Hoy he ido a visitar a unos de mis mejores amigos de la universidad. Acaban de ser padres. Recuerdo, de hecho, cómo les hicimos de celestinas aquel segundo año de carrera. Ellos dos tan timidillos y nosotras venga a achucharlos con el "si os gustáis, po liaros". Trece años después acaban de tener una niña preciosa, Sofía, que es tan guapa como sus padres. Seguro que será inteligente y obstinada como su madre, pero también paciente y reflexiva como su padre. Sofía tiene unos pies pequeñísimos, los ojitos grises e hinchados y ese arquito en los labios que parece compensarlo todo en los bebés.
Hemos ido a su casa a ver a la niña. Ahora que los dos son funcionarios se han comprado una casita preciosa en un barrio residencial cerca del trabajo. Como casi todos nuestros compañeros, mis amigos son profesores de secundaria. Tampoco es que la Filología se preste a mucho más, aunque poco importa, porque los dos tienen mucha vocación y, de alguna forma que yo no llego a comprender, disfrutan el trabajo.
Sentados a la mesa, nos ponemos al día de la vida, recordamos las tonterías que solíamos decir o hacer en la carrera y, entre risas, un "¿te acuerdas?" lleva a otro "¿te acuerdas?". Y todos nos acordamos, claro, de lo gilipollas que éramos con veinte años. De lo gilipollas que seguimos siendo con treinta y tantos.
Míranos, qué adultos, comiendo y bebiendo en una casa que ya no es de los padres de nadie. Hablando sobre nuestros trabajos de mayores, pero siempre refiriendo problemas de niñatos. Qué surrealista estar viviendo algo parecido a aquello que te contaban tus padres sobre esos padrinos tuyos que no son tus tíos ni nada, esos amigos que son recuerdos vivientes de una vida pasada. Me siento tan afortunada de poder estar viviendo esto con ellos y, sin embargo, me entristece tanto pensar que es algo que a la mayoría les queda tan lejos. Qué pena esta generación nuestra, que solo permite romper el cristal de seguridad a los que han pasado la puta Odisea de la oposición.
¿Y si ya estoy vieja?
Un día llega un viento que, si resulta no ser una embolia, parece que te empuja y, así, de un empellón, te devuelve a Ítaca. Y qué suerte haber llegado aquí, a la tierra prometida, que es donde estamos ahora.
De repente hay una casa, un lugar que es tuyo porque estampaste tu firma desgarbada y descuidada de niña pequeña en un papel muy importante que dice que en treinta años habrás pagado cada ladrillo y cada teja. Ese lugar que es tuyo se llenará de cosas tuyas: muebles, recuerdos, pelos de gato, bebés. Tus amigos te miran sonrientes y dicen que sería bonito que Sofía no fuera la única niña del grupo. Tu suegra compara los nietos que ya tiene con los que podría tener si tú colaboraras. Tu madre te inquieta preguntando si te ves animada y tú te preguntas si eso querrá decir que la fertilidad es cuestión de actitud.
Pero ¿y si ya estoy vieja? ¿Y si tengo los ovarios como dos uvas pasas? ¿Y si me pasa como a Yerma? ¿Y si soy Yerma? ¿Sería una tristeza o un alivio? La ciencia dice que me quedan tres años para tener un embarazo geriátrico y yo aún me veo menos preparada que las niñas del reality de Teen Mom.
Resulta que congelar óvulos ya no es la solución mágica que nos vendían hace unos años y que, en USA, las madres de más de cuarenta superan con creces los embarazos adolescentes. Esa información alivia un poco la tensión. Quizás aún me pueda dejar estar un poquillo más, pero ¿cómo voy a tener un niño dentro de diez años si ya hago ruiditos al sentarme y levantarme? Siento que mi juventud salió del grupo la primera vez que me llevé una silla a la playa.
El cuerpo en el posparto
Continuamos hablando de esto y aquello. De vez en cuando Sofía empieza a llorar y mi amiga la coge y la mece. Mi amiga y su bebé reborn interactivo. Mi amiga y la cicatriz que la divide de un hueso al otro de la cadera me mira y me dice: "Sí, sí, sí, yo sé que he creado vida, pero eso no quita que yo me mire al espejo y no aguante verme tan gorda". Se me encoge el corazón y pienso en lo que hace la dismorfia con nosotras, en cómo ella puede verse gorda y yo verla tan guapa como siempre. Le digo lo que suele decirse en estos casos: que no tiene que pensar en eso, que tiene que querer y celebrar su cuerpo por todo lo que ha hecho. Ella me mira inquisitiva y las dos lo sabemos.
Bullshit.
Dice que todo eso ya lo sabe, que está harta de escucharlo y que le jode que invaliden sus sentimientos, que son los que son, sea por lo que sea.
Me callo. Sé que tiene razón porque yo también lo pensaría si este fuese mi posparto y no el suyo. De repente me invade un miedo atroz. A eso. A llegar a un punto en el que odie aún más mi cuerpo. ¿Es que se puede?
Se me viene, sin querer, una avalancha de pensamientos que intento despistar pensando que tiene que merecer la pena. Eso. Todo eso. Todo lo que sientes cuando la ves, todo lo que cambia en ti al mirar esa cara que es tuya y también suya, que es vuestra porque la habéis hecho entre los dos. Sentir lo que sea que sienten mis amigos cuando miran a la niña. Los miro hacerle cuarenta fotos al minuto, cómo la cambian de ropa y le vuelven a poner una y otra vez ese calcetín diminuto que siempre se le cae. Los miro moviéndola de unas manos a otras con sumo cuidado, como manipulando una bomba a punto de explotar. Están tan monos con la niña de un lado para otro, con los bibis, los "shu, shu" y los "ea, ea".
Sofía vuelve a llorar y mi amiga se la engancha a la teta sin esfuerzo. Ella, que tan naturalmente las va dejando entrar y salir a demanda. Ella, que parece saber maternar como si siempre hubiera maternado. Me quedo ahí mirándola, ensimismada, envidiando la confianza y la naturalidad de sus movimientos. Yo, que nunca he sido capaz ni de cambiarme en el vestuario con las otras niñas, ¿cómo voy a ser capaz siquiera de intentar llegar a eso? De repente, otra oleada de miedos: a no poder llegar nunca a ser ni la mitad de buena, a no llegar a ser todo lo que se supone que debes ser para no mandar al niño a terapia el resto de su vida. La veo mirar sus ojitos azules y decir: "Mira, parece que se le están aclarando, ¿verdad?". Tengo que aguantarme las ganas de llorar de lo adorable.
Las madres resilientes
Al hilo, me viene a la mente una cita del último libro que leí. En la historia, un jefe déspota, Mr. Alabaster, intenta chantajear a uno de sus empleados y le pregunta, con segundas, sobre sus hijas. El empleado, furioso, le espeta: "¿Y tú tienes hijos?". Y él responde: "No children myself. I can’t imagine. I hear it’s like having your heart walk around outside your body". Me parece una imagen tan real y tan poderosa. Me hace cuestionarme si eso será para mi amiga la vida a partir de ahora: supervisar cada movimiento, intentar proteger ese corazón de manos diminutas sin papel de burbujas, rezando para que no lleguen nunca a rompértelo.
La veo mirar a Sofía y no sé si ella siente ese amor incondicional que romantizan algunas madres. Me pregunto qué debes pensar que tienes roto cuando eso no ocurre, cuando te da pánico tan siquiera acercarte al bebé. Pienso en la protagonista de The Yellow Wallpaper y me imagino a mí misma reptando, teniendo sueños que siento premonitorios, en los que pasan todas las cosas malas que una piensa que podrían pasar. La cojo y se me cae. Dejo de mirarla y, de repente, no respira.
Me inunda otro tsunami de miedos, pero este me ahoga. Recuerdo las historias inenarrables de tantas mujeres a las que quiero. Mujeres, niñas, a las que un monstruo les arrebató la infancia. Siento rabia e impotencia; también pena por esa letra escarlata que aún le es ajena. Siento que es demasiado pesado el porcentaje que vive tratando de sanar quemaduras de manos ajenas. Pienso en cómo de resilientes debemos ser las mujeres, en cómo, a pesar de todo, aprendemos a soltarles las manos, en cómo aprendemos a vivir sin corazón.
Miro a Sofía. Tan pequeña. Tan nueva. Tan absolutamente ajena todavía al miedo, al cuerpo, a la culpa o la vergüenza.
Sofía aún no sabe que ya hay un mundo entero esperando para explicarle qué puede hacer, qué no, cuánto espacio debe ocupar, cuánto debe pesar, cuánto debe callarse y cuánto debe temer.
Ella solo sabe cerrar la mano alrededor de un dedo y, por un instante, deseo que este momento dure para siempre, que pueda vivir eternamente en este lugar seguro que es el pecho de su madre o los brazos de su padre. Deseo con todas mis fuerzas que en el futuro nunca tenga que mirar a las niñas como nosotras la miramos a ella: con ternura, con pánico, con una esperanza casi violenta.
Quizás también sea eso la maternidad: una corriente que nos arrastra ineludiblemente a la política, a desear de verdad que no importe que sea niño o niña, solo que esté sano y que haya un pediatra al que poder llevarlo, que pueda querer y ser quien es de verdad. Miro su cuerpecito diminuto, su manita alrededor de mi dedo y le hago una promesa silenciosa, una pimkie promise a todo lo que den mis manos, porque con desear no basta, nunca ha bastado.
Hoy he ido a visitar a unos de mis mejores amigos de la universidad. Acaban de ser padres. Recuerdo, de hecho, cómo les hicimos de celestinas aquel segundo año de carrera. Ellos dos tan timidillos y nosotras venga a achucharlos con el "si os gustáis, po liaros". Trece años después acaban de tener una niña preciosa, Sofía, que es tan guapa como sus padres. Seguro que será inteligente y obstinada como su madre, pero también paciente y reflexiva como su padre. Sofía tiene unos pies pequeñísimos, los ojitos grises e hinchados y ese arquito en los labios que parece compensarlo todo en los bebés.
Hemos ido a su casa a ver a la niña. Ahora que los dos son funcionarios se han comprado una casita preciosa en un barrio residencial cerca del trabajo. Como casi todos nuestros compañeros, mis amigos son profesores de secundaria. Tampoco es que la Filología se preste a mucho más, aunque poco importa, porque los dos tienen mucha vocación y, de alguna forma que yo no llego a comprender, disfrutan el trabajo.
Sentados a la mesa, nos ponemos al día de la vida, recordamos las tonterías que solíamos decir o hacer en la carrera y, entre risas, un "¿te acuerdas?" lleva a otro "¿te acuerdas?". Y todos nos acordamos, claro, de lo gilipollas que éramos con veinte años. De lo gilipollas que seguimos siendo con treinta y tantos.
Míranos, qué adultos, comiendo y bebiendo en una casa que ya no es de los padres de nadie. Hablando sobre nuestros trabajos de mayores, pero siempre refiriendo problemas de niñatos. Qué surrealista estar viviendo algo parecido a aquello que te contaban tus padres sobre esos padrinos tuyos que no son tus tíos ni nada, esos amigos que son recuerdos vivientes de una vida pasada. Me siento tan afortunada de poder estar viviendo esto con ellos y, sin embargo, me entristece tanto pensar que es algo que a la mayoría les queda tan lejos. Qué pena esta generación nuestra, que solo permite romper el cristal de seguridad a los que han pasado la puta Odisea de la oposición.
¿Y si ya estoy vieja?
Un día llega un viento que, si resulta no ser una embolia, parece que te empuja y, así, de un empellón, te devuelve a Ítaca. Y qué suerte haber llegado aquí, a la tierra prometida, que es donde estamos ahora.
De repente hay una casa, un lugar que es tuyo porque estampaste tu firma desgarbada y descuidada de niña pequeña en un papel muy importante que dice que en treinta años habrás pagado cada ladrillo y cada teja. Ese lugar que es tuyo se llenará de cosas tuyas: muebles, recuerdos, pelos de gato, bebés. Tus amigos te miran sonrientes y dicen que sería bonito que Sofía no fuera la única niña del grupo. Tu suegra compara los nietos que ya tiene con los que podría tener si tú colaboraras. Tu madre te inquieta preguntando si te ves animada y tú te preguntas si eso querrá decir que la fertilidad es cuestión de actitud.
Pero ¿y si ya estoy vieja? ¿Y si tengo los ovarios como dos uvas pasas? ¿Y si me pasa como a Yerma? ¿Y si soy Yerma? ¿Sería una tristeza o un alivio? La ciencia dice que me quedan tres años para tener un embarazo geriátrico y yo aún me veo menos preparada que las niñas del reality de Teen Mom.
Resulta que congelar óvulos ya no es la solución mágica que nos vendían hace unos años y que, en USA, las madres de más de cuarenta superan con creces los embarazos adolescentes. Esa información alivia un poco la tensión. Quizás aún me pueda dejar estar un poquillo más, pero ¿cómo voy a tener un niño dentro de diez años si ya hago ruiditos al sentarme y levantarme? Siento que mi juventud salió del grupo la primera vez que me llevé una silla a la playa.
El cuerpo en el posparto
Continuamos hablando de esto y aquello. De vez en cuando Sofía empieza a llorar y mi amiga la coge y la mece. Mi amiga y su bebé reborn interactivo. Mi amiga y la cicatriz que la divide de un hueso al otro de la cadera me mira y me dice: "Sí, sí, sí, yo sé que he creado vida, pero eso no quita que yo me mire al espejo y no aguante verme tan gorda". Se me encoge el corazón y pienso en lo que hace la dismorfia con nosotras, en cómo ella puede verse gorda y yo verla tan guapa como siempre. Le digo lo que suele decirse en estos casos: que no tiene que pensar en eso, que tiene que querer y celebrar su cuerpo por todo lo que ha hecho. Ella me mira inquisitiva y las dos lo sabemos.
Bullshit.
Dice que todo eso ya lo sabe, que está harta de escucharlo y que le jode que invaliden sus sentimientos, que son los que son, sea por lo que sea.
Me callo. Sé que tiene razón porque yo también lo pensaría si este fuese mi posparto y no el suyo. De repente me invade un miedo atroz. A eso. A llegar a un punto en el que odie aún más mi cuerpo. ¿Es que se puede?
Se me viene, sin querer, una avalancha de pensamientos que intento despistar pensando que tiene que merecer la pena. Eso. Todo eso. Todo lo que sientes cuando la ves, todo lo que cambia en ti al mirar esa cara que es tuya y también suya, que es vuestra porque la habéis hecho entre los dos. Sentir lo que sea que sienten mis amigos cuando miran a la niña. Los miro hacerle cuarenta fotos al minuto, cómo la cambian de ropa y le vuelven a poner una y otra vez ese calcetín diminuto que siempre se le cae. Los miro moviéndola de unas manos a otras con sumo cuidado, como manipulando una bomba a punto de explotar. Están tan monos con la niña de un lado para otro, con los bibis, los "shu, shu" y los "ea, ea".
Sofía vuelve a llorar y mi amiga se la engancha a la teta sin esfuerzo. Ella, que tan naturalmente las va dejando entrar y salir a demanda. Ella, que parece saber maternar como si siempre hubiera maternado. Me quedo ahí mirándola, ensimismada, envidiando la confianza y la naturalidad de sus movimientos. Yo, que nunca he sido capaz ni de cambiarme en el vestuario con las otras niñas, ¿cómo voy a ser capaz siquiera de intentar llegar a eso? De repente, otra oleada de miedos: a no poder llegar nunca a ser ni la mitad de buena, a no llegar a ser todo lo que se supone que debes ser para no mandar al niño a terapia el resto de su vida. La veo mirar sus ojitos azules y decir: "Mira, parece que se le están aclarando, ¿verdad?". Tengo que aguantarme las ganas de llorar de lo adorable.
Las madres resilientes
Al hilo, me viene a la mente una cita del último libro que leí. En la historia, un jefe déspota, Mr. Alabaster, intenta chantajear a uno de sus empleados y le pregunta, con segundas, sobre sus hijas. El empleado, furioso, le espeta: "¿Y tú tienes hijos?". Y él responde: "No children myself. I can’t imagine. I hear it’s like having your heart walk around outside your body". Me parece una imagen tan real y tan poderosa. Me hace cuestionarme si eso será para mi amiga la vida a partir de ahora: supervisar cada movimiento, intentar proteger ese corazón de manos diminutas sin papel de burbujas, rezando para que no lleguen nunca a rompértelo.
La veo mirar a Sofía y no sé si ella siente ese amor incondicional que romantizan algunas madres. Me pregunto qué debes pensar que tienes roto cuando eso no ocurre, cuando te da pánico tan siquiera acercarte al bebé. Pienso en la protagonista de The Yellow Wallpaper y me imagino a mí misma reptando, teniendo sueños que siento premonitorios, en los que pasan todas las cosas malas que una piensa que podrían pasar. La cojo y se me cae. Dejo de mirarla y, de repente, no respira.
Me inunda otro tsunami de miedos, pero este me ahoga. Recuerdo las historias inenarrables de tantas mujeres a las que quiero. Mujeres, niñas, a las que un monstruo les arrebató la infancia. Siento rabia e impotencia; también pena por esa letra escarlata que aún le es ajena. Siento que es demasiado pesado el porcentaje que vive tratando de sanar quemaduras de manos ajenas. Pienso en cómo de resilientes debemos ser las mujeres, en cómo, a pesar de todo, aprendemos a soltarles las manos, en cómo aprendemos a vivir sin corazón.
Miro a Sofía. Tan pequeña. Tan nueva. Tan absolutamente ajena todavía al miedo, al cuerpo, a la culpa o la vergüenza.
Sofía aún no sabe que ya hay un mundo entero esperando para explicarle qué puede hacer, qué no, cuánto espacio debe ocupar, cuánto debe pesar, cuánto debe callarse y cuánto debe temer.
Ella solo sabe cerrar la mano alrededor de un dedo y, por un instante, deseo que este momento dure para siempre, que pueda vivir eternamente en este lugar seguro que es el pecho de su madre o los brazos de su padre. Deseo con todas mis fuerzas que en el futuro nunca tenga que mirar a las niñas como nosotras la miramos a ella: con ternura, con pánico, con una esperanza casi violenta.
Quizás también sea eso la maternidad: una corriente que nos arrastra ineludiblemente a la política, a desear de verdad que no importe que sea niño o niña, solo que esté sano y que haya un pediatra al que poder llevarlo, que pueda querer y ser quien es de verdad. Miro su cuerpecito diminuto, su manita alrededor de mi dedo y le hago una promesa silenciosa, una pimkie promise a todo lo que den mis manos, porque con desear no basta, nunca ha bastado.
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