Opinión

La agenda extremista de El Moderado

No estoy seguro de si estas cosas son propias de políticos de derecha o, simplemente, de populistas que consiguen votos mediante políticas y medidas contrarias al pensamiento racional

  • Moreno y Feijóo, juntos en Málaga.

El avance del nacionalismo español, o, como Alexandre Herculano matizaría, “castellano”, en Andalucía es un hecho. Prueba de ello es el programa del Gobierno de coalición PP-Vox en Andalucía, firmado por Moreno Bonilla (a quien la prensa progubernamental tilda de moderado) y el representante local del partido ultra. A primera vista, un conjunto de ideas dispares, cuando no disparatadas, apenas puede considerarse un corpus ideológico ni el extremo de nada, más allá de la xenofobia y el rechazo al conocimiento recibido.

No estoy seguro de si estas cosas son propias de políticos de derecha o, simplemente, de populistas que consiguen votos mediante políticas y medidas contrarias al pensamiento racional. Por decirlo de otra forma, el ascenso de la extrema derecha en Alemania en los años treinta se basó en ideologías como el teosofismo, el romanticismo alemán, la supremacía de la supuesta raza aria y la eugenesia. Después vino el libro de Hitler, Mein Kampf, que engatusó a las masas con un discurso ultranacionalista, antisemita y antibolchevique, aunque con una retórica de muy bajo nivel. El libro —para quien lo haya ojeado alguna vez; yo lo hice hace muchos años en la librería Dillons de Bloomsbury, en Londres— pone en evidencia que su valor no supera al precio; esa, al menos, fue mi impresión.

Aun sin pretender hacer un análisis sistemático de un documento que resulta poco placentero de leer por sus afirmaciones, en ocasiones difamatorias y gramaticalmente absurdas (como “la degradación creciente y constante del Gobierno de España”), cabe preguntarse si no ejemplifica, precisamente, el “sentido común” pregonado por Vox. O si no hace lo mismo la apelación a la luz y la esperanza “frente al modelo de la mentira que tiene su mayor exponente en el Palacio de la Moncloa”.

El texto es rico en ideas de odio y prejuicios frente a los avances que ha registrado la humanidad en los últimos siglos: el humanismo, la Ilustración, las ideas de igualdad y cohesión social o el respeto por el medio ambiente y los animales. Entre los postulados que considera “progresistas” se encuentra, sorprendentemente, la preservación del medio natural, que se contrapone a “el campo”, un comodín y, a la vez, una suerte de mito que representa los intereses económicos del mundo rural.

Los ejes sobre los que gira el pacto de la legislatura, presentado como “un modelo de gestión radicalmente opuesto al declive ético y moral que define ahora mismo la gestión política nacional”, están en consonancia con las ideas inconexas y disparatadas del excéntrico Milei (la “desregulación”); el rechazo al Programa de las Naciones Unidas para 2030 y al acuerdo UE-Mercosur (como si la comunidad autónoma tuviera competencias para decidir sobre ellos; la “defensa de la tauromaquia y el mundo del toro ”; la “defensa y el fomento” de la caza, presentada como “herramienta clave para la gestión del medio natural”; el uso de las estadísticas para intentar criminalizar a los inmigrantes; la cancelación del programa de lengua y cultura marroquí en las escuelas donde se aplicaba; las políticas regresivas de lucha contra los supuestos okupas y el silencio ante el fraude fiscal generalizado de los arrendadores; y un sinfín de barbaridades que probablemente ni siquiera merezca la pena analizar.

En el trasfondo del pacto cabe preguntarse en qué ideología o filosofía se fundamenta, cuál es, en definitiva, su naturaleza ontológica. Si el nazismo hundía sus raíces en el ocultismo y la pseudociencia teosófica de Madame Blavatsky y Guido von List, y el fascismo italiano en las grandezas de Roma como imperio —con su puesta en escena, incluidas sus legiones y el célebre saludo brazo en alto, posteriormente copiado por nazis y falangistas—, en la actualidad el espejo en el que se miran los partidos ultras de Europa y también de América son Donald Trump e Israel.

Aquel es un notorio inepto social y, seguramente, también un niño malcriado (ahora con ochenta años) cuyo norte parece ser su ego personal y su narcisismo ad ridiculum. El republicano, al contrario que Ronald Reagan, no representa tanto una ideología como una forma de hacer política basada en la intimidación (tanto de sus enemigos como de sus aliados) y en los disparates: desde el uso de la lejía para acabar con el Covid-19 hasta la propuesta de convertir el campo de concentración de Gaza en un megacomplejo turístico, que su yerno ya ha presentado obscenamente con IA.

Junto al inquilino de la Casa Blanca, el otro agente idealizado por la ultraderecha mundial es Mileikowsky, alias Netanyahu (que suena más semítico). El genocida de Oriente Próximo ha conseguido lo que parecía imposible: que la ultraderecha europea, originalmente antisemita de judíos, se haya convertido en antisemita de palestinos. La aparente paradoja no oculta otra cosa que la admiración por la violencia y el uso de la fuerza para eliminar al otro, al considerado enemigo o indeseable.

La historia y la producción de Hollywood desde el final de la Segunda Guerra Mundial hacen que ahora no resulte factible la defensa del Tercer Reich y sus adláteres. Pero el sionismo, tanto para el PP como para Vox, representa una oportunidad única para contemplar sobre el terreno la limpieza étnica y el genocidio, la aniquilación de quienes son considerados inferiores, a manos de quienes se consideran supervivientes del holocausto y sus descendientes, y de quienes se consideran el pueblo elegido por Dios. El expansionismo militar de Israel y su brutal colonización de los Territorios Ocupados constituyen el modelo en el que se inspiran los fascistas de nuestro tiempo.

Entre las cosas más patéticas que ha comprado el PP está lo de las leyes y agendas “ideológicas”, otra perversión del lenguaje, esta vez pueril, dirigida expresamente a personas con escasa capacidad de discernimiento. Evidentemente, la ideología de ellos (que podríamos situar entre el fascismo del siglo XXI y el populismo) no la hacen explícita, nunca. Por si fuera poco, el documento se prodiga en llamamientos al “sentido común” (en realidad “pulsiones viscerales”) que esgrimen “frente a la inmigración desordenada por la inexistente política en tal sentido por parte del Gobierno de España”. Algo que ellos mismos se encargan de negar poco después, cuando denuncian que “el Gobierno de Pedro Sánchez… promueve la llegada masiva de menores ilegales”.

Entre lo más siniestro cabe citar “el endurecimiento del régimen interno de los centros de menores”, una política inspirada en el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Ben-Gvir, un terrorista que tiene vetada la entrada en países como España o Francia. A ello hay que sumar, en el apartado de educación, uno de los ámbitos donde más se pone de manifiesto la ideología extremista de la coalición: la enseñanza de “la historia del terrorismo en España”. Cabría pensar que, si se trata de algo de interés educativo, habría de ser abordado de forma general y no local. Lo que parece claro es que la agenda ideológica del jefe de Vox, exmiembro del PP en el País Vasco, no va a hablar del terrorismo que en Andalucía segó las vidas de García Caparrós y Javier Verdejo; ni del caso Almería, y mucho menos de masacres como la de Casas Viejas, en 1933; todos ellos relacionados, de una u otra forma, con miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, especialmente la Guardia Civil. En el mismo apartado también se anuncia la retirada progresiva del sector público de la enseñanza secundaria, que se va a encomendar ahora a los curas. Estos, junto con los toreros, son el norte simbólico que orienta al nuevo Consejo de Gobierno.

El último apartado, sobre “leyes ideológicas”, anuncia una “ley de Concordia” que sustituirá a la normativa vigente en materia de memoria histórica. El documento no da pistas sobre qué concordia se pretende legislar, si es la misma que destila el texto del pacto de gobierno o si tal cosa puede acaso establecerse mediante una norma. Las leyes de memoria histórica en España están dirigidas a reparar el daño provocado por el golpe de Estado de 1936, que fracasó y derivó en una guerra civil, seguida de cuarenta años de dictadura. En los países europeos que formaron parte de las potencias del Eje, o se alinearon con ellas, se han llevado a cabo programas similares destinados a “normalizar” la situación y desterrar el fascismo. España —que no fue liberada por los Aliados y donde no hubo una Revolución de los Claveles— ha sido, hasta hace no mucho, una excepción, dada su larga y difícil transición a la democracia.

Finalmente, se dice “que se garantizará que toda la acción del Gobierno… se inspirará en los principios de libertad, eficiencia y austeridad, renunciando expresamente a todo intento de imprimir cualquier sesgo ideológico o condicionar el libre pensamiento y juicio de los ciudadanos”, cosas que, al parecer, ellos, que no tienen ideología, no hacen.

Un ejercicio de cinismo sin par que pretende hacer pasar las ayudas a las corridas de toros y a la caza —en terminología económica, bienes privados y no públicos— y las políticas regresivas como un ejercicio de buen gobierno basado en la austeridad y el bien común. Un fraude político consistente en una colección de dogmas que se presenta en términos grandilocuentes, propios de una democracia avanzada.

El avance del nacionalismo español, o, como Alexandre Herculano matizaría, “castellano”, en Andalucía es un hecho. Prueba de ello es el programa del Gobierno de coalición PP-Vox en Andalucía, firmado por Moreno Bonilla (a quien la prensa progubernamental tilda de moderado) y el representante local del partido ultra. A primera vista, un conjunto de ideas dispares, cuando no disparatadas, apenas puede considerarse un corpus ideológico ni el extremo de nada, más allá de la xenofobia y el rechazo al conocimiento recibido.

No estoy seguro de si estas cosas son propias de políticos de derecha o, simplemente, de populistas que consiguen votos mediante políticas y medidas contrarias al pensamiento racional. Por decirlo de otra forma, el ascenso de la extrema derecha en Alemania en los años treinta se basó en ideologías como el teosofismo, el romanticismo alemán, la supremacía de la supuesta raza aria y la eugenesia. Después vino el libro de Hitler, Mein Kampf, que engatusó a las masas con un discurso ultranacionalista, antisemita y antibolchevique, aunque con una retórica de muy bajo nivel. El libro —para quien lo haya ojeado alguna vez; yo lo hice hace muchos años en la librería Dillons de Bloomsbury, en Londres— pone en evidencia que su valor no supera al precio; esa, al menos, fue mi impresión.

Aun sin pretender hacer un análisis sistemático de un documento que resulta poco placentero de leer por sus afirmaciones, en ocasiones difamatorias y gramaticalmente absurdas (como “la degradación creciente y constante del Gobierno de España”), cabe preguntarse si no ejemplifica, precisamente, el “sentido común” pregonado por Vox. O si no hace lo mismo la apelación a la luz y la esperanza “frente al modelo de la mentira que tiene su mayor exponente en el Palacio de la Moncloa”.

El texto es rico en ideas de odio y prejuicios frente a los avances que ha registrado la humanidad en los últimos siglos: el humanismo, la Ilustración, las ideas de igualdad y cohesión social o el respeto por el medio ambiente y los animales. Entre los postulados que considera “progresistas” se encuentra, sorprendentemente, la preservación del medio natural, que se contrapone a “el campo”, un comodín y, a la vez, una suerte de mito que representa los intereses económicos del mundo rural.

Los ejes sobre los que gira el pacto de la legislatura, presentado como “un modelo de gestión radicalmente opuesto al declive ético y moral que define ahora mismo la gestión política nacional”, están en consonancia con las ideas inconexas y disparatadas del excéntrico Milei (la “desregulación”); el rechazo al Programa de las Naciones Unidas para 2030 y al acuerdo UE-Mercosur (como si la comunidad autónoma tuviera competencias para decidir sobre ellos; la “defensa de la tauromaquia y el mundo del toro ”; la “defensa y el fomento” de la caza, presentada como “herramienta clave para la gestión del medio natural”; el uso de las estadísticas para intentar criminalizar a los inmigrantes; la cancelación del programa de lengua y cultura marroquí en las escuelas donde se aplicaba; las políticas regresivas de lucha contra los supuestos okupas y el silencio ante el fraude fiscal generalizado de los arrendadores; y un sinfín de barbaridades que probablemente ni siquiera merezca la pena analizar.

En el trasfondo del pacto cabe preguntarse en qué ideología o filosofía se fundamenta, cuál es, en definitiva, su naturaleza ontológica. Si el nazismo hundía sus raíces en el ocultismo y la pseudociencia teosófica de Madame Blavatsky y Guido von List, y el fascismo italiano en las grandezas de Roma como imperio —con su puesta en escena, incluidas sus legiones y el célebre saludo brazo en alto, posteriormente copiado por nazis y falangistas—, en la actualidad el espejo en el que se miran los partidos ultras de Europa y también de América son Donald Trump e Israel.

Aquel es un notorio inepto social y, seguramente, también un niño malcriado (ahora con ochenta años) cuyo norte parece ser su ego personal y su narcisismo ad ridiculum. El republicano, al contrario que Ronald Reagan, no representa tanto una ideología como una forma de hacer política basada en la intimidación (tanto de sus enemigos como de sus aliados) y en los disparates: desde el uso de la lejía para acabar con el Covid-19 hasta la propuesta de convertir el campo de concentración de Gaza en un megacomplejo turístico, que su yerno ya ha presentado obscenamente con IA.

Junto al inquilino de la Casa Blanca, el otro agente idealizado por la ultraderecha mundial es Mileikowsky, alias Netanyahu (que suena más semítico). El genocida de Oriente Próximo ha conseguido lo que parecía imposible: que la ultraderecha europea, originalmente antisemita de judíos, se haya convertido en antisemita de palestinos. La aparente paradoja no oculta otra cosa que la admiración por la violencia y el uso de la fuerza para eliminar al otro, al considerado enemigo o indeseable.

La historia y la producción de Hollywood desde el final de la Segunda Guerra Mundial hacen que ahora no resulte factible la defensa del Tercer Reich y sus adláteres. Pero el sionismo, tanto para el PP como para Vox, representa una oportunidad única para contemplar sobre el terreno la limpieza étnica y el genocidio, la aniquilación de quienes son considerados inferiores, a manos de quienes se consideran supervivientes del holocausto y sus descendientes, y de quienes se consideran el pueblo elegido por Dios. El expansionismo militar de Israel y su brutal colonización de los Territorios Ocupados constituyen el modelo en el que se inspiran los fascistas de nuestro tiempo.

Entre las cosas más patéticas que ha comprado el PP está lo de las leyes y agendas “ideológicas”, otra perversión del lenguaje, esta vez pueril, dirigida expresamente a personas con escasa capacidad de discernimiento. Evidentemente, la ideología de ellos (que podríamos situar entre el fascismo del siglo XXI y el populismo) no la hacen explícita, nunca. Por si fuera poco, el documento se prodiga en llamamientos al “sentido común” (en realidad “pulsiones viscerales”) que esgrimen “frente a la inmigración desordenada por la inexistente política en tal sentido por parte del Gobierno de España”. Algo que ellos mismos se encargan de negar poco después, cuando denuncian que “el Gobierno de Pedro Sánchez… promueve la llegada masiva de menores ilegales”.

Entre lo más siniestro cabe citar “el endurecimiento del régimen interno de los centros de menores”, una política inspirada en el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Ben-Gvir, un terrorista que tiene vetada la entrada en países como España o Francia. A ello hay que sumar, en el apartado de educación, uno de los ámbitos donde más se pone de manifiesto la ideología extremista de la coalición: la enseñanza de “la historia del terrorismo en España”. Cabría pensar que, si se trata de algo de interés educativo, habría de ser abordado de forma general y no local. Lo que parece claro es que la agenda ideológica del jefe de Vox, exmiembro del PP en el País Vasco, no va a hablar del terrorismo que en Andalucía segó las vidas de García Caparrós y Javier Verdejo; ni del caso Almería, y mucho menos de masacres como la de Casas Viejas, en 1933; todos ellos relacionados, de una u otra forma, con miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, especialmente la Guardia Civil. En el mismo apartado también se anuncia la retirada progresiva del sector público de la enseñanza secundaria, que se va a encomendar ahora a los curas. Estos, junto con los toreros, son el norte simbólico que orienta al nuevo Consejo de Gobierno.

El último apartado, sobre “leyes ideológicas”, anuncia una “ley de Concordia” que sustituirá a la normativa vigente en materia de memoria histórica. El documento no da pistas sobre qué concordia se pretende legislar, si es la misma que destila el texto del pacto de gobierno o si tal cosa puede acaso establecerse mediante una norma. Las leyes de memoria histórica en España están dirigidas a reparar el daño provocado por el golpe de Estado de 1936, que fracasó y derivó en una guerra civil, seguida de cuarenta años de dictadura. En los países europeos que formaron parte de las potencias del Eje, o se alinearon con ellas, se han llevado a cabo programas similares destinados a “normalizar” la situación y desterrar el fascismo. España —que no fue liberada por los Aliados y donde no hubo una Revolución de los Claveles— ha sido, hasta hace no mucho, una excepción, dada su larga y difícil transición a la democracia.

Finalmente, se dice “que se garantizará que toda la acción del Gobierno… se inspirará en los principios de libertad, eficiencia y austeridad, renunciando expresamente a todo intento de imprimir cualquier sesgo ideológico o condicionar el libre pensamiento y juicio de los ciudadanos”, cosas que, al parecer, ellos, que no tienen ideología, no hacen.

Un ejercicio de cinismo sin par que pretende hacer pasar las ayudas a las corridas de toros y a la caza —en terminología económica, bienes privados y no públicos— y las políticas regresivas como un ejercicio de buen gobierno basado en la austeridad y el bien común. Un fraude político consistente en una colección de dogmas que se presenta en términos grandilocuentes, propios de una democracia avanzada.

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