Habrá que preguntarse si ya no vale la pena publicar libros ni, por tanto, consumar el esfuerzo que traen consigo. Me refiero, y no en exclusiva, a quienes llevamos toda la vida en el mundo de la cultura y de la academia, al margen de modas y comercios. Si se escriben, lo mejor es guardarlos en un cajón y en un archivo informático y esperar que el tiempo los ponga en su lugar que puede ser arriba, abajo o en la basura. Todo lo que abunda carece de valor, es una ley consuetudinaria y de mercado. Hoy cualquiera escribe y publica un libro y luego molesta a amigos y familiares para que vayan a contemplar al supuesto gran escritor o escritora presentado por alguien que glosa sus maravillosas virtudes. Deprimente.
Anhelo de poder
Todos somos iguales también en intelecto, la tecnología nos ha dotado con armas digitales con las que pretendemos parecernos a los dioses siquiera sea un poquito. Con Amazon te publicas un libro y a cambio le das todos tus datos, hasta la cuenta del banco, todo tú te conviertes en un número que vaga por el éter para uso de cualquier empresa o poder, por mucha promesa de confidencialidad que te hagan ya estás fichado para siempre y eres un sujeto público para quien desee utilizarte. ¡Ah!, ¡pero has publicado un libro!, ya estás más cerca de aquella persona genial a quien tanto has admirado y envidiado. Incluso de aquella otra que empezó como tú, en Amazon o en YouTube con sus canciones y llegó a lo más alto.
Hay que lanzarse para brillar aunque sea una hora. De los cobardes no se habla, no pasan a la Historia o pasan todos anónimamente porque la masa es retraída y es la que escoge -pero no manda- cuando hay elecciones al poder político que es el oficio que el poder real o Poder -con mayúsculas- inventó para que le fuera posible ejercer en la sombra o más cómodamente como pasó con las leyes que el Poder creó para su beneficio. ¿Qué es lo justo? Lo que quiera el Poder, a veces refrendado por la masa electoral o por colegas suyos del Poder ancestral que en gran medida conduce a la masa. Eso es la crisis de la democracia y la causa de que la asustada muchedumbre solitaria busque consuelo en el líder que dé el puñetazo en la mesa. Las utopías platónicas, marxistas y anarquistas son eso, utopías, ahora reemplazadas por distopías que hasta se consagran en cines, pantallas varias… y libros y comics que se elevan a las pantallas.
La máquina como arma de poder
En nuestros hogares tenemos una máquina tecnológica que nos ofrece la oportunidad de ser alguien en la vida o de creernos alguien como cuando se publica un libro y se tiene la sensación de que la gente te conoce por la calle o en el bus. Yo ya me río de eso, casi nunca me hago fotos con personajes famosos cuando los he conocido, mientras que estoy en un mundo en el que el personal fotografía cualquier minucia y encima la sube al éter para supuestamente gloria propia y castigo a los receptores.
Este mismo artículo es una muestra de ello, me satisface a mí, en primer lugar, hay quien me aguanta y quien me permite publicarlo, pero si lo deseo me abro un sitio en la inmensidad de la red y publico las pamplinas que quiera o me voy a las redes sociales a participar del viejo dicho, ahora llevado a las alturas de su ordinariez y ridiculez: “medio mundo critica al otro medio”.
Y por supuesto puedo unirme a todos esos libros que brotan como churros por todas partes, los quieras escribir tú o se los encargues a la IA. En el primer caso puede que sirva para desarrollar un poco el cerebro, en el segundo para que el cerebro se convierta en una pasa poco a poco. El mundo digital y la IA son el guante perfecto que el individualismo y el egoísmo innatos del humano estaban esperando. Por eso triunfan y por eso decaerán cuando el egoísmo necesite de un calor que por el momento no dan las máquinas.
Dioses de papel, tinta y pantallas
No, puede que ya no valga la pena escribir un libro para publicarlo y sumarse a un ejército terráqueo de dioses de papel, tinta y pantallas de fino cristal que estallan a la primera lectura. Tal vez no sea preciso crear artículos, hay miles y miles de opinadores en los medios de comunicación. Cuando yo era un muy joven periodista y el último mono en la redacción de la revista semanal Tierras del Sur (1976-1979) apareció por allí el poeta y periodista jiennense-cordobés Sebastián Cuevas y, como nos vio atareados con artículos y noticias, recuerdo que dijo algo parecido a que eso lo hacía él con el sombrero.
Claro, Sebastián, junto a su enorme trabajo de creador literario, había dado el pelotazo descubriendo y publicando la existencia del cementerio nuclear de Hornachuelos, pateándose la sierra cordobesa-sevillana en los años setenta. Tuvo repercusión mundial su trabajo. Era un servicio público valioso y no este texto o esos libros achurrados escritos por un enjambre de aficionados con tal de creer que somos alguien. Acabo de inventar una nueva acepción de la palabra achurrado: “Objeto que se produce en serie desde una máquina de churros”.
En la universidad ya sobran los libros
En la universidad hace tiempo que el libro ha perdido el valor que tuvo. No sólo por la IA sino que ya, antes, el mundo de las Ciencias Sociales y las Humanidades se dejó seducir por el de las ciencias experimentales que funcionan sobre todo mediante artículos científicos muy acotados. Ahora, la oficialidad madrileña y/o autonómica que centraliza la valoración del saber puede acreditar a catedrático en Ciencias Sociales o Humanidades a alguien que ha creado artículos llamados científicos y que ha logrado publicarlos en revistas científicas consideradas de impacto, pagando por la publicación y pagando bien. La ciencia, el estudio, el conocimiento, convertidos en mercancía y con más valor aún si has publicado en inglés en una revista anglosajona. Ya no tenemos dignidad.
Quienes evalúan esos artículos pueden ser personas sin apenas categoría académica para hacerlo. No cobran nada y puesto que los científicos consagrados no desean perder el tiempo porque están investigando o elaborando libros y artículos, textos de veteranos y consagrados intelectuales quedan en manos anónimas con menos currículo que quienes han elaborado los estudios que van a evaluarse. El sargento evalúa al coronel y dispone lo que se debe hacer con su trabajo.
Postureo de unos, dinero para otros
Un libro o te lo publicas en Amazon o en una llamada autoedición o coedición que es el “nuevo” negocio de un mundo editorial en crisis. El postureo de unos da dinero a otros. El editor no es el que forma una empresa y arriesga su dinero porque apuesta por algún talento, ¿para qué, si el deseo y necesidad de imitar a los famosos, incrementar el currículo y acercarse a los dioses es ya un negocio editorial en potencia?
Lo que más interesa es la novela y no cualquier novela, si está escrita por una mujer, mejor. Si tiene temática de mujer, mejor todavía. De hecho, todos sabemos de casos de hombres que para que les editen sus novelas se han hecho pasar por mujeres. Las mujeres son las que más compran novelas, por tanto, si aún hay demanda, ahí va la oferta. Lo penúltimo, el Planeta para la señora Allende y una novela con una mujer, Alba, ejerciendo de protagonista. Negocio redondo.
Cuando estaba en el colegio el profesor de Literatura nos decía en clase que la novela era un género de madurez. Eso se acabó, las novelas y todo tipo de libros no tienen edades, si hay personas que gozan de éxito en el mundo de los youtubers o de los influencers el siguiente paso es publicar un libro, sea novela o lo que sea, se tengan veinte o se tengan algunos años más o hasta menos. Si te ven miles de receptores -a veces millones- con que vendas unos pocos miles de libros ya está bien. Así sí te aceptan todos los editores, es negocio seguro a pesar de que los compradores tal vez ni lean el libro, simplemente acudan a comprarlo, buscar dedicatoria y fotografiarse con quien presuntamente lo ha escrito.
Si no eres famoso por la labia -aunque no digas nada interesante- te puedes autoeditar tu libro en el montón de “editoriales” que se dedican a eso, en forma de lo que llaman vender a demanda cuando no se ha creado esa demanda por parte de la editorial. Se trata de vender un libro que no se sabe que existe, todo a cargo del escritor que tira el córner y va a rematar el balón. Oh, sí, se cuenta con el honor de figurar en la web de la “editorial”, estar en Internet que es como estar en todas partes y en ninguna.
En tal caso, por mucho que te diga una editorial que te lo va a promocionar y distribuir de maravilla, es falso, eres tú quien debes hacerlo, quien debes pagarte los viajes y la estancia si deseas ir por ahí como el titiritero de Serrat. Ni me he prestado ni me prestaré a eso. Y además me da vergüenza citar a la gente para que escuchen a alguien hablar bien de mí, en un ritual que se repite y se repite, si uno tuviera que asistir a todas las invitaciones a presentaciones de libros sería esa la profesión exclusiva en la vida: palmero y comprador oficial de libros achurrados.
Pero hay un aspecto positivo
Para ir terminando, quiero recoger la gran ventaja o aspecto positivo que ofrece este fenómeno de la búsqueda del estrellato mediate libros de todas las clases y categorías. Mientras la gente se dedique a escribir libros y darlos a conocer no está tragándose sapos y culebras ante las pantallas. La televisión sigue siendo la caja tonta, por regla general. Suele detener el cerebro y en lo que a películas y series se refiere es un manantial de violencia y adoctrinamiento más noticias de sucesos grandes o pequeños tratados superficialmente que acompañan a la batalla política convenientemente manipulada según la tendencia del medio emisor.
Si estamos liados con un libro y su publicación -mejor sin intervención de la IA- de alguna forma estamos reunidos con nosotros mismos y con el saber. Estamos trabajando por y para nosotros mismos, estamos huyendo de la flojera y de dejarse llevar por el otro, estamos viviendo nuestra propia vida y de alguna forma la estamos conduciendo a costa con frecuencia de castigar el arte de escribir. Son efectos secundarios, daños colaterales inevitables pero precisos.
Desde este punto de vista, bienvenida sea esta nueva modalidad del libro churro que deviene como churro en una churrería, aunque carezca de lo verdaderamente artístico y haya que buscar lo valioso entre montones de churros y cajones en cuyo interior el tiempo haya estado escribiendo los mejores libros. No olvidemos a esos mejores libros que estuvieron olvidados muchos años y hoy son muy necesarios (Darwin tuvo escondido El origen de las especies veinte años, por miedo, cuando se publicó en 1859 se vendió toda la tirada -1.250 ejemplares- en un día). Antes de escribir un buen libro hay que visitar decenas y decenas de libros sólidos de esos que nos son muy necesarios para no morir estúpidos ni tener que acudir a la churrería. Y hay que observar y pensar intensamente y cargar con esos piropos de que somos muy raros y egoístas.
Una cervecita con patatas
He publicado unos veinticinco libros de investigación-ensayo, cuatro de narrativa y once de poesía. Sin embargo, créanme, necesito mucho más estudio, aún no he comprendido de verdad de qué va este mundo al que me trajeron. Y ya estoy en el último tercio de mi vida. Sólo sé, con seguridad, que vivimos en un necesario fingimiento para agredirnos y matarnos menos. Por ahora.
Desde esta sección les prometo que, si me da por presentar un libro, al menos, al menos, a los asistentes, les ofreceré amenidad diversa y les convidaré a una cervecita con aceitunas y patatas Matarile que son de mis tiempos. De esa manera tener que aguantar mi yoísmo será asunto más llevadero.
Habrá que preguntarse si ya no vale la pena publicar libros ni, por tanto, consumar el esfuerzo que traen consigo. Me refiero, y no en exclusiva, a quienes llevamos toda la vida en el mundo de la cultura y de la academia, al margen de modas y comercios. Si se escriben, lo mejor es guardarlos en un cajón y en un archivo informático y esperar que el tiempo los ponga en su lugar que puede ser arriba, abajo o en la basura. Todo lo que abunda carece de valor, es una ley consuetudinaria y de mercado. Hoy cualquiera escribe y publica un libro y luego molesta a amigos y familiares para que vayan a contemplar al supuesto gran escritor o escritora presentado por alguien que glosa sus maravillosas virtudes. Deprimente.
Anhelo de poder
Todos somos iguales también en intelecto, la tecnología nos ha dotado con armas digitales con las que pretendemos parecernos a los dioses siquiera sea un poquito. Con Amazon te publicas un libro y a cambio le das todos tus datos, hasta la cuenta del banco, todo tú te conviertes en un número que vaga por el éter para uso de cualquier empresa o poder, por mucha promesa de confidencialidad que te hagan ya estás fichado para siempre y eres un sujeto público para quien desee utilizarte. ¡Ah!, ¡pero has publicado un libro!, ya estás más cerca de aquella persona genial a quien tanto has admirado y envidiado. Incluso de aquella otra que empezó como tú, en Amazon o en YouTube con sus canciones y llegó a lo más alto.
Hay que lanzarse para brillar aunque sea una hora. De los cobardes no se habla, no pasan a la Historia o pasan todos anónimamente porque la masa es retraída y es la que escoge -pero no manda- cuando hay elecciones al poder político que es el oficio que el poder real o Poder -con mayúsculas- inventó para que le fuera posible ejercer en la sombra o más cómodamente como pasó con las leyes que el Poder creó para su beneficio. ¿Qué es lo justo? Lo que quiera el Poder, a veces refrendado por la masa electoral o por colegas suyos del Poder ancestral que en gran medida conduce a la masa. Eso es la crisis de la democracia y la causa de que la asustada muchedumbre solitaria busque consuelo en el líder que dé el puñetazo en la mesa. Las utopías platónicas, marxistas y anarquistas son eso, utopías, ahora reemplazadas por distopías que hasta se consagran en cines, pantallas varias… y libros y comics que se elevan a las pantallas.
La máquina como arma de poder
En nuestros hogares tenemos una máquina tecnológica que nos ofrece la oportunidad de ser alguien en la vida o de creernos alguien como cuando se publica un libro y se tiene la sensación de que la gente te conoce por la calle o en el bus. Yo ya me río de eso, casi nunca me hago fotos con personajes famosos cuando los he conocido, mientras que estoy en un mundo en el que el personal fotografía cualquier minucia y encima la sube al éter para supuestamente gloria propia y castigo a los receptores.
Este mismo artículo es una muestra de ello, me satisface a mí, en primer lugar, hay quien me aguanta y quien me permite publicarlo, pero si lo deseo me abro un sitio en la inmensidad de la red y publico las pamplinas que quiera o me voy a las redes sociales a participar del viejo dicho, ahora llevado a las alturas de su ordinariez y ridiculez: “medio mundo critica al otro medio”.
Y por supuesto puedo unirme a todos esos libros que brotan como churros por todas partes, los quieras escribir tú o se los encargues a la IA. En el primer caso puede que sirva para desarrollar un poco el cerebro, en el segundo para que el cerebro se convierta en una pasa poco a poco. El mundo digital y la IA son el guante perfecto que el individualismo y el egoísmo innatos del humano estaban esperando. Por eso triunfan y por eso decaerán cuando el egoísmo necesite de un calor que por el momento no dan las máquinas.
Dioses de papel, tinta y pantallas
No, puede que ya no valga la pena escribir un libro para publicarlo y sumarse a un ejército terráqueo de dioses de papel, tinta y pantallas de fino cristal que estallan a la primera lectura. Tal vez no sea preciso crear artículos, hay miles y miles de opinadores en los medios de comunicación. Cuando yo era un muy joven periodista y el último mono en la redacción de la revista semanal Tierras del Sur (1976-1979) apareció por allí el poeta y periodista jiennense-cordobés Sebastián Cuevas y, como nos vio atareados con artículos y noticias, recuerdo que dijo algo parecido a que eso lo hacía él con el sombrero.
Claro, Sebastián, junto a su enorme trabajo de creador literario, había dado el pelotazo descubriendo y publicando la existencia del cementerio nuclear de Hornachuelos, pateándose la sierra cordobesa-sevillana en los años setenta. Tuvo repercusión mundial su trabajo. Era un servicio público valioso y no este texto o esos libros achurrados escritos por un enjambre de aficionados con tal de creer que somos alguien. Acabo de inventar una nueva acepción de la palabra achurrado: “Objeto que se produce en serie desde una máquina de churros”.
En la universidad ya sobran los libros
En la universidad hace tiempo que el libro ha perdido el valor que tuvo. No sólo por la IA sino que ya, antes, el mundo de las Ciencias Sociales y las Humanidades se dejó seducir por el de las ciencias experimentales que funcionan sobre todo mediante artículos científicos muy acotados. Ahora, la oficialidad madrileña y/o autonómica que centraliza la valoración del saber puede acreditar a catedrático en Ciencias Sociales o Humanidades a alguien que ha creado artículos llamados científicos y que ha logrado publicarlos en revistas científicas consideradas de impacto, pagando por la publicación y pagando bien. La ciencia, el estudio, el conocimiento, convertidos en mercancía y con más valor aún si has publicado en inglés en una revista anglosajona. Ya no tenemos dignidad.
Quienes evalúan esos artículos pueden ser personas sin apenas categoría académica para hacerlo. No cobran nada y puesto que los científicos consagrados no desean perder el tiempo porque están investigando o elaborando libros y artículos, textos de veteranos y consagrados intelectuales quedan en manos anónimas con menos currículo que quienes han elaborado los estudios que van a evaluarse. El sargento evalúa al coronel y dispone lo que se debe hacer con su trabajo.
Postureo de unos, dinero para otros
Un libro o te lo publicas en Amazon o en una llamada autoedición o coedición que es el “nuevo” negocio de un mundo editorial en crisis. El postureo de unos da dinero a otros. El editor no es el que forma una empresa y arriesga su dinero porque apuesta por algún talento, ¿para qué, si el deseo y necesidad de imitar a los famosos, incrementar el currículo y acercarse a los dioses es ya un negocio editorial en potencia?
Lo que más interesa es la novela y no cualquier novela, si está escrita por una mujer, mejor. Si tiene temática de mujer, mejor todavía. De hecho, todos sabemos de casos de hombres que para que les editen sus novelas se han hecho pasar por mujeres. Las mujeres son las que más compran novelas, por tanto, si aún hay demanda, ahí va la oferta. Lo penúltimo, el Planeta para la señora Allende y una novela con una mujer, Alba, ejerciendo de protagonista. Negocio redondo.
Cuando estaba en el colegio el profesor de Literatura nos decía en clase que la novela era un género de madurez. Eso se acabó, las novelas y todo tipo de libros no tienen edades, si hay personas que gozan de éxito en el mundo de los youtubers o de los influencers el siguiente paso es publicar un libro, sea novela o lo que sea, se tengan veinte o se tengan algunos años más o hasta menos. Si te ven miles de receptores -a veces millones- con que vendas unos pocos miles de libros ya está bien. Así sí te aceptan todos los editores, es negocio seguro a pesar de que los compradores tal vez ni lean el libro, simplemente acudan a comprarlo, buscar dedicatoria y fotografiarse con quien presuntamente lo ha escrito.
Si no eres famoso por la labia -aunque no digas nada interesante- te puedes autoeditar tu libro en el montón de “editoriales” que se dedican a eso, en forma de lo que llaman vender a demanda cuando no se ha creado esa demanda por parte de la editorial. Se trata de vender un libro que no se sabe que existe, todo a cargo del escritor que tira el córner y va a rematar el balón. Oh, sí, se cuenta con el honor de figurar en la web de la “editorial”, estar en Internet que es como estar en todas partes y en ninguna.
En tal caso, por mucho que te diga una editorial que te lo va a promocionar y distribuir de maravilla, es falso, eres tú quien debes hacerlo, quien debes pagarte los viajes y la estancia si deseas ir por ahí como el titiritero de Serrat. Ni me he prestado ni me prestaré a eso. Y además me da vergüenza citar a la gente para que escuchen a alguien hablar bien de mí, en un ritual que se repite y se repite, si uno tuviera que asistir a todas las invitaciones a presentaciones de libros sería esa la profesión exclusiva en la vida: palmero y comprador oficial de libros achurrados.
Pero hay un aspecto positivo
Para ir terminando, quiero recoger la gran ventaja o aspecto positivo que ofrece este fenómeno de la búsqueda del estrellato mediate libros de todas las clases y categorías. Mientras la gente se dedique a escribir libros y darlos a conocer no está tragándose sapos y culebras ante las pantallas. La televisión sigue siendo la caja tonta, por regla general. Suele detener el cerebro y en lo que a películas y series se refiere es un manantial de violencia y adoctrinamiento más noticias de sucesos grandes o pequeños tratados superficialmente que acompañan a la batalla política convenientemente manipulada según la tendencia del medio emisor.
Si estamos liados con un libro y su publicación -mejor sin intervención de la IA- de alguna forma estamos reunidos con nosotros mismos y con el saber. Estamos trabajando por y para nosotros mismos, estamos huyendo de la flojera y de dejarse llevar por el otro, estamos viviendo nuestra propia vida y de alguna forma la estamos conduciendo a costa con frecuencia de castigar el arte de escribir. Son efectos secundarios, daños colaterales inevitables pero precisos.
Desde este punto de vista, bienvenida sea esta nueva modalidad del libro churro que deviene como churro en una churrería, aunque carezca de lo verdaderamente artístico y haya que buscar lo valioso entre montones de churros y cajones en cuyo interior el tiempo haya estado escribiendo los mejores libros. No olvidemos a esos mejores libros que estuvieron olvidados muchos años y hoy son muy necesarios (Darwin tuvo escondido El origen de las especies veinte años, por miedo, cuando se publicó en 1859 se vendió toda la tirada -1.250 ejemplares- en un día). Antes de escribir un buen libro hay que visitar decenas y decenas de libros sólidos de esos que nos son muy necesarios para no morir estúpidos ni tener que acudir a la churrería. Y hay que observar y pensar intensamente y cargar con esos piropos de que somos muy raros y egoístas.
Una cervecita con patatas
He publicado unos veinticinco libros de investigación-ensayo, cuatro de narrativa y once de poesía. Sin embargo, créanme, necesito mucho más estudio, aún no he comprendido de verdad de qué va este mundo al que me trajeron. Y ya estoy en el último tercio de mi vida. Sólo sé, con seguridad, que vivimos en un necesario fingimiento para agredirnos y matarnos menos. Por ahora.
Desde esta sección les prometo que, si me da por presentar un libro, al menos, al menos, a los asistentes, les ofreceré amenidad diversa y les convidaré a una cervecita con aceitunas y patatas Matarile que son de mis tiempos. De esa manera tener que aguantar mi yoísmo será asunto más llevadero.
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