El reciente "Acuerdo de gobierno y estabilidad para Andalucía" sellado entre el PP y Vox no es un simple cambio de cromos presupuestarios; es un rediseño de la arquitectura social desde los cimientos autonómicos hasta el último rincón de los municipios, ejecutado con la fría precisión de quien desmantela un motor que le incomoda. Bajo la bandera de la "desregulación" y la eficiencia, el pacto estipula una ofensiva coordinada que coloca al tejido asociativo —especialmente al feminista y al memorialista— en una encrucijada de supervivencia pura y dura.
La Junta ha descubierto que para vaciar de contenido una causa no hace falta prohibirla, basta con desangrarla financieramente. La medida 145 introduce el concepto de "utilidad pública efectiva", un filtro con tintes de tribunal de la Santa Inquisición administrativa que recortará al 50% las subvenciones de cualquier entidad privada que no se ajuste a lo que el nuevo Ejecutivo considere "común". Si a esto le sumamos la medida 149, que promete extirpar cualquier "sesgo ideológico" o de género, el resultado es evidente: el asociacionismo que ha sostenido el escudo social y la dignidad histórica de las barriadas andaluzas queda formalmente catalogado como gasto superfluo. La memoria democrática es la primera en sufrir el borrado institucional, sustituida por una "Ley de Concordia" que, en la práctica, opera como un decreto de amnesia obligatoria.
Pero el verdadero veneno de este acuerdo no viaja solo en las transferencias directas de San Telmo; viaja en la sibilina asfixia a la que se somete a la administración local. Al condicionar la entrega de la Patrica a una estricta rendición de cuentas (medida 147), la Junta no busca la excelencia contable de los ayuntamientos; busca un botón de pánico financiero. Un municipio asfixiado por las deudas —pensemos en las realidades de tantas corporaciones locales de nuestra tierra— que vea retenida su participación en los tributos autonómicos, se verá abocado a un sálvese quien pueda presupuestario. ¿Qué caerá primero? Los gastos obligatorios de personal no, desde luego. Caerá el tejido asociativo de base: la pequeña subvención local, el patrocinio al colectivo vecinal, el convenio de proximidad que cosía la vulnerabilidad en los barrios.
A esto se añade la obligatoriedad de la "perspectiva de familia" (medida 33), un rodillo transversal que obligará a los ayuntamientos a pasar por el aro si quieren rascar algo de los fondos regulados por la Consejería de Administración Local. Es una pinza perfecta. Las asociaciones que miraban a la Junta ven cómo se apaga el interruptor por decreto ideológico; las que miraban al ayuntamiento se encuentran con unas arcas municipales vacías o condicionadas por la nueva doctrina familiar tradicional. Al final de la digestión de este pacto, lo que queda no es una administración más eficiente, sino unas ciudades más mudas, más grises y con un tejido civil desahuciado por motivos de intervención política.
Ante este escenario de tierra quemada institucional, el asociacionismo andaluz no puede permitirse el lujo de la melancolía ni el letargo de la queja de salón. La pinza regulatoria ya está en marcha, y los plazos administrativos no entienden de lamentos. Si los colectivos locales, las redes vecinales, las plataformas feministas y las entidades memorialistas no abandonan la fragmentación y activan una respuesta coordinada, firme y de base en cada municipio, el BOJA terminará por certificar su desaparición por inanición presupuestaria. La supervivencia del tejido civil que vertebra nuestra tierra ya no se juega en la negociación de un despacho, sino en la capacidad de movilización colectiva para defender, uña a uña, el derecho a seguir existiendo y disintiendo en el espacio público. O el asociacionismo se activa con urgencia como un escudo común, o la inercia de este pacto lo borrará del mapa local sin necesidad de levantar la voz.
El reciente "Acuerdo de gobierno y estabilidad para Andalucía" sellado entre el PP y Vox no es un simple cambio de cromos presupuestarios; es un rediseño de la arquitectura social desde los cimientos autonómicos hasta el último rincón de los municipios, ejecutado con la fría precisión de quien desmantela un motor que le incomoda. Bajo la bandera de la "desregulación" y la eficiencia, el pacto estipula una ofensiva coordinada que coloca al tejido asociativo —especialmente al feminista y al memorialista— en una encrucijada de supervivencia pura y dura.
La Junta ha descubierto que para vaciar de contenido una causa no hace falta prohibirla, basta con desangrarla financieramente. La medida 145 introduce el concepto de "utilidad pública efectiva", un filtro con tintes de tribunal de la Santa Inquisición administrativa que recortará al 50% las subvenciones de cualquier entidad privada que no se ajuste a lo que el nuevo Ejecutivo considere "común". Si a esto le sumamos la medida 149, que promete extirpar cualquier "sesgo ideológico" o de género, el resultado es evidente: el asociacionismo que ha sostenido el escudo social y la dignidad histórica de las barriadas andaluzas queda formalmente catalogado como gasto superfluo. La memoria democrática es la primera en sufrir el borrado institucional, sustituida por una "Ley de Concordia" que, en la práctica, opera como un decreto de amnesia obligatoria.
Pero el verdadero veneno de este acuerdo no viaja solo en las transferencias directas de San Telmo; viaja en la sibilina asfixia a la que se somete a la administración local. Al condicionar la entrega de la Patrica a una estricta rendición de cuentas (medida 147), la Junta no busca la excelencia contable de los ayuntamientos; busca un botón de pánico financiero. Un municipio asfixiado por las deudas —pensemos en las realidades de tantas corporaciones locales de nuestra tierra— que vea retenida su participación en los tributos autonómicos, se verá abocado a un sálvese quien pueda presupuestario. ¿Qué caerá primero? Los gastos obligatorios de personal no, desde luego. Caerá el tejido asociativo de base: la pequeña subvención local, el patrocinio al colectivo vecinal, el convenio de proximidad que cosía la vulnerabilidad en los barrios.
A esto se añade la obligatoriedad de la "perspectiva de familia" (medida 33), un rodillo transversal que obligará a los ayuntamientos a pasar por el aro si quieren rascar algo de los fondos regulados por la Consejería de Administración Local. Es una pinza perfecta. Las asociaciones que miraban a la Junta ven cómo se apaga el interruptor por decreto ideológico; las que miraban al ayuntamiento se encuentran con unas arcas municipales vacías o condicionadas por la nueva doctrina familiar tradicional. Al final de la digestión de este pacto, lo que queda no es una administración más eficiente, sino unas ciudades más mudas, más grises y con un tejido civil desahuciado por motivos de intervención política.
Ante este escenario de tierra quemada institucional, el asociacionismo andaluz no puede permitirse el lujo de la melancolía ni el letargo de la queja de salón. La pinza regulatoria ya está en marcha, y los plazos administrativos no entienden de lamentos. Si los colectivos locales, las redes vecinales, las plataformas feministas y las entidades memorialistas no abandonan la fragmentación y activan una respuesta coordinada, firme y de base en cada municipio, el BOJA terminará por certificar su desaparición por inanición presupuestaria. La supervivencia del tejido civil que vertebra nuestra tierra ya no se juega en la negociación de un despacho, sino en la capacidad de movilización colectiva para defender, uña a uña, el derecho a seguir existiendo y disintiendo en el espacio público. O el asociacionismo se activa con urgencia como un escudo común, o la inercia de este pacto lo borrará del mapa local sin necesidad de levantar la voz.
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