Ediciones:

Seguir en Discover

escuela de salud

El silencio que mata dos veces

Frente al tabú del suicidio masculino, las historias de quienes sobreviven a la pérdida muestran que hablar, escuchar y acompañar también forman parte de la prevención

  • Tres de cada cuatro personas que mueren por suicidio en España son hombres.

Cuando hablamos de suicidio solemos mirar a quienes mueren. Es lógico. Son las vidas truncadas las que ocupan titulares, estadísticas y debates públicos. Pero existe otra realidad menos visible que también merece nuestra atención: la de quienes sobreviven a la pérdida. Y entre ellos, la de los hombres que cargan con un duelo que a menudo viven en silencio.

Sabemos que cerca de tres de cada cuatro personas que mueren por suicidio en España son hombres. Durante años hemos intentado comprender por qué. Los expertos apuntan a factores sociales y culturales relacionados con la masculinidad tradicional: la autosuficiencia, el control emocional, la dificultad para pedir ayuda o reconocer vulnerabilidad. Sin embargo, existe otra pregunta igual de importante y mucho menos explorada: ¿qué ocurre con los hombres cuando son ellos quienes pierden a un ser querido por suicidio? La respuesta no es tranquilizadora.

Las investigaciones muestran que los hombres supervivientes de suicidio afrontan barreras específicas para elaborar el duelo. A la tristeza, el shock o la añoranza se suman emociones particularmente intensas como la culpa, la vergüenza y la sensación persistente de responsabilidad. El conocido “¿y si hubiera hecho algo más?” puede acompañarles durante años. Y, paradójicamente, quienes más necesitan apoyo suelen ser quienes más dificultades encuentran para pedirlo.

La razón vuelve a estar relacionada con el mismo modelo de masculinidad que contribuye a explicar las elevadas tasas de suicidio masculino. A muchos hombres se les ha enseñado que deben poder solos. Que expresar sufrimiento es una forma de debilidad. Que mostrarse vulnerables supone perder valor social. El resultado es que el duelo se convierte en una experiencia profundamente aislada.

No es casualidad que muchos hombres canalicen el dolor refugiándose en el trabajo, aumentando el consumo de alcohol o encerrándose emocionalmente. No es que no sufran. Es que han aprendido a sufrir en silencio.

Los testimonios recogidos por mi en Más de 11 vidas muestran con una claridad conmovedora las consecuencias de ese silencio. Personas como Cristina Blanco, Susi de León, Alberto Gómez, Carmen Sánchez Alegre o Silvia Hernández narran historias atravesadas por el dolor, pero también por una constatación incómoda: el suicidio no termina con la muerte. Continúa en las familias. Continúa en las preguntas sin respuesta. Continúa en la culpa que acompaña a madres, hermanos, hijos y parejas durante años. Continúa también en las carencias de un sistema que muchas veces llega tarde o simplemente no llega.

Cristina Blanco denuncia cómo su marido estaba dentro del sistema sanitario y, aun así, faltó seguimiento, apoyo familiar y evaluación adecuada. Silvia Hernández recuerda que tras el suicidio de su hermano no encontró psicólogos especializados, sino pastillas para dormir y derivaciones que nunca llegaron. Ambas ponen voz a una realidad que demasiadas familias conocen: la sensación de abandono institucional cuando más vulnerables se encuentran.

Pero el libro también muestra algo extraordinario. La capacidad humana para transformar el dolor en comunidad.

Susi de León encontró en la escritura una forma de mantenerse viva tras el suicidio de su marido. Más tarde impulsó grupos de ayuda mutua y participó en la creación de la asociación Ubuntu. Alberto y Carmen transformaron décadas de silencio en libros que hoy ayudan a otros supervivientes a poner palabras a lo que sienten. Silvia convirtió su experiencia en activismo, educación emocional y sensibilización.

Todos ellos llegaron a una misma conclusión: hablar ayuda.

Puede parecer una afirmación sencilla, pero tiene una enorme profundidad. Porque el suicidio sigue siendo uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad. Muchas personas no saben qué decir a quien ha perdido a un familiar. Otras cambian de tema. Algunas evitan incluso pronunciar la palabra suicidio. El silencio aparece con la intención de proteger, pero acaba aislando.

Y sin embargo, los supervivientes suelen necesitar exactamente lo contrario: escucha, acompañamiento y espacios seguros donde expresar lo que sienten sin miedo al juicio.

Quizá por eso uno de los hallazgos más esperanzadores de los estudios sobre duelo por suicidio sea la importancia del apoyo entre iguales. Encontrar a otras personas que han pasado por experiencias similares rompe el aislamiento. Permite comprender que la culpa, la rabia o la tristeza forman parte de un proceso compartido. Y, sobre todo, ofrece algo imprescindible: esperanza.

La esperanza de que el dolor no desaparece, pero se transforma.

La esperanza de que es posible volver a vivir sin traicionar el recuerdo de quien murió.

La esperanza de que pedir ayuda no es una derrota, sino una forma de resistencia.

Necesitamos hablar más del suicidio masculino, pero también del duelo masculino. Necesitamos cuestionar una cultura que sigue premiando la fortaleza silenciosa mientras castiga la vulnerabilidad. Necesitamos sistemas sanitarios que acompañen a las familias desde el primer momento y redes comunitarias que eviten que nadie atraviese este proceso en soledad.

Porque el suicidio mata una vida, pero el silencio puede seguir dañando muchas más.

Y porque, como muestran las historias de Más de 11 vidas, la reconstrucción comienza cuando alguien escucha, cuando alguien acompaña y cuando alguien se atreve a decir en voz alta aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto.

Hablar importa.

Acompañar importa.

Escuchar importa.

Y quizá ahí, precisamente ahí, empiece la prevención que todavía nos falta.

Cuando hablamos de suicidio solemos mirar a quienes mueren. Es lógico. Son las vidas truncadas las que ocupan titulares, estadísticas y debates públicos. Pero existe otra realidad menos visible que también merece nuestra atención: la de quienes sobreviven a la pérdida. Y entre ellos, la de los hombres que cargan con un duelo que a menudo viven en silencio.

Sabemos que cerca de tres de cada cuatro personas que mueren por suicidio en España son hombres. Durante años hemos intentado comprender por qué. Los expertos apuntan a factores sociales y culturales relacionados con la masculinidad tradicional: la autosuficiencia, el control emocional, la dificultad para pedir ayuda o reconocer vulnerabilidad. Sin embargo, existe otra pregunta igual de importante y mucho menos explorada: ¿qué ocurre con los hombres cuando son ellos quienes pierden a un ser querido por suicidio? La respuesta no es tranquilizadora.

Las investigaciones muestran que los hombres supervivientes de suicidio afrontan barreras específicas para elaborar el duelo. A la tristeza, el shock o la añoranza se suman emociones particularmente intensas como la culpa, la vergüenza y la sensación persistente de responsabilidad. El conocido “¿y si hubiera hecho algo más?” puede acompañarles durante años. Y, paradójicamente, quienes más necesitan apoyo suelen ser quienes más dificultades encuentran para pedirlo.

La razón vuelve a estar relacionada con el mismo modelo de masculinidad que contribuye a explicar las elevadas tasas de suicidio masculino. A muchos hombres se les ha enseñado que deben poder solos. Que expresar sufrimiento es una forma de debilidad. Que mostrarse vulnerables supone perder valor social. El resultado es que el duelo se convierte en una experiencia profundamente aislada.

No es casualidad que muchos hombres canalicen el dolor refugiándose en el trabajo, aumentando el consumo de alcohol o encerrándose emocionalmente. No es que no sufran. Es que han aprendido a sufrir en silencio.

Los testimonios recogidos por mi en Más de 11 vidas muestran con una claridad conmovedora las consecuencias de ese silencio. Personas como Cristina Blanco, Susi de León, Alberto Gómez, Carmen Sánchez Alegre o Silvia Hernández narran historias atravesadas por el dolor, pero también por una constatación incómoda: el suicidio no termina con la muerte. Continúa en las familias. Continúa en las preguntas sin respuesta. Continúa en la culpa que acompaña a madres, hermanos, hijos y parejas durante años. Continúa también en las carencias de un sistema que muchas veces llega tarde o simplemente no llega.

Cristina Blanco denuncia cómo su marido estaba dentro del sistema sanitario y, aun así, faltó seguimiento, apoyo familiar y evaluación adecuada. Silvia Hernández recuerda que tras el suicidio de su hermano no encontró psicólogos especializados, sino pastillas para dormir y derivaciones que nunca llegaron. Ambas ponen voz a una realidad que demasiadas familias conocen: la sensación de abandono institucional cuando más vulnerables se encuentran.

Pero el libro también muestra algo extraordinario. La capacidad humana para transformar el dolor en comunidad.

Susi de León encontró en la escritura una forma de mantenerse viva tras el suicidio de su marido. Más tarde impulsó grupos de ayuda mutua y participó en la creación de la asociación Ubuntu. Alberto y Carmen transformaron décadas de silencio en libros que hoy ayudan a otros supervivientes a poner palabras a lo que sienten. Silvia convirtió su experiencia en activismo, educación emocional y sensibilización.

Todos ellos llegaron a una misma conclusión: hablar ayuda.

Puede parecer una afirmación sencilla, pero tiene una enorme profundidad. Porque el suicidio sigue siendo uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad. Muchas personas no saben qué decir a quien ha perdido a un familiar. Otras cambian de tema. Algunas evitan incluso pronunciar la palabra suicidio. El silencio aparece con la intención de proteger, pero acaba aislando.

Y sin embargo, los supervivientes suelen necesitar exactamente lo contrario: escucha, acompañamiento y espacios seguros donde expresar lo que sienten sin miedo al juicio.

Quizá por eso uno de los hallazgos más esperanzadores de los estudios sobre duelo por suicidio sea la importancia del apoyo entre iguales. Encontrar a otras personas que han pasado por experiencias similares rompe el aislamiento. Permite comprender que la culpa, la rabia o la tristeza forman parte de un proceso compartido. Y, sobre todo, ofrece algo imprescindible: esperanza.

La esperanza de que el dolor no desaparece, pero se transforma.

La esperanza de que es posible volver a vivir sin traicionar el recuerdo de quien murió.

La esperanza de que pedir ayuda no es una derrota, sino una forma de resistencia.

Necesitamos hablar más del suicidio masculino, pero también del duelo masculino. Necesitamos cuestionar una cultura que sigue premiando la fortaleza silenciosa mientras castiga la vulnerabilidad. Necesitamos sistemas sanitarios que acompañen a las familias desde el primer momento y redes comunitarias que eviten que nadie atraviese este proceso en soledad.

Porque el suicidio mata una vida, pero el silencio puede seguir dañando muchas más.

Y porque, como muestran las historias de Más de 11 vidas, la reconstrucción comienza cuando alguien escucha, cuando alguien acompaña y cuando alguien se atreve a decir en voz alta aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto.

Hablar importa.

Acompañar importa.

Escuchar importa.

Y quizá ahí, precisamente ahí, empiece la prevención que todavía nos falta.

Comentarios