Interior de una caseta de la Feria del Caballo, en una pasada edición.
Interior de una caseta de la Feria del Caballo, en una pasada edición. MANU GARCÍA

Hace unos pocos días, y a raíz de las polémicas sobre los sueldos de los trabajadores y trabajadoras en las casetas de la Feria, pregunté en mi muro de Facebook que cuántas de las personas andaluzas que me siguen habían trabajado alguna vez en una caseta de feria.

Sorprendentemente, la gran mayoría lo había hecho y en el mayor de los casos, gratis.

¡Cuántas hemos hecho nuestra caseta de Feria en el instituto para recaudar dinero para la excursión de fin de curso! ¡Aquellas casetas con un ruido infernal, en las que aparte del trabajo duro, tenías que estar pendiente de que tu compañero/a de clase no invitara a sus amistades y mermara la caja! Eso sí que era una actividad fiscalizadora.

Pero también se pronunciaron muchas que habíamos trabajado en una caseta por amor al arte, o más bien, por amor a nuestra causa, a nuestra asociación, hermandad, colectivo, etc.

El trabajar en una caseta, aparte de una prueba de resistencia física, es una prueba de resistencia psicológica, porque es la manera que tienes de demostrar lo que sientes por la organización a la que perteneces.

Yo recuerdo especialmente unas ferias, allá por el años 2000 y 2001, en la que sí estuve currando a marcha forzada en la caseta de mi asociación. Y eso que yo me llevaba de las mejores partes. Levantarte temprano para ir por pimientos, ese preciado manjar casetero, a un huerto de Nueva Jarilla. Luego, llevarlo a la caseta y ponerte en la barra, ayudando con las bebidas y llevando la caja. Desde la mañana hasta ¿las dos de la mañana? Estaba tan cansado que no podía ni dormir.

¿Cómo no me volví loco con aquellos cambios imposibles del billete de 10.000 pesetas? ¿Cómo conservaba la paciencia cuando ya tenía la vuelta preparada y el colega “mareaíto” y gracioso de turno, te cambiaba el pedido para confundirte en el cambio?

Yo he visto el trabajo en directo de una cocina de Feria. Mujeres superresistentes cocinando a la velocidad del diablo, en rigurosa lista de espera de los pedidos y sin equivocarse. Sin quejarse. Sin rechistar. Por amor a su asociación.

Camareros con los pies reventados, aguantado no solo el esfuerzo físico sino también el carácter del único tío enfadado que hay en la feria y que le ha tocado a él. O del señor que quiere comer chocos frescos recién traído de las lonjas de la Bahía, pero a precio de comedor social.

Resumiendo. “La Feria no está pagá”, como se suele decir.

Y eso es lo que me preocupa. Desde aquellas fechas, las distintas medidas que se han tomado para aumentar la calidad de las ferias andaluzas son buenas, pero han multiplicado la burocracia y por tanto, las tasas de impuestos y cosas varias que hay que pagar incluso antes de echar una caseta a andar.

Todo esto ha derivado que las casetas cada vez hayan sido cedidas más a profesionales de la hostelería, que obviamente, son mucho mejores que nosotros, los que no hemos sido hosteleros nunca y que hacíamos con nuestra mejor buena fe.

Pero todo esto hay que pagarlo y aquí hemos llegado al problema. Es que hay que pagarlo bien. No solo consiste en ganar dinero por parte del que invierte. Es que hay que pagar sueldos dignos. Nadie va a trabajar gratis por amor a la empresa de su jefe. No es lo mismo que trabajar por tu asociación o tu hermandad. Esto hará que las casetas cada día sean más insostenibles, más caras y más para unos pocos y menos para unos muchos. Y de esto, a convertir las casetas jerezanas, famosas por ser públicas y de entrada libre, para pasar a ser privadas, donde el pase de entrada será, por desgracia, el dinero.

No es extraño que vuelvan de nuevo los tiempos antiguos donde ir a la feria era como ir a la playa. Te llevabas la comida y te la comías allí. ¿Terminará el ayuntamiento poniendo bancos y mesas para que el público pueda comer lo que lleve? No creo que tardemos mucho en verlo. ¿Qué piensan ustedes?

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