Opinión

Jerez no puede vivir eternamente de lo que heredó. Necesita formar a quienes la construirán mañana

Presumir del talento de Jerez exige ofrecerle formación y oportunidades para que pueda crecer sin tener que marcharse

  • Alumnos de Primaria, en una vuelta al cole. -

Hay cosas que, cuando una trabaja en educación, terminan por doler de una manera distinta. Una aprende a reconocer las posibilidades de una persona antes incluso de que ella misma sea capaz de verlas. Aprende que detrás de un mal expediente puede haber una vida complicada, que detrás de un abandono escolar puede esconderse una oportunidad que nunca llegó y que el talento, por sí solo, no siempre basta. Hace falta acompañamiento, formación, recursos y, sobre todo, un horizonte que permita imaginar un futuro posible. Por eso cuesta tanto entender algunas prioridades de nuestra ciudad, como el derroche en fiestas de estos últimos años en los que, a la vez, cada vez es más complejo acceder a estudios de calidad. Mientras en las aulas seguimos encontrando carencias, mientras hay jóvenes que no encuentran la formación que necesitan para desarrollar sus capacidades y mientras muchas familias se preguntan cómo podrán ofrecer a sus hijos las oportunidades que merecen, Jerez parece empeñada en vivir en una celebración permanente. Siempre hay una fiesta que organizar, un acontecimiento que anunciar, un escenario que montar o una nueva ocasión para vender al exterior la imagen de una ciudad que sabe disfrutar de sí misma.

Y claro que Jerez debe disfrutar. Faltaría más. La fiesta forma parte de nuestra identidad, del encuentro y de una manera de entender la vida que no tenemos por qué abandonar. Pero una cosa es celebrar y otra muy distinta convertir la celebración en la respuesta a todos nuestros problemas. Una cosa es defender la cultura y otra confundirla con una sucesión interminable de actividades de ocio. La cultura no es solamente lo que sucede sobre un escenario. También es lo que ocurre en un aula, en un taller, en una escuela de música, en un espacio de creación o en el lugar donde alguien aprende un oficio. Es el conocimiento que se transmite, la capacidad que se desarrolla y la oportunidad que se ofrece a quien todavía no ha encontrado su sitio. La cultura es también una herramienta para conquistar autonomía, mejorar las condiciones de vida y ampliar las posibilidades de una sociedad.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que estamos aprendiendo a valorar más el espectáculo que todo aquello que lo hace posible.

Me preocupa observar cómo se habla de grandes proyectos culturales mientras seguimos teniendo dificultades para garantizar una oferta formativa suficiente y accesible. Cómo se presume del talento de Jerez sin preguntarse qué estamos haciendo para que ese talento pueda crecer aquí. Cómo se celebra la riqueza de nuestras tradiciones mientras tantos profesionales de la música, las artes, la educación y otros ámbitos creativos tienen que encadenar trabajos precarios o marcharse a otros lugares para encontrar oportunidades.

Una ciudad no puede vivir eternamente de lo que heredó. Necesita formar a quienes la construirán mañana.

Los datos educativos nos invitan a reflexionar. En 2024, el 28,5 % de la población jerezana de 15 años o más contaba con estudios superiores, frente al 33,6 % del conjunto de España, según los datos municipales del INE que hemos venido analizando. No es una cifra que explique por sí sola nuestra realidad, pero sí una señal que merece atención. Detrás de esos porcentajes hay trayectorias personales, oportunidades desiguales y capacidades que una ciudad debería esforzarse en desarrollar.

Cuando hablamos de educación, no hablamos de una partida presupuestaria más. Hablamos de las posibilidades reales de una persona para elegir su futuro. Hablamos de que un joven pueda formarse en aquello que le interesa sin que su situación económica determine hasta dónde puede llegar. Hablamos de que una trabajadora pueda mejorar su cualificación, de que un músico encuentre formación especializada o de que una pequeña empresa tenga acceso al conocimiento que necesita para crecer.

Por eso me inquieta que, mientras la Formación Profesional privada amplía su presencia y determinadas oportunidades formativas quedan condicionadas por la capacidad económica de las familias, sigamos destinando tantos esfuerzos a una agenda de eventos que parece no tener fin. No se trata de comparar partidas que corresponden a administraciones distintas ni de afirmar que cada euro dedicado a una fiesta podría trasladarse automáticamente a un aula. Se trata de discutir las prioridades, de preguntarnos qué estamos construyendo con los recursos públicos y qué necesidades seguimos dejando sin respuesta.

Invertir en formación también es invertir en cultura y crear las condiciones para que una persona no se limite a consumir un espectáculo, sino que pueda producirlo; para que no tenga que conformarse con asistir a un acontecimiento, sino que pueda convertirse en profesional de su sector. Es generar redes de colaboración, espacios de trabajo, proyectos estables y oportunidades para quienes tienen ideas, capacidad y ganas de desarrollarlas.

Jerez necesita dejar de tratar la formación como un asunto secundario. Si queremos acercarnos a los niveles de cualificación y de renta de otros territorios, tendremos que invertir en educación, formación profesional, innovación y empleo de calidad. No hay atajos. Ninguna capitalidad, ninguna campaña promocional y ninguna sucesión de grandes eventos puede sustituir ese trabajo paciente que rara vez proporciona una fotografía espectacular, pero que cambia vidas.

A veces pienso en todo lo que podría hacerse si tuviéramos la misma determinación para abrir oportunidades que para llenar el calendario festivo. En los jóvenes que necesitan una alternativa formativa, en las personas que quieren aprender un oficio, en los profesionales que buscan un espacio donde desarrollar sus proyectos. Pienso en cuántas iniciativas podrían consolidarse si encontraran acompañamiento, recursos y una administración dispuesta a trabajar con ellas durante todo el año, no solamente cuando toca organizar una celebración.

Jerez tiene derecho a celebrar su identidad, pero también tiene derecho a construir su futuro. Y ese futuro no se levanta únicamente con escenarios, luces y programas festivos. Se construye con aulas abiertas, formación accesible, profesionales reconocidos y oportunidades reales. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en una ciudad permanentemente entretenida, pero cada vez menos preparada para responder a sus propias necesidades.

Y yo, que trabajo en educación y conozco el valor de una puerta que se abre a tiempo, preferiría que Jerez invirtiera un poco menos en enseñarnos a celebrar y bastante más en conseguir que nadie tenga que marcharse para poder construir aquí su vida.

Hay cosas que, cuando una trabaja en educación, terminan por doler de una manera distinta. Una aprende a reconocer las posibilidades de una persona antes incluso de que ella misma sea capaz de verlas. Aprende que detrás de un mal expediente puede haber una vida complicada, que detrás de un abandono escolar puede esconderse una oportunidad que nunca llegó y que el talento, por sí solo, no siempre basta. Hace falta acompañamiento, formación, recursos y, sobre todo, un horizonte que permita imaginar un futuro posible. Por eso cuesta tanto entender algunas prioridades de nuestra ciudad, como el derroche en fiestas de estos últimos años en los que, a la vez, cada vez es más complejo acceder a estudios de calidad. Mientras en las aulas seguimos encontrando carencias, mientras hay jóvenes que no encuentran la formación que necesitan para desarrollar sus capacidades y mientras muchas familias se preguntan cómo podrán ofrecer a sus hijos las oportunidades que merecen, Jerez parece empeñada en vivir en una celebración permanente. Siempre hay una fiesta que organizar, un acontecimiento que anunciar, un escenario que montar o una nueva ocasión para vender al exterior la imagen de una ciudad que sabe disfrutar de sí misma.

Y claro que Jerez debe disfrutar. Faltaría más. La fiesta forma parte de nuestra identidad, del encuentro y de una manera de entender la vida que no tenemos por qué abandonar. Pero una cosa es celebrar y otra muy distinta convertir la celebración en la respuesta a todos nuestros problemas. Una cosa es defender la cultura y otra confundirla con una sucesión interminable de actividades de ocio. La cultura no es solamente lo que sucede sobre un escenario. También es lo que ocurre en un aula, en un taller, en una escuela de música, en un espacio de creación o en el lugar donde alguien aprende un oficio. Es el conocimiento que se transmite, la capacidad que se desarrolla y la oportunidad que se ofrece a quien todavía no ha encontrado su sitio. La cultura es también una herramienta para conquistar autonomía, mejorar las condiciones de vida y ampliar las posibilidades de una sociedad.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que estamos aprendiendo a valorar más el espectáculo que todo aquello que lo hace posible.

Me preocupa observar cómo se habla de grandes proyectos culturales mientras seguimos teniendo dificultades para garantizar una oferta formativa suficiente y accesible. Cómo se presume del talento de Jerez sin preguntarse qué estamos haciendo para que ese talento pueda crecer aquí. Cómo se celebra la riqueza de nuestras tradiciones mientras tantos profesionales de la música, las artes, la educación y otros ámbitos creativos tienen que encadenar trabajos precarios o marcharse a otros lugares para encontrar oportunidades.

Una ciudad no puede vivir eternamente de lo que heredó. Necesita formar a quienes la construirán mañana.

Los datos educativos nos invitan a reflexionar. En 2024, el 28,5 % de la población jerezana de 15 años o más contaba con estudios superiores, frente al 33,6 % del conjunto de España, según los datos municipales del INE que hemos venido analizando. No es una cifra que explique por sí sola nuestra realidad, pero sí una señal que merece atención. Detrás de esos porcentajes hay trayectorias personales, oportunidades desiguales y capacidades que una ciudad debería esforzarse en desarrollar.

Cuando hablamos de educación, no hablamos de una partida presupuestaria más. Hablamos de las posibilidades reales de una persona para elegir su futuro. Hablamos de que un joven pueda formarse en aquello que le interesa sin que su situación económica determine hasta dónde puede llegar. Hablamos de que una trabajadora pueda mejorar su cualificación, de que un músico encuentre formación especializada o de que una pequeña empresa tenga acceso al conocimiento que necesita para crecer.

Por eso me inquieta que, mientras la Formación Profesional privada amplía su presencia y determinadas oportunidades formativas quedan condicionadas por la capacidad económica de las familias, sigamos destinando tantos esfuerzos a una agenda de eventos que parece no tener fin. No se trata de comparar partidas que corresponden a administraciones distintas ni de afirmar que cada euro dedicado a una fiesta podría trasladarse automáticamente a un aula. Se trata de discutir las prioridades, de preguntarnos qué estamos construyendo con los recursos públicos y qué necesidades seguimos dejando sin respuesta.

Invertir en formación también es invertir en cultura y crear las condiciones para que una persona no se limite a consumir un espectáculo, sino que pueda producirlo; para que no tenga que conformarse con asistir a un acontecimiento, sino que pueda convertirse en profesional de su sector. Es generar redes de colaboración, espacios de trabajo, proyectos estables y oportunidades para quienes tienen ideas, capacidad y ganas de desarrollarlas.

Jerez necesita dejar de tratar la formación como un asunto secundario. Si queremos acercarnos a los niveles de cualificación y de renta de otros territorios, tendremos que invertir en educación, formación profesional, innovación y empleo de calidad. No hay atajos. Ninguna capitalidad, ninguna campaña promocional y ninguna sucesión de grandes eventos puede sustituir ese trabajo paciente que rara vez proporciona una fotografía espectacular, pero que cambia vidas.

A veces pienso en todo lo que podría hacerse si tuviéramos la misma determinación para abrir oportunidades que para llenar el calendario festivo. En los jóvenes que necesitan una alternativa formativa, en las personas que quieren aprender un oficio, en los profesionales que buscan un espacio donde desarrollar sus proyectos. Pienso en cuántas iniciativas podrían consolidarse si encontraran acompañamiento, recursos y una administración dispuesta a trabajar con ellas durante todo el año, no solamente cuando toca organizar una celebración.

Jerez tiene derecho a celebrar su identidad, pero también tiene derecho a construir su futuro. Y ese futuro no se levanta únicamente con escenarios, luces y programas festivos. Se construye con aulas abiertas, formación accesible, profesionales reconocidos y oportunidades reales. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en una ciudad permanentemente entretenida, pero cada vez menos preparada para responder a sus propias necesidades.

Y yo, que trabajo en educación y conozco el valor de una puerta que se abre a tiempo, preferiría que Jerez invirtiera un poco menos en enseñarnos a celebrar y bastante más en conseguir que nadie tenga que marcharse para poder construir aquí su vida.

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