El lenguaje de la guerra

Sigamos defendiendo el humanismo; en la casa, en la calle, en la escuela, en el lugar de trabajo… Desde lo cotidiano, como una onda expansiva bienintencionada

11 de marzo de 2026 a las 09:32h
Estudiantes de la Universidad de Sevilla rompen el cordón de seguridad, durante una protesta contra la guerra en Palestina.
Estudiantes de la Universidad de Sevilla rompen el cordón de seguridad, durante una protesta contra la guerra en Palestina. MAURI BUHIGAS

Hace tiempo que las noticias, los titulares y los bulos están invadidos (perdón) por la terminología bélica. Vivimos una ofensiva (perdón de nuevo), en la que los que antes eran vecinos ahora son enemigos, los límites territoriales son fronteras infranqueables, las personas más débiles son rehenes a los que ni siquiera interesa intercambiar. Para qué, lo que importa es matar, aniquilar, apropiarse de este o aquel territorio, de esta o aquella industria.

Desde semanas atrás, se habla de comportamientos épicos. Los jóvenes que tengo a mi lado me dicen que es una palabra en desuso. Ya, respondo, pero a mí me gusta lo que representa. Y, seguramente, a otras personas de mi generación. Por eso, como muchos años antes, posicionarse contra la guerra se percibe como un acto de valentía.

El problema es que las guerras no han dejado de sucederse una tras otra, superponiéndose en las pantallas, perdiendo protagonismo unas en favor de otras. ¿Cuánto tiempo lleva el planeta en guerra, cuánto puede sostenerse el “no a la guerra”? Es una respuesta tan humana y, sin embargo, tan instrumentalizada que corre el peligro de convertirse en un símbolo, un lema de solapa al que podría reemplazar algún otro.

Recientemente, leía en un medio digital que, mientras medio mundo está en guerra, el otro medio continúa con su vida como si no pasara nada. Confieso que me sentí mal, porque hay una parte de razón en ello.

Me puse a pensar qué podía hacer esa otra mitad que –por ahora– mantiene cierta normalidad. Y lo primero que me vino a la mente fue: leer para entender el mundo, hablar para no perder el hábito de comunicarse, reflexionar para no dejarse colonizar por ideas sin fundamento. Reafirmar la vida frente a la muerte, la palabra frente a la intolerancia, el odio y la agresión. Defender la alegría, como decía Benedetti, para que no nos lo arrebaten todo, para demostrar las razones que tenemos las personas para estar vivas, para amar y compadecernos, para soñar que existirá un mañana.

Nos lo han demostrado las recientes muestras de solidaridad frente a las catástrofes que han originado las intensas lluvias. Sigamos defendiendo el humanismo; en la casa, en la calle, en la escuela, en el lugar de trabajo… Desde lo cotidiano, como una onda expansiva bienintencionada.

Y, sobre todo, seamos conscientes de que cuando se apagan las pantallas, el sufrimiento de miles de personas continúa.

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