la rotonda

Ikigai, la razón de ser

Dicen los japoneses que lo roto no se tira, que se repara con oro, y que la cicatriz dorada hace la pieza más bella que antes. Lo llaman 'kintsugi'. Algo así es este oficio cuando se ejerce con quienes te quieren: las grietas del camino acaban brillando

  • Un momento de la gala del 40 aniversario de Onda Jerez Radio, el pasado jueves. Y unas piezas reconstruidas con la técnica 'kintsugi'. -

Aguamarina. Fiestas de Otoño. Samael. Secta agnóstica destructiva. En la misma semana se me han removido dos de los primeros recuerdos de cuando empezaba, en prácticas, en este oficio al que luego me dedicaría como profesional hasta que Dios quiera. Con las dos personas con las que compartí aquellas palabras, aquellos conceptos tan abstractos y tan dispares en un momento temporal que ya casi no recordamos, he cruzado esta misma semana mensajes, palabras y abrazos cariñosos. Cosas del destino. O del ichigo ichie, como lo llaman los japoneses: "Una vez, un encuentro".

Lo dicen los maestros del té cuando sirven una taza, porque cada reunión es única, no se repite y hay que vivirla como si fuera la última. O eso deberíamos intentar siempre. Amor, amistad, compañerismo y generosidad contra el fuego fatuo que siempre aparece, amenazante, a la vuelta de la esquina. Y contra los mediocres, una plaga tan siniestra como inquietante.

No podemos impedir que el viajero se desvíe de su camino. En mi caso, el placer del viaje supera con creces cualquier meta posible en cualquier Ítaca, real o inventada. Kaváfis lo escribió en Alejandría, y siglos antes, o eso le atribuyen, Lao Tse ya dijo lapidario: el buen viajero no tiene planes fijos ni está empeñado en llegar. Desconocemos si el AVE o el Alvia del ministro Puente ya hacían de las suyas entonces. Desde luego, el tren bala japonés no existía. Pero en suma, el Tao es el camino, no el destino.

Los japoneses de Okinawa, que cuentan entre los más longevos del planeta, tienen una palabra para eso que mueve a uno a levantarse cada mañana: ikigai, la razón de ser. Se dibuja como cuatro círculos que se cruzan: lo que amas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita y aquello por lo que te pagan. En el centro, donde se tocan los cuatro, está el sentido. Pero yo he aprendido que uno de esos círculos pesa menos que los otros tres. No hay dinero que lo compre ni nómina que supere el aprecio de tus compañeros de profesión.

Ya sea el de Manuel Martínez, que me invitó a comer para celebrar su premio Voces del Sur 2026, que le entregaremos desde este casa el próximo 26 de octubre (DM) en Chiclana, al calor templado del principio del otoño en su edén de La Manuela. O el de Charo Jiménez, la primera periodista que me brindó unas prácticas, en Onda Jerez Radio, precisamente en su programa especial de unas Fiestas de Otoño de 2003 —con aquella inolvidable sintonía de Aguamarina de Paco Cepero—, que me agradecía la crónica por el 40 cumpleaños de la emisora local que siempre fue la banda sonora de nuestra vida.

No hablemos ya de la tele, Onda Jerez TV, la que cuenta, la de Carmona y el Guati Guati, a la que mi abuela María se refería con un "niño, pon Jerez". "Pon Jerez". Es decir, haz que por arte de magia —cambiando de canal en los gruesos números de aquella Telefunken— aparezca en esas pulgadas una vida, una ciudad; que descubramos al vecino que dobla la esquina o a aquella conocida que cruza el Real tras el alumbrado de la Feria del Caballo.

Como broche de oro, Rafael Navas. Mi eterno director. El hombre que me dio toda la confianza del mundo cuando llegué como pipiolo a la calle Patricio Garvey. Los budistas zen hablan de shoshin, la mente del principiante. "En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto, pocas". Yo llegué con esa mente abierta, y él supo verla tan pronto que ni me di cuenta. Así empezamos hasta una serie de complicidades extraperiodísticas que no sé ni si conviene revelar ahora. Bueno, sí: Jerezsano. Aquel blog satírico, con montajes de películas protagonizados por los políticos municipales de la época (muchos, sorprendentemente, siguen hiperactivos veinte años después), fue un carro suyo al que yo me subí como pasatiempo en los ratos libres y vaya que si nos reímos como unos carmenmolas de los blogs locales corrosivos. Como si no tuviéramos bastante con cocinar un periódico, él, y con tratar de absorber y empaparme de todo, yo. Su primer encargo serio: "Vete al centro cívico de La Asunción, al parecer el Ayuntamiento ha cedido un equipamiento público —y gratuitamente— para unas charlas de una secta considerada destructiva, la del maestro Samael". Y antes de irme, me entregó un sobre con un dossier a modo de background que aún conservo.

Con mis otros tres maestros, mis senseis, Juan Pedro Simo, Pedro Ingelmo y Carlos Piedras, aprendí de este oficio casi todo lo que no había aprendido como autodidacta, como devorador de Fotogramas, Pequeño País, Marca, Teleprograma y Don Balón desde la más tierna infancia. En Japón, sensei no significa solo profesor. Significa literalmente "el que nació antes", el que ha recorrido el camino primero y vuelve la vista para alumbrar a los que vienen detrás. Y hoy tengo la suerte de que Juanpe vea desde el firmamento que Navas está conmigo, de vuelta a las páginas, escritas y digitales. Más periodismo, mejor. Más calidad, más profundidad, menos servilismo, más credibilidad y rigor. Y vamos a seguir aprendiendo juntos y apoyando y aplaudiendo a los que llegan, como también reclama otro maestro, Rafael Plaza.

Dicen también los japoneses que lo roto no se tira, que se repara con oro, y que la cicatriz dorada hace la pieza más bella que antes. Lo llaman kintsugi. Algo así es este oficio cuando se ejerce con quienes te quieren: las grietas del camino acaban brillando. Uno solo puede sentirse afortunado y dar gracias a la vida, que nos dio y nos da tanto.

Aguamarina. Fiestas de Otoño. Samael. Secta agnóstica destructiva. En la misma semana se me han removido dos de los primeros recuerdos de cuando empezaba, en prácticas, en este oficio al que luego me dedicaría como profesional hasta que Dios quiera. Con las dos personas con las que compartí aquellas palabras, aquellos conceptos tan abstractos y tan dispares en un momento temporal que ya casi no recordamos, he cruzado esta misma semana mensajes, palabras y abrazos cariñosos. Cosas del destino. O del ichigo ichie, como lo llaman los japoneses: "Una vez, un encuentro".

Lo dicen los maestros del té cuando sirven una taza, porque cada reunión es única, no se repite y hay que vivirla como si fuera la última. O eso deberíamos intentar siempre. Amor, amistad, compañerismo y generosidad contra el fuego fatuo que siempre aparece, amenazante, a la vuelta de la esquina. Y contra los mediocres, una plaga tan siniestra como inquietante.

No podemos impedir que el viajero se desvíe de su camino. En mi caso, el placer del viaje supera con creces cualquier meta posible en cualquier Ítaca, real o inventada. Kaváfis lo escribió en Alejandría, y siglos antes, o eso le atribuyen, Lao Tse ya dijo lapidario: el buen viajero no tiene planes fijos ni está empeñado en llegar. Desconocemos si el AVE o el Alvia del ministro Puente ya hacían de las suyas entonces. Desde luego, el tren bala japonés no existía. Pero en suma, el Tao es el camino, no el destino.

Los japoneses de Okinawa, que cuentan entre los más longevos del planeta, tienen una palabra para eso que mueve a uno a levantarse cada mañana: ikigai, la razón de ser. Se dibuja como cuatro círculos que se cruzan: lo que amas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita y aquello por lo que te pagan. En el centro, donde se tocan los cuatro, está el sentido. Pero yo he aprendido que uno de esos círculos pesa menos que los otros tres. No hay dinero que lo compre ni nómina que supere el aprecio de tus compañeros de profesión.

Ya sea el de Manuel Martínez, que me invitó a comer para celebrar su premio Voces del Sur 2026, que le entregaremos desde este casa el próximo 26 de octubre (DM) en Chiclana, al calor templado del principio del otoño en su edén de La Manuela. O el de Charo Jiménez, la primera periodista que me brindó unas prácticas, en Onda Jerez Radio, precisamente en su programa especial de unas Fiestas de Otoño de 2003 —con aquella inolvidable sintonía de Aguamarina de Paco Cepero—, que me agradecía la crónica por el 40 cumpleaños de la emisora local que siempre fue la banda sonora de nuestra vida.

No hablemos ya de la tele, Onda Jerez TV, la que cuenta, la de Carmona y el Guati Guati, a la que mi abuela María se refería con un "niño, pon Jerez". "Pon Jerez". Es decir, haz que por arte de magia —cambiando de canal en los gruesos números de aquella Telefunken— aparezca en esas pulgadas una vida, una ciudad; que descubramos al vecino que dobla la esquina o a aquella conocida que cruza el Real tras el alumbrado de la Feria del Caballo.

Como broche de oro, Rafael Navas. Mi eterno director. El hombre que me dio toda la confianza del mundo cuando llegué como pipiolo a la calle Patricio Garvey. Los budistas zen hablan de shoshin, la mente del principiante. "En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto, pocas". Yo llegué con esa mente abierta, y él supo verla tan pronto que ni me di cuenta. Así empezamos hasta una serie de complicidades extraperiodísticas que no sé ni si conviene revelar ahora. Bueno, sí: Jerezsano. Aquel blog satírico, con montajes de películas protagonizados por los políticos municipales de la época (muchos, sorprendentemente, siguen hiperactivos veinte años después), fue un carro suyo al que yo me subí como pasatiempo en los ratos libres y vaya que si nos reímos como unos carmenmolas de los blogs locales corrosivos. Como si no tuviéramos bastante con cocinar un periódico, él, y con tratar de absorber y empaparme de todo, yo. Su primer encargo serio: "Vete al centro cívico de La Asunción, al parecer el Ayuntamiento ha cedido un equipamiento público —y gratuitamente— para unas charlas de una secta considerada destructiva, la del maestro Samael". Y antes de irme, me entregó un sobre con un dossier a modo de background que aún conservo.

Con mis otros tres maestros, mis senseis, Juan Pedro Simo, Pedro Ingelmo y Carlos Piedras, aprendí de este oficio casi todo lo que no había aprendido como autodidacta, como devorador de Fotogramas, Pequeño País, Marca, Teleprograma y Don Balón desde la más tierna infancia. En Japón, sensei no significa solo profesor. Significa literalmente "el que nació antes", el que ha recorrido el camino primero y vuelve la vista para alumbrar a los que vienen detrás. Y hoy tengo la suerte de que Juanpe vea desde el firmamento que Navas está conmigo, de vuelta a las páginas, escritas y digitales. Más periodismo, mejor. Más calidad, más profundidad, menos servilismo, más credibilidad y rigor. Y vamos a seguir aprendiendo juntos y apoyando y aplaudiendo a los que llegan, como también reclama otro maestro, Rafael Plaza.

Dicen también los japoneses que lo roto no se tira, que se repara con oro, y que la cicatriz dorada hace la pieza más bella que antes. Lo llaman kintsugi. Algo así es este oficio cuando se ejerce con quienes te quieren: las grietas del camino acaban brillando. Uno solo puede sentirse afortunado y dar gracias a la vida, que nos dio y nos da tanto.

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