qué bueno ver a otro aliado de este periódico, el gran e indomable Pepe Fernández, venido desde Sevilla!

A mi derecha, el inefable Manolo de la Peña, director fundador del Diario de Jerez que yo conocí y donde eché los dientes. Entrañable siempre Manolo, buena gente y viejo zorro de un oficio repleto de vericuetos, zonas de sombra y ojanas. Entre la radio y la tinta me senté, y no se me ocurre mejor metáfora de lo que uno ha sido y de lo que uno quiso ser.

Yo confieso: a mí me hubiera encantado en mi adolescencia tardía ser locutor de Los 40 Principales. Era cuando pinchaba discos en las bodas, a cambio de unas diez mil pelas de la época, de la mano del conocidísimo jerezano Pepe el Pantalla, entre rumbas, canciones del verano —esa Bomba de infausto recuerdo— y novias que pedían la misma de siempre. Mi sueño siempre fue la radio. Estudiaba repasando los temas poniendo voz de radio y hasta mi madre pensaba que estaba en el cuarto con el transistor encendido. Creo que acordarse de nuestros sueños menos confesables es, de alguna manera, cumplirlos. Aquella media mañana en el Alcázar, rodeado de micrófonos que no eran el mío, algo de aquel chaval que soñaba con el dial se subió también al entarimado.

El silencio que escucha

Pablo d’Ors sostiene en Biografía del silencio que casi siempre vivimos fuera de nosotros mismos, distraídos, y que solo el silencio y la atención nos devuelven a lo que de verdad está pasando. Resulta paradójico decirlo en un gremio que vive del ruido, de la palabra, de la prisa por contar antes que nadie. Pero los grandes de este oficio no son los que más hablan, sino los que mejor escuchan. Rafael es de esos. Tiene esa forma de atender al que llega nuevo, de prestarle el oído y el tiempo, que es la manera más generosa de enseñar. Y no prejuzga, no le mueven intereses espurios para acercarse a ti.

En El amigo del desierto, el mismo sacerdote d’Ors cuenta la historia de un hombre que un día siente la llamada del desierto y descubre que no está solo, que hay otros que sienten lo mismo. El desierto como el lugar donde se cae todo lo superfluo y solo queda lo esencial. Este oficio también tiene mucho de desierto: jornadas áridas, pocas certezas, el oasis de una exclusiva que se evapora al día siguiente. Por eso importan tanto los compañeros de travesía, los amigos del desierto que reconocen en ti la misma llamada. Rafa ha sido para muchos de nosotros eso: alguien que ya había cruzado la arena y volvía para indicarnos por dónde.

Hay que acordarse siempre de quienes alumbraron el camino. Y es cuando todavía se está a tiempo cuando toca ponerles el vello en pie, decírselo a la cara, en vida, con la copa en alto y la voz quebrada si hace falta. Que lo sepan. Que lo oigan. Que lo vean.

Luego ya es tarde.

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