Opinión

La caza al docente y la escuela poco 'sexy'

La 'poco sexy' escuela pública tradicional y sus docentes, adocenados tras aprobar una oposición, tienen la culpa de que la enseñanza basada en la instrucción, se estén produciendo niveles elevados de fracaso escolar

  • Una clase de un aula andaluza, en una imagen de archivo.

El famoso concurso televisivo Un, dos, tres, responda otra vez forma parte de la memoria sentimental de quienes ya hemos entrado en la cincuentena. Recuerdo que al final de la cabecera un rótulo nos aclaraba: “Y si algo falla, el responsable de todo esto es… Narciso Ibáñez Serrador”; esto es, su director. El discurso mediático, político y académico (extraescuela) ha encontrado un comodín donde focalizar las culpas de todos los problemas del sistema educativo: su Chicho Ibáñez Serrador es el profesorado, entendido como un colectivo holgazán y acomodado que, de acuerdo con la caricatura al uso, se empeña en dictar el contenido de sus apuntes amarillentos sin preocuparse un ápice por si sus alumnos le siguen. 

En el artículo anterior hacíamos referencia a cómo la cadena SER, a raíz de la difusión de los resultados del último informe PISA, dedicó un programa a analizar el sistema educativo siempre desde los parámetros de la doctrina neoliberal. El punto analizado era la trivialización de la importancia de las bajadas de ratios, pero esta vez abordaremos este otro leitmotiv con el que se nos obsequió en la emisora de Prisa. 

En el primer tramo el periodista conductor del programa, José Luis Sastre, glosa la propuesta de una alumna de 15 años que se queja de que “cuesta mantener la atención” y que pide a los profesores que hagan “las clases más dinámicas”. Poco después Sandra Santurde, una profesora de lengua y literatura de secundaria, desempeñará fielmente el papel de tío Tom haciendo suyo el discurso hegemónico afirmando que se puede, aunque “es verdad que hay docentes que todavía están anclados en la metodología tradicional: alumnado como sinónimo de oyente y de examen escrito”.

Como explican Javier Mestre y Carlos Fernández Liria, hasta ahora el sentido común dejaba claro que la función de los docentes era enseñar y evalúar los aprendizajes, transmitiendo  unos contenidos; si el alumno no demuestra que sabe lo suficiente, suspende. Sin embargo, peligra ese arraigado modo de entender la enseñanza, ya que algunos hacen ver eso como una barbaridad antediluviana de acuerdo con una serie de “sueños húmedos de la pedagogía de los que se sirve el poder”, como parte de una agenda oculta contra lo que supuso la consolidación del sistema público de enseñanza en el último segmento del siglo pasado. 

Por su parte, Jordi Martí se ha encargado de categorizar el ya tradicional deporte como la ‘caza al docente’, que consiste en presentar al profesorado “como culpable de casi todo”: fracaso escolar, desmotivación, consecuencias de las recetas de laboratorio pedagógico… El último factor ahora parece ser la influencia que sobre el aparato neurocognitivo del alumnado ejercen los dispositivos digitales y los algoritmos adictivos, pero son los sospechosos habituales “quienes están cada mañana delante de treinta alumnos, con una presión social creciente y con una mochila de responsabilidades que no deja de engordar”. Bajar la exigencia, disfrazar la falta de rigor como inclusión, vaciar de contenido la enseñanza y convertir el saber en un accesorio poco digno de confianza, en última instancia, deja vendidos a los alumnos que menos herramientas de emancipación tienen fuera del aula, lo cual, ciertamente, no tiene nada de progresista. 

Pero volvamos al reportaje de la SER, donde en un momento dado entra en antena la llamada telefónica de “Javier”, un padre que se suma a la caza de brujas sentenciando que “lo más aburrido que hay para un chaval hoy es ir a un instituto y prestar atención cien por cien cuando en un minuto, un vídeo tonto de TikTok, por ejemplo, les flipa y les entretiene”. En contraste, “una hora de clase con el profesor X les aburre. Llevamos demasiado tiempo con lo mismo; todo ha avanzado, pero la enseñanza no. Entonces, pues a lo mejor habría que recurrir a copiar a TikTok para que presten la atención”. Tras este anodino preámbulo, el desconcertado progenitor echa mano de la cabeza de turco recurrente para decir que “hay muchos profesores que simplemente pues no tienen en absoluto interés por el alumno y simplemente se dedican a su trabajo, su sueldo y poco más”. Solo al final de su intervención, cuando Sastre le pregunta cuántos hijos tiene y de qué edades, intuimos en qué grado su diagnóstico y recetas pueden estar motivados por un acendrado sentimiento de frustración debido a la falta de continuidad en los estudios por parte de uno de sus vástagos: uno de los dos ya “ha dejado de estudiar”, según cuenta, lo que le ha “mosqueado” tras haber “invertido tiempo y dinero” para haber finalmente “tirado la toalla”. ¿La razón? Ya “desde pequeñito”, para su hijo el colegio “era muy aburrido”. Sí: “la enseñanza está muy aburrida, está muy estancada”. ¿Que a uno de mis hijos nunca le ha gustado estudiar? La culpa es de esos haraganes de los maestros, que no lo han motivado y encima pretenden obtener un salario por ofrecer su fuerza de trabajo. 

No obstante, todo esto viene de antiguo y el relato goza de una dilatada trayectoria, como ejemplifica uno de los capítulos del programa televisivo de propaganda neoliberal disfrazado de divulgación científica Redes, una creación para TVE con la llegada del gobierno Aznar a La Moncloa en 1996 y presentado por Eduard Punset, quien, además de ejecutor de las políticas destructivas del FMI para Haití bajo la dictadura del genocida dictador Duvalier, fue exministro, conferenciante de lujo y especialista en convertir en papel mojado el Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España prestando su credibilidad como periodista a la publicidad de una conocida marca de refrescos y de otra no menos famosa empresa de pan de molde. El episodio en cuestión, emitido hace ya tres lustros, llevaba el directísimo título “El sistema educativo es anacrónico” y entre otras cosas contaba con una locución en off que imitaba de manera más basta que una infusión de pan rallado una vocecita infantil con un revelador parlamento: “¿Pero cómo voy a estar atento en clase? Datos y datos, fórmulas, información… ¡Si ya no me acuerdo de lo que estudié el año de pasado! Que si la capital de Ecuador es Quito… ¡Pero si seguro que eso está en Google! Me parece que nos enseñan igual que antes. Nos educan igual que a mis padres y a mis abuelos, y a los padres de mis abuelos. Así es difícil estar motivados. ¿Por qué no intentan motivarnos, para que seamos creativos, para que inventemos, para que soñemos, que nos den ganas de aprender?”. 

Es obvio que sobran los comentarios. Les dejo con el repaso a la cuestión que hacen Olga García Fernández y Enrique Galindo Ferrández. ¿Falta de diagnóstico temprano en relación con problemas de aprendizaje en infantil? ¿Detección a tiempo de dislexia, afasia, discalculia, etcétera, dotando a los alumnos de las herramientas básicas para hablar, leer y escribir con sentido? Nada de eso. Porque “la propaganda masiva contra la ‘escuela tradicional’ funciona. Los medios de comunicación y el Ministerio de Educación están invirtiendo millones en la expansión de un virus del terror” cuyo mensaje básico es que las llamadas metodologías activas son el remedio para superar el fracaso escolar, lo que, de paso, “permite también actualizar y reciclar al profesorado indolente y cobarde que no quiere salir de su zona de confort”. No en vano, de acuerdo con esta narrativa vírica, “la ‘poco sexy’ escuela pública tradicional y sus docentes, adocenados tras aprobar una oposición, tienen la culpa de que, en el ejercicio de una metodología anticuada y poco participativa”, o sea, la enseñanza basada en la instrucción, se estén produciendo niveles elevados de fracaso escolar, bien por informes como PISA, bien por un elevado índice de abandono. 

Decían los Siniestro Total que “la culpa de todo / la tiene Yoko Ono” y las Yoko Ono del sistema educativo somos los profes. Entretanto, me voy colocando la nariz de clown (todo mi respeto a la noble profesión de payaso) y voy ensayando juegos malabares para mis próximas clases. Todo sea por la gamificación. 

El famoso concurso televisivo Un, dos, tres, responda otra vez forma parte de la memoria sentimental de quienes ya hemos entrado en la cincuentena. Recuerdo que al final de la cabecera un rótulo nos aclaraba: “Y si algo falla, el responsable de todo esto es… Narciso Ibáñez Serrador”; esto es, su director. El discurso mediático, político y académico (extraescuela) ha encontrado un comodín donde focalizar las culpas de todos los problemas del sistema educativo: su Chicho Ibáñez Serrador es el profesorado, entendido como un colectivo holgazán y acomodado que, de acuerdo con la caricatura al uso, se empeña en dictar el contenido de sus apuntes amarillentos sin preocuparse un ápice por si sus alumnos le siguen. 

En el artículo anterior hacíamos referencia a cómo la cadena SER, a raíz de la difusión de los resultados del último informe PISA, dedicó un programa a analizar el sistema educativo siempre desde los parámetros de la doctrina neoliberal. El punto analizado era la trivialización de la importancia de las bajadas de ratios, pero esta vez abordaremos este otro leitmotiv con el que se nos obsequió en la emisora de Prisa. 

En el primer tramo el periodista conductor del programa, José Luis Sastre, glosa la propuesta de una alumna de 15 años que se queja de que “cuesta mantener la atención” y que pide a los profesores que hagan “las clases más dinámicas”. Poco después Sandra Santurde, una profesora de lengua y literatura de secundaria, desempeñará fielmente el papel de tío Tom haciendo suyo el discurso hegemónico afirmando que se puede, aunque “es verdad que hay docentes que todavía están anclados en la metodología tradicional: alumnado como sinónimo de oyente y de examen escrito”.

Como explican Javier Mestre y Carlos Fernández Liria, hasta ahora el sentido común dejaba claro que la función de los docentes era enseñar y evalúar los aprendizajes, transmitiendo  unos contenidos; si el alumno no demuestra que sabe lo suficiente, suspende. Sin embargo, peligra ese arraigado modo de entender la enseñanza, ya que algunos hacen ver eso como una barbaridad antediluviana de acuerdo con una serie de “sueños húmedos de la pedagogía de los que se sirve el poder”, como parte de una agenda oculta contra lo que supuso la consolidación del sistema público de enseñanza en el último segmento del siglo pasado. 

Por su parte, Jordi Martí se ha encargado de categorizar el ya tradicional deporte como la ‘caza al docente’, que consiste en presentar al profesorado “como culpable de casi todo”: fracaso escolar, desmotivación, consecuencias de las recetas de laboratorio pedagógico… El último factor ahora parece ser la influencia que sobre el aparato neurocognitivo del alumnado ejercen los dispositivos digitales y los algoritmos adictivos, pero son los sospechosos habituales “quienes están cada mañana delante de treinta alumnos, con una presión social creciente y con una mochila de responsabilidades que no deja de engordar”. Bajar la exigencia, disfrazar la falta de rigor como inclusión, vaciar de contenido la enseñanza y convertir el saber en un accesorio poco digno de confianza, en última instancia, deja vendidos a los alumnos que menos herramientas de emancipación tienen fuera del aula, lo cual, ciertamente, no tiene nada de progresista. 

Pero volvamos al reportaje de la SER, donde en un momento dado entra en antena la llamada telefónica de “Javier”, un padre que se suma a la caza de brujas sentenciando que “lo más aburrido que hay para un chaval hoy es ir a un instituto y prestar atención cien por cien cuando en un minuto, un vídeo tonto de TikTok, por ejemplo, les flipa y les entretiene”. En contraste, “una hora de clase con el profesor X les aburre. Llevamos demasiado tiempo con lo mismo; todo ha avanzado, pero la enseñanza no. Entonces, pues a lo mejor habría que recurrir a copiar a TikTok para que presten la atención”. Tras este anodino preámbulo, el desconcertado progenitor echa mano de la cabeza de turco recurrente para decir que “hay muchos profesores que simplemente pues no tienen en absoluto interés por el alumno y simplemente se dedican a su trabajo, su sueldo y poco más”. Solo al final de su intervención, cuando Sastre le pregunta cuántos hijos tiene y de qué edades, intuimos en qué grado su diagnóstico y recetas pueden estar motivados por un acendrado sentimiento de frustración debido a la falta de continuidad en los estudios por parte de uno de sus vástagos: uno de los dos ya “ha dejado de estudiar”, según cuenta, lo que le ha “mosqueado” tras haber “invertido tiempo y dinero” para haber finalmente “tirado la toalla”. ¿La razón? Ya “desde pequeñito”, para su hijo el colegio “era muy aburrido”. Sí: “la enseñanza está muy aburrida, está muy estancada”. ¿Que a uno de mis hijos nunca le ha gustado estudiar? La culpa es de esos haraganes de los maestros, que no lo han motivado y encima pretenden obtener un salario por ofrecer su fuerza de trabajo. 

No obstante, todo esto viene de antiguo y el relato goza de una dilatada trayectoria, como ejemplifica uno de los capítulos del programa televisivo de propaganda neoliberal disfrazado de divulgación científica Redes, una creación para TVE con la llegada del gobierno Aznar a La Moncloa en 1996 y presentado por Eduard Punset, quien, además de ejecutor de las políticas destructivas del FMI para Haití bajo la dictadura del genocida dictador Duvalier, fue exministro, conferenciante de lujo y especialista en convertir en papel mojado el Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España prestando su credibilidad como periodista a la publicidad de una conocida marca de refrescos y de otra no menos famosa empresa de pan de molde. El episodio en cuestión, emitido hace ya tres lustros, llevaba el directísimo título “El sistema educativo es anacrónico” y entre otras cosas contaba con una locución en off que imitaba de manera más basta que una infusión de pan rallado una vocecita infantil con un revelador parlamento: “¿Pero cómo voy a estar atento en clase? Datos y datos, fórmulas, información… ¡Si ya no me acuerdo de lo que estudié el año de pasado! Que si la capital de Ecuador es Quito… ¡Pero si seguro que eso está en Google! Me parece que nos enseñan igual que antes. Nos educan igual que a mis padres y a mis abuelos, y a los padres de mis abuelos. Así es difícil estar motivados. ¿Por qué no intentan motivarnos, para que seamos creativos, para que inventemos, para que soñemos, que nos den ganas de aprender?”. 

Es obvio que sobran los comentarios. Les dejo con el repaso a la cuestión que hacen Olga García Fernández y Enrique Galindo Ferrández. ¿Falta de diagnóstico temprano en relación con problemas de aprendizaje en infantil? ¿Detección a tiempo de dislexia, afasia, discalculia, etcétera, dotando a los alumnos de las herramientas básicas para hablar, leer y escribir con sentido? Nada de eso. Porque “la propaganda masiva contra la ‘escuela tradicional’ funciona. Los medios de comunicación y el Ministerio de Educación están invirtiendo millones en la expansión de un virus del terror” cuyo mensaje básico es que las llamadas metodologías activas son el remedio para superar el fracaso escolar, lo que, de paso, “permite también actualizar y reciclar al profesorado indolente y cobarde que no quiere salir de su zona de confort”. No en vano, de acuerdo con esta narrativa vírica, “la ‘poco sexy’ escuela pública tradicional y sus docentes, adocenados tras aprobar una oposición, tienen la culpa de que, en el ejercicio de una metodología anticuada y poco participativa”, o sea, la enseñanza basada en la instrucción, se estén produciendo niveles elevados de fracaso escolar, bien por informes como PISA, bien por un elevado índice de abandono. 

Decían los Siniestro Total que “la culpa de todo / la tiene Yoko Ono” y las Yoko Ono del sistema educativo somos los profes. Entretanto, me voy colocando la nariz de clown (todo mi respeto a la noble profesión de payaso) y voy ensayando juegos malabares para mis próximas clases. Todo sea por la gamificación. 

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