Hay una pregunta que cada vez deberíamos hacernos con más frecuencia: ¿qué está pasando con nuestra Atención Primaria?
No solo porque haya dificultades para conseguir una cita. No solo porque haya centros de salud donde encontrar un hueco con el médico de familia puede significar esperar días o incluso semanas. No solo porque los profesionales estén cansados, porque las agendas estén tensionadas o porque la ciudadanía llegue a la consulta con una mezcla de necesidad, frustración y enfado.
La pregunta es más profunda: ¿Estamos ante una crisis coyuntural de la Atención Primaria o ante el final de una determinada forma de entenderla?
Porque quizá el problema no sea solamente que tardemos demasiado en conseguir una cita. Quizá el problema sea que estamos perdiendo aquello que durante décadas hizo de la Atención Primaria una pieza esencial del sistema sanitario.
La Atención Primaria no era simplemente una puerta de entrada. Era una puerta cercana. Era conocer al paciente. Saber quién era. Conocer su historia, su familia, su contexto, sus preocupaciones. Acompañar durante años. Detectar problemas antes de que fueran graves. Prevenir. Vacunar. Hacer seguimiento. Cuidar. Atender en casa cuando era necesario. Trabajar con la comunidad. Era, en definitiva, continuidad.
Y eso es mucho más difícil de construir que una agenda llena de citas.
La propia semFYC ha vuelto a poner el acento en algo que a veces olvidamos: la longitudinalidad y el componente comunitario son características propias de la Atención Primaria que facilitan la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad.
¿Por qué tardamos tanto en conseguir una cita?
La respuesta fácil es decir que faltan médicos. Pero la respuesta completa es bastante más incómoda.
Hay problemas de profesionales, sí. Pero también hay problemas de organización, de planificación, de sustituciones, de agendas, de distribución de recursos, de burocracia, de coordinación entre niveles y de un modelo que en muchos lugares ha ido convirtiendo al profesional de Atención Primaria en alguien que intenta apagar incendios durante todo el día.
El propio presupuesto andaluz de 2026 reconoce como objetivo mejorar las demoras mediante el seguimiento y gestión de las agendas de medicina de familia y enfermería. Pero la realidad es muy distinta y gestionar mejor una agenda no puede ser la respuesta completa. Porque podemos conseguir que haya más huecos disponibles (que no los tenemos) y seguir teniendo una Atención Primaria debilitada.
La accesibilidad es necesaria, pero no suficiente.
Una Atención Primaria de calidad necesita tiempo.
Tiempo para escuchar.
Tiempo para explorar.
Tiempo para explicar.
Tiempo para decidir conjuntamente.
Tiempo para prevenir.
Tiempo para hablar de aquello que no aparece en una analítica.
Tiempo, incluso, para que el paciente pueda decir: “Hay algo que me preocupa”.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro sistema.
Pedimos a la Atención Primaria que resuelva cada vez más problemas —envejecimiento, cronicidad, multimorbilidad, salud mental, prevención, fragilidad, dependencia, cuidados— pero seguimos organizándola muchas veces alrededor de la lógica de cuántos pacientes caben en una agenda. Eso no es transformar la Atención Primaria. Es intentar que sobreviva.
Los pacientes nos están diciendo
Hay otra cuestión que deberíamos mirar de frente.
El paciente que protesta. El paciente que llama varias veces. El paciente que se enfada porque no encuentra una cita. El paciente que dice que lleva diez días esperando.
Todo comportamiento agresivo es injustificable. La violencia nunca puede normalizarse y los profesionales necesitan protección. Pero tampoco deberíamos convertir automáticamente el enfado del paciente en un problema del paciente.
Porque a veces el enfado es un indicador de que algo no está funcionando.
Cuando alguien necesita atención y no consigue acceder a ella, aparece frustración. Cuando siente que nadie le explica qué está pasando, aparece desconfianza. Cuando tiene que acudir varias veces al centro para conseguir resolver un problema, aparece agotamiento. Y cuando finalmente llega a la consulta y el profesional también está desbordado, el encuentro puede convertirse en un choque entre dos personas que, en realidad, están sufriendo el mismo problema desde lugares diferentes.
El paciente y el profesional no son los dos lados del conflicto. Muchas veces son las dos víctimas de una mala organización.
Por eso deberíamos cambiar la pregunta. No preguntarnos solamente: “¿Por qué está enfadado este paciente?” Sino: ”¿Qué nos está diciendo su enfado sobre nuestro sistema?”
¿Es la Atención Primaria que conocíamos?
Quizá no.
Y sería ingenuo pensar que podemos volver exactamente a la Atención Primaria de hace veinte o treinta años.
La sociedad ha cambiado.
Los pacientes han cambiado.
Las enfermedades han cambiado.
La tecnología ha cambiado.
La esperanza de vida ha cambiado.
La cantidad de información que tiene la ciudadanía ha cambiado.
Y también ha cambiado la demanda.
Por eso no necesitamos recuperar el pasado.
Necesitamos reinventar la Atención Primaria sin perder su esencia.
Ese debería ser el gran debate.
No si la consulta es presencial o telefónica.
No si utilizamos una aplicación.
No si hacemos videoconsultas.
No si introducimos inteligencia artificial.
Todo eso puede ayudar.
Pero la tecnología no puede sustituir el vínculo.
Una aplicación puede facilitar una cita. No puede conocer la vida de una persona.
Una videoconsulta puede resolver un problema. No puede sustituir siempre una relación longitudinal.
Un algoritmo puede ayudar a identificar riesgos. No puede reemplazar completamente el juicio clínico, la escucha y la confianza.
La transformación digital debe servir para liberar tiempo clínico, no para llenar de burocracia digital el poco tiempo que queda.
¿Hacia dónde deberíamos ir?
Yo plantearía al menos siete grandes cambios.
Primero: garantizar accesibilidad real.
No debería ser normal esperar muchos días para contactar con tu equipo de referencia cuando tienes un problema de salud. Pero accesibilidad no significa necesariamente que todo tenga que ser visto por el médico y de manera presencial.
Significa que alguien debe valorar la necesidad, orientar y garantizar una respuesta adecuada.
Segundo: recuperar la longitudinalidad.
Que una persona tenga un profesional o un pequeño equipo de referencia que conozca su historia.
La continuidad no es nostalgia.
Es una herramienta clínica.
Tercero: ampliar la capacidad resolutiva.
La Atención Primaria necesita acceso ágil a pruebas diagnósticas, especialistas consultores y herramientas que permitan resolver más problemas sin convertir cada dificultad en una derivación hospitalaria.
El deterioro actual también tiene que ver con las dificultades de coordinación y con las limitaciones de acceso a determinadas pruebas desde el primer nivel.
Cuarto: recuperar la comunidad.
La Atención Primaria no puede vivir encerrada entre cuatro paredes.
Tiene que salir al barrio, al colegio, a las asociaciones, a los centros de mayores, a los espacios comunitarios.
Porque la salud no se fabrica únicamente en las consultas.
Quinto: cuidar a quienes cuidan.
No podemos pedir empatía a profesionales agotados.
No podemos pedir capacidad de escucha a quien encadena pacientes sin tiempo.
No podemos exigir calidad mientras la organización transmite permanentemente la sensación de que nunca se llega.
Cuidar a los profesionales no es un beneficio laboral.
Es una política de seguridad del paciente.
Sexto: investigar en Atención Primaria.
También necesitamos producir conocimiento desde allí.
La semFYC acaba de reivindicar precisamente la investigación en este ámbito, recordando que permite estudiar poblaciones completas, patologías prevalentes y grupos específicos y aprovechar la longitudinalidad y el componente comunitario.
Una Atención Primaria fuerte no solo atiende.
También investiga, evalúa, innova y aprende.
Séptimo: recuperar el orgullo de pertenecer a la Atención Primaria.
Esto puede parecer menor. No lo es.
Un sistema que transmite permanentemente que la Atención Primaria es el lugar donde se acumulan los problemas, las listas, la burocracia y las consultas que nadie quiere asumir termina perdiendo atractivo.
Necesitamos volver a explicar que trabajar en Atención Primaria significa estar en uno de los lugares más importantes de todo el sistema sanitario.
Porque allí se conoce a las personas antes de que sean pacientes complejos.
¿Qué espera la ciudadanía?
Esperamos poder pedir una cita y obtenerla en un tiempo razonable. Pero esperamos mucho más.
Esperamos que alguien nos conozca. Que nos escuche. Que nos explique. Que no tengamos que repetir nuestra historia cada vez. Que si necesitamos una prueba se pueda solicitar. Que si necesitamos un especialista exista coordinación. Que si tenemos una enfermedad crónica alguien nos acompañe. Que si somos mayores no tengamos que desplazarnos innecesariamente. Que si estamos solos alguien pueda detectar esa soledad. Que si tenemos miedo alguien pueda escucharlo.
Y, sobre todo, esperamos sentir que el sistema sanitario está de nuestro lado.
¿Y qué les debemos a los profesionales?
También mucho.
Les debemos tiempo.
Les debemos respeto.
Les debemos autonomía.
Les debemos equipos completos.
Les debemos capacidad de decisión.
Les debemos una organización razonable.
Y les debemos algo que quizá hemos olvidado: confianza.
No podemos construir la Atención Primaria del futuro desconfiando permanentemente de quienes trabajan en ella.
¿Y qué nos gustaría?
Nos gustaría una Atención Primaria que no fuera simplemente la primera parada del sistema.
Que fuera su corazón.
Una Atención Primaria capaz de resolver, prevenir, cuidar, acompañar y coordinar.
Una Atención Primaria que utilice la tecnología sin perder humanidad. Que incorpore nuevas profesiones y nuevos roles sin desdibujar las responsabilidades. Que tenga enfermería con capacidad real de desarrollo. Que integre fisioterapia, trabajo social, salud mental, farmacia, matronas y otros perfiles cuando sean necesarios. Que trabaje con los hospitales y no frente a ellos. Que cuide al paciente y también al profesional. Que mida resultados y no únicamente actividad. Y que vuelva a tener tiempo.
Porque quizá la gran pregunta no sea: ”¿Cómo conseguimos más citas?”
Quizá sea: ”¿Cómo conseguimos que cada encuentro sanitario vuelva a tener sentido?”
No volver atrás: avanzar
No creo que la Atención Primaria vaya a volver a ser exactamente lo que fue.
Y probablemente tampoco debería.
Pero sí podemos decidir qué queremos conservar.
La cercanía.
La confianza.
La continuidad.
La prevención.
La comunidad.
La capacidad de resolver.
La mirada integral.
La relación humana.
Y podemos decidir qué queremos cambiar.
La burocracia.
Las agendas imposibles.
La fragmentación.
La falta de coordinación.
La rigidez organizativa.
La infrautilización de otros profesionales.
La escasa capacidad investigadora.
La distancia entre quienes toman decisiones y quienes trabajan cada día con pacientes.
La Atención Primaria está ante una nueva coyuntura.
Puede convertirse en un servicio de citas rápidas, consultas fragmentadas y derivaciones. O puede convertirse en algo mucho más ambicioso: una Atención Primaria capaz de responder a la sociedad del siglo XXI.
Para eso no basta con poner más profesionales si después los organizamos igual.
No basta con abrir más agendas.
No basta con digitalizar.
No basta con anunciar planes.
Hace falta una visión. Hace falta inversión, sí. Pero sobre todo hace falta modelo.
Porque si seguimos debilitando aquello que hacía fuerte a la Atención Primaria, otros ocuparán el espacio.
Y entonces la discusión ya no será únicamente cuánto tarda una persona en conseguir una cita.
Será otra mucho más importante: ¿qué sistema sanitario queremos tener?
La respuesta debería ser clara. Uno en el que nadie tenga que elegir entre esperar demasiado o pagar para ser atendido. Uno en el que la Atención Primaria vuelva a ser accesible, resolutiva, cercana y humana.
No para regresar al pasado. Para construir el futuro que todavía estamos a tiempo de elegir.
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