La muerte de dos guardias civiles frente a las costas de Huelva y Cádiz este viernes es un episodio más de agentes que se la juegan frente al narcotráfico. Un negocio de miles de millones que florece en Andalucía, tierra de entrada a Europa por sus amplias costas. Y parece que cada vez es un negocio más violento.
El caso más grave de los últimos tiempos es el de Barbate, donde en pleno puerto asesinaron a dos agentes. Lo ocurrido en Huelva tiene origen accidental. Pero son ya muchos los sucesos. En el Campo de Gibraltar, en muchos traslados de droga hay conductores escoltan la mercancía y tienen orden de chocar con los vehículos policiales para que la mercancía llegue a su destino.
El reguero de persecuciones de coche es constante en carreteras como la A-4, donde al recibir el alto los narcotraficantes hacen lo que sea por dar esquinazo, poniendo en peligro la seguridad de la vía. Espacios que hasta hace no mucho apenas tenían casos anecdóticos de presencia de droga son cada vez más empleados, como ocurre con el Guadalete. El Guadalquivir a su paso por la capital también ha visto la entrada de narcolanchas. Por el Guadiana también sube la droga hacia la Meseta con mayor frecuencia desde hace dos años, después de que se incrementara la presión en las costas de la Janda y el Campo de Gibraltar debido al doble asesinato de Barbate.
Este último suceso en Huelva llega después de una de las mayores noticias de operaciones contra la droga: 30 toneladas de cocaína incautadas en el Atlántico cuando se dirigían a España, una cantidad histórica. Eso puede marcar el mercado de sustancias para los próximos meses, pues es una cantidad muy grande.
Sin embargo, a pesar de que se producen avances, la sensación de impunidad crece entre buena parte de la población, que se pregunta si se está haciendo lo posible para evitar la proliferación tanto del narcotráfico como de la violencia que lleva aparejada. Ya desde hace años hay barrios donde la acción policial queda en entredicho, barrios calificados de 'difíciles' donde una minoría logra imponer su ley. Bloques de edificios donde huele a marihuana, se va la luz, y los vecinos no pueden responder a quienes les hacen la vida más difícil. Porque, no lo olvidemos, son quienes viven más cerca de esa droga los que sufren.
A todo ello se suma el consabido hartazgo de muchos agentes que no sienten que los dirigentes políticos que les mandan estén haciendo lo suficiente. Las críticas hacia el Ministerio del Interior son continuas. Piden más fondos, mejoras salariales, laborales, de medios, de instalaciones, del número de agentes...
Siempre se dijo que Barbate sería un antes y un después. Quizás en muchos aspectos lo haya sido. Pero no ha servido para que la necesaria acción del Estado se imponga en las costas andaluzas. No es un problema de fácil solución, y quizás la solución completa no exista en un territorio tan amplio y en frontera entre continentes. La pregunta es si al menos nos acercaremos a un estado de las cosas más sobrellevables. El contador de muertes sigue creciendo, y el de sucesos que cada cierto tiempo ponen los vellos de punta. Toca hacer algo más. Si existe verdadera indignación y consternación en estas horas tras las muertes de dos guardias civiles, debe convertirse en un deseo real de que las cosas cambien de una vez. Lo contrario significa dejar estar, permitir que las cosas continúen agravándose.
La muerte de dos guardias civiles frente a las costas de Huelva y Cádiz este viernes es un episodio más de agentes que se la juegan frente al narcotráfico. Un negocio de miles de millones que florece en Andalucía, tierra de entrada a Europa por sus amplias costas. Y parece que cada vez es un negocio más violento.
El caso más grave de los últimos tiempos es el de Barbate, donde en pleno puerto asesinaron a dos agentes. Lo ocurrido en Huelva tiene origen accidental. Pero son ya muchos los sucesos. En el Campo de Gibraltar, en muchos traslados de droga hay conductores escoltan la mercancía y tienen orden de chocar con los vehículos policiales para que la mercancía llegue a su destino.
El reguero de persecuciones de coche es constante en carreteras como la A-4, donde al recibir el alto los narcotraficantes hacen lo que sea por dar esquinazo, poniendo en peligro la seguridad de la vía. Espacios que hasta hace no mucho apenas tenían casos anecdóticos de presencia de droga son cada vez más empleados, como ocurre con el Guadalete. El Guadalquivir a su paso por la capital también ha visto la entrada de narcolanchas. Por el Guadiana también sube la droga hacia la Meseta con mayor frecuencia desde hace dos años, después de que se incrementara la presión en las costas de la Janda y el Campo de Gibraltar debido al doble asesinato de Barbate.
Este último suceso en Huelva llega después de una de las mayores noticias de operaciones contra la droga: 30 toneladas de cocaína incautadas en el Atlántico cuando se dirigían a España, una cantidad histórica. Eso puede marcar el mercado de sustancias para los próximos meses, pues es una cantidad muy grande.
Sin embargo, a pesar de que se producen avances, la sensación de impunidad crece entre buena parte de la población, que se pregunta si se está haciendo lo posible para evitar la proliferación tanto del narcotráfico como de la violencia que lleva aparejada. Ya desde hace años hay barrios donde la acción policial queda en entredicho, barrios calificados de 'difíciles' donde una minoría logra imponer su ley. Bloques de edificios donde huele a marihuana, se va la luz, y los vecinos no pueden responder a quienes les hacen la vida más difícil. Porque, no lo olvidemos, son quienes viven más cerca de esa droga los que sufren.
A todo ello se suma el consabido hartazgo de muchos agentes que no sienten que los dirigentes políticos que les mandan estén haciendo lo suficiente. Las críticas hacia el Ministerio del Interior son continuas. Piden más fondos, mejoras salariales, laborales, de medios, de instalaciones, del número de agentes...
Siempre se dijo que Barbate sería un antes y un después. Quizás en muchos aspectos lo haya sido. Pero no ha servido para que la necesaria acción del Estado se imponga en las costas andaluzas. No es un problema de fácil solución, y quizás la solución completa no exista en un territorio tan amplio y en frontera entre continentes. La pregunta es si al menos nos acercaremos a un estado de las cosas más sobrellevables. El contador de muertes sigue creciendo, y el de sucesos que cada cierto tiempo ponen los vellos de punta. Toca hacer algo más. Si existe verdadera indignación y consternación en estas horas tras las muertes de dos guardias civiles, debe convertirse en un deseo real de que las cosas cambien de una vez. Lo contrario significa dejar estar, permitir que las cosas continúen agravándose.
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