Un dibujo mal hecho, una situación reconocible para toda una clase y un comentario que, aparentemente, pretende hacer gracia. No hace falta mucho más para que una anécdota escolar acabe circulando por cientos de teléfonos móviles. Tampoco para que quien protagoniza involuntariamente la publicación termine convertido en objeto de burla. Es la cara menos amable de los curis, la moda viral de TikTok e Instagram que está despertando la preocupación entre el profesorado y los responsables educativos. Lo que comenzó como una forma de humor digital ha encontrado en los colegios e institutos un nuevo escenario, aunque no siempre con consecuencias tan inocentes como cabría esperar de unos dibujos.
Las publicaciones recrean escenas cotidianas mediante personajes caricaturizados, imágenes deliberadamente rudimentarias y situaciones que suelen resultar comprensibles únicamente para quienes conocen su contexto. Hasta ahí, nada demasiado diferente del humor que los adolescentes han compartido durante generaciones. El problema comienza cuando las representaciones identifican a compañeros o profesores, incorporan comentarios ofensivos o convierten determinadas circunstancias personales en motivo de ridiculización pública. Y todo ello, en ocasiones, desde cuentas anónimas en redes sociales que llevan el nombre del propio centro educativo.
La situación preocupa también en Andalucía. Gonzalo, profesor de un instituto de Sevilla, advierte sobre el alcance que está adquiriendo esta tendencia. "Se están poniendo de moda las cuentas en TikTok e Instagram denominadas curis. En ellas se hacen bromas, pero también están apareciendo vejaciones e insultos al profesorado y a algunos compañeros", señala el docente, que considera necesario identificar los perfiles problemáticos y promover su retirada cuando sus contenidos vulneren los derechos de otras personas.
Su preocupación refleja una realidad que trasciende el entretenimiento adolescente. Las redes sociales han abierto un espacio de convivencia paralelo al aula sobre el que los centros tienen una capacidad de intervención limitada, pero cuyas consecuencias terminan manifestándose durante la jornada escolar. Un conflicto nacido en internet puede alterar las relaciones entre compañeros, deteriorar el clima educativo o convertir en protagonista involuntario de una publicación a quien únicamente pretendía acudir a clase. El acoso digital entre adolescentes ha encontrado nuevos formatos para manifestarse, aunque el problema de fondo sea bastante más antiguo que las propias plataformas.
La situación ya ha alcanzado incluso el ámbito policial. Este martes, 20 de octubre, El Español informó de que la Comisaría Provincial de la Policía Nacional de Málaga ha confirmado la presentación de al menos una denuncia relacionada con estas cuentas y la apertura de una investigación. Las fuentes policiales consultadas por ese periódico señalaron que la gravedad de las publicaciones es variable y advierten de que determinados comportamientos pueden tener consecuencias penales, especialmente cuando implican el uso de imágenes o datos personales. En cualquier caso, la existencia de una denuncia no significa que se haya acreditado la comisión de un delito.
Una broma que puede dejar de serlo
La dificultad para abordar los curis reside, precisamente, en determinar cuándo una publicación humorística traspasa los límites de la convivencia. El humor, incluida la sátira, forma parte de la expresión adolescente y puede convertirse en una herramienta de creatividad y relación entre iguales. Sin embargo, las cosas cambian cuando el objetivo deja de ser compartir una situación divertida y pasa a ser ridiculizar a alguien ante el resto de sus compañeros. La frontera entre el humor y el ciberacoso no siempre resulta evidente para quienes participan en estas publicaciones.
Las cuentas anónimas de TikTok vinculadas a los institutos incorporan además una circunstancia que amplifica sus efectos: quien administra el perfil puede permanecer oculto mientras la persona representada resulta perfectamente reconocible para el resto de los estudiantes. Ni siquiera es imprescindible publicar su nombre. Una característica física, una expresión habitual o una anécdota conocida por determinados alumnos pueden bastar para identificarla. El contenido circula, recibe comentarios, se comparte y termina llegando a personas que ni siquiera presenciaron el episodio original.
La inquietud también ha llegado a los equipos directivos de los centros. Esta fuente consultada confirma que se han desarrollado actuaciones para localizar y denunciar los perfiles que difunden contenidos problemáticos. El testimonio evidencia que la aparición de estas publicaciones está generando consultas y preocupación entre distintos centros. Pero también introduce un matiz importante: aunque el nombre resulte novedoso para buena parte de los adultos, la práctica de utilizar perfiles anónimos para comentar la vida escolar no acaba de inventarse. Los insultos y las vejaciones en redes sociales llevan años planteando dificultades a los equipos docentes, que ahora deben enfrentarse a una manifestación diferente de un problema conocido.
"Esta moda no es nueva. Llevamos varios años con cuentas del tipo cotilleos, salseos o sé quién eres y ahora han llegado los curis", recuerda el directivo. En efecto, las páginas dedicadas a difundir rumores, confesiones o comentarios sobre compañeros llevan tiempo formando parte del paisaje digital adolescente. Unas desaparecen y otras ocupan su lugar con un formato diferente, pero la posibilidad de hablar sobre terceras personas sin revelar la propia identidad sigue siendo uno de sus principales atractivos.
En algunas de estas cuentas, los administradores no necesitan grandes habilidades técnicas ni conocimientos de edición. Les basta con utilizar imágenes conocidas, modificar los personajes y añadir una situación que sus seguidores puedan interpretar. El resultado puede parecer un dibujo infantil, aunque su significado sea bastante menos ingenuo. La aparente simplicidad de las imágenes favorece su reproducción y permite que cualquier estudiante participe en una tendencia que se alimenta de las pequeñas historias del día a día.
De los videojuegos al patio del instituto
Pese a su reciente popularidad escolar, el origen de los curis se remonta a las comunidades de memes de internet. Según el wikcionario, sus antecedentes se situarían aproximadamente en 2017, en grupos de Facebook de habla hispana vinculados a los videojuegos y al humor absurdo, entre ellos Seguidores de la Grasa y los llamados curifeos. Allí comenzaron a popularizarse los curimomos, dibujos que parodiaban escenas de series, películas o videojuegos, sustituyendo a los personajes originales por otros, generalmente con resultados tan disparatados como intencionadamente cutres. Bob Esponja fue uno de los personajes recurrentes de aquellas creaciones, donde la calidad artística importaba bastante menos que la ocurrencia.
El propio nombre explica parte de su historia. Curimomo surgiría de la unión de curifeo, término relacionado con una antigua comunidad digital conocida como Curiosidades Feas, y momo, una deformación humorística de la palabra meme. De ahí llegaría la abreviatura curi, aunque esta reconstrucción etimológica procede del argot de internet y no está definitivamente establecida. Aquellos dibujos fueron evolucionando hacia pequeñas animaciones y encontraron en TikTok un nuevo escaparate. El cambio decisivo llegó cuando los adolescentes comenzaron a utilizar el formato para contar lo que ocurría en sus propios centros educativos.
Así, una tendencia que nació entre aficionados al humor digital terminó transformándose en una especie de crónica informal de la vida escolar. Una conversación durante el recreo, una respuesta inesperada en clase o el comportamiento peculiar de un profesor pueden servir como argumento para una publicación. El éxito no depende necesariamente de alcanzar a millones de usuarios, sino de provocar la reacción de un grupo que comparte referencias y reconoce inmediatamente a sus protagonistas.
Esa es, precisamente, una de las particularidades del fenómeno. Para alguien ajeno al centro, un curi puede parecer un dibujo sin demasiado sentido. Para quienes conocen a la persona representada, en cambio, la imagen puede contener una referencia inequívoca. Y es en esa distancia entre lo que observa el público general y lo que interpreta el grupo donde algunas publicaciones adquieren una dimensión especialmente delicada. Los memes escolares se convierten entonces en una herramienta de exposición pública, con consecuencias que no siempre pueden anticipar quienes los elaboran.

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El ciberacoso encuentra nuevos formatos
Helena, orientadora de un centro educativo andaluz, advierte de que los curis pueden convertirse en una nueva herramienta de ciberacoso escolar. Su inquietud va mucho más allá de una moda pasajera y tiene que ver con la escasa percepción que algunos adolescentes tienen de los riesgos asociados a sus comportamientos en internet. "Creo que nuestro alumnado todavía no es plenamente consciente de las líneas rojas que puede llegar a cruzar en el entorno digital ni de las consecuencias que pueden derivarse de sus actos", señala. Una circunstancia que contrasta con la familiaridad con la que los jóvenes utilizan las plataformas digitales, donde publicar, comentar y compartir contenidos forma parte de sus relaciones cotidianas.
El problema tiene una dimensión pedagógica que conviene no simplificar. No todo insulto, comentario ofensivo o conflicto entre estudiantes constituye automáticamente una situación de acoso. Para determinarlo deben valorarse las circunstancias, incluida la posible reiteración de las conductas, la intencionalidad y la existencia de un desequilibrio de poder. Sin embargo, esa distinción no significa que una agresión puntual deba quedar sin respuesta. Las humillaciones a alumnos y profesores en internet pueden provocar un daño importante incluso cuando no reúnen todos los elementos necesarios para ser consideradas acoso escolar.
En su trabajo diario, Helena encuentra además un argumento que se repite entre algunas familias: "esto se ha hecho toda la vida". Una expresión que, según explica, en ocasiones pretende justificar situaciones difícilmente defendibles y que pasa por alto una diferencia fundamental entre las bromas de antes y las de ahora: la huella digital y la permanencia de los contenidos en internet. Lo que anteriormente podía quedar reducido a un comentario desafortunado o una burla entre compañeros ahora puede difundirse, multiplicarse y permanecer accesible mucho después de que haya ocurrido. Una circunstancia que, para la orientadora, obliga a revisar la manera en que adultos y adolescentes interpretan determinados comportamientos.
La situación también obliga a prestar atención al papel de los espectadores. El daño no procede necesariamente de una única persona. Quienes celebran las burlas, participan en los comentarios o contribuyen a difundir las imágenes pueden favorecer que un episodio aislado termine convirtiéndose en una dinámica colectiva de hostigamiento. En ocasiones, la búsqueda de reconocimiento dentro del grupo adquiere más importancia que las consecuencias que pueda sufrir la persona señalada. La viralización de contenidos ofensivos puede multiplicar así el impacto de una conducta que, en un primer momento, parecía limitada a unos pocos estudiantes.
El profesorado tampoco permanece al margen. Algunos docentes están descubriendo que su imagen, sus expresiones o determinadas circunstancias profesionales pueden acabar formando parte de publicaciones elaboradas por sus propios alumnos. La crítica a un profesor es legítima, como lo es la sátira, pero resulta necesario distinguir ambas manifestaciones de los insultos personales, las amenazas o la difusión no consentida de contenidos que puedan vulnerar su intimidad. Las vejaciones al profesorado en redes sociales plantean, además, interrogantes sobre la protección de su imagen y su dignidad profesional.
La cuestión supone un desafío añadido para los equipos directivos. ¿Cómo intervenir ante conductas que se producen fuera del horario lectivo y, en muchos casos, desde dispositivos particulares? ¿Qué responsabilidad corresponde al centro cuando las consecuencias aparecen dentro del aula? ¿Y hasta dónde puede llegar la vigilancia de las redes sociales sin comprometer otros derechos del alumnado? Son preguntas que muestran hasta qué punto las fronteras entre la convivencia presencial y la digital se han vuelto difíciles de separar.
La respuesta de la Junta de Andalucía
La preocupación por las cuentas de curis coincide con una modificación reciente de los instrumentos de actuación ante el acoso escolar en Andalucía. La Junta aprobó el 31 de agosto de 2026 una orden que introduce cambios en los procedimientos que deben seguir los centros educativos cuando detectan posibles situaciones de acoso o ciberacoso, vigentes desde el pasado 1 de septiembre.
Entre las novedades del protocolo contra el acoso escolar de la Junta de Andalucía figura la obligación de comunicar al Servicio Provincial de Inspección de Educación el inicio del procedimiento siempre que se estime que puede existir una de estas situaciones. El equipo directivo debe reunirse con el profesorado tutor y los responsables de orientación para recopilar información, analizar las circunstancias y valorar las actuaciones correspondientes, que deberán quedar registradas en el sistema Séneca.
La actualización normativa establece así una vía formal de comunicación y seguimiento que resulta aplicable a las situaciones de ciberacoso relacionadas con la convivencia educativa. No significa que cualquier publicación de un curi deba activar automáticamente ese procedimiento, pero sí que los centros tienen la obligación de valorar los hechos cuando existan indicios suficientes. La actuación ante posibles situaciones de ciberacoso exige analizar cada caso y adoptar las medidas que correspondan, evitando tanto la banalización como las respuestas desproporcionadas.
La administración autonómica dispone también de iniciativas preventivas como ConRed Andalucía y Alumnado Ayudante Digital Andaluz, dirigidas a fomentar una convivencia positiva en internet y promover un uso responsable de las tecnologías. Estas herramientas permiten abordar cuestiones relacionadas con la privacidad, la identidad digital, la participación de los espectadores y las conductas de riesgo que pueden aparecer en las redes sociales.
El marco institucional existe, pero su aplicación exige conocer los problemas antes de que alcancen una mayor gravedad. Detectar una situación de hostigamiento no siempre resulta sencillo, especialmente cuando se desarrolla en espacios virtuales que los adultos desconocen o cuando quienes la sufren prefieren guardar silencio por temor a nuevas burlas. La prevención del acoso escolar en los institutos requiere, por tanto, una atención continuada que vaya más allá de la intervención cuando se produce una denuncia.
Por eso, el responsable de la institución educativa consultado insiste en la importancia de analizar las conexiones de estas cuentas y comprender en qué etapas se está extendiendo el fenómeno. Identificar situaciones de riesgo puede ser útil, pero la respuesta no debería quedarse exclusivamente en la denuncia de los perfiles. También debe servir para abrir conversaciones con los estudiantes sobre las consecuencias de aquello que publican y comparten.

- El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (5d), en una foto de archivo en una concentración por el día mundial del Acoso Escolar.
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- DAVID ARJONA | EFE
La educación digital no puede esperar al siguiente problema
Hay una reflexión de este directivo que resume buena parte del desafío: "No solo hay que hablar de las redes y sus riesgos cuando se invita a que venga la policía a darnos una charla". Su observación apunta a una práctica habitual en muchos centros, donde la educación sobre el uso de internet se concentra en actividades puntuales mientras los estudiantes pasan buena parte de su tiempo relacionándose a través de plataformas digitales.
Los adolescentes no necesitan esperar a una charla sobre ciberseguridad para utilizar TikTok o Instagram. Lo hacen a diario, muchas veces con un conocimiento de las herramientas superior al de los propios adultos, aunque esa habilidad técnica no siempre vaya acompañada de una comprensión equivalente de sus consecuencias. Saber crear una cuenta, editar un vídeo o conseguir que una publicación circule entre numerosos usuarios no implica necesariamente conocer los límites legales y éticos de lo que se comparte.
Helena comparte esa preocupación y considera que la educación en el respeto debe extenderse también al entorno digital. "Desde los centros educativos, debemos insistir en la importancia de educar en el respeto también dentro del entorno digital", sostiene. Su reflexión alcanza de lleno a las dinámicas de popularidad que condicionan algunas relaciones adolescentes, donde conseguir seguidores, provocar carcajadas o participar en una tendencia puede terminar imponiéndose a cualquier consideración sobre sus consecuencias. "Porque detrás de cada publicación, cada comentario y cada imagen compartida hay personas, emociones y consecuencias reales. No todo vale por conseguir unas risas, ganar popularidad o seguir una tendencia", advierte la orientadora.
Eliminar una cuenta ofensiva puede resolver una situación inmediata, pero difícilmente modificará los comportamientos que la hicieron posible. Siempre habrá nuevas plataformas, formatos y tendencias. Antes fueron los perfiles de cotilleos y las confesiones anónimas; ahora son los curis. Probablemente, dentro de unos meses, otra palabra ocupará su lugar. La velocidad de las redes sociales garantiza que las modas cambien con rapidez, aunque los conflictos humanos que pueden esconderse detrás de ellas sean mucho más antiguos.
Los testimonios recogidos en Andalucía reflejan que la preocupación de los docentes no responde únicamente al desconocimiento de un fenómeno digital. Lo que les inquieta es la facilidad con la que una actividad aparentemente inofensiva puede terminar afectando a la convivencia, a la dignidad personal y al clima educativo. También la dificultad de intervenir cuando una situación que nació como una broma privada termina adquiriendo una dimensión pública. Los desafíos de la convivencia escolar en la era digital no dependen únicamente de las nuevas tecnologías, sino de la manera en que se utilizan. Y ahí las familias han de ser claves, estableciendo límites con sus hijos.
Los curis no son, por sí mismos, una forma de acoso. Son una herramienta de expresión que algunos usuarios están empleando para burlarse de compañeros y profesores. Confundir ambos conceptos impediría comprender el problema y, posiblemente, ofrecer respuestas eficaces. Porque el verdadero desafío no consiste en conseguir que los adolescentes dejen de hacer dibujos sobre lo que ocurre en sus institutos, sino en enseñarles que detrás de cada caricatura puede haber una persona que no encuentra ninguna gracia en convertirse en protagonista.
Las modas cambian, las plataformas evolucionan y los adolescentes encuentran nuevas formas de relacionarse. Pero las consecuencias de determinadas conductas permanecen, aunque desaparezca la publicación que las provocó. Helena lo resume con una reflexión que trasciende los memes, las pantallas y las tendencias digitales: "Hemos perdido el respeto. Y sin él, lo hemos perdido todo".
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