Si no estoy equivocado, cosa que no descarto, fue en el Diario de Cádiz, allá por el año 1992, cuando sacó una noticia/reportaje en la que se criticaba con dureza la suciedad de la ciudad y se cifraba en seis el número de ratas por habitante que había en nuestro municipio. Esa aseveración fue cogida al vuelo por el gran Gómez, el genio del Carnaval gaditano, y sacó su chirigota callejera, antecedente de los “Guatifó” a la que puso de nombre “6 ratas por habitante”.
Cádiz estaba sucia, como ahora, pero verdaderamente en ese año 92 –el de los “fastos” que es como pasó a la posteridad–, desde el Diario, había una, digámosle, “campaña” castigando a Carlos Díaz, el alcalde, fundamentalmente en dos aspectos de la gestión: No había lunes que no apareciera el museo del bache, con una fotografía de algún socavón en la ciudad por arreglar y alguna foto o comentario que abundaba en el estado de lamentable suciedad de cualquier zona de Cádiz. Los dos aspectos eran evidentes y se presentaban como el estertor del gobierno municipal el estado de las calles y plazas en un estado poco recomendable, aderezado con la Gimkana que había que hacer para no sucumbir a las numerosísimas cacas de perro por doquier pasabas. Yo recuerdo que anteriormente, en mi infancia y adolescencia, que la situación de las calles y plazas era ya deplorable, en la plaza de Mina uno de los juegos más destacados por la chiquillería, dada la cantidad de posibilidades, era las canicas, o jugar al hoyo, por el número de boquetes en el pavimento que había. Las calles tenían una urbanización muy deficiente y el mantenimiento brillaba por su inexistencia. Lo de las cacas de los cánidos era otro cantar, fundamentalmente eran los perros callejeros, sin dueños, los que llenaban –literal– de mierda y meados toda la ciudad. Ahora es distinto, no hay perros callejeros –gatos sí, por lo visto–, pero hay más perros que nunca y que, igualmente, llenan nuestras calles de toda la porquería que un animal es capaz de hacer.
Es indudable que tanto Carlos Díaz como Teófila, Kichi y ahora Bruno, quieren o han querido –cada uno desde su espacio partidario, sus capacidades y sus ineptitudes– lo mejor para Cádiz y desde luego la limpieza es de lo más visible en cuanto a gestión municipal, otra cosa ha sido la diligencia a la hora de abordar esa cuestión y la perspectiva en los usos y costumbres de los gaditanos: “no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”, y en Cádiz ensuciamos tela, y no quiero volver a lo de los canes y sus dueños por la ciudad que se me sube la tensión porque ya saben ustedes y si no lo saben se lo repito: no me gustan los perros y además me dan miedo. Y sí, Cádiz está sucio, entonces y ahora, y ahora mucho, mucho. Hay más perros que niños, y claro, los niños no se hacen la caca en la calle, los perros sí, qué le vamos a hacer.
A vuelta con las ratas, ha pasado mucho tiempo de esa contabilidad de las seis ratas por habitante que nos anunciaba el Diario y que el Gómez inmortalizó. No sé como andaremos ahora, aunque me malicio que dada la demografía negativa de humanos en la ciudad –en 1992 estábamos, aproximadamente, en 157.000 habitantes y ahora llegamos a duras penas a 110.000–, y si, como dicen, la población de ratas se ha mantenido, la resultante es muy escandalosa: en el año de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla teníamos en Cádiz casi un millón de ratas, no ratones, ratas. 6 por habitantes. Si, como parece, la población de esos animales se ha mantenido y la de humanos residentes en la tacita de plata es de 110.000, ahora cada uno de los habitantes de la trimilenaria tenemos a nuestro haber cerca de 9 ratas. Me diréis que en realidad con esto del turismo y tal, la cantidad de personas en la ciudad es mucho mayor. Sí, pero aquí vamos a lo que vamos, que los que van a pisos turísticos o los albañiles que vienen de la Janda, no tenemos que contarlos, de la misma manera que hemos dado por supuesto, que es mucho suponer, que no ha aumentado el número de la población de los roedores.
Hace unos días nos sobrecogió la noticia de que una rata de gran tamaño había aparecido en una habitación del hospital Puerta del Mar. La habitación estaba ocupada por un recién operado del corazón –la operación salió perfecta porque de lo contrario se hubiera muerto del susto–. Después se ha sabido que incluso hay áreas en el centro sanitario que han sido cerradas porque están ocupadas por ejemplares de estos animales. No se pueden imaginar la que me ha entrado por el cuerpo ya que soy asiduo a Residencia –el Puerta del Mar, o del Mal como dicen algunos–, de hecho el próximo mes tengo que ir varias veces para mis achaques, y la verdad ahora le tengo más miedo que nunca ir al sitio de los de la bata blanca por lo de las ratas grises.
El Consejero de la Junta se ha enfadado porque, según él, es un hecho puntual y que no debería haberse sacado a la luz pública y que hay que ser muy chungo para hacer crítica con este tema. Opino yo que no debería decir estas cosas porque, claro, aunque la camisa no me llegue al cuerpo, yo prefiero que se sepa y eso haga que los gestores de la Junta se espabilen para poner los medios para que un centro hospitalario no tenga peor higiene que las nunca añoradas jaulas de los monos del parque Genovés. Se reconoce, se lamenta y se pone todo lo necesario para que esas ratas abandonen el sitio, y si puede ser con las patas por delante –lo siento animalistas, una rata es una rata–. No se enfade Consejero, que ya sabemos que usted no tiene la culpa, aunque hay algún matiz que me dicen, pero que espero que no sea real: con esto de que van a hacer en los próximos diez años un hospital nuevo en Cádiz, han abandonado las inversiones más imprescindibles en el Puerta del Mar. Supongo que esto será una exageración. Mientras, digo yo, que si en el Puerta del Mar hay unas 400 camas –más o menos, aunque la realidad, sobre todo en verano, es que siempre hay plantas cerradas–, y en el nuevo hospital se llegarán a prácticamente las 700, me pregunto ¿Cuántas ratas caben por paciente? Urge un estudio o una chirigota.
Si no estoy equivocado, cosa que no descarto, fue en el Diario de Cádiz, allá por el año 1992, cuando sacó una noticia/reportaje en la que se criticaba con dureza la suciedad de la ciudad y se cifraba en seis el número de ratas por habitante que había en nuestro municipio. Esa aseveración fue cogida al vuelo por el gran Gómez, el genio del Carnaval gaditano, y sacó su chirigota callejera, antecedente de los “Guatifó” a la que puso de nombre “6 ratas por habitante”.
Cádiz estaba sucia, como ahora, pero verdaderamente en ese año 92 –el de los “fastos” que es como pasó a la posteridad–, desde el Diario, había una, digámosle, “campaña” castigando a Carlos Díaz, el alcalde, fundamentalmente en dos aspectos de la gestión: No había lunes que no apareciera el museo del bache, con una fotografía de algún socavón en la ciudad por arreglar y alguna foto o comentario que abundaba en el estado de lamentable suciedad de cualquier zona de Cádiz. Los dos aspectos eran evidentes y se presentaban como el estertor del gobierno municipal el estado de las calles y plazas en un estado poco recomendable, aderezado con la Gimkana que había que hacer para no sucumbir a las numerosísimas cacas de perro por doquier pasabas. Yo recuerdo que anteriormente, en mi infancia y adolescencia, que la situación de las calles y plazas era ya deplorable, en la plaza de Mina uno de los juegos más destacados por la chiquillería, dada la cantidad de posibilidades, era las canicas, o jugar al hoyo, por el número de boquetes en el pavimento que había. Las calles tenían una urbanización muy deficiente y el mantenimiento brillaba por su inexistencia. Lo de las cacas de los cánidos era otro cantar, fundamentalmente eran los perros callejeros, sin dueños, los que llenaban –literal– de mierda y meados toda la ciudad. Ahora es distinto, no hay perros callejeros –gatos sí, por lo visto–, pero hay más perros que nunca y que, igualmente, llenan nuestras calles de toda la porquería que un animal es capaz de hacer.
Es indudable que tanto Carlos Díaz como Teófila, Kichi y ahora Bruno, quieren o han querido –cada uno desde su espacio partidario, sus capacidades y sus ineptitudes– lo mejor para Cádiz y desde luego la limpieza es de lo más visible en cuanto a gestión municipal, otra cosa ha sido la diligencia a la hora de abordar esa cuestión y la perspectiva en los usos y costumbres de los gaditanos: “no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”, y en Cádiz ensuciamos tela, y no quiero volver a lo de los canes y sus dueños por la ciudad que se me sube la tensión porque ya saben ustedes y si no lo saben se lo repito: no me gustan los perros y además me dan miedo. Y sí, Cádiz está sucio, entonces y ahora, y ahora mucho, mucho. Hay más perros que niños, y claro, los niños no se hacen la caca en la calle, los perros sí, qué le vamos a hacer.
A vuelta con las ratas, ha pasado mucho tiempo de esa contabilidad de las seis ratas por habitante que nos anunciaba el Diario y que el Gómez inmortalizó. No sé como andaremos ahora, aunque me malicio que dada la demografía negativa de humanos en la ciudad –en 1992 estábamos, aproximadamente, en 157.000 habitantes y ahora llegamos a duras penas a 110.000–, y si, como dicen, la población de ratas se ha mantenido, la resultante es muy escandalosa: en el año de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla teníamos en Cádiz casi un millón de ratas, no ratones, ratas. 6 por habitantes. Si, como parece, la población de esos animales se ha mantenido y la de humanos residentes en la tacita de plata es de 110.000, ahora cada uno de los habitantes de la trimilenaria tenemos a nuestro haber cerca de 9 ratas. Me diréis que en realidad con esto del turismo y tal, la cantidad de personas en la ciudad es mucho mayor. Sí, pero aquí vamos a lo que vamos, que los que van a pisos turísticos o los albañiles que vienen de la Janda, no tenemos que contarlos, de la misma manera que hemos dado por supuesto, que es mucho suponer, que no ha aumentado el número de la población de los roedores.
Hace unos días nos sobrecogió la noticia de que una rata de gran tamaño había aparecido en una habitación del hospital Puerta del Mar. La habitación estaba ocupada por un recién operado del corazón –la operación salió perfecta porque de lo contrario se hubiera muerto del susto–. Después se ha sabido que incluso hay áreas en el centro sanitario que han sido cerradas porque están ocupadas por ejemplares de estos animales. No se pueden imaginar la que me ha entrado por el cuerpo ya que soy asiduo a Residencia –el Puerta del Mar, o del Mal como dicen algunos–, de hecho el próximo mes tengo que ir varias veces para mis achaques, y la verdad ahora le tengo más miedo que nunca ir al sitio de los de la bata blanca por lo de las ratas grises.
El Consejero de la Junta se ha enfadado porque, según él, es un hecho puntual y que no debería haberse sacado a la luz pública y que hay que ser muy chungo para hacer crítica con este tema. Opino yo que no debería decir estas cosas porque, claro, aunque la camisa no me llegue al cuerpo, yo prefiero que se sepa y eso haga que los gestores de la Junta se espabilen para poner los medios para que un centro hospitalario no tenga peor higiene que las nunca añoradas jaulas de los monos del parque Genovés. Se reconoce, se lamenta y se pone todo lo necesario para que esas ratas abandonen el sitio, y si puede ser con las patas por delante –lo siento animalistas, una rata es una rata–. No se enfade Consejero, que ya sabemos que usted no tiene la culpa, aunque hay algún matiz que me dicen, pero que espero que no sea real: con esto de que van a hacer en los próximos diez años un hospital nuevo en Cádiz, han abandonado las inversiones más imprescindibles en el Puerta del Mar. Supongo que esto será una exageración. Mientras, digo yo, que si en el Puerta del Mar hay unas 400 camas –más o menos, aunque la realidad, sobre todo en verano, es que siempre hay plantas cerradas–, y en el nuevo hospital se llegarán a prácticamente las 700, me pregunto ¿Cuántas ratas caben por paciente? Urge un estudio o una chirigota.
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