viéndolas venir

La insoportable amenaza de una cultura despolitizada y objetiva

Si vamos a crear un proyecto artístico, sea un cuadro, una novela, una película, una obra de teatro o un programa de televisión, no tenemos más remedio que hacerlo cultural, política y subjetivamente, pese al gran engaño de quien nos diga lo contrario

  • Noche Azul y Blanca en Jerez, que llena de talleres, música y público las calles, en una imagen de su última edición. -

Al hilo del disparate de incluir una cláusula para que un gobierno conceda o no subvenciones a proyectos culturales con la condición de que no adoctrinen políticamente y sean objetivos, se me agolpa tanto argumentario en la garganta que ganas me dan de callarme, de beber agua y de respirar de nuevo. La Cultura, y la escribo queriendo con mayúsculas, porque no estoy hablando de los paripés culturales de determinada gente obediente con según quién sino de la Cultura de verdad, es siempre política. Correcta o incorrecta, pero política, porque la política lo es todo y la cultura también.

Somos seres culturales y políticos, simultáneamente, y con esa lógica por la que somos humanos y no simplemente animales. El nombre que llevamos, la ropa que usamos, la comida que ingerimos, el horario en que nos organizamos y hasta nuestra forma de sonreír y de besar es cultural y es política. No hay modo de vivir humanamente que no sea un modo cultural y un modo político. Así que si vamos a crear un proyecto artístico, sea un cuadro, una novela, una película, una obra de teatro o un programa de televisión, no tenemos más remedio que hacerlo cultural, política y subjetivamente.

Precisamente esa subjetividad, o sea, esa mirada personal, esa postura concreta, es la que da sentido a la originalidad, a la creatividad y al pellizco personal que la obra pueda tener si quiere ser de verdad una obra cultural que merezca la pena. Si no, será una copia sosa y sin sentido, un producto de plástico, una bazofia al dictado de quien dicte.

El problema es que esta gente que busca la despolitización de la cultura y su objetividad a toda costa no se refiere a toda la cultura, sino a la Cultura que hacen los otros, los que no son ellos, los que molestan, los que critican, los que cuestionan y los que se plantean un mundo mejor de lo que ellos mismos sueñan. O sea, un mundo alternativo, lleno de posibilidades, de interrogantes y de futuro. El único mundo que en realidad le interesa al arte; el único mundo que, por naturaleza, jamás le interesará al fascismo.

La cláusula es peligrosa porque supone naturalizar una medida que en ningún caso debería tomarse como natural, sino de una artificialidad tan artificiosa que roza el planteamiento dictatorial de cualquier gobierno liderado por iluminados. Platón ya se preocupó por la política y la res pública en sus obras principales, y Aristóteles, aquel alumno suyo que consideró que la virtud siempre se encontraba en medio, escribió igualmente sobre política, ética y moral. Somos hijos de la cultura griega, de Roma y del cristianismo, es decir, de culturas que, excepto en sus épocas menos brillantes y más inquisitoriales, que también las soportaron, no rehuyeron el diálogo con el otro y la certidumbre de que solo en ese juego dialógico podíamos enriquecernos como sociedad. No es de recibo que ahora tengamos que retroceder siglos para empobrecernos en esa paradoja de querer solo una cultura que ni pique ni roce ni escueza ni nos deje despiertos más tiempo del programado.

 

Al hilo del disparate de incluir una cláusula para que un gobierno conceda o no subvenciones a proyectos culturales con la condición de que no adoctrinen políticamente y sean objetivos, se me agolpa tanto argumentario en la garganta que ganas me dan de callarme, de beber agua y de respirar de nuevo. La Cultura, y la escribo queriendo con mayúsculas, porque no estoy hablando de los paripés culturales de determinada gente obediente con según quién sino de la Cultura de verdad, es siempre política. Correcta o incorrecta, pero política, porque la política lo es todo y la cultura también.

Somos seres culturales y políticos, simultáneamente, y con esa lógica por la que somos humanos y no simplemente animales. El nombre que llevamos, la ropa que usamos, la comida que ingerimos, el horario en que nos organizamos y hasta nuestra forma de sonreír y de besar es cultural y es política. No hay modo de vivir humanamente que no sea un modo cultural y un modo político. Así que si vamos a crear un proyecto artístico, sea un cuadro, una novela, una película, una obra de teatro o un programa de televisión, no tenemos más remedio que hacerlo cultural, política y subjetivamente.

Precisamente esa subjetividad, o sea, esa mirada personal, esa postura concreta, es la que da sentido a la originalidad, a la creatividad y al pellizco personal que la obra pueda tener si quiere ser de verdad una obra cultural que merezca la pena. Si no, será una copia sosa y sin sentido, un producto de plástico, una bazofia al dictado de quien dicte.

El problema es que esta gente que busca la despolitización de la cultura y su objetividad a toda costa no se refiere a toda la cultura, sino a la Cultura que hacen los otros, los que no son ellos, los que molestan, los que critican, los que cuestionan y los que se plantean un mundo mejor de lo que ellos mismos sueñan. O sea, un mundo alternativo, lleno de posibilidades, de interrogantes y de futuro. El único mundo que en realidad le interesa al arte; el único mundo que, por naturaleza, jamás le interesará al fascismo.

La cláusula es peligrosa porque supone naturalizar una medida que en ningún caso debería tomarse como natural, sino de una artificialidad tan artificiosa que roza el planteamiento dictatorial de cualquier gobierno liderado por iluminados. Platón ya se preocupó por la política y la res pública en sus obras principales, y Aristóteles, aquel alumno suyo que consideró que la virtud siempre se encontraba en medio, escribió igualmente sobre política, ética y moral. Somos hijos de la cultura griega, de Roma y del cristianismo, es decir, de culturas que, excepto en sus épocas menos brillantes y más inquisitoriales, que también las soportaron, no rehuyeron el diálogo con el otro y la certidumbre de que solo en ese juego dialógico podíamos enriquecernos como sociedad. No es de recibo que ahora tengamos que retroceder siglos para empobrecernos en esa paradoja de querer solo una cultura que ni pique ni roce ni escueza ni nos deje despiertos más tiempo del programado.

 

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