Y de tanto mentar al diablo, el diablo llegó. Era cuestión de tiempo. Solo había que esperar. En 2020, la doctora Merkel viajaba por Sudáfrica y se celebraron elecciones en Thüringen. Nada por aquí, nada por allá, el señor Kemmerich fue elegido ministro presidente, mejor dicho, como el hombre de paja que podía ser votado por la AfD y la CDU de la señora Merkel, que saltó de la silla inmediatamente y Kemmerich dimitió ipso facto, porque no había que forzar una cuestión de confianza en Erfurt, propiciada por el mismo partido que lo había nombrado: la CDU de la señora Merkel. Luego, el Tribunal de Garantías Constitucionales de Karlsruhe abrió causa contra Angela Merkel, sería demasiado largo de contar, aquí en alemán, que declaró que Merkel había herido las posibilidades de igualdad de participación de todos los partidos políticos, en relación a la AfD.
Se llenaron muchas bocas de indignación, pero empezando por la Merkel no se hizo otra cosa que mantener el austericidio y darle la espalda al bienestar de las personas, profundizando el neoliberalismo, que hoy insiste en profundizar el Gobierno federal. Ahora, tras el largo austericidio de la Merkel, los puentes están que se caen, el ferrocarril es una catástrofe nacional, la industria del automóvil tiene 42.300 trabajadores menos solo hasta el final de junio de este año. Los planes del presente Gobierno, de coalición con la socialdemocracia alemana alcanzan a más del 70% de la población en su contra: porque quiere eliminar la jubilación a los 63 años de quienes cotizaron durante 45 años o más, algo que afectaría especialmente a los territorios de la ex DDR, donde se encuentran Sachsen-Anhalt y Thüringen, entre otros; nuevo austericidio en salud, con rebaja de prestaciones para los que tienen el seguro obligatorio, o sea, obreros, empleados y autónomos; la eliminación de la comunicación telefónica de enfermedad para estar de baja, una afrenta contra el principio de confianza que indigna muchísimo a muchos, y una medida sin verdadero motivo. Los planes fiscales que en absoluto alcanzan a los verdaderos ricos o ultrarricos.
Nada se fue haciendo, desde que reapareció el diablo, por el bienestar de las personas, más al contrario: la realidad y la emoción de realidad llevan a muchos a constatar que cada vez están y estarán peor. Hay hartazgo y lo hay porque se abandonó la idea de bienestar y justicia social por parte de unos partidos cada vez más mediocres y unos ciudadanos, en toda Europa y en América, cada vez más descreídos, soliviantados y a la vez crédulos de soluciones facilonas y automáticas contra realidades muy complejas. Hartazgo de que cada vez las cosas sigan yendo a peor, también por el clima de permanente negatividad cultivado por todas las derechas. La asignatura pendiente de la reunificación alemana sigue siendo, desde 1989, la verdadera reunificación sin prejuicios ni paternalismos, que postergaron y postergan a muchos ciudadanos de la ex DDR, en una suerte de estigmatización cultural.
En los hechos concretos, en Sachsen-Anhalt la situación es prácticamente irreversible. Los números dicen que la AfD ganó las elecciones por un 44% de los votos con una participación récord del 77,8%. El parlamento estatal tiene 83 diputades y la mayoría absoluta queda en 42. La AfD tiene 39. El partido de Sarah Wagenknecht podría darle la mayoría absoluta a la AfD. La CDU, atención, se negaría a formar una coalición electoral parlamentaria con Die Linke para elegir un ministro presidente que no fuera de la AfD; recuerden a aquella CDU que votó junto a AfD en Thüringen. Sarah Wagenknecht se peleó a las bravas con Die Linke y no sabríamos decir si tomaría parte, eventualmente, de esa supuesta coalición parlamentaria junto a la CDU y a Die Linke. Todo esto se parece, y ustedes disculpen, peligrosamente, a la República de Weimar.
Y todo esto amasado por las incapacidades de un canciller federal, Merz, al que la prensa dice que escondieron durante la campaña sus propios compañeros de partido.
Ante los hechos, la ficción. No se confunda con el escapismo. La ficción de la literatura, del teatro, de la poesía. Una ficción que ayudó siempre a reflexionar críticamente, que siempre fue el intento de una proyección de la realidad futura, quizá dejó de existir para ser la advertidora de la etapa de oscuridad que se nos avecinaba. Una ficción que quedó quizá desactivada por la performatización: en lugar de que 1984, de Orwell, o Un mundo feliz, de Huxley, nos advirtieran de la que se nos venía encima y evitarlo, lo aceptaron y lo cultivaron irresponsablemente o irreflexivamente. Esa expresión maldita, es lo que hay, resulta preciso neutralizarla. Hay que volver a soñar sin niñerías ni ripios.
Y de tanto mentar al diablo, el diablo llegó. Era cuestión de tiempo. Solo había que esperar. En 2020, la doctora Merkel viajaba por Sudáfrica y se celebraron elecciones en Thüringen. Nada por aquí, nada por allá, el señor Kemmerich fue elegido ministro presidente, mejor dicho, como el hombre de paja que podía ser votado por la AfD y la CDU de la señora Merkel, que saltó de la silla inmediatamente y Kemmerich dimitió ipso facto, porque no había que forzar una cuestión de confianza en Erfurt, propiciada por el mismo partido que lo había nombrado: la CDU de la señora Merkel. Luego, el Tribunal de Garantías Constitucionales de Karlsruhe abrió causa contra Angela Merkel, sería demasiado largo de contar, aquí en alemán, que declaró que Merkel había herido las posibilidades de igualdad de participación de todos los partidos políticos, en relación a la AfD.
Se llenaron muchas bocas de indignación, pero empezando por la Merkel no se hizo otra cosa que mantener el austericidio y darle la espalda al bienestar de las personas, profundizando el neoliberalismo, que hoy insiste en profundizar el Gobierno federal. Ahora, tras el largo austericidio de la Merkel, los puentes están que se caen, el ferrocarril es una catástrofe nacional, la industria del automóvil tiene 42.300 trabajadores menos solo hasta el final de junio de este año. Los planes del presente Gobierno, de coalición con la socialdemocracia alemana alcanzan a más del 70% de la población en su contra: porque quiere eliminar la jubilación a los 63 años de quienes cotizaron durante 45 años o más, algo que afectaría especialmente a los territorios de la ex DDR, donde se encuentran Sachsen-Anhalt y Thüringen, entre otros; nuevo austericidio en salud, con rebaja de prestaciones para los que tienen el seguro obligatorio, o sea, obreros, empleados y autónomos; la eliminación de la comunicación telefónica de enfermedad para estar de baja, una afrenta contra el principio de confianza que indigna muchísimo a muchos, y una medida sin verdadero motivo. Los planes fiscales que en absoluto alcanzan a los verdaderos ricos o ultrarricos.
Nada se fue haciendo, desde que reapareció el diablo, por el bienestar de las personas, más al contrario: la realidad y la emoción de realidad llevan a muchos a constatar que cada vez están y estarán peor. Hay hartazgo y lo hay porque se abandonó la idea de bienestar y justicia social por parte de unos partidos cada vez más mediocres y unos ciudadanos, en toda Europa y en América, cada vez más descreídos, soliviantados y a la vez crédulos de soluciones facilonas y automáticas contra realidades muy complejas. Hartazgo de que cada vez las cosas sigan yendo a peor, también por el clima de permanente negatividad cultivado por todas las derechas. La asignatura pendiente de la reunificación alemana sigue siendo, desde 1989, la verdadera reunificación sin prejuicios ni paternalismos, que postergaron y postergan a muchos ciudadanos de la ex DDR, en una suerte de estigmatización cultural.
En los hechos concretos, en Sachsen-Anhalt la situación es prácticamente irreversible. Los números dicen que la AfD ganó las elecciones por un 44% de los votos con una participación récord del 77,8%. El parlamento estatal tiene 83 diputades y la mayoría absoluta queda en 42. La AfD tiene 39. El partido de Sarah Wagenknecht podría darle la mayoría absoluta a la AfD. La CDU, atención, se negaría a formar una coalición electoral parlamentaria con Die Linke para elegir un ministro presidente que no fuera de la AfD; recuerden a aquella CDU que votó junto a AfD en Thüringen. Sarah Wagenknecht se peleó a las bravas con Die Linke y no sabríamos decir si tomaría parte, eventualmente, de esa supuesta coalición parlamentaria junto a la CDU y a Die Linke. Todo esto se parece, y ustedes disculpen, peligrosamente, a la República de Weimar.
Y todo esto amasado por las incapacidades de un canciller federal, Merz, al que la prensa dice que escondieron durante la campaña sus propios compañeros de partido.
Ante los hechos, la ficción. No se confunda con el escapismo. La ficción de la literatura, del teatro, de la poesía. Una ficción que ayudó siempre a reflexionar críticamente, que siempre fue el intento de una proyección de la realidad futura, quizá dejó de existir para ser la advertidora de la etapa de oscuridad que se nos avecinaba. Una ficción que quedó quizá desactivada por la performatización: en lugar de que 1984, de Orwell, o Un mundo feliz, de Huxley, nos advirtieran de la que se nos venía encima y evitarlo, lo aceptaron y lo cultivaron irresponsablemente o irreflexivamente. Esa expresión maldita, es lo que hay, resulta preciso neutralizarla. Hay que volver a soñar sin niñerías ni ripios.
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