Opinión

De Los gabrieles a la cueva de Altamira

La historia de la escasez de vivienda es la historia de España. No me extrañaría que en cualquier momento algún arqueólogo nos demuestre que la cueva de Altamira era en realidad una cueva alquilada a un oso, con derecho a cocina

  • Interior de Los Gabrieles, en Madrid, con un gran azulejo de Pedro Domecq.

En Madrid, en la calle Echegaray, muy cerquita del callejón de La Trucha, se acaba de reinaugurar un templo de Jerez. Su nombre es y fue, Los gabrieles, nombre que en aquel Madrid de principios del siglo XX se le daba a los garbanzos. El establecimiento decorado con azulejos pintados por Ragel (Sandeman, el hombre de la capa), es la Capilla Sixtina del vino de Jerez. El establecimiento, fundado en 1907, fue durante casi un siglo punto de encuentro de toreros, flamencos, aristócratas, artistas y bohemios. Entre sus azulejos centenarios y sus reservados se mezclaban el cante de Antonio Chacón, las tertulias de Valle-Inclán, las verónicas de Juan Belmonte o las madrugadas de Ava Gardner.

En el nacimiento de Los Gabrieles ya estaba la evidencia del problema de la vivienda. De hecho, la idea original de este insólito local era la preparación diaria de un cocido económico “para llevar”. La razón era sencilla: muchas familias vivían en régimen de alquiler de habitaciones sin derecho a cocina. Por lo tanto, el poder comprar comida preparada, a un precio económico solucionaba los problemas alimentarios de esas familias humildes. En aquel Madrid de las zarzuelas, la gente malvivía apiñada en las corralas, auténticas chabolas verticales, sin intimidad, sin wáteres, ni cuartos de aseo. 

Y pasó la guerra y el hambre y llegaron los 60. Berlanga rodó El verdugo y en aquella tremenda película, como telón de fondo, Enma Penella, la hija de Pepe Isbert, mientras su padre y su marido ejecutaban presos con el garrote vil, ella soñaba con un piso propio para independizarse de su padre. En esos mismos años, también en Madrid, un italiano llamado Marco Ferreri, con guion de Azcona, rodaba El pisito, su mítica película, donde López Vázquez, su protagonista, se casaba forzado por la necesidad, con una anciana, con la esperanza de heredar el piso a su muerte y poder así crear con su amor de verdad, su propia familia.

El problema de la vivienda seguía palpitando entre los españoles. Posteriormente, llegó el desarrollismo y sus viviendas de protección oficial, que solo con el nombre ya te estaban diciendo que, si tenían “protección”, era señal de que ya entonces había buitres al acecho. Y no se arregló nada y seguimos dale que te pego con la vivienda, hasta que Aznar hizo magia, liberalizó el suelo y nos regaló a todos, una espectacular burbuja inmobiliaria y los buitres se hicieron visibles, en el brazo cetrero de Ana Botella.

Después aparecieron las tribus de okupas, bien estimulados por las empresas de seguridad y sus mesnadas de desokupas. Visto lo visto, podríamos decir que la historia de la escasez de vivienda es la historia de España. No me extrañaría que en cualquier momento algún arqueólogo nos demuestre que la cueva de Altamira era en realidad una cueva alquilada a un oso, con derecho a cocina.

En Madrid, en la calle Echegaray, muy cerquita del callejón de La Trucha, se acaba de reinaugurar un templo de Jerez. Su nombre es y fue, Los gabrieles, nombre que en aquel Madrid de principios del siglo XX se le daba a los garbanzos. El establecimiento decorado con azulejos pintados por Ragel (Sandeman, el hombre de la capa), es la Capilla Sixtina del vino de Jerez. El establecimiento, fundado en 1907, fue durante casi un siglo punto de encuentro de toreros, flamencos, aristócratas, artistas y bohemios. Entre sus azulejos centenarios y sus reservados se mezclaban el cante de Antonio Chacón, las tertulias de Valle-Inclán, las verónicas de Juan Belmonte o las madrugadas de Ava Gardner.

En el nacimiento de Los Gabrieles ya estaba la evidencia del problema de la vivienda. De hecho, la idea original de este insólito local era la preparación diaria de un cocido económico “para llevar”. La razón era sencilla: muchas familias vivían en régimen de alquiler de habitaciones sin derecho a cocina. Por lo tanto, el poder comprar comida preparada, a un precio económico solucionaba los problemas alimentarios de esas familias humildes. En aquel Madrid de las zarzuelas, la gente malvivía apiñada en las corralas, auténticas chabolas verticales, sin intimidad, sin wáteres, ni cuartos de aseo. 

Y pasó la guerra y el hambre y llegaron los 60. Berlanga rodó El verdugo y en aquella tremenda película, como telón de fondo, Enma Penella, la hija de Pepe Isbert, mientras su padre y su marido ejecutaban presos con el garrote vil, ella soñaba con un piso propio para independizarse de su padre. En esos mismos años, también en Madrid, un italiano llamado Marco Ferreri, con guion de Azcona, rodaba El pisito, su mítica película, donde López Vázquez, su protagonista, se casaba forzado por la necesidad, con una anciana, con la esperanza de heredar el piso a su muerte y poder así crear con su amor de verdad, su propia familia.

El problema de la vivienda seguía palpitando entre los españoles. Posteriormente, llegó el desarrollismo y sus viviendas de protección oficial, que solo con el nombre ya te estaban diciendo que, si tenían “protección”, era señal de que ya entonces había buitres al acecho. Y no se arregló nada y seguimos dale que te pego con la vivienda, hasta que Aznar hizo magia, liberalizó el suelo y nos regaló a todos, una espectacular burbuja inmobiliaria y los buitres se hicieron visibles, en el brazo cetrero de Ana Botella.

Después aparecieron las tribus de okupas, bien estimulados por las empresas de seguridad y sus mesnadas de desokupas. Visto lo visto, podríamos decir que la historia de la escasez de vivienda es la historia de España. No me extrañaría que en cualquier momento algún arqueólogo nos demuestre que la cueva de Altamira era en realidad una cueva alquilada a un oso, con derecho a cocina.

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