Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Una talla más

Aquí solo cambia de opinión quien todavía es capaz de escuchar algo distinto sin sentirlo como un ataque personal. Solo rectifica quien acepta que no tiene todas las respuestas

  • Varias personas practican ejercicio en una imagen de archivo. -

El problema nunca son los pantalones. El problema es el instante en que te plantas delante del espejo y descubres que ya no te sirven. Porque a partir de ahí solo quedan dos opciones: aceptar que has cambiado o pasarte años fingiendo que sigues siendo la misma persona.

Antes, cambiar de opinión era una señal de inteligencia. De madurez, incluso. Ahora es lo más parecido a la traición. Una rendición pública. Y la coherencia mantenerse firme. Aguantar. Resistir. Ir hasta el final con lo tuyo. Aunque por dentro ya no estés ahí. Y hace tiempo empezaras a sospechar que quizá exageraste, que simplificaste demasiado o que, básicamente, metiste la pata. Mejor comértelo todo antes que reconocer que te has equivocado. Aún a sabiendas de que tan sano es adelgazar como rectificar. 

Defendemos ideas, por supuesto. Pero también defendemos identidades. Pertenencias. Equipos. La opinión se ha convertido en una camiseta y quitársela delante de los demás parece mucho más difícil que seguir sudando dentro de ella.

Y las deslumbrantes redes sociales han magnificado esta lógica. El algoritmo no entiende la duda. No premia el matiz. La reflexión nunca viraliza tanto como la certeza absoluta. Y así hemos construido una sociedad donde mucha gente interpreta un personaje ideológico que ya no coincide del todo con lo que realmente piensa.

Porque internet tiene memoria, pero también tiene hambre. Hambre de contradicciones, de capturas antiguas, de tuits rescatados para demostrar que hace siete años dijiste exactamente lo contrario. Como si cambiar de opinión fuese un delito y no una consecuencia natural de vivir.

Aquí solo cambia de opinión quien todavía es capaz de escuchar algo distinto sin sentirlo como un ataque personal. Solo rectifica quien acepta que no tiene todas las respuestas. Y, por consecuencia, solo evoluciona quien entiende que crecer también consiste en abandonar algunas verdades absolutas.

Por eso asumir un error en política es una utopía. Y en el trabajo o en tu casa cuesta. Porque cuesta. Mientras los tertulianos sobreviven defendiendo hoy exactamente lo contrario que negaban ayer, pero con la misma seguridad teatral de siempre.

Actualmente, la firmeza se mezcla con la rigidez. Y quizá una sociedad madura no es la que nunca se equivoca, sino la que todavía sabe rectificar sin convertirlo en una humillación pública

Porque hay caminos que no llevaban a ninguna parte y verdades que no eran tan verdad. Si algo tiene más peligro que cambiar de opinión es continuar defendiendo una mentira solo para no darle la razón al otro. A veces madurar consiste en reconocer que aquello que pensabas ya no te sirve. Que la realidad ha cambiado. O que has cambiado tú. Y que no pasa nada por admitirlo. Igual que un día aceptas que esa ropa ya no te queda bien, también hay ideas que dejan de ajustarse a quien eres. Solo necesitas una talla más.

El problema nunca son los pantalones. El problema es el instante en que te plantas delante del espejo y descubres que ya no te sirven. Porque a partir de ahí solo quedan dos opciones: aceptar que has cambiado o pasarte años fingiendo que sigues siendo la misma persona.

Antes, cambiar de opinión era una señal de inteligencia. De madurez, incluso. Ahora es lo más parecido a la traición. Una rendición pública. Y la coherencia mantenerse firme. Aguantar. Resistir. Ir hasta el final con lo tuyo. Aunque por dentro ya no estés ahí. Y hace tiempo empezaras a sospechar que quizá exageraste, que simplificaste demasiado o que, básicamente, metiste la pata. Mejor comértelo todo antes que reconocer que te has equivocado. Aún a sabiendas de que tan sano es adelgazar como rectificar. 

Defendemos ideas, por supuesto. Pero también defendemos identidades. Pertenencias. Equipos. La opinión se ha convertido en una camiseta y quitársela delante de los demás parece mucho más difícil que seguir sudando dentro de ella.

Y las deslumbrantes redes sociales han magnificado esta lógica. El algoritmo no entiende la duda. No premia el matiz. La reflexión nunca viraliza tanto como la certeza absoluta. Y así hemos construido una sociedad donde mucha gente interpreta un personaje ideológico que ya no coincide del todo con lo que realmente piensa.

Porque internet tiene memoria, pero también tiene hambre. Hambre de contradicciones, de capturas antiguas, de tuits rescatados para demostrar que hace siete años dijiste exactamente lo contrario. Como si cambiar de opinión fuese un delito y no una consecuencia natural de vivir.

Aquí solo cambia de opinión quien todavía es capaz de escuchar algo distinto sin sentirlo como un ataque personal. Solo rectifica quien acepta que no tiene todas las respuestas. Y, por consecuencia, solo evoluciona quien entiende que crecer también consiste en abandonar algunas verdades absolutas.

Por eso asumir un error en política es una utopía. Y en el trabajo o en tu casa cuesta. Porque cuesta. Mientras los tertulianos sobreviven defendiendo hoy exactamente lo contrario que negaban ayer, pero con la misma seguridad teatral de siempre.

Actualmente, la firmeza se mezcla con la rigidez. Y quizá una sociedad madura no es la que nunca se equivoca, sino la que todavía sabe rectificar sin convertirlo en una humillación pública

Porque hay caminos que no llevaban a ninguna parte y verdades que no eran tan verdad. Si algo tiene más peligro que cambiar de opinión es continuar defendiendo una mentira solo para no darle la razón al otro. A veces madurar consiste en reconocer que aquello que pensabas ya no te sirve. Que la realidad ha cambiado. O que has cambiado tú. Y que no pasa nada por admitirlo. Igual que un día aceptas que esa ropa ya no te queda bien, también hay ideas que dejan de ajustarse a quien eres. Solo necesitas una talla más.

Comentarios